31. Fuera de base
Fuera de base
ANDREW
Ha pasado una semana desde mi discusión con Olivia, y no dejo de pensar en lo mal que me siento.
Camila ha decidido actuar como si nada hubiese ocurrido.
Ni el beso con Olivia, ni el revuelo que ha supuesto en la base.
Le pregunté si le había molestado y me respondió con otra cosa, tratando de evitar la conversación.
A veces no puedo creer que sea así. Y tampoco puedo creer que haya organizado una cena con sus padres.
—No voy a ir.
—Tarde, ya se lo he dicho a mi padre.
—¿Por qué has hecho eso sin consultármelo?
—¡Me hacía ilusión! Además, falta poco para tus exámenes. Seguro que tú y mi padre lo pasáis bien hablando de vuestras cosas de pilotos.
Camila me pone de los nervios. Los dichosos exámenes me ponen de los nervios. A veces sueño con dejarlo todo y marcharme a una isla desierta, lejos de aquí, pero luego me llama mi padre o mi hermana, me preguntan cómo lo llevo y me aseguran que seré un gran comandante y un orgullo para la familia.
Siento que es un favor que les debo a los Jones. Y tener a míster K como enemigo sería el fin de mi carrera como piloto. Quizá tendría que marcharme de Dunrae, y eso sería un fracaso para los Jones.
Tengo que aguantar hasta que termine los exámenes. Por ellos.
Estoy preparándome cuando alguien llama a la puerta y me encuentro con Libby, la mujer que está a cargo de la residencia. Lleva varias carpetas en las manos, como de costumbre.
—¿Todo bien?
—Tienes una carta urgente —dice mientras me tiende un sobre, y se me ponen los pelos de punta.
—Muchas gracias.
Una vez que estoy solo, me quedo unos minutos mirando el sobre. Es igual que el anterior, con el mismo nombre: Lyla Stevens. Es ella, mi madre biológica otra vez. Se me hace un nudo en el estómago y quiero olvidarlo todo, pero no puedo. Pienso en Olivia, en que es la única que lo sabe.
De pronto recibo un mensaje de Camila:
Estoy abajo, no tardes
Hoy no me apetece fingir que soy el chico perfecto. Como bien dijo Olivia, estoy muy lejos de serlo, aunque me esfuerce por aparentarlo.
—Cuéntame. ¿Cómo ha ido? —me pregunta Chad mientras nos tomamos un café en mi cafetería favorita del pueblo.
Estoy de guardia. Me apetece pasar el día con calma, ya que al estrés de los exámenes y demás se le están juntando muchos vuelos.
El encuentro con la familia de Camila fue extraño.
Estar en casa de míster K bajo su atenta mirada y que estuviese pendiente de cualquier detalle que salía por mi boca me pareció muy incómodo.
Cada minuto que pasé allí fue más difícil que el anterior.
¿En qué momento dejé que todo esto se me fuera de las manos?
Intenté ser lo más educado y correcto que pude, pero poco más.
Camila se pasó el día fingiendo que teníamos una relación, lejos de lo que pasa en realidad entre nosotros.
Intentó besarme en varias ocasiones, pero no me salía hacerlo con naturalidad, así que terminé evitando esos acercamientos tanto como pude.
—Horrible.
—En serio, tío, tenéis una relación tan rara… Déjala, si te has cansado.
—Me tiene cogido por los huevos, Chad —musito. Odio admitirlo porque me da vergüenza—. Si la dejo, que ya lo he intentado, se lo dirá a su padre, y míster K es mi examinador.
—Confía en ti, lo harás bien. No te puede suspender por dejar a su hija.
—Oh, créeme que sí —respondo con sinceridad—. No dejaba de soltar gracietas: «Como le rompas el corazón a mi hija, estás acabado». El cabrón se reía, y yo no sabía qué hacer.
—La hostia —dice Chad tapándose la boca para que no vea cómo se le escapa una sonrisa.
Me paso la mano por el pelo.
—¿En qué momento he acabado así? Entre la espada y la pared por culpa de una chica que…
—Pero, Andrew, ¿sientes algo por Camila?
—Antes tenía mis dudas… La costumbre me nubló, incluso llegué a pensar que debía intentar tener algo con ella.
Algo más de lo que siempre hemos tenido, quiero decir.
Pero, desde que conocí a Olivia… —No pensaba sincerarme hasta este punto, pero parece que hablarlo reduce la presión que siento en el pecho, aunque solo sea un poco—.
No pienso en nadie más, Chad. No me la quito de la cabeza, y ahora entiendo que, con Camila, las cosas nunca han ido como deberían.
—Olivia, Olivia… Una chica muy guapa —afirma mientras achica los ojos.
Al instante entiendo lo que quiere decir su mirada. Vaya, acabo de abrirme con el que supuestamente es mi mejor amigo y a él no se le ocurre otra cosa que comentar el físico de la chica de la que estoy… Espera, ¿qué?
—Ni se te ocurra.
Chad se ríe.
—¿Qué pasa?
—Ni se te ocurra acercarte a ella.
—Es guapa.
—¡Chad! —exclamo entre dientes.
—¿Estás celoso? Eso es que te mola de verdad —dice riéndose, y estira el brazo para darme un golpe en el hombro.
No me hace ni puta gracia, no si se trata de Olivia. Aunque tiene derecho a hacer lo que le dé la gana, no me gustaría verla enredada entre las piernas de mi mejor amigo, y no es porque sea él, sino porque sé que le romperá el corazón en cuestión de días.
De repente me suena el móvil y me sobresalto cuando veo que son de la compañía.
Me informan de que me necesitan para operar un vuelo a Lisboa esta noche, así que tengo que darme prisa y prepararme para partir.
Cuelgo, y Chad, con el que estoy enfadado, ladea la cabeza, así que le explico quién me ha llamado.
—Opero Lisboa esta noche y me quedo dos noches.
—¡Toooma! Las portuguesas son guapas. Quizá podrías…
—Paso.
—¿Pasas? Tú no eres así.
Me está dando pereza seguir hablando con Chad.
En el fondo tiene razón, no suelo ser así.
En el pasado he aprovechado los viajes para terminar en la cama de alguien que no volveré a ver jamás, pero ahora no me apetece ir en ese plan.
De hecho, me pregunto por qué lo he hecho así siempre.
Al final termina siendo algo frío y vacío que te satisface durante un momento que luego lo olvidas con facilidad.
No sirve para nada, la verdad. Me habría gustado darme cuenta antes.
Sigo pensando en… ella. Y me mata por dentro. Ya no es que me guste, es que por fin había conocido a una chica en la que podía confiar, y todo se ha ido a la mierda.
—Tú asegúrate de mantener tus garras lejos de Olivia —le amenazo clavándole un dedo en el pecho.
—Que sí, pesado.
Después del café, que me bebo de un sorbo para no perder más tiempo, vuelvo a la residencia a preparar el equipaje para dos días. Por lo general, no me gusta estar fuera de la base, pero esta vez me apetece alejarme y desconectar de todo lo que está sucediendo últimamente.
Camila aparece en mi habitación en ese momento y me encuentra doblando una de las camisas que planeo llevarme. Su mirada se desvía hacia la cama, donde descansa mi maleta, todavía a medio hacer.
—¿Te vas? —pregunta. Antes de que pueda contestarle, añade en tono de advertencia—: Pórtate bien.
Quiere asegurarse de que no la engaño con nadie más.
—No somos novios.
—Lo que tú digas, pero no me gustaría que te fueras con otra chica por ahí. Ya sabes a qué me refiero: mi padre está contento contigo, en especial después de la comida de hoy.
No me voy a ir con nadie por ahí, pero no se lo digo. Tampoco le digo que ella no es el motivo. Se me acerca y me rodea con sus brazos delgados. Apoya la cabeza en mi pecho y suspiro; no tengo ganas de seguir luchando contra sus caprichos.
—Me gustas mucho, Andrew.
Y me desinflo por completo porque no puedo evitar sentirme fatal.
—Sé que te preocupan los exámenes, pero todo saldrá bien, te lo prometo.
—Gracias —digo en voz baja.
Le estoy agradecido y la odio al mismo tiempo.
¿Tiene sentido? Camila es un gran apoyo, de hecho, se preocupa por mí al mismo nivel que mi madre o mi hermana.
Sé que me quiere, y a veces pienso que soy un desagradecido por no quererla de la misma forma ni hacer por ella todo lo que ella hace por mí.
Pero la realidad es inevitable, no puedo fingir lo que no siento.
—Gracias por estar siempre ahí —susurro, más para mi consuelo que para el suyo.
—¿Y dónde iba a estar si no, tonto? —Se despega y me mira con sus ojos oscuros y brillantes—. Pásalo bien en Lisboa —me desea, y me besa en la mejilla.
A las nueve de la noche bajo a la puerta principal de mejor humor y con más ganas de las que he tenido estos últimos días para ir a volar. Aún siento los labios de Camila en la mejilla…
No puedo creer a quién me encuentro entre la tripulación.
Olivia.
—¿Listos para pasar dos días en Lisboa? —dice la sobrecargo, animada, y pienso que nos está tomando el pelo.