Bésame antes de volar 26. Solo amigos
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26. Solo amigos

Solo amigos

ANDREW

He llamado a Óscar para que nos lleve a la residencia.

Como ha dicho Olivia, también yo hacía mucho que no me lo pasaba tan bien.

Tiene razón, suelo ser reservado y serio, pero, cuando estoy con ella, es tan raro…

Es capaz de hacerme reír con facilidad, y noto una extraña conexión entre nosotros.

Me atrae de una manera distinta a todo lo que he sentido antes.

El trayecto hasta Dunrae se me pasa muy rápido…

Habría preferido pinchar una rueda a medio camino.

No quiero que termine el día. No sin besarla.

Pero ¿cómo explicarle que me da miedo hacerlo?

Quiero besar a Olivia, pero sé que no debo.

Por primera vez, sopeso las consecuencias de besar unos labios que quizá no deba besar. Al menos, no por ahora.

¿Es esto el amor?

No, no puede ser.

Yo no estoy preparado.

—¿Estás cansada? —le pregunto.

—Un poco, ha sido un día de muchas emociones.

Trato de escoger las palabras adecuadas, pero esto se me da fatal, la verdad. Me pongo nervioso, aunque me esfuerzo para que no lo parezca.

—¿Te apetece tomar algo antes de que nos vayamos cada uno a nuestra habitación? —Se sorprende cuando se lo propongo.

Jamás he hecho esto; en realidad, ni siquiera sé por qué se lo he pedido.

Supongo que es un intento a la desesperada de posponer la despedida que nos espera cuando acabe el día.

Siempre me he cansado muy rápido de la gente, he evitado las citas y he preferido limitar mis relaciones a los encuentros íntimos.

Nunca he terminado de engancharme a alguien, y he huido cuando me han propuesto planes para dos personas que se gustan porque me asusta aceptar que alguien pueda llegar a quererme.

Pero he decidido dejarme llevar por mis impulsos y por lo que siento en este instante. Tengo que dejar el miedo a un lado.

—De acuerdo —contesta, y me sorprende.

—Qué raro que no hayas objetado nada.

—No quiero machacarte tanto —añade haciéndose la listilla.

No quiero ir al Pint Corner; es sábado y media base estará ahí de fiesta.

Estoy seguro de que Camila habrá salido con su grupo de amigos, y quiero evitar un encuentro incómodo a toda costa.

Aunque estoy cansado de decirle que no tenemos nada serio…

Sé lo mal que se lo tomaría y no quiero hacerle daño. Además, está el asunto de míster K…

—Me muero de hambre —dice, sujetándose la barriga con las manos.

Genial. Sin saberlo, acaba de resolver mi encrucijada.

—Hay una hamburguesería por aquí cerca.

—Ojalá tengan fingers de pollo.

Me encanta su naturalidad, como si no tuviese miedo de expresar o decir todo lo que se le pasa por la cabeza.

Vamos a la inigualable (y única) hamburguesería del pueblo.

La verdad es que no sabía si tenían fingers de pollo, así que respiro aliviado cuando encontramos el plato en la carta.

Después de que nos traigan la comida, Olivia devora sus fingers como si fuera una niña pequeña, y me atrevo a chincharla.

—Comes igual que esta mañana. —No parece apreciar mi comentario irónico.

—Tu opinión sobre mi forma de comer me importa un bledo, Jones; me importaba la de tu familia —responde orgullosa y sin dejar de disfrutar su comida. Muerdo mi hamburguesa para que no vea que me estoy riendo—. ¿Qué? Me he metido en el papel.

No se lo discuto. La conversación fluye durante la cena, cercana y relajada, con algún que otro silencio intercalado, aunque no se hacen incómodos.

—Deja que te invite —me pide Olivia cuando acabamos.

—No —replico enseguida.

—Andrew, me has abierto las puertas de tu casa, he comido, he merendado, he bebido vino…

—Pago yo —sentencio, dando el asunto por zanjado.

Me apetece invitarla. Siento que es lo mínimo que puedo ofrecerle a cambio de que me haya regalado uno de los mejores días que recuerdo haber vivido. Con un gesto, le pido la cuenta al camarero y pago, pero nos quedamos sentados un rato más.

—Que sepas que pagar no te hace más hombre ni más caballeroso.

—No es eso.

—Ni pienso dormirme con una sonrisa tonta en la cara pensando en que me has invitado a cenar.

Suelto una carcajada. No puedo creer que su novio le pusiera los cuernos.

—Oye, ¿qué va a pasar ahora?

Su pregunta me descoloca.

—¿A qué te refieres?

—A la que tenemos montada con tu familia.

Ah. Por un momento he pensado que me estaba preguntando qué iba a pasar entre nosotros. Sinceramente, no sé qué le habría contestado. Joder, se me está yendo la cabeza.

—Pensaré en algo.

—No quiero que les hagas daño.

—Me temo que será inevitable, les has encantado. Espero que puedan consolarse sabiendo que tienen un hijo capaz de cultivar sentimientos amorosos.

Olivia suelta una carcajada.

—¿De qué te ríes?

—Me gustaría verte en esas.

Ladeo la cabeza.

—¿Cómo? ¿Con una novia de verdad? Creo que sería un desastre —digo negando.

—Pues yo creo que lo que pasa es que no has dado con la persona adecuada. Cuando estás con alguien con quien encajas, todo es distinto. Te desordena por completo, pero es bonito ver cómo te comportas, cómo te sientes. Enamorado, te conviertes en otra persona.

Parece que conoce bien el sentimiento. A mí, en cambio, me suena a perder el control.

—Yo no quiero convertirme en otra persona.

—Eso no es algo que puedas decidir, Andrew —responde muy segura. Me niego a estar de acuerdo con eso—. Si te sirve de consuelo, la persona en la que te conviertes es casi siempre una versión mejor de la anterior.

—¿Por qué?

—Eso lo tendrás que averiguar cuando llegue tu momento.

—Se encoge de hombros y me sonríe—. Es bonito, y no deberías…

ya sabes, limitarte a tus encuentros íntimos.

Quizá deberías darte una oportunidad, cuando estés listo, para conocer mejor a las personas, saborear no solo su piel, sino también su personalidad.

Me estoy poniendo intensa, ¿verdad? —Se detiene, con las mejillas sonrojadas—.

Joder, de repente parece que me haya bebido tres copas de vino.

—Me gusta escucharte.

—¿En serio? Nunca me han dicho algo así.

—Tienes algo hipnotizante, Olivia.

Ese comentario la descoloca. No sé si ha estado bien decirlo, pero me ha salido.

—Eh…, gracias, supongo.

También me gusta cómo me mira, como si me declarase el amor y la guerra al mismo tiempo, pero no se lo digo.

Creo que tenemos una relación especial. Nunca he llegado a este nivel de confianza con una chica.

Siento que nos llevamos como el perro y el gato, pero también que somos dos aves del mismo plumaje.

Vuelvo a mirarla e intento cambiar de tema. Me inclino hacia delante en la mesa para hacerle la pregunta que lleva incordiándome desde el primer día en el Pint Corner.

—Entonces, ahora que hay más confianza entre nosotros, ¿leíste la carta que se me cayó?

—¿Qué? —se sorprende—. No, no la leí.

—Dime la verdad —insisto.

—Te lo juro.

—Vale, porque no quiero que nadie sepa que mi madre biológica me está…

—Espera, ¿qué?

—Mi madre biológica —repito, pero se ha quedado en blanco.

La verdad es que lo he usado como estrategia para ver si estaba siendo sincera. Si antes ya apostaba por que no había leído la carta, ahora estoy seguro.

—Ellos… Harry, Miriam… —musita, con la voz entrecortada.

—Son mi familia adoptiva, Olivia.

En cierto modo, me extraña que no lo supiera. Todos en la base saben que Eloise es mi hermana adoptiva, no es un secreto. Además, acaba de pasar un día entero con mi familia, y creo que la diferencia es evidente, físicamente hablando. Entre nosotros se crea un silencio denso que no sé descifrar.

—Entonces ¿qué sucede con tu madre biológica? No has terminado la frase…

—La carta que se me cayó aquel día era suya. Me costó leerla, pero, cuando lo hice, supe que está empeñada en hablar conmigo. Creo que quiere conocerme —respondo, y no sé si me voy a arrepentir de decir esto—. Nadie lo sabe, así que te pido por favor que no lo cuentes.

—No lo haré, puedes estar tranquilo.

Asiento. Creo que puedo confiar en ella, parece una chica sincera, y hoy nos hemos sincerado bastante; si lo pienso, parece que nuestra amistad esté construida a base de secretos. La farsa para mis padres, la historia de su corazón roto y ahora esto. No sé si es bueno o malo.

—¿Y qué vas a hacer? —No sé qué responderle, porque tampoco tengo claro qué contestarme a mí. Me llevo la mano a la cabeza y me tiro del pelo, nervioso.

—Pues no lo sé.