40. Vuelta a casa
Vuelta a casa
OLIVIA
Ya es diciembre.
Como le prometí a mi madre, he decidido ir unos días a casa, por lo que me cogí unos días que coincidieran con el puente.
Nunca imaginé lo distinto que sería el invierno fuera de España; en Irlanda es una locura.
La nieve no llegará al pueblo hasta el mes que viene, pero, antes de volver, Serena y yo nos fuimos de compras a Dublín porque no estoy preparada para el frío que vendrá.
De camino, todo se ve diferente. Desde que soy azafata, viajar en avión como pasajera hace que la experiencia sea distinta.
No sé explicarlo, pero estoy más atenta a todo, a las llamadas entre la tripulación, a los pasajeros insufribles, a las turbulencias.
En cuanto pongo un pie en Alicante, me envuelve un sentimiento de nostalgia.
No puedo creer que esté aquí. Mamá me recoge en el aeropuerto y montamos una escenita cuando me abraza con fuerza y rompe a llorar.
La gente se queda mirándonos, y yo intento calmarla porque, si no, acabaré llorando yo también.
Apoyo la barbilla en su hombro e inspirar su perfume me devuelve a la vida que siempre he tenido.
—Te he echado tanto de menos… —dice entre lágrimas.
Yo también. Mucho. Se lo digo, pero no sabe cuánto.
El tiempo que he estado en Dunrae la he extrañado muchísimo, aunque estar allí fuera lo que quería, pero ahora que he vuelto a sentir su abrazo…
Los abrazos de mamá son inigualables. No pensaba derrumbarme de esta forma, y no quiero preocuparla; por eso intento que no se me note demasiado. Hasta que me mira a los ojos.
—Hija, ¿qué ha pasado?
Durante el trayecto hasta nuestra casa le hablo de él, de Andrew, de todo lo que ha pasado y de lo que no.
Porque puedo mentir a cualquiera menos a mi madre.
Porque hablar con ella es lo único que necesito en este momento.
A veces pienso que Andrew ha sido una ilusión; la chica que dejó Alicante jamás se habría imaginado que, después de todo lo que acababa de pasar, volvería a fijarse en un chico.
—¿Le quieres?
Trago saliva.
He aprendido que querer es algo grande, que no es cualquier cosa.
Crecemos repitiéndonos a diario que queremos a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestra pareja…
Nos lo decimos tanto que a veces se vuelve algo cotidiano.
Pero no lo es, no puede serlo. Porque querer es algo auténtico, especial. Y no se quiere a cualquiera.
El viaje a Lisboa ha marcado un antes y un después tanto en Andrew como en mí.
Cuando aterrizamos en Dunrae, me di de bruces con el miedo.
Me arrepentí de haberme dejado llevar, no pude apartar la incertidumbre que me genera pensar en si me estoy engañando o no.
Tal vez esté cogiendo un cristal a sabiendas de que corta.
Tal vez me corte. He empezado a dudar sobre lo que es el miedo.
Creo que conozco demasiado bien ese temor.
Pero me preocupa que esa sensación, ese pálpito, sea señal de que me estoy enamorando de quien no debo. ¿Cómo se detiene esto?
He terminado huyendo. Soy una cobarde que prefiere no enfrentarse a sus sentimientos, pero tengo que parar para entenderme. Volver a casa es lo correcto, por eso estoy aquí.
—Abrázame, mami —le pido cuando nos detenemos en un semáforo, con la barbilla temblando.
Y ella lo hace sin hablar. Este abrazo es diferente al del aeropuerto. Este es uno de esos que te hacen sentir segura, de los que tienen el poder de borrar el mundo que te rodea y hacerte olvidar todos los problemas que te turbaban un segundo atrás.
Cuando termina el abrazo, apoyo la cabeza en la ventanilla del coche mientras reprimo las fuertes ganas de llorar que tengo al darme cuenta de que estoy de nuevo aquí, en casa. ¿Y si no vuelvo a Irlanda? ¿Y si lo dejo todo?
Mamá cambia de canción y pone «Estranged» de Guns N’ Roses, su banda favorita. Es uno de los temas que compartimos. Me coge de la mano y mueve los brazos en un divertido bailoteo mientras canturrea en voz alta. Sonrío, me río, me seco las mejillas y me uno a ella.
La miro a la cara mientras conduce, y entonces me percato de que tiene algo. Su rostro parece más liso, parece brillar de otra forma, no se la ve cansada, incluso se ha maquillado.
—Te veo algo distinto —observo.
—¿Yo? Estoy feliz de que estés aquí.
Dudo. ¿Y si hay algo más? No, ella me lo contaría, nos lo contamos todo.
Tal vez me esté viendo peor de lo que esperaba y se está esforzando por hacerme sentir mejor.
Lo cierto es que ahora me siento como una niña muy pequeña con el corazón débil, puede que incluso más frágil que cuando me fui, pero de otro modo.
Estar aquí me hace sentir más sensible de lo que yo pensaba, desde luego.
—Siento todo este numerito. Yo… No sabía cuánto necesitaba venir.
—Olvídate de eso, cariño; vamos a pasarlo bien el tiempo que estés aquí, ¿de acuerdo? No pienses en el trabajo ni en los chicos. ¿Te apetece ir al cine y salir a cenar por ahí?
—¡Sí!
De pequeña, era mi plan favorito cuando llegaba el sábado por la tarde.
Solíamos hacerlo una vez al mes, sobre todo cuando mi madre cobraba, y lo celebrábamos yendo a ver la película que más nos apeteciera.
No me daba cuenta de lo complicado que era para ella verse sola y tener que sacar a la familia adelante sin la ayuda de nadie.
Hubo una época en que mamá llegó a tener dos trabajos, mucho antes de conseguir un puesto fijo en el supermercado y de que yo fuera lo suficientemente mayor como para trabajar.
Fue una etapa en que yo la veía poco. Tenía unos trece años y aprendí a pasar mucho tiempo sola.
Los miércoles y los viernes comía en casa de la abuela, y nos hacíamos compañía: le contaba qué tal había ido el día en el instituto y a veces leíamos juntas.
De vez en cuando me compraba algún libro y cocinábamos torrijas juntas sin importar la época del año en que estuviéramos.
Jamás podré quejarme de mi vida aquí porque nunca me ha faltado nada ni me he sentido sola.
Mi círculo de amigos comenzó a crecer, pues el primer año de instituto mi grupo de chicas se juntó con uno de chicos que jugaban al balonmano, y me lo pasé genial.
—¿En qué piensas?
—Se me hace rarísimo estar aquí. —Estoy encantada de haber vuelto, como si al irme a Irlanda hubiera dejado atrás todos los dramas—. Pero me encanta. ¿Vemos la última película de Sydney Sweeney?
Mamá y yo acabamos viendo Cualquiera menos tú , una comedia romántica que nos ha hecho reír y me ha ayudado a no pensar en nada ni en nadie. Después cenamos en un Burger King, entre unos chavales cuya media de edad son quince años, y volvemos a casa.
—No hace nada de frío —comento.
—Este año está tardando en llegar.
—Me han dicho que dentro de poco empezará a nevar en Dunrae… —Entramos en casa y siento un escalofrío. No ha cambiado nada. Pero yo no soy la misma que cruzó esa puerta la última vez—. Oye, ¿te atreverías a venir a Irlanda?
—¿Subirme en un avión? ¿Yo?
Les tiene un miedo horrible, qué irónico que yo sea azafata de vuelo.
—Anda, dúchate, que estarás cansada.
¿Hace cuánto tiempo no escuchaba la orden de que me duche? Me río.
—Por cierto, ¿has avisado a tus amigas de que estás aquí?
Había pensado en avisar a alguien, pero al final he decidido no hacerlo. Quiero aprovechar estos días para reconectar, y creo que para eso necesito aislarme un poco.
—No he avisado a nadie y creo… que por ahora no voy a decir nada.
Estoy aquí para pasar tiempo con mi madre y conmigo. No me apetece ver a nadie. No es que no eche de menos a mi grupo, pero nadie tiene ni idea de lo que me está ocurriendo, y siento que no quiero quedar hasta que aclare mis ideas.
Antes de irnos a dormir, mamá y yo salimos a la terracita de la casa de mi infancia y charlamos un rato, reflexionando sobre la vida en general.
—¿Has sabido algo de ya-sabes-quién?
No me esperaba que me preguntara por mi ex y, como me pilla desprevenida, siento una punzada en el pecho. ¿Por qué sigue doliéndome? Creo que se me nota el malestar en la cara, porque añade:
—Perdón, necesitaba preguntarlo.
—Me ha estado escribiendo, pero he tenido la mente ocupada con Andrew… —Niego con la cabeza al recordar a Alejandro—. Intento olvidarlo, curarme, pero es…
—Muy difícil.
Asiento.
—Unas veces pienso que jamás volveré a sentir lo mismo. Otras, que es imposible no hacerlo, porque me gusta imaginar que ahí fuera hay una persona para mí.
Veo que frunce el ceño. Hablar con ella del amor no es fácil.
—Lleva cuidado con ese piloto, Olivia.
Tiene miedo. Es normal, yo también. Cuando alguien te rompe el corazón (a ella, a mí), no lo tratas como un órgano más, qué va.
Se convierte en un objeto de cristal, frágil, débil.
Mi madre jamás superará que mi padre nos abandonase, y por eso no cree en el amor; al contrario, le tiene pánico.
He crecido toda la vida con sus advertencias…
Incluso cuando empecé a salir con Alejandro tuve que ocultarlo hasta que no pude más y se lo dije.
Obviamente, no se lo tomó bien. Empezó odiándolo, como al resto de los hombres del mundo, hasta que la convencí de que era un buen chico.
Al final me rompió el corazón y no volvió a darle más oportunidades al amor.
Ni a él. Y más siendo la razón por la que me marché de casa.
Si lo pienso, sigo sintiéndome mal por haberme ido.
—Nadie me va a romper el corazón porque estoy harta de que pase de mano en mano como si nada.
—No lo puedes prever, hija. Por eso debes llevar cuidado.
—Ya, si no todo sería demasiado fácil, ¿no?
Ella suspira, en un acuerdo silencioso, y veo que algo cambia en sus ojos. Desvía la mirada hacia el suelo, como si dudara en si decirme algo o no. Entonces, con la voz algo titubeante, me confiesa:
—Hija, tengo que contarte algo. Veo que es un momento difícil para ti, pero siento que necesitas saberlo, ser partícipe de ello.
—¿El qué? —pregunto extrañada por el cambio de tema y algo preocupada por tanto misterio—. ¿Te cambias de trabajo?
—No, no es eso…
—¿Y qué es? Mamá, me vas a matar de curiosidad.
Silencio.
—Estoy conociendo a alguien —dice del tirón, y me quedo petrificada.
—¿¡Qué!? —chillo. Al principio siento una mezcla de emociones, pero pronto las supera todas la felicidad de saber que mi madre, al fin, está escuchándose y se permite vivir—. Mamá, ¡eso es genial! ¿Quién es? ¿Cómo lo has conocido?
—Se llama Ricardo y, bueno… ¿Recuerdas el otro día que te conté que me había animado a tomar una cerveza con los del trabajo? Lo conocí allí.
—No me lo puedo creer, eso es… No tengo palabras.
—Quería que lo supieras porque la verdad es que… me gusta —dice con timidez.
Lo cierto es que no entraba en mis planes que mi madre saliera con un hombre después de tantos años soltera. Pero me alegro de que esté funcionando y de que se ilusione.
—¡Me siento tan feliz por ti!
Nos vamos a dormir después de que me cuente con todo lujo de detalles su historia con Ricardo. La escucho embelesada, como cuando de niña me contaba historias de amor.
Duermo mejor que nunca. No hay alarmas, no tengo que preocuparme por planchar el uniforme, mirar mi vuelo del día siguiente o terminar en cualquier parte del mundo, nada. Estoy en casa, estoy bien.
Y voy a cerrar el círculo de una vez. Como mi madre. Me ha demostrado que se puede. Si ella ha sido capaz de sobreponerse a todo lo que le ocurrió, yo también lo seré.
Lo haré por mí y por ella, por nosotras.