33. Ella a través de una cámara
Ella a través de una cámara
ANDREW
Quiero cogerla de la mano y hacer turismo con ella todo el día. Quisiera hacerlo no solo aquí, en Lisboa, sino en muchos más lugares del mundo. Sé que Olivia no ha viajado demasiado, y es cierto que me considero muy buen guía.
Nuestra mañana comienza en la praça do Comércio, en mi opinión, la más importante de la ciudad.
Hace un día precioso y poco frío comparado con Irlanda, por lo que hay muchos turistas deambulando por el centro.
Olivia saca el móvil y le hace fotos al arco de la rua Augusta, uno de los monumentos más significativos de la capital lusa.
—¿Sabes que aquí estaba el palacio real? —empiezo mi labor como guía turístico.
—¿En serio?
—Sí, pero lo destruyó un terremoto. La verdad es que ha habido muchos que han castigado algunos de los monumentos más importantes de la ciudad.
—Vaya —responde, escuchándome con atención. Está adorable.
—Bueno, ¿preparada para andar? —le pregunto después de asomarnos al Tajo.
—Ya me he fijado en que ninguna calle de la ciudad es plana… Supongo que tendré que mentalizarme —responde con un retintín que me hace gracia.
Nos dirigimos al barrio de la Alfama, el más antiguo de Lisboa.
Tiene casas de colores, cuestas empinadas y las mejores vistas de la capital se muestran conforme vamos subiendo por las calles.
Cada dos por tres me fijo en la expresión de Olivia, que intenta disimular el cansancio.
Y es que da igual que estés en forma, caminar por estas calles es como subir el Everest. Paramos en la catedral y, mientras ella se queda dentro, me escapo un minuto a comprar una cosa.
Cuando vuelvo, me la encuentro haciendo una foto al exterior, y justo se da la vuelta y me mira.
—¿Qué haces? —Se sobresalta, creo que no se lo esperaba—. ¿Qué es eso…? —pregunta al darse cuenta de lo que tengo en las manos.
—Acabo de comprar una cámara analógica, y sales preciosa en tu primera foto.
—¡No es verdad! Estaba distraída —gruñe, pero intenta disimular una sonrisa.
—Mi hermana dice que esas fotos son las mejores.
No responde porque sabe que tengo razón.
—Me gustaría fotografiarte durante el día de hoy —le confieso.
—¿A mí? —Asiento—. ¿Por qué? Estamos en una ciudad preciosa.
—Ya la he visto muchas veces. Pero a ti, aquí… no sé si se repetirá esto, Olivia.
Se me forma un nudo en la garganta. Solo ella me hace sentir que debo vivir cada instante, como si nunca antes hubiese sido consciente de mi presente, de que hay un reloj contando minutos y segundos, de que existe el tiempo.
Ella me hace verlo todo distinto, y lo odio y lo amo a partes iguales.
Porque he descubierto una parte de mí que no conocía y que creía que no quería conocer.
—Te has quedado embobado… —Su burla me saca de mis ensoñaciones.
—Sigamos, quiero parar en un mirador que te encantará.
Y no me equivoco. Cuando llegamos, me tomo su mirada de sorpresa como un pequeño triunfo personal y me quedo embelesado con su sonrisa, plenamente sincera y feliz cuando se da cuenta de que tiene toda la capital ante ella: los colores; las voces de la gente; la plaza que hemos visitado antes a lo lejos; el azul del río que contrasta con los tejados; el puente 25 de Abril, que nos acerca a la ciudad de San Francisco…
—¿Te gusta? —Solo espero que diga que sí.
—Guau. —Es lo único que es capaz de contestar. La fotografío—. ¡Andrew! —se queja.
—¿Y el recuerdo que tendrás de este momento?
—Eso es verdad —musita—. Pero eso no te da derecho —dice mientras me apunta con el dedo, fingiendo estar enfadada conmigo.
Niego con la cabeza al tiempo que sonrío. Ella me asesina con la mirada una vez más.
Desde que terminó la comida en casa de mis padres y lo nuestro se fue al traste, me he estado preguntando si algún día todo volvería a la normalidad entre ella y yo, y este día está siendo lo más cercano a eso.
Temo lo que pueda pasar al volver a Dunrae porque jamás me lo he pasado tan bien con una chica.
Y no, no quiero perderla. Quiero volver a besarla.
Porque nunca me ha gustado tanto alguien.
Quizá la cagué y no volverá a ser lo de antes, pero lo intentaré, de eso estoy seguro.
—Venga, Jones, ¿cuál es la siguiente parada?
—Vamos a tomar algo y a comer pasteles de bacalao —digo intentando imitar el acento portugués, y fracaso estrepitosamente.
—¿Cómo has dicho? —Se ríe. Mierda—. Repite eso último.
—No hace falta.
La asesino con la mirada y sé que acabo de sonrojarme. Olivia se parte de risa, y yo niego con la cabeza. Lleva un buen rato riéndose a mi costa.
—Venga, vamos —me dice mientras hace el amago de pasarme el brazo por los hombros, aunque no llega, porque la diferencia de altura entre nosotros es demasiada y ese gesto chistoso me remueve algo por dentro—.
Me parece una idea maravillosa comer pasteles de bacalao.
—Ahora es ella la que intenta imitar el acento portugués, y es obvio que se le da mejor que a mí.
—Que conste que lo haces mejor porque eres española.
Vuelve a soltar una carcajada y me quedo atontado. Ahora estoy seguro: no quiero que termine el día.
—¿Te lo estás pasando bien? —le pregunto para asegurarme de que esté a gusto y disfrute en todo momento. He decidido que esa será mi misión hoy.
—Estar de viaje siempre me pone de buen humor —contesta algo ruborizada.
—Venga, admite que es por el maravilloso guía que tienes.
—Ni lo sueñes.
Conozco muchos buenos restaurantes en Lisboa, como Nossa Casa, en el que cocinan de la forma más auténtica y tradicional posible, y tienen el mejor vino y los mejores postres.
Entramos y pido mesa para dos. Se me hace un poco raro vernos a los dos solos sentados en un local lleno de parejas y familias.
Aunque sea la segunda vez que comemos juntos (si contamos la cena en la hamburguesería de Dunrae), en aquel momento aún no se había roto la burbuja de la farsa que creamos para mis padres.
Ahora lo siento más real. Pero ¿qué somos? ¿A qué estamos jugando?
—Si pudieses cambiar algo de ti, ¿qué sería? —me suelta Olivia rompiendo el silencio.
—Mmm, esa es una pregunta muy general.
—¿Muy general? —dice entre risas—. ¿Quieres que concrete? Está bien, dime algo que te guste de ti y después algo que no te guste.
Miro al techo como si allí estuviera la respuesta.
Suspiro y me lo pienso. Solo a ella se le ocurriría preguntarme algo así, pero también creo que solo con ella puedo hablar de estas cosas y contestar con sinceridad.
Pero ¿cómo es posible que nunca me lo haya preguntado a mí mismo?
Me doy cuenta de que, en realidad, no sé qué es lo que más me gusta de mí.
Puede que mi lealtad. Aunque es una respuesta de mierda y pienso que, tal vez, ella quiera oír otra cosa.
—¿Qué pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato?
—Aunque no te lo creas, me cuesta decir cosas que me gusten de mí.
Entonces me inclino hacia ella. Intento darle la vuelta a la tortilla. Aunque me cuesta saber cuál es mi mejor cualidad, podría contestar al instante la segunda parte de la pregunta, qué es lo que menos me gusta de mí. Y eso me asusta, así que recurro a mi coquetería habitual.
—¿Y a ti? ¿Qué es lo que más te gusta de mí?
Olivia se muerde el labio, pensativa. Me encanta cuando lo hace.
—Te he preguntado yo antes —se queja.
—Responde —le pido, y le rozo el brazo con la mano—. En serio, me gustaría saberlo.
—¿Para acrecentar tu ego?
—No. Para eso no.
Vuelve a apoyar la espalda en el asiento y sigue reflexionando. Tarda unos segundos en responder, probablemente se plantea si decirlo o no.
—Me gusta que seas un chico que vive en su mundo.
Abro los ojos sorprendido. No me esperaba esto.
—¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—Eres introvertido, callado, te pierdes en tus pensamientos, eres tan buen observador porque prefieres verlo todo con perspectiva, desde la esquina de una habitación, te gusta ese segundo plano.
Vaya.
—Me estás definiendo.
—A través de mis ojos… —Ahora es ella la que se inclina hacia mí. Me gusta este debate, de alguna forma me genera adrenalina—. Acabo de definir tu coraza. Esa que le muestras al mundo.
Tiene razón. En todo.
—Lo que menos me gusta de mí es haber hecho daño a gente que no se lo merecía —me sale de repente, a borbotones, y espero una expresión de sorpresa por su parte.
También he aprovechado para colar una disculpa en mi confesión, no lo voy a negar—.
A veces nos centramos tanto en nosotros que no vemos más allá.
He tardado en darme cuenta de que no soy el único que tiene problemas, miedos, dudas.
He sido egoísta sin querer, y me arrepiento de ello.
—Hago una pausa—. Pero tú… —digo mientras la miro fijamente—.
Creo que de algún modo me has abierto los ojos, Olivia.
No responde, se mantiene en silencio, y no sé si es bueno o malo, pero ya he dicho lo que quería.
—En cuanto a algo que me guste de mí… —sigo—. Aunque no lo parezca, soy muy emocional. Creo que es mi mayor secreto, pero también una de las cosas que más me gustan de mí.
—¿Por qué? —me pregunta achicando los ojos.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué los chicos os empeñáis a esconder las cualidades que más nos gustan a las chicas?
Sonrío.
—Es una gilipollez, lo sé. Supongo que uno se va dando cuenta de eso a medida que pasa el tiempo.
El camarero viene con la comida, pero Olivia y yo no podemos dejar de mirarnos, como si no existiera nada más.
Me tiene calado. Parece mentira que siempre haya sido un chico distante, reacio al amor, al romanticismo, a perder el culo por alguien.
Parece mentira que ahora mismo esté soñando con huir con ella a alguna parte perdida del mundo.
Una en la que podamos ser nosotros, en la que no existan las presiones por convertirnos en alguien que no queremos ser.
—Deja de cambiarme —digo medio en broma medio en serio.
Sabe a qué me refiero.
—¿Sabes? Siempre he pensado que hay personas que pasan por nuestra vida para enseñarnos algo.
—Ya.
Pero yo no quiero que esté de paso, quiero que se quede.
Salgo del restaurante con el corazón menos roto, pero más perdido que antes. Olivia tiene una magia inexplicable, y la odiaré si se le ocurre desaparecer de mi lado.
—¿Y ahora qué? —pregunta cuando el aire de la calle vuelve a acompañarnos.
—Ahora vamos a dar un paseo en tranvía. ¿Te parece?
Ella se ríe.
El tranvía 28 es el más famoso de Lisboa.
Recorre los barrios más emblemáticos de la ciudad, como la Alfama, Chiado o Barrio Alto.
Son las cuatro de la tarde y, aunque los tíquets siempre están agotados, la suerte nos sonríe y conseguimos un pase.
Recorremos el centro histórico y pasamos por el castillo de San Jorge y por algunos de los miradores más representativos.
Es precioso ver la ciudad desde arriba, tintada de colores, de vida…
Es tan distinta a Irlanda… Le saco fotos a Olivia mientras apoya la mejilla en la ventana, como si fuera una niña pequeña.
No necesito fotografiar los monumentos; su rostro me parece infinitamente más interesante.
Desde atrás, me acerco un poco más a ella, hasta que mi nariz casi roza su pelo y siento su espalda en el pecho.
Ella se vuelve y su rostro queda pegado al mío, tan cerca que distingo a la perfección esa mancha tan especial que tiene en el ojo.
Se queda mirando mis labios, y algo me recorre el cuerpo.
La conexión que siento con ella es de otro mundo.
Quiero besarla, quiero que sea fácil.
—¿Qué pretendes, Andrew? —Su pregunta es sincera, llena de expectación y angustia a partes iguales.
—Nada.
Ella niega con la cabeza.
—Intento protegerme, pero me lo pones muy difícil.
Me rompe el corazón oírla decir eso, porque sé que es cierto. Estoy tan desordenado por dentro que no sé si algún día llegaré a merecerla.
—¿Protegerte?
—De ti, de todo lo que…
—Sigue la frase —le pido.
No sé si soy masoquista, pero quiero que me lo diga. Quiero enfrentarme a la realidad de saber por qué una chica tan especial me tiene miedo. Miedo a que le rompa el corazón, miedo a que vuelva a ser yo y la cague.
El tranvía se detiene y la gente baja. En la parte trasera, solo quedamos ella y yo. Nos sostenemos la mirada sin decir nada. Puedo ver la duda en sus ojos. La entiendo. Pero no puedo hacer nada para parar esto. No puedo dejar de sentir, de querer, cada vez más.
—Olivia, solo quiero que lo pasemos bien. —Sé que es una respuesta de mierda. Pero no sé hacer esto, no sé qué más decirle.
—Ya, pero…
Se le ponen los ojos llorosos, y me maldigo mil veces por no ser capaz de decirle que la quiero, que me gustaría no ser así, que deseo ser mejor.
— Abaixo! —nos invita a salir el conductor del tranvía.
—Deja que te lleve a un sitio bonito —le suplico.
—¿Bonito? —Parpadea para ahuyentar las lágrimas que hace un momento amenazaban con escapársele—. ¿Te parece poco todo lo que hemos visto?
—Confía en mí, es el mejor lugar para ver el atardecer —le aseguro. Entrelazo la mano con la suya y tiro de ella.
Vamos a Belém, un barrio al sudeste de la capital. Ahí nos encontramos con la desembocadura del Tajo y una fortaleza que se llama Torre de Belém, un monumento muy bonito a orillas del río, alrededor del que la gente se sienta para ver cómo se pone el sol en el horizonte.
—Es impresionante.
Hay un pequeño tramo, que llega hasta la torre, cubierto de arena. Salto hasta allí y ella se sobresalta.
—¡Te vas a manchar!
—Ven, siempre he querido hacer esto.
Encuentro un palo y escribo mi nombre en la arena. Busco a Olivia con la mirada. Me siento como un niño.
—¡Vamos, ven!
Al final, termina imitándome.
—No te pega nada esto, es como los adolescentes que tallan sus iniciales en el tronco de un árbol.
—Apuesto a que tú lo has hecho.
—Claro que no.
Pedimos una crepe en un puesto callejero, nos sentamos en el borde del muelle y seguimos charlando mientras vemos el sol que se va escondiendo en el agua. Por primera vez, no me fijo en mi alrededor. Cuando estoy con Olivia, el chico que lo observa todo deja de hacerlo para mirarla solo a ella.
Saca mi faceta más divertida. Me hace reír, me siento más vivo, más real. No soy el Andrew distante y frío, ni el rompecorazones que finge que nada le importa.
Soy… otra persona.
—¿Sabes? Nunca me habían traído a ver el atardecer.
—Yo tampoco lo había hecho antes.
Hace una mueca, como diciéndome que no me cree. Veo que tiene la mano apoyada en el suelo y acerco la mía. No se mueve, y noto sus dedos. Quiero hundir la nariz en su pelo, o mejor, en su cuello, pero Olivia es una barrera que me inquieta y me impone. Es diferente.
—Es precioso, Andrew.
No dejo de mirarla.
—Muchísimo.