25. El cielo desde sus ojos
El cielo desde sus ojos
OLIVIA
Nos despedimos a toda prisa de los Jones.
Andrew tiene un plan… Y no sé qué esperar de lo que se le ha ocurrido mirando al cielo.
Hasta que llegamos.
Un aeródromo. Una pista. Una avioneta.
—Estás de broma.
—A veces, para entenderme, hay que subir ahí arriba —dice mientras señala el cielo.
Miro hacia el horizonte, como ha hecho él antes. Está pintado con una mezcla de tonalidades rosas y anaranjadas. Me hace pensar en cómo algo tan normal, algo que vemos a diario desde que nacemos hasta que morimos, puede ser tan precioso.
Tira de mi mano como si el contacto físico entre los dos fuese lo más normal del mundo.
Sin embargo, cada vez que lo hace, me ruborizo tanto como la primera vez.
No entiendo cómo un mínimo gesto me hace sentir así.
Se detiene a los pies de la avioneta y aprovecho el momento para observarla más de cerca: se trata de un modelo de última generación, y es realmente imponente.
Su exterior, de un blanco impoluto, se ve interrumpido únicamente por dos líneas horizontales en dos tonalidades de azul.
¿En serio espera que le entienda? ¿Por qué se tomaría esa molestia?
—Vamos.
¿Cómo le digo que en mi vida me he subido a una? ¿Cómo le explico que los aviones no me dan miedo, pero que pensar en montar ahí me produce un vértigo tremendo?
Observo a Andrew mientras sube las escaleritas hasta que se detiene en lo alto y me tiende la mano.
—¿Tienes miedo?
—Eh… No, claro que no.
—¿Entonces?
—Es solo que no me esperaba esto.
—Llevo pilotando esta avioneta desde crío.
Espero que sea una broma.
—Vamos, daremos un paseo —insiste.
Me hace gracia ver la concepción tan distinta de «dar un paseo» que pueden tener una persona normal y un piloto.
Pero entonces me lo imagino tomando el control de la avioneta, pulsando botones que no entiendo y haciendo virar las alas sin esfuerzo, y, de alguna manera, me excita.
¿Por qué me atrae tanto? Pensaba que era un cliché, que en mí no funcionaría.
Ilusa, como si yo fuese de hierro, como si los muros tras los que me escondo hubieran evitado alguna vez que alguien pudiese escalar por ellos.
Subo las escaleras, estrechas si las comparo con las de un avión, y Andrew me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto.
En cuanto alzo la mirada, noto un cosquilleo en el estómago.
No me da miedo, pero una avioneta no es un avión.
Miro los botones, las palancas y las pantallitas que hay delante de mí.
Me estremezco cuando me pasa unos cascos gigantes y se sienta tomando su puesto de comandante.
Si alguna vez hubiera querido convertirme en piloto, esto habría sido un sueño hecho realidad.
Me pongo nerviosa cuando enciende el motor, y soy consciente de que me mira de reojo mientras empieza a pulsar botones. Activa la radio.
—Aquí Andrew Jones, vamos a salir por pista.
Una grave voz masculina nos da permiso para situarnos en la pista de despegue. Aún no me creo que esto esté pasando.
—Vamos a divertirnos un rato.
La avioneta coge velocidad, y es como si fuera la primera vez que despego los pies del suelo, como si no fuese azafata de vuelo.
Quién lo diría. En mi estómago se produce una explosión de emociones cuando Andrew tira del yugo, acercándolo hacia él, y despegamos.
Chillo sin querer. La avioneta es mucho más ruidosa y endeble que los inmensos aviones en los que solemos volar, es como si…
Como si estuviera navegando por el cielo en un barco de papel.
La pista del aeródromo va empequeñeciéndose a medida que se aleja y nos adentramos en un paisaje totalmente verde.
Volamos a una altura media, aunque no estoy segura de cuánto puede llegar a elevarse.
—¿Y bien? —La pregunta de Andrew me saca de mi ensoñación.
Por un momento he olvidado que estoy en su compañía. Ni siquiera sé qué hago aquí, y menos con él. Pero lo estoy. Lo estamos. Algo nos ha traído a este momento.
—Hacía… —comienzo a decir, sin despegar la mejilla de la ventana.
Me sujeto el estómago cuando Andrew gira la palanca y nos inclinamos hacia un lado, mi lado.
La avioneta se tambalea. Siento que puedo caerme, morir, y, no sé por qué, pero me río.
Me río sin parar. Cuando lo miro, descubro que también se está riendo—.
Hacía muchísimo que no me lo pasaba tan bien —termino la frase que había comenzado.
—¿Qué sientes?
Cojo aire, porque tengo la sensación de no estar respirando con normalidad.
Y cierro los ojos un instante. Los abro y observo el atardecer que se abre ante nosotros.
Queda poco menos de una hora de sol, el cielo está completamente naranja.
A pesar del sonido del motor, hay silencio.
Tengo la sensación de estar muy lejos de casa, lejos de la chica que era hasta hace poco.
Por un momento, casi consigo olvidar cómo era mi vida antes de llegar aquí.
Y siento que soy capaz de todo, que podría saltar de esta avioneta y volar.
Por primera vez en mucho tiempo, me veo capaz de volver a sonreír como antes, de sentir, de amar.
Hice bien en venir, en dejar ciertas cosas atrás que me han permitido mirar hacia delante.
Sé que no será fácil, porque de alguna manera aún siento que una parte de mí sigue anclada en ese pasado.
Sin embargo, ahora noto que, poco a poco, mi bloqueo va perdiendo fuerza…
Tengo ganas de llorar, pero no me permito hacerlo delante de Andrew. También de reír. Y esto último sí que lo hago.
—Siento tantas cosas… Todo esto es alucinante.
Empieza a contarme cómo fue la primera vez que voló, cómo se enamoró del cielo, de las alturas y de las nubes. Percibo melancolía y emoción en su voz, en sus ojos. Es admirable que hable así de su trabajo, que le guste tanto.
—Aunque a veces siento una gran presión en el pecho.
—¿A qué te refieres?
—Nada, tonterías. —Agita la cabeza, como si se arrepintiera de haberse sincerado.
—Andrew… —pronuncio su nombre como si fuéramos amigos de toda la vida—, aquí arriba nadie te escucha.
Quizá lo que acabo de decir, que me ha salido del pecho, ha provocado que baje la guardia, porque clava de nuevo la mirada en mí, y parece que sea la primera vez que Andrew Jones se abre con alguien.
Sé cuánto cuesta mostrarte tal cual eres, contar algo que no te encaja, que te hace dudar, que te da vergüenza admitir en voz alta.
—Los exámenes y las prácticas para ser comandante.
Asiento. Entonces su mirada se pierde en algún punto del cielo.
—¿Nunca has sentido que no eres libre para escoger tu destino? ¿Que el rumbo de tu vida ha sido trazado por otros y que tú no puedes hacer nada para evitarlo? —me pregunta.
—Sí.
—Mi hermana, mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mis primos…, todos en mi familia son pilotos, y me encanta mi trabajo, pero a veces siento que no quiero… —Se detiene, negando con la cabeza—. No sé por qué te estoy contando esto.
Me encojo de hombros, no quiero que pare.
—Vine porque estaba perdida —digo de pronto, sin que me pregunte—.
Dejé mi trabajo como recepcionista en un hotel porque me sentía vacía.
Necesitaba un cambio desesperadamente. En mi vida todo parecía ir bien: una relación estable, un trabajo fijo…
Hasta que él me engañó. Y todo mi mundo se desmoronó.
No tiene ni idea de lo mucho que me habría costado contárselo a una persona que apenas conozco en una situación normal. Pero supongo que no es una situación normal, así que decido añadir, intentando interpelarle con mis palabras:
—Tomar la decisión de empezar de cero da mucho miedo; dejar atrás ciertas cosas con las que siempre has contado también.
—Sé que mi vida está aquí, entre las nubes —replica enseguida.
—Entonces ¿cuál es el problema?
Andrew evita el contacto visual, y lo reconoce.
—En el fondo, no quiero ser comandante.
Veo en su cara la angustia de quien siente que su vida se detiene por completo.
—Pues no lo seas.
Hasta que se reanuda de nuevo.
—Además, te queda muy bien el lado derecho de la cabina.
Arrancarle una sonrisa me hace sentir orgullosa.
—Eres una caja de sorpresas, Olivia.
—¿Lo soy? —Me río, no sé a qué viene eso, así que vuelvo a pegarme a la ventana y miro hacia el suelo—.
¡Anda, hay vacas! —exclamo, probablemente sonando más ilusionada de lo que debería por ver un puñado de rumiantes, mientras señalo hacia una granja.
Irlanda es precioso. Andrew estalla en carcajadas—.
¿Qué te hace tanta gracia? Te tenía por un chico callado y misterioso.
—¿No hay vacas en España?
—Claro que las hay.
—Puedo llevarte a ver vacas siempre que quieras. Mi tío tiene una granja.
¿Qué no tienen los Jones? Espera, ¿ha dicho que…? ¿Qué acaba de insinuar?
—¿Insinúas que quieres volver a quedar conmigo?
—Yo no he… —se corta, poniendo los ojos en blanco y echando la cabeza hacia atrás—. ¿Aterrizamos?
Mientras bajo las escaleras cuando llegamos a tierra firme, me detiene, saca el móvil del bolsillo y me toma una foto de improviso.
—¿Qué haces? —lo riño.
Me acerco a él y le quito el teléfono. Observo la foto que me ha sacado, con la avioneta a mi espalda y los últimos rayos de sol en el horizonte. Nunca me habían hecho una tan bonita, tan natural.
—Estás preciosa.