23. Comida con los Jones
Comida con los Jones
OLIVIA
Aún intento recuperar el aliento después de lo que ha pasado en el coche.
Espera, ¿qué narices ha pasado? Ha sido raro.
Tenerlo tan cerca de mí, sus manos rozándome las piernas, su mirada penetrante, como si intentase descifrar algo indescifrable.
Porque yo también me miro al espejo y no veo nada.
¿Qué siento? ¿Aún tengo un vacío en mí? ¿Acaso voy, poco a poco, recuperando algo de color en mi vida gris?
Me gusta que Andrew me considere divertida. Me gusta que me mire como lo hace.
Pero también me da miedo.
—¡Olivia! —me da la bienvenida Miriam, la madre de Andrew, tan amable como siempre—. Mírate, qué guapa estás.
¿De verdad les parezco guapa o solo les gusto porque soy la primera novia que les presenta su hijo? Alzo la cabeza y me descubro en una mansión situada en un barrio de mansiones. «Joder», pienso.
—Estaba deseando conocerte —dice mientras me abraza una copia exacta de Miriam, pero con veinte años menos.
Por fin conozco a la verdadera Eloise. Y es una de las chicas más guapas que he visto en mi vida.
Su melena rubia y perfectamente peinada le cae hasta los hombros.
Tiene la piel perfecta, de esas que brillan y deseas tocar porque sabes que son suaves.
Y sus rasgos… No puedo creer que se parezca tanto a Miriam, es innegable que son madre e hija.
Andrew no tiene nada que ver con su hermana, salvo que comparten ojos azules.
Y es que todos en la familia son rubios y bastante blancos de piel, pero Andrew es castaño y mucho más moreno.
Estoy deseando meterme con él y decirle que es la oveja negra de la familia.
—Yo también tenía muchas ganas —le digo a Eloise. ¿No puede tener un nombre más perfecto? Esta familia es perfecta, no sé si encajo aquí. Menos mal que esta farsa terminará en algún momento—. Aún no hemos coincidido en el avión.
—Cierto, seguro que lo hacemos pronto. Me encanta volar con miembros de mi familia.
«Familia». Estoy con desconocidos, y que digan la palabra «familia» me estruja el pecho.
La familia de Alejandro me trataba como si fuera una hija más.
Su madre, Susana, era como una segunda madre para mí, y su hermana pequeña, Sara, era un encanto.
Estábamos muy unidas, a pesar de que tuviera cuatro años menos que yo.
Su familia me acogió desde el primer momento, como los Jones.
Y no me gusta estar pensando en esto. Además, ¿Eloise no conocía toda esta farsa?
No puedo negar que la chica actúa genial.
—Vamos al salón. ¿Quieres que te enseñe la casa? La habitación de Andrew está igual que cuando se marchó —me asegura Miriam, que me coge del brazo y me acompaña hacia el interior. Menos mal, porque fuera hace un frío de mil demonios.
—Mi madre es una persona muy emotiva, Olivia —comienza a decir Eloise. Aún no he visto a Harry Jones—. Le encanta coleccionar recuerdos, fotografías, vídeos. Y dejar las habitaciones de sus hijos como la última vez que estuvieron allí.
Pierdo de vista a Andrew y me dejo arrastrar hacia la planta superior por madre e hija mientras me cuentan anécdotas de la infancia del chaval al pasar por cada rincón.
No me enseñan los objetos caros que decoran la casa, ni me comentan de qué estilo es, ni me hablan de lo que tardaron en terminar la mansión de sus sueños.
Me hablan de recuerdos, y eso me gusta mucho.
—Siempre ha sido un niño muy introvertido —sigue Miriam.
Me siento mal. Hablan de él como si lo conociera, pero no es así, en absoluto.
Estar en casa de Andrew con su familia hace que sienta que estoy cruzando ciertos límites, que soy una intrusa.
¿Qué hago aquí? En mi lugar debería estar la tal Camila, a la que al menos se está tirando, y no yo, una recién llegada.
—No puede ser —señalo al mismo tiempo que me tapo la boca sonriendo.
—Jamás te lo dirá, pero es el mayor fan de Troy Bolton —confiesa Eloise.
Si no lo estuviera viendo, no lo habría creído nunca.
—Y Ojito Saltón fue su peluche favorito hasta los dieciocho años —dice mientras coge el muñeco que descansa en medio de la cama.
— Monstruos, S. A. también es mi película favorita de la infancia.
—Ojalá Andrew pasara más por aquí —musita Miriam emocionada, y me fijo en que tiene los ojos llorosos.
Vaya, al final Andrew tenía razón y sus padres lo echan de menos de verdad. De repente pienso en mi madre y me invade un sentimiento de culpa. Por haberme ido y haberla dejado sola. Por no pensarlo dos veces. Por haber priorizado mi dolor al suyo.
—¿Qué hacéis? ¿Acaso queréis que Olivia me deje?
Todas nos volvemos cuando escuchamos la voz de Andrew, que está apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
Me fijo en lo atractivo que es… Recuerdo aquella noche en el Pint Corner, cuando lo vi en esa misma pose mientras me observaba desde su sitio habitual.
Un sentimiento extraño me oprime el pecho, y los pensamientos autodestructivos e inseguros que estaban empezando a ahogarme se esfuman como si nada.
Porque me cautiva totalmente su mirada, que me atraviesa una vez más.
Tras unos segundos, me obligo a apartar los ojos de él y le lanzo, divertida, su peluche favorito.
—Bonita habitación.
Él me devuelve el muñeco por los aires. Entonces se acerca a mí y se inclina hasta que sus labios quedan a la altura de mi oído.
—Mi madre y mi hermana están compinchadas, no dejes que te embauquen.
Su voz es suave, pero lo bastante audible como para que ambas mujeres lo oigan. No puedo evitar que se me erice la piel de la nuca. Él se da cuenta y se ríe. Será…
—Somos las mejores, y lo sabes —le suelta Eloise mientras me coge del brazo y lo entrelaza con el suyo, como si fuéramos mejores amigas.
No me asusta su cercanía; al contrario, me encanta su efusividad y cariño. ¿Cuántos años tendrá? Será algo mayor que yo, sobre unos veinticinco.
—¿Bajamos? Harry debe de estar terminando de preparar la comida. Andrew, ¿lo has visto? —pregunta Miriam.
Vuelvo la cabeza para hacer otro repaso a la habitación. Jamás había estado en una casa tan espaciosa y bonita. La combinación perfecta de colores entre el blanco, los marrones y el parquet genera una sensación de bienestar y tranquilidad.
—Hay barbacoa —sigue diciendo Miriam, esta vez dirigiéndose a mí.
—¿Barbacoa? Parece que va a llover… —comento, intentando no sonar impertinente.
—Oh, hay una zona del jardín trasero que se puede cerrar —me contesta, como si fuera lo más evidente del mundo.
—Ah. —Claro, qué estúpida.
Cuando bajamos al salón, se me acerca una enorme y peluda bola blanca que ronronea al tiempo que pasa la cola por mis piernas.
—Te presentamos al último miembro de la familia, nuestra gatita Gabbana.
Eloise la coge en brazos. Por supuesto, será de esas que tienen pedigrí. Es preciosa.
—Me encantan los gatos.
La acaricio, y parece que le gusto por cómo cierra los ojos, complacida, mientras no deja de emitir soniditos de placer.
—¿No iba a venir Miles? —pregunta Andrew, visiblemente incómodo y tratando de cambiar de tema. No tiene éxito, pues acto seguido Miriam me dirige a la cocina para enseñármela y contarme otra anécdota vergonzosa sobre su hijo.
—A los cuatro años, una vez se subió a la encimera para coger unas galletas que le encantaban y se cayó.
¿Ves la pequeña cicatriz que tiene aquí, en el lado?
—dice mientras le toca la sien, y asiento como si ya se la hubiese visto.
Me sabe mal mentir a la pobre mujer, pero lo cierto es que no he tenido el placer de apartarle los mechones que le cubren esa zona—. Se la hizo así.
Actúo como si lo que acaba de decir tuviera todo el sentido del mundo para mí, y me dedica una sonrisa amable.
Seguimos con el recorrido por la enorme vivienda y pasamos por varias estancias, todas igual de amplias e impresionantes: una zona de bar, una habitación de invitados, un baño y, por fin, un porche cubierto que da al jardín trasero.
Pienso en la suerte que tienen mis dos compañeros por haber crecido en una casa así.
Ese jardín es de ensueño… Siempre he deseado vivir en una casa con jardín y tener un gato que me hiciera compañía y fingir que es mi hijo o mi hermano.
Hay una enorme piscina cubierta con iluminación…
Me imagino a un Andrew y una Eloise de doce años jugando a zambullirse o haciendo carreras de natación.
—Olivia, te presento a Miles, mi prometido —anuncia Eloise apoyando la mano en el pecho del chico que acaba de aparecer por allí.
Medirá un metro noventa, rubio, con los ojos claros. Lleva un jersey de Lacoste y mocasines. Lo primero que se me viene a la cabeza es que son tal para cual, podrían ser Ken y Barbie. Lo segundo es que Miles es perfecto para ella y para la familia, encaja al detalle.
—Encantada. ¿Tú también trabajas en Nimbus? —inquiero para iniciar la conversación de alguna forma, rezando por que no se note que no he podido evitar sentirme un poco fuera de lugar. Aquí todo el mundo parece perfecto, y yo solo soy… yo.
—¡Oh, no, no! —dice al tiempo que se le escapa una sonrisa nerviosa—. Odio volar.
—Qué irónico, ¿no? —interviene Eloise—. Una chica enamorada de las alturas con un chico…
—… que prefiere estar anclado al suelo de su despacho.
Ambos se ríen y yo sonrío. Andrew aparece de detrás de mí y, en cuanto está cerca, percibo su perfume y me doy cuenta de que huele de maravilla. Olivia, céntrate.
—¿Tienes hambre? —me pregunta, y agradezco su intervención.
—La verdad es que sí.
Harry Jones está junto a la parrilla y me recibe con un delantal en el que pone E L MEJOR PADRE DEL MUNDO . Me hace gracia cuando lo veo, me encanta esta familia. Aunque, sin duda, Andrew es tan diferente a todos ellos… Es callado, introvertido, observador.
—¿Te gusta la panceta? He hecho un montón —me dice un Harry sonriente.
—Me encanta; gracias, señor Jones.
—Qué alegría tenerte con nosotros —vuelve a decir Miriam—. ¿Qué quieres para beber?
—Yo una copa de vino, mamá —responde Eloise.
—Dos —añade Miles, y ambos se miran con complicidad.
Todos me miran.
—Que sean tres.
Tras un rato de compartir conversación con una copa de vino en la mano, Harry termina de preparar la comida y nos insta a que nos sentemos a la mesa.
Mis ojos se mueven de un lado a otro porque hay de todo.
Varios entrantes presiden el centro, y una fuente de carne asada cortada en medallones cubiertos con una salsa oscura y brillante capta mi atención en cuanto la trae Harry.
Eloise, a mi derecha, me ofrece una copa de vino blanco y no puedo decir que no.
Por el momento, Andrew se mantiene en un segundo plano, ni muy lejos ni muy cerca de mí. A veces lo busco con la mirada para sentirme menos extraña y me pongo nerviosa cuando lo pillo mirándome. Me gustaría saber qué pasa por su mente.
Nos sentamos a la mesa, uno al lado del otro.
En una de las ocasiones en que hacemos contacto visual, él asiente, como en una pregunta silenciosa, para asegurarse de que estoy bien, y le devuelvo el gesto.
Entonces pasa algo que me acelera el ritmo cardiaco.
Andrew me roza la rodilla con la mano y contengo la respiración.
Al principio lo miro extrañada, pero luce una sonrisa traviesa y comienza a juguetear con mi pierna por debajo de la mesa.
—¿A qué se dedican tus padres, Olivia? —pregunta Harry mientras le da un sorbo a su copa de vino.
Espero que no note lo rojas que, estoy segura, se me han puesto las mejillas.
—Madre —respondo mientras intento eludir las provocaciones de Andrew con una patada, y él prueba a disimular un bufido—. Somos solo mi madre y yo. Mi padre hace mucho que no está en mi vida. Ella trabaja en un supermercado, y mantenemos una muy buena relación.
Los Jones se quedan en silencio.
—Vaya —dice Harry—. Lo siento.
—No importa, casi ni recuerdo lo que es tenerle en mi vida. Era muy pequeña.
—Seguro que tu madre es una mujer muy fuerte —añade Miriam.
—Lo es.
Cuando la conversación se destensa, Andrew retoma el jueguecito con mi pierna.
Nos peleamos unos minutos mientras intentamos fingir que no se está desatando la guerra entre nuestros pies por debajo de la mesa.
Trato de no protestar o reírme ruidosamente, pero él cambia de estrategia: me da un pisotón y me deja inmovilizada.
—¡Andrew! —se me escapa en voz alta.
Me tapo la boca cuando todos me miran, y él empieza a reírse. Se me pega su risa y los demás continúan con sus conversaciones.
—Cómo es el amor… —deja caer Miriam.
Asesino a Andrew con la mirada.
—Esto no quedará así, me vengaré.
Al instante me arrepiento de haber dicho eso, porque todos se me quedan mirando con cara de no estar entendiendo demasiado bien lo que sucede. Andrew, en cambio, se inclina hacia mi oreja. Sentir su boca tan cerca de mí por segunda vez en un día me pone muy nerviosa.
—¿Eso es que quieres una cita? —susurra.
Me muerdo la lengua, y esta vez soy yo la que se inclina hacia él.
—Ni en sueños, Jones —le musito.
Se me ha puesto la piel de gallina, menos mal que eso no lo puede ver.
Justo cuando voy a volver a coger el tenedor, me recorre un escalofrío al notar de pronto el tacto de su mano sobre la mía, rozándome la piel con cuidado. Quiero apartarla enseguida, pero no puedo. Y no es por lo que no somos y lo que tengo que fingir, sino porque no quiero volver a pasar miedo.