Bésame antes de volar 32. Lisboa con él
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32. Lisboa con él

Lisboa con él

OLIVIA

No me lo puedo creer. De entre todos los pilotos de la base, tenía que venir él.

Y encima nos quedaremos dos días en la capital portuguesa…

Cuando me han llamado y me han dicho que iba a estar dos días en Portugal, me ha parecido un plan fabuloso.

En Berlín lo pasé muy bien, y ahora me daban la posibilidad de vivir una nueva aventura de esas que te ofrece este trabajo de ensueño.

Además, he pensado que me ayudaría a mantener la mente alejada de todo lo que sucede en la base y que podría empezar a ordenar mis sentimientos.

Pero está claro que el destino es caprichoso.

Intento que mis ojos no coincidan con los de Andrew. No quiero que note lo nerviosa que me ha puesto saber que estaremos juntos en Lisboa. Bueno, en realidad nadie nos obliga a estar juntos una vez allí, pero prefiero no pensar en ello.

—¿Nos vamos? —pregunta el comandante Robert Johnson, y se me hace raro operar un vuelo que sale tan tarde.

No quiero comerme la cabeza con los dos días que nos esperan en Portugal.

Ya de entrada, durante el embarque, una señora mayor se ha desmayado al subir al avión y hemos tenido que llamar a la ambulancia.

Después hemos atravesado un área de turbulencias bastante fuerte, me he caído al suelo y me he dado un golpe en el costado con uno de los trolleys .

Han sido dos horas en las que apenas hemos podido levantarnos del asiento…

Ya sabemos por qué nos han llamado para operar de emergencia este vuelo: en el norte de España y parte de Portugal hay problemas con el temporal.

—Joder… —murmuro cuando logramos aterrizar, desembarcar y salir del avión.

Necesito aire. Los tripulantes de cabina estamos acostumbrados a pasar muchas horas volando, sí, más que los pasajeros, pero llega un punto en que necesitamos aire fresco, y más después de un vuelo tan movido.

Ah, y también unas cuantas cervezas. Stephanie, la sobrecargo, y yo pactamos que, al llegar, iremos a tomar algo, aunque sea en el bar del hotel.

Como siempre, Nimbus nos aloja en un cinco estrellas, y aún no me acostumbro a tener una habitación tan grande solo para mí, aunque solo sea durante un par de días.

Debe de medir casi como toda la casa de mi madre, y eso me recuerda que tengo que llamarla.

Cuando opero vuelos de tarde o de noche no puede irse a dormir sin que la avise de que estoy bien.

Mientras deshago el equipaje, aprovecho para hacerlo.

Le cuento cómo ha ido el vuelo, por qué nos quedamos un par de días aquí y escucho con paciencia sus preocupaciones de madre.

El mundo de la aviación le parece demasiado peligroso y complicado.

—Hija, ahora te siento más cerca… —dice al saber que estoy en el país vecino.

A veces no soy consciente de lo mucho que me muevo hasta que me paro a pensarlo.

Hoy en Portugal, pero ¿y dentro de dos días?

Se suponía que estaba de guardia en Dunrae, y había planeado pasar la tarde leyendo o dando un paseo.

Como dice Carter, en este trabajo nunca sabes en qué parte del mundo terminarás el día. Y no le falta razón.

—Y yo, mamá. Te quiero.

—¿Vas a descansar?

Miro el reloj de reojo y veo que es casi la una de la madrugada.

—He quedado con mi compañera para tomar algo en el bar del hotel.

—Muy bien. Mañana me cuentas qué tal la ciudad, disfruta —se despide, y me cuelga después de que le dé las buenas noches.

Imagino lo duro que será para ella el hecho de estar tan lejos la una de la otra, pero, sinceramente, me lo esperaba peor.

Pensaba que tendría a mi madre más encima de mí, suplicándome que volviera a casa a diario, pero ha ido acostumbrándose a mi ausencia.

Creo que está haciendo un enorme esfuerzo, y se lo agradezco mucho.

—¡Por nosotras! ¡Nos lo merecemos!

Stephanie y yo juntamos nuestros botellines de cerveza en alto y le doy un sorbo que me sabe a gloria. Desconectar así después del trabajo es lo mejor, y encima no operamos el vuelo de vuelta a Dunrae hasta dentro de dos días.

Pasamos un rato agradable hablando de nuestras casas, de las diferentes costumbres en España y Costa Rica, de donde es ella, y se nos hacen casi las dos.

Stephanie decide irse a descansar, pero a mí me apetece quedarme un rato sola en la barra.

Solo quedan unas tres o cuatro personas.

Es viernes por la noche, e imagino que todo el mundo quiere alargar el día en alguno de los bares de la ciudad.

Estoy en Lisboa. Gratis. Antes solo podía permitirme una escapada al año de un par de días y ahora podría quedarme en cualquier ciudad sin pagar.

El otro día Serena hablaba con Carter sobre planear un viaje los tres (dijo «los tres» porque está molesta con Ben, aunque él no sabe que ella lo vio con otra chica).

Me gustó la idea, aunque espero que lo hagamos cuando se reconcilien.

—¿Quiere algo más? —me pregunta el camarero, que es muy joven, mientras limpia una copa.

—Otra, por favor.

—Que sean dos —responde una voz a mi espalda.

Aprieto los párpados con fuerza. En el fondo, lo estaba esperando.

Andrew toma asiento en el taburete más cercano al mío.

—¿Cómo estás? —Mantiene la mirada baja, aparentemente incómodo.

—Viva, después del vuelo de hoy —me limito a contestarle.

—Lo siento. Sé que en la cabina de pasajeros se notan más las turbulencias que en la nuestra.

El camarero vuelve con dos cervezas. Andrew le extiende un billete de diez euros por encima de la barra.

—No hace falta que me invites —le digo, poniendo los ojos en blanco.

—Ya sé que no hace falta.

Nos quedamos callados. No sé si me molesta que esté aquí.

Creo que en el fondo deseaba verle, por mucho que odie admitirlo.

Tengo los sentimientos desordenados y ya no sé lo que quiero, pero me he dado cuenta de algo: Andrew Jones me gusta mucho.

Y no sé a quién detesto más, si a él por haberme hecho ilusiones o a mí por haber bajado la guardia hasta el punto de dejar que alguien en quien me prometí no fijarme haya atravesado mi coraza.

—¿En qué piensas? Estás muy callada —vuelve a hablar él.

—No sé qué decir.

—Siempre tienes algo que decir.

—Creo que ya te lo dije todo la otra vez.

—No quiero estar mal contigo.

—¿Ahora te importo?

—Mucho, la verdad —responde—. ¿Podemos pasar página y empezar de nuevo?

Niego con la cabeza.

—No puedes pedirme algo así.

—¿Por qué?

Porque tengo sentimientos hacia ti. Porque me mataría antes de confesártelo.

—Porque todo está demasiado enredado —le espeto, y le doy un trago a la cerveza.

—Olivia… —dice mi nombre, y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no mirarlo a los ojos, porque entonces descubrirá mi debilidad en ellos—. ¿Me dejas enseñarte Lisboa?

—Es muy tarde.

—¿Y qué?

Sonríe de lado y tengo que morderme la lengua. Es muy tentador. Y yo demasiado débil.

—Solo un paseo.

—Estoy cansada.

—No será muy largo, te lo prometo.

Me lo pienso, de verdad que me lo pienso.

—Mañana.

—Está bien.

Me levanto. No puedo quedarme más tiempo o terminaré saliendo por la puerta del hotel a su lado en vez de marcharme a mi habitación. Cada vez estoy más segura de que Andrew se está convirtiendo en una debilidad para mí. Y no puedo permitir que eso suceda.

—Buenas noches, Jones.

—Adiós, Olivia.

Dejo a Andrew en la barra del bar y noto que me sigue con la mirada, con esos ojos azules que me quitan el aliento cada vez que me pierdo en ellos.

Suspiro cuando llego al ascensor y pulso el botón de mi planta.

Estoy cansada. Pero no dejo de pensar en él y en la casualidad de que nos hayan destinado a los dos aquí, a Lisboa.

Solo espero que la pequeña salida de mañana me aclare las ideas.

Porque sé que no debo acercarme a él.

Pero soy incapaz de evitarlo, me gusta demasiado.

Y no puedo ignorar lo que me hace sentir.

Me asusta, pero, por otra parte, tengo la sensación de que mi corazón ha sufrido tanto que ha terminado recubriéndose de un material indestructible.

No me creo invencible al amor, pero quizá esta vez pueda enfrentarme a él sin miedo.

Me despierto algo desubicada porque la luz que entra por la ventana es diferente.

El techo y la estancia son distintos a los que estoy acostumbrada y no oigo a Serena dándome los buenos días.

Enseguida recibo un mensaje de Stephanie diciéndome que se encuentra fatal y que se quedará en la cama cogiendo fuerzas para el viaje de vuelta.

Mierda. Me quedo un rato tumbada, meditando qué hacer.

He dormido regular porque aún no me acostumbro a estar en una habitación de hotel sola y, además, le he cogido cariño a mi cama de la residencia.

Sin embargo, cuando abro las cortinas y recuerdo que estoy en Portugal, un cosquilleo me recorre el cuerpo.

Hace un día perfecto. La tripa me avisa de que ya es tarde y de que es hora de bajar a desayunar al bufet del hotel.

¿Hay algo mejor que servirte todo lo que te apetezca en un plato?

Mezclar dulce, salado, fruta y embutido…

Me pongo unos vaqueros, un jersey negro, las botas y el abrigo.

No sé si quiero encontrarme a Jones, pero, cuando bajo y recorro el comedor con la mirada, no lo veo.

Tampoco al comandante. Está bien, haré turismo sola.

Y muchas fotos. Supongo que la oferta de Andrew de ir a recorrer la ciudad no iba en serio, y en parte pienso que debería alegrarme.

Me lleno el plato con cosas que jamás desayunaría: piezas de fruta mezcladas con salchichas, dulces y tostadas.

Pruebo el zumo de pera y el de naranja, y me sirvo un colacao.

¿Tendré hambre a la hora de comer? Me gustaría probar la gastronomía típica.

Quiero sacarles el máximo partido a las horas que me quedan en la ciudad.

Desayuno sola, y muy a gusto. Hablo por teléfono con mamá y con Serena, que no deja de repetirme que me mantenga alejada de Andrew porque es un gilipollas.

Tiene razón, es un gilipollas.

Mientras me levanto de la mesa satisfecha y con el estómago lleno, el susodicho aparece en la sala y viene directo hacia mí.

—Me debes un paseo —dice a modo de saludo.

Empezaba a preguntarme dónde se había metido.

—Los chicos como tú no soléis ser tan persistentes.

—¿Te molesta?

Lleva ropa informal, un jersey y unos vaqueros sencillos. Informal teniendo en cuenta lo pijo que es y que, aunque no lleve el uniforme, sigue vistiendo camisas de marca. Tiene el pelo mojado, supongo que porque acaba de darse una ducha. Está tremendamente sexy.

Pienso en lo que me acaba de decir.

—Sé que no eres así y me descoloca, la verdad.

—No me conoces, Olivia. Te empeñas en creer que sabes cómo soy, pero no conoces ni la mitad. —Ahora parece molesto.

—Cierto, creía que te conocía, pero resulta que no.

Andrew desvía la mirada. También yo estoy cansada de tener esta conversación una y otra vez, pero no he mentido.

—Soy el chico que conociste en casa de mis padres, el que te subió a aquella avioneta. Soy imperfecto y estoy lleno de dudas.

Es el chico que ilusionó a Serena y a muchas más, ese que, por alguna razón, mantiene un vínculo extraño con Camila, en el que no puedo entrometerme. No solo es mi corazón el que está en juego.

—Yo tampoco tengo nada de especial, Andrew. Solo…

—Conozco un sitio —me corta—. Venga, vamos.

Arqueo las cejas. Tiene que dejar de cambiarme de tema de este modo, me cuesta seguirle el ritmo. De repente no estoy segura de querer pasar el día con él. Mi amiga tiene razón; si lo hago, estaré cometiendo un error.

—No juegues conmigo, por favor —le pido con la cabeza gacha.

No me asusta mostrarle mis debilidades porque él sabe cuáles son, a cuál podría recurrir si quisiera herirme. Con cualquier otra persona intentaría fingir que todo en mi vida anda bien, pero con él no tengo que hacerlo porque sabe cosas de mí que en estos momentos nadie conoce.

—Solo quiero pasármelo bien.

Su mirada parece sincera. Yo también quiero pasármelo bien. De pronto recuerdo lo bien que lo pasamos en la avioneta… Jamás lo olvidaré.

—¿Has hecho esto muchas veces?

Podría esperarme una respuesta afirmativa… Me lo imagino haciendo esto con cientos de azafatas, pero prefiero no pensar en ello.

—Odio salir de la base, siempre he preferido viajar durante mis vacaciones.

—A mí esto me parece una gran oportunidad para conocer lugares nuevos.

—Supongo que, cuando llevas tanto tiempo en esto, es distinto.

—Puede ser.

—Estoy feliz de que me haya tocado contigo, Olivia. Créeme, casi siempre me quedo en la habitación del hotel descansando.

—Dime que al menos sueles bajar para aprovechar el bufet.

Andrew se ríe, y tengo que admitir que me encanta cómo se transforma su cara cuando lo hace.

—Por supuesto. Bueno, ¿lista para recorrer Lisboa? —me pregunta, con una gran sonrisa dibujada en el rostro.

Suspiro.

—Supongo que sí.

Independientemente de cómo termine el día, estoy segura de que, como mínimo, no será aburrido.