27. Recuperar la ilusión
Recuperar la ilusión
OLIVIA
No leí la carta.
Joder, no soy tan chismosa como para abrir algo que va dirigido a un desconocido. Además, por la forma en que me miró cuando se la di, supe que había sido mejor no hacerlo.
Vaya, no sabía que en realidad el gran Andrew Jones no era un Jones de sangre.
¿Cambia algo? En absoluto. Pero me dice más de él.
No nació en un hospital privado con cinco comadronas ni le amamantaron con leche Imperial.
¿Sentirá que no pertenece del todo a su familia?
No puedo evitar pensar que la personalidad cerrada de Andrew se debe a lo que ha vivido.
Ahora bien, ¿lo de su madre biológica? Ahora entiendo el terror que me pareció ver aquella noche en su mirada.
No quiere que nadie lo sepa, pero me lo ha contado.
Y también lo de su futuro como piloto. Se ha abierto conmigo como con nadie, y eso me hace sentir tanto satisfecha como asustada. ¿Por qué yo? ¿Qué ha visto en mí?
Quiero preguntárselo, pero no lo hago.
¿Y ahora qué? ¿Qué hará con lo de su madre? Me mira como si en mis ojos pudiera encontrar la respuesta. Ojalá fuera capaz de darle una solución, pero es un tema tan delicado, tan personal… Quiero leer esa carta, me encantaría saber qué le dice su madre biológica en ella, pero no puedo.
Volvemos a mirarnos en silencio. Ahora no puedo dejar de pensar en su situación familiar. Andrew tenía razón, no debí juzgarlo desde el primer momento.
Es increíble lo mucho que puedes descubrir de una persona al rascar un poco la superficie. Escuchándola, entendiéndola.
Ambos sabemos que ya es hora de volver a la residencia, pero no quiero que termine el día. Me gusta estar con él. No sé si Andrew me gusta o no, pero siento algo, algo más que tristeza o culpa, y es agradable después de tanto tiempo.
Sé que mi corazón sigue roto. Pero seguro que menos roto que mañana.
Siento ilusión, eso es. He recuperado la ilusión. Es tan triste perderla…
Y tan difícil recuperarla.
A veces solo tienes que tropezar con un alma con las mismas sombras que tú, un alma con un perfume diferente al que llevaba el alma anterior, con un color de ojos en el que nunca te habrías fijado.
Un alma que te enseñe que aún existe la ilusión.
Andrew me acompaña a mi habitación, aunque le he dicho mil veces que no hace falta.
—Nuestra cita terminó en cuanto salí de casa de tus padres.
Pone los ojos en blanco y me saca la lengua, pero entonces me dice:
—Espero verte pronto.
—A lo mejor coincidimos volando.
—Ojalá —susurra.
Sé que no se refería a eso. Le miro y me pierdo en la forma de sus labios, en su mandíbula marcada y en la barba perfilada a la perfección. Me gustan los mechones rubios que iluminan su cabello castaño. Me gustan sus pestañas. Su olor. Sus brazos. Sus piernas.
Quiero besarlo. Espera, ¿quiero besarlo?
No, no puedo.
Doy un paso atrás. Andrew no es como el chico que besé en Berlín. Andrew es algo más. Me recuerda a… cuando lo conocí. A Alejandro.
No puedo.
—Gracias por este día, buenas noches —me despido de golpe antes de entrar en mi cuarto y encontrarme sola.
No hay ni rastro de Serena, aunque puede que esté con Carter o volando. Tiro el bolso encima de la cama y me caigo en ella con las manos cubriéndome la cara.
Mierda. Mierda. Mierda.
Tengo que controlarme. Tengo que pensar con la cabeza, no con el corazón.
Tengo que mantenerme fría. Empiezo a analizar todo lo que he sentido hoy con unos ojos más duros, más objetivos.
Sin dejarme llevar por su presencia. Tengo que centrarme en coser mis heridas en vez de dar nuevas razones a mi corazón para que vuelva a romperse.
Tengo que quitarme a Andrew de la cabeza.
Al final me quedo dormida leyendo el blog del que me habló Serena, Bésame antes de volar , ya que el autor o la autora ha subido un nuevo capítulo y no he podido evitar engancharme a la historia.
Es curioso lo mucho que me identifico con la protagonista, con lo tremendamente testaruda que es y con su complicada historia de amor.
De pequeña solía quedarme dormida con un libro recostado en el pecho, y al día siguiente, siempre, volvía a estar en la estantería.
Saber que mi madre me cuidaba por las noches me gustaba.
Ella se encargaba de todo: de estirar bien la manta, de apagar la luz cuando yo me la dejaba encendida…
De niños no somos conscientes de la tremenda suerte que tenemos de contar con alguien que siempre nos cuida.
Porque, cuando nos hacemos mayores…, sí, esas personas siguen ahí, pero es distinto.
Quieres ser capaz de enfrentarte a todo tú solo.
Quieres no tener que pedir ayuda a la persona que siempre te la dio para ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Quizá mi madre no esté aquí esta noche para arroparme cuando me quede dormida leyendo, pero, a pesar de los miles de kilómetros que nos separan, siento su cercanía.
Además, recuperar el hábito de leer me hace dormir mejor; ya no uso tanto el móvil y conecto más conmigo. Y supongo que es un comienzo.