Bésame antes de volar 43. Una noche como las de antes
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43. Una noche como las de antes

Una noche como las de antes

OLIVIA

Paso el resto del día con mamá. Aprovechamos que es festivo y que ella no trabaja para desayunar juntas, dar un paseo por Alicante, preparar una paella para comer, ver una película de Harry Potter que dan en la tele…

Me emociona estar aquí, como si los meses que he pasado fuera se hubiesen congelado en el tiempo.

Andrew no me escribe. Yo tampoco lo hago, aunque me muero de ganas. Le echo de menos, después de haber consumido todos los minutos juntos en Lisboa.

El que me escribe es Alejandro.

Te apetece salir a tomar algo esta noche con mis amigos?

Se me vuelve a acelerar el corazón. Jamás me había invitado a salir con su grupo. De hecho, alguna vez me había dejado caer que prefería salir con ellos que conmigo, que ir de fiesta con pareja es aburrido. En ese momento no me di cuenta, pero es una red flag con patas.

No sé si tengo el cuerpo para salir, pero me apetece tomar algo.

Podría llamar a alguna de mis amigas, contarles que estoy aquí y quedar con ellas.

Se merecen una explicación por mi parte; cada rato que paso en Alicante me sabe peor no decirles que he vuelto a casa unos días.

Además, ¿de fiesta con Alejandro? Seguro que no es buena idea.

Pero estoy de vuelta en casa, y mi vida de antes me resulta tan tentadora…

No puedo evitar preguntarme si, de ceder ante Alejandro, podría olvidarme de Andrew…

Vamos, solo un rato, te vendrá bien volver a salir por donde siempre

Me vienen flashes de toda mi adolescencia saliendo por Barrio y Castaños, los lugares más animados de Alicante. Siento un cosquilleo.

Estoy a punto de cometer un error, lo sé.

Está bien

He tenido que mentir a mamá, como si volviera a tener dieciséis años, para que no objetara nada.

Me arrepiento de la decisión que he tomado en cuanto veo a Alejandro, que me espera en la calle donde hemos quedado.

Chupa, vaqueros negros, unas Nike blancas…

Se me queda mirando como cuando nos conocimos, como al principio.

—Qué guapa estás.

Yo he optado por una falda de cuero negra con unos botines y una blazer .

—Ahórrate los cumplidos.

Siempre fue mi debilidad. Con él jamás me enfadaba, se lo permitía todo incluso cuando no se lo merecía, nunca le respondí ni le hablé mal, por si lo ofendía y se cabreaba conmigo, pero ahora…

Se me hace raro hablarle así, como le hablo a todo el mundo.

De la forma en la que le hablo a Andrew.

Necesito ser firme. Si espera encontrarse con la antigua Olivia, lo tiene claro.

—¿Adónde vamos?

—A Castaños.

En esa calle se concentran todo tipo de pubs y discotecas. Aún no he encontrado otro lugar con más relaciones públicas y extranjeros por metro cuadrado. Haber pasado toda mi adolescencia aquí hace que se me despierte cierta añoranza que me debilita. Esta noche no puedo ser débil.

—Ahí están Sergio, Laura, Nacho y Pedro.

Sus amigos de toda la vida. Los conozco como si hubiera pasado tiempo con ellos, pero la realidad es que no es así.

—¡Olivia!

Uno a uno, todos me van saludando. ¿Qué pensarán de mí? ¿Creerán que soy una estúpida por aceptar la invitación de Alejandro? ¿Que hemos vuelto? ¿Que estoy aquí porque me estoy planteando darle otra oportunidad?

Ojalá Alejandro se hubiese comportado así siempre.

Se muestra atento, se preocupa de que esté cómoda, me invita a todo lo que pido, incluso me pone la mano en la pierna en un momento en que ya llevamos varias copas.

No esperaba decir esto, pero me lo estoy pasando bien.

Sabía que sus amigos eran los típicos graciosos que hacen que no pares de reírte, él incluido, por eso me llamó la atención.

Porque es de las personas con las que más me he reído en toda mi vida.

La cabeza me da vueltas cuando me levanto para ir al baño, y Laura me acompaña.

Nunca me pareció alguien de confianza. Me transmitía ese sentimiento de inquietud que va tan ligado a la intuición femenina, pero hoy me está cayendo especialmente bien.

Asumo que la juzgué mal, puede que por lo poco que coincidí con ella.

Me retoco el pintalabios ante el espejo, a su lado, y noto que me mira de reojo.

—Oye, ¿estáis juntos? No nos ha querido decir nada.

—No.

—Él se arrepiente de todo lo que pasó.

—Lo sé.

Y me da igual. O no tanto. No lo sé, estoy hecha un lío.

—¿También te ha contado el coñazo que nos dio cuando se puso celoso al verte con otro tío? Estaba furioso.

Me vuelvo hacia ella, interesada por el rumbo que toma la conversación.

—¿Qué os dijo?

—Que no podía verte con otro. Creo que en ese momento se dio cuenta de que aún sentía algo por ti.

—¿Tú crees?

—Uno no se pone celoso así porque sí, ¿no?

La miro reflejada en el espejo mientras termino de retocarme el pelo.

Después de un par de horas, me doy cuenta de que he bebido demasiado.

Tal vez lo haya hecho para olvidar y dejar de pensar durante un rato.

Quizá así siento menos rencor hacia Alejandro, o pienso menos en Andrew, que lleva toda la noche instalado en mi mente y no parece dispuesto a irse.

O a lo mejor solo quería recordar lo bien que me lo pasaba saliendo por aquí.

Alejandro se pasa toda la noche sin quitarme el ojo de encima.

Hace tanto tiempo que no me miraba así que lo había olvidado.

No sé si es fruto del alcohol, que suele crear falsas esperanzas, o en el fondo soy yo la que quiere verlo de este modo: arrastrado y muriéndose por volver conmigo.

En la discoteca hay más gente de fuera que de aquí, como siempre, y eso que estamos en invierno y el turismo baja respecto al verano.

Bailo con sus amigos y quiero darme el lujo de fijarme en algún chico, aunque sea para ponerlo celoso y que se arrepienta aún más de lo que hizo, pero me cuesta.

Me cuesta, no es fácil ponérselo difícil a una persona a la que has querido tanto.

Aunque te haya hecho daño. Me cuesta porque ningún chico me llama la atención.

Porque no soy capaz de fijarme en nadie más, salvo en Andrew. Pero ¿qué hago pensando en él ahora?

Intercambiamos miradas cuando suena una canción que nos encantaba a los dos, una de esas que tiene anécdota mientras vas en el coche de excursión a alguna parte.

Cada vez me cuesta más mirarlo a los ojos.

Entonces se me acerca. Demasiado. Y baila a mi lado.

No me detengo, sigo a mi aire provocándolo al mismo tiempo que finjo pasar de él.

Pasea la mano por mi espalda, y recuerdo las miles de veces que lo ha hecho.

Mi piel reconoce la suya. Poco a poco, me dejo llevar.

Cierro los ojos y sigo bailando. Siento que nadie nos mira y al mismo tiempo que estoy haciendo algo que no debo.

Al ver que no me aparto de él, va cogiendo confianza y empieza a acariciarme el brazo.

—Te quiero, Oli. —Lo tengo cada vez más cerca—. Y no soporto verte con otra persona.

Yo tampoco soportaba verlo con otra chica, pero lo hizo. Lo hizo. Lo hizo. Quiero decirle que era el amor de mi vida, pero no me salen las palabras. Es como si estuvieran envenenadas.

—No me mientas —le suplico—. No más.

Alejandro me aparta el pelo de la cara y me coge de la nuca con fuerza. Me atrae hacia él y me dejo guiar.

—Prometo que jamás volveré a hacerte daño —dice, y me besa el cuello—. Perdóname, Olivia —añade segundos antes de lanzarse a mi boca.