Bésame antes de volar 40. «Pensé que jamás volvería a verte»
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40. «Pensé que jamás volvería a verte»

«Pensé que jamás volvería a verte»

OLIVIA

En cuanto me despierto por la mañana, me siento desubicada.

Estoy sola, en casa, en mi habitación de toda la vida.

Suspiro y miro al techo. Me gusta estar aquí, aunque no puedo evitar echar un poco de menos Dunrae.

Me levanto de la cama y paseo por casa. Mamá se ha ido a trabajar, y estar sola una vez más me genera una sensación…

buena pero nostálgica. Me recuerda a los días en que trabajaba en el hotel por las tardes, me levantaba a mi aire y ponía una serie.

Planeo hacer lo mismo. También me apetece pasear por la ciudad.

El mar, echo de menos el mar y caminar por Alicante.

Cuando salgo de casa sobre las doce, temo encontrarme a alguien conocido. La solitaria Olivia ha vuelto, y me gusta porque me he convertido en ella siempre que lo he necesitado.

Camino bajo un caluroso sol de diciembre.

Nuestro invierno no tiene nada que ver con el de otros países, incluso me planteo si es justo llamarlo «invierno».

Recibo un mensaje de Serena en el que me informa de que han publicado un nuevo capítulo de Bésame antes de volar , que lo ha leído y que no puede creerse el giro que ha dado la historia.

No tenía pensado leer nada que me recuerde a la base durante mi escapada a Alicante, pero no puedo resistirme, así que me siento en un banco bajo el sol, con vistas al mar, y comienzo a devorarlo.

Sigo sin entender a la protagonista y sus decisiones, pero no soy nadie para juzgar, porque yo tampoco me entiendo.

Cuando lo acabo, aprovecho para llamar a mi amiga italiana y hablo un poco con ella. Le cuento que me está viniendo bien haber vuelto a casa. Ben y Carter también me escriben. Son buenos amigos.

De vuelta, decido pasar por el supermercado a comprarme una ensalada de pasta para comer. Cuando llego a la puerta de casa, veo una figura masculina demasiado conocida de espaldas a mí. Me quedo paralizada porque, por un segundo, he pensado que era Andrew. Pero no lo es. Es otra persona.

—Hola, Olivia —dice como si nada, volviéndose hacia mí.

Contengo la respiración. Alejandro. No puede ser.

—Hola.

Me detengo para mirarlo de arriba abajo, analizándolo como si fuera un extraño.

No sé qué ha cambiado, pero hay algo distinto en él.

¿El pelo más corto? ¿Se ha dejado la barba más larga?

Entonces recuerdo por qué me fijé en él: porque es uno de los chicos más guapos que he visto.

No tanto como Andrew, que goza de un atractivo que atrae a primera vista. No, en él es otra cosa.

Alejandro se acerca a mí y hace el amago de darme dos besos, pero doy un paso atrás.

Distingo su aroma en el aire y tomo conciencia de que es él, de que está delante de mí.

Sus ojos redondos y marrones me miran fijamente, como si estuviese pensando lo mismo que yo, que no soy real, que esto no está pasando.

—Pensé que jamás volvería a verte —es lo segundo que dice.

—¿Qué… qué estás haciendo aquí? —alcanzo a preguntar.

—¿Cómo estás?

—¿Qué quieres de mí? —me adelanto.

—Quería verte.

¿Cómo sabe que he vuelto? Lo dejé de seguir en todas las redes. ¿Es casualidad que hayamos coincidido en el supermercado o estaba buscándome?

—¿Eres feliz?

Me tiembla la mandíbula.

—Poco a poco estoy recuperando la felicidad.

—Dime una cosa, ¿te marchaste por mí?

Sabía que me lo preguntaría.

—Necesitaba un cambio de aires, y gracias a ti me di cuenta de que tenía que darme una oportunidad. Te quise como a nadie, Alejandro, incluso me olvidé de mí.

—Lo siento tanto…

—No entiendo qué sientes.

—Siento haberte hecho daño —dice clavándome la mirada.

Se me acerca; cuanto más cerca lo tengo, más tiemblo. Los seres humanos somos muy débiles ante las personas de las que nos hemos enamorado. Quisiera verlo como a alguien más, con indiferencia, y que no me importase cada maldita palabra que sale por su boca, pero no puedo.

—Te he echado de menos.

Suelto una risa burlona, pero me acabo de derrumbar por dentro. No puede decirme eso, no puede ser. Con cinco palabras de mierda, mi mundo se acaba de venir abajo.

—Para, por favor —le pido—. Me engañaste.

—Sé que tú también me has echado de menos. Seguro que ni siquiera ese chico con el que has estado ha podido hacer que te olvidaras de todo lo que dejaste aquí.

Puede que sus amigos le enseñaran lo que subí a las redes el día que estuvimos en Lisboa.

—No dejé nada. ¿Quieres que te recuerde quién lo jodió todo? Te liaste con otra estando conmigo… ¿No lo pensaste en ese momento? No engañas a la persona de la que estás enamorado.

—Olivia, por favor.

Me cruzo de brazos. Parece que mis fotos con Andrew le han fastidiado. Mucho. Y me alegro. Me lo imagino viéndonos en Lisboa y poniéndose celoso. Punto para mí. No pretendía eso cuando las publiqué, pero me hace sentir mejor.

Desde nuestra última conversación, soñaba con que se arrepintiera.

Me lo he imaginado de tantas maneras que me convencí de que jamás ocurriría.

Y aquí está. Y siento tantas cosas que no tengo nada claro.

Me echa de menos, y ojalá me importase una mierda.

Pero me remueve por dentro. Porque el amor no se esfuma de un día para otro. Al menos no en mi caso.

—¿Qué es lo que quieres? —Solo quiero que acabe esta conversación.

—Tiempo.

—¿Tiempo?

—Para que me perdones.

—No pienso volver contigo.

No puedo.

—Lo sé, lo sé, pero durante estos meses me he dado cuenta de tantas cosas…

Contigo lo tenía todo y no lo supe ver. Me arrepiento de ser el motivo de que te fueras, envidio que hayas empezado de cero en otro sitio; joder, Oli…

—dice mientras me coge de la mano—. Sé que he sido un imbécil y que te he hecho mucho daño.

Mucho. Más que eso. No lo sabemos hasta que nos pasa, pero, cuando te engaña la persona a la que más quieres, te sientes el ser más solitario del planeta, como si el resto de la humanidad dejara de existir y solo estuvieras tú, solo, roto.

—Dime una cosa, ¿de verdad estabas enamorado de mí?

El corazón se me va a salir por la boca cuando responde:

—Sigo enamorado de ti, Olivia.