Bésame antes de volar 34. Amigos y tiempo
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34. Amigos y tiempo

Amigos y tiempo

ANDREW

Estoy esperando a que Olivia baje de su habitación.

Hemos hecho una pequeña pausa para descansar, ducharnos y cambiarnos de ropa para salir esta noche.

¿Es posible que me sienta más ilusionado que nunca?

Me pone nervioso aguardarla, me excita la idea de que haya accedido a pasar una noche conmigo y con unos amigos que le voy a presentar.

De pronto, recibo un mensaje de Camila y siento algo agridulce en el pecho.

Lo tengo más claro que nunca, necesito terminar lo que sea que tengo con ella.

Aunque haya consecuencias, como que me cueste el puesto de comandante.

Bah, no quiero pensar en ello. No puedo porque…

se abren las puertas del ascensor y veo a Olivia.

Estoy perdido.

Camina hacia mí con un vestido negro ajustado y unos tacones no muy altos que le hacen unas piernas preciosas.

Muestra una decisión que jamás le había visto.

De repente es otra chica, una sin miedos, con la cabeza más alta que nunca.

Es preciosa. Creo que me he empalmado al verla.

¿Es posible? Vaya que sí. Se ha dejado el pelo suelto, y sus mechones bailan a cada paso que da.

Cualquier canción sexy podría ser la banda sonora que la acompañara en este momento.

—Deja de babear, Jones —me suelta al pasar por mi lado, y me enfurezco porque ha vuelto a darle la vuelta a la situación.

Soy yo el que suele decir un par de cumplidos y la chica se sonroja. Ella no. A ella le dan igual. Me ha dejado en evidencia, otra vez.

—¿Vamos? —me insta.

—Sí, sí.

Tierra llamando a Andrew…, vamos, ¡espabila! Me he quedado embobado.

Me centro en repasar el plan de la noche. Siempre es un placer reencontrarme con Nuno y Miguel, amigos de oficio y naturales de Lisboa.

—Entonces es verdad, los pilotos tenéis amigos en todas las ciudades del mundo —comenta Olivia.

Me río.

—No en todas, pero sí en muchas. A Nuno lo conozco porque hicimos el curso de piloto juntos. Esa primavera me invitó a pasar unos días en su casa, y allí me presentó a Miguel, que también es piloto.

—Vaya, sois como una secta aeronáutica.

Suelto una carcajada y pienso que es la chica más divertida que jamás he conocido.

Reírse con alguien está bien, pero que esas risas te provoquen un todo por dentro es algo superior, supongo, porque nunca lo había sentido.

Hemos quedado en el barrio alto de Lisboa, la zona de bares, pubs y discotecas.

Me gusta el ambiente, siempre animado gracias a la gente que viene de Erasmus y decide aprovechar cada noche en la capital lusa para pasarlo bien.

Nos dirigimos hacia el punto de encuentro, pero Olivia se queja, resoplando:

—Si subo una cuesta más, me voy a morir.

Decido pedir un Uber y, media hora después, estamos en la puerta del Saudade, el garito de confianza de Nuno. No esperamos más de tres minutos hasta que llegan mis amigos, a los que acompaña Diana, la mujer de Miguel.

Intercambiamos abrazos y saludos. Cuánto me alegra reencontrarme con ellos.

—¡Una vez al año, amigo! —exclama Nuno.

—¡Una vez al año! —repito la promesa que nos hicimos cuando nos conocimos.

Los miro con atención, no han cambiado. Nuno es el típico portugués castaño con barba que mide casi metro noventa, charlatán, simpático y ligón, cómo no. Miguel, en cambio, es más menudo, apasionado del fútbol y de las alturas, el mejor acompañante de fiestas y bebedor de todo tipo de alcoholes.

Diana me saluda con dos besos. La conocí el día de su boda, hace ya dos años, cuando a mi amigo se le fue la olla y decidió pedirle matrimonio a una chica de Oporto, la rivalidad más directa para un lisboeta.

Nuno y yo no les dábamos ni seis meses, pero siguen tan felices como el día que se dieron el «Sí, quiero».

—Os presento a Olivia.

Los tres intercambian varios besos de saludo con ella, y tanto Nuno como Miguel me lanzan miraditas que sé lo que significan. Intento negárselo con gestos.

—¡Por fin has sentado la cabeza! Estoy orgulloso de ti, amigo —dice Miguel dándome una palmada en el brazo.

Miro a Olivia, abochornado, pero veo que ella se ríe sin parar. Primero mis padres, ahora ellos… ¿Por qué todo el mundo piensa que somos novios?

—¡No es mi novia! —me defiendo, aunque creo que mi tono, que no he podido evitar que sonara algo decepcionado, me delata.

Los tres me miran incrédulos. Nuno se acerca a ella y le dice:

—Independientemente de que seáis algo o no, te aseguro que jamás nos ha presentado a una chica. Eres la primera.

—Qué considerado —responde Olivia con ironía, mirándome.

—Bueno, chicos, ¿unas copas? Tenemos toda la noche por delante —canturrea Nuno, como siempre.

Nunca olvidaré las veces en que salíamos los dos a ligar, fardando de que éramos pilotos. Ahora siento que esas noches quedan lejos, muy lejos, y que no tenían sentido. Olivia tiene razón, supongo que vamos madurando con el paso del tiempo.

Tiempo. Ojalá pudiera detenerlo. Ahora. Porque la noche transcurre tan deprisa que no me da tiempo a saborearla. Y no me refiero al alcohol que no bebo, sino a los minutos en compañía de unos amigos a los que jamás pensé que les presentaría a una chica, una que me tiene loco.