24. Encajando las piezas
Encajando las piezas
ANDREW
No puedo apartar los ojos de ella.
No sé qué tiene, no sé qué esperaba encontrarme hoy. Pero, desde luego, esto no. Jamás he visto a mis padres así, ni siquiera a Eloise, que me ha arrinconado un momento en la cocina y me ha dicho que le encanta esta chica.
A mí también me gusta Olivia. Todavía no sé en qué sentido, pero me gusta su personalidad, lo diferente que es.
Me gusta su sonrisa tímida, como si no se permitiera sonreír de más.
Me gusta su pelo, sus manos. Quizá por eso, en un acto impulsivo, he fingido un roce casual entre nosotros.
Me siento como si volviera a tener once años y estuviera nervioso por la chica que me gusta de la clase. Esto es un marrón.
Lo normal en mí es irme de casa de mis padres después de comer, pero mi madre propone sacar algún juego de mesa y, antes de que pueda negarme, Olivia responde con ilusión que le apetece mucho.
Se lo está pasando bien, y apuesto que no se lo esperaba.
Después de varias partidas de Trivial, Harry y Olivia preparan chocolate a la taza para merendar.
Eloise ha ganado la primera ronda, aunque ese puesto ha estado bastante disputado con mi padre, cómo no.
Después, Miles y yo hemos formado equipo contra mi hermana y Olivia en un juego que consiste en adivinar películas y canciones con mímica.
No recuerdo haberme reído tanto desde hace mucho tiempo.
Cuando Eloise y Miles comparten algún que otro beso, Olivia se acerca a mí y me besa la mejilla con timidez, dejándome atónito.
Ese maldito gesto hace que me distraiga en la siguiente ronda, cuando me toca hacer mímica para que Miles averigüe la película Narnia: el león, la bruja y el armario .
—¡Estaba chupado! ¿Eso era un león, en serio, hermanito?
Eloise contraataca como buena competidora que es. Por su gesto, es obvio que no le ha pasado por alto que Olivia me acababa de besar en la mejilla. Cuando me doy cuenta de lo estúpido que estoy siendo con todo esto, trato de relajarme y continuar como hasta ahora.
—¿Te puedo confesar algo? —me susurra mi madre más tarde, cuando los demás están a otras cosas—. Me encanta Olivia para ti, me gusta la pareja que hacéis.
No sé por qué, pero que me lo diga tan directamente, tan en serio, lo hace más real.
¿De verdad haríamos buena pareja? Tenemos varias cosas en común, pero nuestra personalidad es muy diferente.
Siempre estamos picándonos, lanzándonos miradas con un sentido distinto para cada uno.
Ella no soporta a los chicos como yo y cree que no encaja aquí.
No me lo ha dicho, pero lo noto por cómo se muerde la uña del pulgar cuando piensa que nadie la ve. Aunque yo creo que encaja, y mucho.
Hasta ahora me he esforzado por verla como la chica que me está haciendo el favor de mi vida, nada más.
Sin embargo… Bueno, creo que me gusta mucho.
Es inteligente, no parece estar fingiendo y se nota que ha cogido confianza con mi familia.
Es cierto que se lo han puesto muy fácil.
Cuando a los Jones les gusta alguien, se vuelcan en esa persona.
Y aunque está claro que el mundo de Olivia no es como el de esta familia, jamás he visto a mis padres ni a mi hermana menospreciar a alguien por no tener su poder adquisitivo.
Los Jones son leales, buenas personas. Y tengo suerte de pertenecer a esta familia. ¿Se sentirá Olivia de la misma manera?
La merienda se alarga hasta el final de la tarde.
Mis padres están alucinados y encantados por el día de hoy.
Si he de ser sincero, yo también. Hacía tanto que no me lo pasaba tan bien con ellos…
Y que no pasaba tanto tiempo en casa. Había olvidado lo que me despierta estar en el hogar en el que crecí, el nostálgico olor de la chimenea en el salón, de mi habitación.
El jardín siempre fue mi lugar favorito de la casa y, aunque hace un rato que ha empezado a llover, me siento en el porche y observo cómo cae la lluvia en la piscina.
He estado recibiendo mensajes de Camila durante todo el día, pero no he respondido a ninguno.
Chad también me ha propuesto ir esta noche al Pint Corner.
Por un momento, siento que estoy viviendo en una burbuja y que ese Andrew que existe y vive en Dunrae es distinto al de ahora.
—Ey, ¿qué haces aquí tú solo? —me dice Olivia, sorprendida al verme fuera.
—Estaba pensando.
Toma asiento a mi lado. Sinceramente, no quiero que termine el día de hoy.
—¿En qué?
Suspiro. Ojalá fuera más fácil sincerarme con ella, abrirme, contarle el remolino de sentimientos que bullen en mi interior. Al final, termino respondiéndole:
—No sé, en mis cosas.
Silencio.
—Me lo he pasado muy bien hoy, tienes una familia encantadora —comenta.
Sé que intenta no entrometerse, no parecer demasiado insistente.
—Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con ellos —digo con sinceridad.
—Entonces no te alejes.
—¿Has hablado con mi madre?
Olivia asiente.
—Le gustaría… Ya sabes, que pases más tiempo aquí.
Te echan de menos —me asegura. Es lo mismo de siempre, pero por alguna razón me suena distinto.
Cuando lo dice ella, no me molesta como cuando Eloise o mis padres me lo repiten cada dos por tres—.
Me ha dado las gracias por venir y por estar saliendo contigo.
Dice que tienes un brillo en la mirada que jamás te había visto y…
Se detiene. Nos quedamos mirando en silencio, pero mi corazón late más fuerte que nunca. Me fijo en sus ojos de nuevo, en su forma peculiar… Me gustan. Por alguna extraña razón, me pone nervioso que descubra que puedo sentir algo por ella.
—¿… y qué?
—Andrew, creo que esto está llegando demasiado lejos.
Agacho la mirada.
—Lo sé, ya me inventaré algo —digo en voz baja.
Para mí mismo, reconozco que no quiero. Observo a Olivia, que asiente con la cabeza.
—¿Sabes? No esperaba que fingieras tan bien. Ellos apenas me conocen, y es más difícil que sepan si actúo o no, pero tú… Se lo han creído. Por un momento, hasta yo he creído que te gustaba…
Se ríe, y no soy capaz de admitir lo que pienso o siento. Ni siquiera estoy seguro de entenderlo.
—Yo no soy el que te ha besado.
—¡Ha sido en la mejilla, por Dios! —se altera, pero me sonríe—. Además, no he sido yo la que ha estado todo el día mirándome o jugando.
—Me gusta hacerlo —le digo sin tapujos, y se ruboriza.
—Oye, ¿puedo preguntarte algo?
Asiento.
—¿Qué relación tienes con Camila?
Me mosquea que saque su nombre. El cambio de tema me desestabiliza y me devuelve a una realidad en la que no me reconozco. Hoy ha sido como si no existiera, a pesar de los mensajes que me ha mandado.
—¿Por qué quieres saberlo? —Sé que me estoy poniendo a la defensiva, pero no puedo evitarlo.
—Me interesa saber por qué no es ella la que está aquí contigo ahora mismo.
Sé que Camila no les habría caído tan bien a mis padres.
Sé que se habría pasado el día tratando de aparentar ser la pareja perfecta cuando no lo somos ni un diez por ciento.
Sé que me habría marchado a casa después de comer porque Eloise odia a Camila y el ambiente habría sido muy distinto.
Sé que habría sido lo más forzado del mundo.
Y que mi madre no habría encontrado ese brillo en mis ojos, por mucho que me sienta atraído por ella.
—No somos novios ni estamos saliendo —me limito a contestar.
—La gente dice lo contrario…
Me molesta que mencione las opiniones de los demás; ellos no saben ni la mitad de lo que sucede en mi vida.
—La gente no tiene ni idea de nada.
—¿Entonces? Ella actúa como si lo fuerais. Cuando volé con ella el otro día no dejaba de hablar de ti y de vuestra relación. No dije nada, aunque me pareciese extraño. Supongo que no es asunto mío.
—Nos dedicamos a tener… ciertos encuentros, nada más. —De pronto me incomoda reconocerle a Olivia que me acuesto con Camila.
—Ah, claro. —Descruza las piernas y se pone de pie. La atmósfera cálida y cómoda que nos envolvía se ha esfumado—. Por un momento he olvidado que eras de esos.
—Olivia. —Digo su nombre, pero no sé qué más añadir.
—¿Qué? ¿Cuánto tiempo seguirás ilusionándola? ¿Hasta que encuentres a otra que te vuelva a entrar por el ojo?
—No lo entiendes —niego con la cabeza. Qué rabia me da—. No sabes nada.
—¿Qué es lo que no sé?
—Nunca he tenido algo serio con nadie porque nadie ha encajado conmigo.
Me pongo de pie. Miro el cielo; hay un atardecer precioso. Olivia imita mi gesto mientras trato de buscar algo que dé sentido a lo que añado después:
—Deja que te enseñe algo.
Agacha la cabeza, insegura.
—Por favor.
Solo ella ha conseguido hacerme suplicar.
—Venga, vamos.
Parece que duda, pero al final accede.
—Está bien.