Bésame antes de volar 30. La fragilidad de un corazón
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30. La fragilidad de un corazón

La fragilidad de un corazón

OLIVIA

Llevo varios días enferma y sin salir de la cama.

Parece que se me han juntado todos los males que una chica puede tener: la regla, tan oportuna como siempre, me ha dejado noqueada, y a eso se le suma una infección de garganta que ha hecho que me suba la fiebre.

Siento que mi cuerpo me habla. Con tantas emociones, disgustos y decepciones, ha decidido que es demasiado y que necesito un descanso.

No sé en qué momento he terminado en medio de un lío amoroso, pero no dejo de pensar en lo tonta que soy.

Serena insiste en que no es culpa mía, en que para Andrew solo soy un juguete más y en que Camila es una arpía con todo el mundo.

Pero me siento estúpida por haber dejado que llegase a este extremo.

Ya tengo suficientes cosas de las que preocuparme como para sentirme mal por un tío que creía que había empezado a gustarme y que, sorpresa, es igual con todas las chicas.

Me siento ridícula, más tonta cada vez que lo pienso.

Hoy me he levantado algo mejor, así que decido ir a la biblioteca a devolver los libros que cogí la última vez y llevarme otros, aunque estoy muy enganchada a Bésame antes de volar y comento cada nuevo capítulo, que se publica los domingos, con Serena.

En la base tampoco se habla de otra cosa.

La historia sigue la vida de una azafata, su círculo de amistades, sus problemas familiares, sus dudas en el amor y, sobre todo, su crecimiento personal.

Todo el mundo quiere saber quién está detrás del blog.

Tal vez nunca lo sepamos, y creo que eso es parte del encanto de este misterio.

Me paseo un poco zombi por los pasillos.

Llevo una sudadera enorme y calentita con capucha porque tengo una cara horrible y hace frío.

Estos días, el chándal refleja mi estado de ánimo, y no pienso disculparme por eso.

Paso totalmente desapercibida para las personas con las que me cruzo.

Recuerdo que días atrás, antes de caer enferma, la gente me miraba y cuchicheaba sobre mí y sobre lo que había pasado con Andrew y Camila.

Odio las polémicas, y odio a Andrew por hacerme esto.

Camila no soporta a mi mejor amiga, por el motivo que sea, y ahora a mí tampoco.

Intento evitarla porque es una arpía, una abeja reina de las películas de institutos americanos, y no me apetece entrar en ese juego.

Además, no quiero perder el trabajo, y me ha amenazado.

Cuando salgo de la biblioteca, doblo por un pasillo y me doy de bruces contra un pecho ancho y duro.

—No me dijiste qué te había parecido el libro.

—¿Qué cojones? —Es lo primero que digo cuando reconozco a Andrew—. ¿Qué haces tú aquí?

—Voy a estudiar.

Lo miro de arriba abajo, enfadada. Porque, sí, estoy furiosa con él. Y vuelvo a verlo como ese chico del principio del que quería huir.

—Muy bien, adiós.

—Espera, Olivia —me pide mientras me coge del codo.

Muestra expresión de arrepentimiento, pero no me creo nada. Después de todo lo que ha pasado, no puedo creerle.

—No, espera, no. ¿En serio pensabas que seguiría tu estúpido juego?

Estoy alterada, sí, pero es que llevo mucha tensión. Bajo la voz cuando alguien chista para que no gritemos.

—Olivia, cualquier cosa que te haya dicho Camila no es verdad.

Niego con la cabeza mientras me río.

—No es verdad, dice —repito—. Lo he visto con mis propios ojos. Me has utilizado.

—No lo entiendes.

—¿Que no lo entiendo? —Doy un paso hacia él—. No debiste hacerlo. No soy ese reto o premio que quieres conseguir a toda costa, no soy como las otras chicas en las que te has fijado antes.

—Cierto, no lo eres.

—Pero no te perdonaré que me hayas utilizado de esta manera.

—Olivia, te juro que no te he utilizado.

—¿Y por qué me besaste? Sé sincero, ¿por qué cojones me besaste?

—Porque me gustas.

—No te creo —le espeto al tiempo que me cruzo de brazos—. Es la estrategia de siempre, ¿no? Te ha funcionado antes y crees que cualquier chica caerá rendida porque le hayas hecho caso más de dos días seguidos. Se acabó, Andrew, olvídame.

—No puedo.

—¿Y Camila? Siento pena por ella, la utilizas, no la quieres y encima estáis juntos.

—No estamos juntos, pero ella se empeña en que sí porque está jodidamente loca de la cabeza.

—Ah, claro, es el efecto que provocas en las chicas, ¿no?

—Por favor, escúchame —se desespera.

—Entonces déjala.

Silencio. Andrew da un paso atrás. Agacha la cabeza y me pongo nerviosa mientras espero una respuesta.

—No es tan fácil…

Algo se rompe dentro de mí. Y no sé qué es porque estaba segura de que no quedaba nada más por romperse.

—Entonces no tenemos nada de qué hablar —Me doy la vuelta. Dolida. Dañada.

Joder, me prometí que no volvería a vivir algo así. Lo de Alejandro está tan reciente que me parece una locura que todo esto haya pasado.

Andrew no me sigue y yo me voy de allí sin ningún libro nuevo y peor que antes.

Sigo andando y, de pronto, oigo lo que parece ser una discusión acalorada. Me escondo en una esquina porque no quiero interrumpir, pero tengo que pasar por allí para llegar a mi habitación. Las voces me suenan… Asomo la cabeza. Entonces los veo y palidezco. Son Carter y… Eloise.

Pero ¿qué…?

—Olvida lo que pasó —oigo que susurra Eloise, y me quedo tan absorta que no me entero de que alguien se me acerca por detrás hasta que me toca el hombro.

Me vuelvo de golpe. El movimiento hace que Carter y Eloise se den cuenta de que no están solos y se refugien detrás de la puerta de lo que supongo que es la habitación de él. Por suerte, creo que no me han visto. Al instante reconozco a la persona que me ha sorprendido.

—¡Serena! —exclamo al verle el rostro, enrojecido y lloroso—. ¿Qué ha pasado?

—Ben… —dice con la mirada perdida—. Me dirigía a su habitación cuando he visto salir de allí a una chica que se despedía de él dándole un beso en la mejilla.

—¿Qué chica? —pregunto, aunque sigo pensando en Carter y Eloise.

—Samantha, la piloto.

Joder. Con todo lo que ha pasado entre Andrew y yo, había olvidado lo que vi aquella noche en Berlín y la tensa conversación que mantuvimos Ben y yo a la vuelta.

—Lo que me ha descolocado ha sido la forma cercana y cariñosa con la que se hablaban, Olivia. Eso es que tienen algo. Joder, no me ha contado nada.

—Tranquila —digo mientras le paso el brazo por los hombros.

Admiro el carácter de Serena, pero, cuando tiene que ver con Ben, desaparece la chica segura que camina con los pies firmes.

El amor nos convierte en personas débiles.

No sé cómo decirle que se olvide de Ben, que él no la ve de la misma forma que ella a él.

Seguirle el rollo solo acrecentará su dolor y sus esperanzas.

Suspiro, odio a los hombres. Siempre la cagan, y somos nosotras las que sufrimos.

Entiendo que Ben no haya hecho nada con mala intención, pero tiene que ser claro con su amiga.

—Serena, creo que deberías olvidarte de Ben —digo con sinceridad.

Siempre he sido esa amiga sincera que dice las cosas claras.

Pasan unos segundos hasta que reacciona. Se ha quedado mirando a un punto fijo, en silencio. No tengo ni idea de lo que puede estar pasando por su mente o cómo va a reaccionar.

—Tienes razón. —Me mira con los ojos llenos de lágrimas—. Debo pasar página.

Entrelaza su mano con la mía y me siento bien cuando lo hace.

Entonces la abrazo. No sabía cuánto necesitaba un abrazo.

Apoyar la barbilla en el hombro de alguien, sentir el calor humano.

No sé si lo hago más por ella o por mí, pero lo necesitaba.

Un abrazo puede curar muchas cosas en un instante, la angustia acumulada puede esfumarse en segundos…

—¿Te apetece ver una película? —le propongo de camino a nuestro cuarto.

Ella asiente con la cabeza.