35. Y entonces empieza a llover
Y entonces empieza a llover
OLIVIA
Nos emborrachamos.
A veces uno necesita pausar la vida para darse cuenta de lo que está viviendo. Y no puedo necesitarlo más en este instante.
En realidad, nos emborrachamos todos menos él.
Sigo sin procesar que estoy en Lisboa. Con él.
Con sus amigos, unos a los que acabo de conocer.
Y que me estoy divirtiendo como nunca. Últimamente me ha dado por recordar que, a los dieciocho, me comía el mundo con mis amigas cada noche que salíamos, y me he puesto triste porque echo de menos a esa Olivia disfrutona y divertida.
Pensaba que se había perdido. Pero no. Porque poco a poco siento que cada vez brillo más.
Diana y yo nos convertimos en amigas inseparables a medida que va pasando la noche: bailamos, nos hacemos fotos en el baño, nos confesamos la una a la otra como si no nos acabáramos de conocer, nos ponemos intensas hablando de la vida mientras nos fumamos un cigarro que casi me hace vomitar y nos reímos por ello…
Me parece gracioso su acento portugués cuando habla en español conmigo y lo extrovertida que es, igual que Nuno y Miguel.
¿Todos los portugueses son así? A Andrew lo veo tan diferente a ellos…
Aunque sabe divertirse. Es la primera vez que salimos juntos de fiesta, y no puedo negar que, desde el momento en que me lo propuso, me moría de ganas.
Nadie se da cuenta de que es el único que no bebe alcohol, salvo por un par de cervezas.
Me confesó una vez que lo odia, por su madre, y se me pone la piel de gallina al pensarlo.
Nos movemos de bar en bar toda la noche buscando la mejor música, el mejor ambiente. Es difícil no pasárselo bien en Lisboa, hay gente de todas partes, ¡muchísimos españoles!
—¿Te diviertes? —me pregunta Andrew.
—Menos mal que estás tú para asegurarte de que llego al hotel de una pieza —le aseguro al tiempo que me tropiezo. Estoy algo mareada, pero él me sujeta por los brazos. Sus manos son tan grandes…, ¿siempre han sido así?
—¿Solo me quieres por eso? —dice haciéndose el ofendido.
—¿Para qué iba a quererte si no? —le chincho—. Vale, admito que eres un buen guía, ¿contento?
—Me alegro de que te lo estés pasando bien.
Sus amigos solo se creen que no somos novios cuando ven que no tenemos el tipo de acercamiento que se da entre las parejas.
No, solo nos miramos, a veces bailamos uno al lado del otro, aunque a cierta distancia.
Parece que muerdo. Quiero decírselo, pero voy borracha, y sé que, en cuanto empiece a sincerarme con él, diré estupideces de las que me arrepentiré después.
Pero soy tan contradictoria cuando bebo que, por impulso, me planto frente a él.
Nuestros rostros vuelven a quedar a tan poca distancia que puedo fijar cada detalle de sus labios.
Quiero besarle, pero no puedo hacerlo. De pronto suena una canción que me gusta mucho, una de esas de reggaetón antiguo.
Andrew también la conoce, así que empezamos a bailar y cantar juntos.
Mi boca roza su cuello, sus manos se deshacen de la timidez y comienzan a bajar por mi espalda con cuidado, como si tocarme le hiciera daño.
Me excito al pensar que su piel por fin está en contacto con la mía, después de tanta tensión.
Bailamos, y cada roce es una sorpresa. Entonces él toma el control, me da la vuelta y baila pegado a mi espalda.
Noto que se le pone dura la entrepierna, fricciona la parte baja de mi espalda.
Levanto los brazos y le cojo por la nuca al tiempo que muevo las caderas con sensualidad al ritmo de la música.
Él me sigue. Cierro los ojos y me pierdo en el momento.
No es Alejandro. No es cualquier chico. Es Andrew.
—Me gustas mucho —me susurra al oído, y el corazón me da un vuelco. Es como si me lo estuvieran diciendo por primera vez.
—No digas eso, no me crees ilusiones de nuevo —respondo recostando la cabeza contra su pecho.
—Sabes que significas mucho para mí, que no puedo dejar de pensar en ti. Que me tienes loco.
—No es verdad.
—Olivia —dice serio.
—Andrew —replico, imitando su actitud.
Pasa un segundo. Solo uno. Lo suficiente para que se pegue a mí, me aparte el pelo del cuello y me bese la piel que queda expuesta.
Sus labios me recorren con calidez, despacio, como si quisiera alargar el momento al máximo.
En el fondo, yo también lo deseo. Pero entonces se detiene y se separa, como vacilando, y musita:
—Lo siento, no debí…
No dejo que termine la frase, porque le cojo la mano y tiro de él.
Intento pasar entre la multitud del pub y, aunque nos cuesta un poco, no pasa nada, porque sigo aferrada a su mano.
Me siento como Rose y Jack en Titanic , corriendo por el barco, pero lo único que nos persigue es el maldito tiempo y una mochila de incertidumbre.
Hasta que logramos salir. El frío me envuelve por completo, pero entonces me doy la vuelta y beso a Andrew.
Ya no siento frío. No, me siento como cuando besé por primera vez al chico que me gustaba a los trece años.
Noto algo sobre la cabeza y me separo de sus labios para alzar la barbilla. Está chispeando.
Le miro a los ojos y sé que esta noche, en este instante, no dudaría en quedarme con él. Sin importar lo que piense el resto, sin importar si me estoy volviendo a equivocar. Total, mañana solo seremos un recuerdo, una anécdota de lo que estamos viviendo hoy.
Y entonces empieza a llover.