22. En el coche
En el coche
ANDREW
Estoy esperando a Olivia delante de la residencia.
He tenido demasiado tiempo para pensar… Me he dado cuenta de que una cosa es fingir que tenemos una relación delante de mis padres durante un desayuno y otra muy distinta que venga a casa, los conozca más y se quede a comer.
Toda una mañana con los Jones no es algo que suela suceder, y, por si fuera poco, también estarán mi hermana y Miles.
Espero que eso haga que el foco se centre en ellos y en la boda, porque ya no hay marcha atrás.
He amanecido con Camila enredada entre mis sábanas y, aunque no le he mentido al decirle que voy a comer en casa de mis padres, no sabe nada de lo de Olivia.
Hemos desayunado juntos, y la verdad es que nos hemos divertido viendo unos vídeos en YouTube.
No me molesta cuando me siento así con ella, conectado.
Porque no siempre estamos así. Esta mañana lo he pasado bien, es divertida.
Menos cuando saca su lado manipulador; sé que se comporta así porque es una táctica de autodefensa. Odia no tenerlo todo bajo control.
—Tengo que marcharme.
—¿Ya?
—¿No volabas hoy? —le pregunto.
—Sí, aterrizo de madrugada. Vuelo con el patoso de César, ya sabes, el chico ese que…
Pero desconecto enseguida de lo que empieza a contarme. Le encanta chismorrear y criticar a los tripulantes de la base.
—Que vaya bien el vuelo.
—Odio cuando eres tan frío.
—Sabes que soy así.
Una hora después estoy aquí, esperando a Olivia para ir a casa de mis padres.
Me desespera un poco que me hagan esperar…
Ahora entiendo que Eloise se enfade conmigo cuando llego tarde a nuestras quedadas.
Pasa por mi mente un mal presagio: ¿y si Olivia me hubiese dicho que sí pero en realidad no tuviera la intención de venir?
Niego con la cabeza. No creo que lo hiciera.
Aunque, bueno, viniendo de ella… Sé que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de desafiarme.
Debí pedirle el teléfono, pero no quiero que piense que lo usaré para algo más.
Porque ¿hasta cuándo durará la farsa de mis padres?
Sé que en algún momento, pronto, tendré que decirles la verdad.
Porque esta chica no tiene la culpa de mis movidas.
Cuando estoy a punto de desesperarme, alzo la cabeza y me encuentro con su rostro precioso a varios metros de distancia.
Bajo la mirada y veo que lleva una falda de cuero con unos botines, un jersey beis y, por encima, un abrigo largo que le llega hasta las rodillas.
Se ha recogido el pelo en una coleta ondulada, y unos mechones le enmarcan el rostro.
Está guapísima. Va más maquillada de lo habitual, pero está perfecta.
La sombra de ojos marrón hace que su mirada sea aún más profunda.
Sus labios… Me obligo a apartar la mirada de ellos porque me tientan a pasar cualquiera de mis dedos por encima.
—Estás preciosa.
—Ahórrate los cumplidos para cuando estemos con tu familia.
—Lo digo en serio.
Se detiene a mirarme y hace una mueca que no logro descifrar.
—Tú siempre vas elegante —opina.
¿Gracias?
Nos recoge Óscar, el chófer de la familia.
—Madre mía, ¿qué se siente al ser un chico tan privilegiado? —dice Olivia al ver el coche que nos recoge.
Para mí «solo» es el último modelo de Tesla. Iba a negarle lo que acaba de decir, pero tiene razón. Soy un chico con suerte, porque, de no haber sido adoptado por esta familia, solo Dios sabe si me hubiera podido permitir un coche. Trato de no pensar mucho en cómo hubiese sido mi vida…
Le abro la puerta a Olivia y ella vuelve a dibujar una expresión de sorpresa.
—Como has podido intuir, yo no pertenezco a tu mundo ni al de la mayoría de la gente de la base.
—¿Eso te incomoda? ¿Te hace sentir inferior?
Ella ladea la cabeza.
—No es sentirse inferior, es que… No sé, es difícil de explicar.
Mira, por ejemplo, estar en un coche tan caro como este cuando en España tengo un Fiat del 2009 me supera un poco…
Y no tiene nada de malo, porque adoro mi coche, pero en Dunrae la mayoría venís de familias con un nivel de vida bastante alto, y yo provengo de un lugar menos… , más… humilde.
—El dinero no lo es todo —opino en serio al tiempo que nos ponemos rumbo a casa de mis padres.
—Es fácil decirlo desde tu posición —se ríe—. Pero no, claro que no lo es todo.
Esta conversación me hace llegar a una conclusión: estoy casi seguro de que no abrió la carta aquella noche.
Nadie le ha contado que soy adoptado; si no, no se dirigiría a mí como si siempre lo hubiese tenido todo.
Todo el mundo sabe lo de mi adopción, pero no suelo hablar de ello.
Al contrario, prefiero evitar el tema. Pero ella no lo sabe.
Y odio que la gente actúe justo como lo está haciendo, dando por hecho que mi vida ha sido fácil por tener dinero.
—Por cierto, ¿dónde viven tus padres?
—En Dublín. Tardaremos poco más de veinte minutos.
—Yupi, me encanta compartir espacio reducido contigo —bromea con ese tonito irónico.
No sé si es porque estoy acostumbrado a que las chicas sean distintas conmigo, pero la veo tan real y transparente, tan… única. Y me encanta compartir momentos como este con alguien con quien no tengo la intención de hacer nada. Ni ella conmigo, desde luego.
—Eres una chica divertida.
—Solía serlo.
—A mí me lo pareces.
—¿Qué te ha dado últimamente con los cumplidos? Te recuerdo que tú y yo ni siquiera somos a…
—¿Amigos? —termino la frase. Olivia asiente, pero no dice nada más—. ¿No crees que lo del otro día y lo de hoy nos convierte en algo más que extraños?
—Eres el tipo de chico que odia las etiquetas.
—¡Deja de juzgarme! —me desespero.
Tiene toda la razón.
—Está bien, está bien, perdón —dice mientras alza los brazos—. Vale, tengo una pregunta, ¿alguna vez has tenido una amiga? En femenino.
No quiero responder porque sé que me fulminará con la mirada y soltará otro de sus comentarios sobre mi forma de comportarme con las chicas.
—Tampoco es tan difícil relacionarse con un ser humano que tiene tetas y no desear tocarlas.
Procuro no reírme, pero al final no puedo evitarlo.
Olivia también comienza a reírse, y nos tiramos varios segundos así.
Intento no pensar en su pecho, pero lo estoy haciendo.
Bajo la mirada hasta esa zona cuando se vuelve hacia la ventana.
Mierda, con este gesto, estoy dándole la razón.
Es lista. O yo soy débil. A lo mejor está en lo cierto y soy uno de esos chicos que no pueden ser amigos de mujeres.
—Qué bonito —comenta mientras sigue mirando el exterior.
—¿Has visitado la ciudad?
—Aún no. Hice la formación de la aerolínea a las afueras y no tuve tiempo de ver el centro.
Ahí está el letrero que indica que quedan poco menos de cinco kilómetros para llegar a la zona residencial donde viven mis padres, al norte de Dublín.
—¿Estás nervioso? —me pregunta, y niego con la cabeza.
—¿Y tú?
—Aún no me creo que vayamos a hacer esto. ¡Que haya accedido a hacerlo! Si sale mal, será culpa tuya —me acusa con el dedo.
—Solo trata de ser algo cariñosa conmigo para que no sospechen, ¿vale?
Olivia bufa.
—Tú también deberías serlo conmigo, ¿no? Una relación es un cincuenta por ciento cada uno, mi amor.
Me río tras esas dos últimas palabras.
—En la medida en que pueda.
—¿En la medida en que puedas? —se ofende rápidamente.
—Soy un chico más bien frío y distante, tampoco voy a hacer que mis padres sospechen que me has secuestrado.
—Más te vale poner de tu parte. —Me vuelve a asesinar con sus ojos marrones—. Oh, mierda.
—¿Qué pasa?
Olivia tira del cinturón varias veces. ¿Quién ganará a quién?
—Se me ha atascado —dice al tiempo que sigue tirando.
—Espera, lo tienes enrollado…
Me inclino hacia ella y vuelvo a oler su perfume, como la otra vez en la biblioteca.
Paseo la mano por la parte de abajo del cinturón, la que pasa por encima de sus piernas, y estoy tan cerca de ella que algunos de sus mechones me rozan la frente y me hacen cosquillas.
Intento desenrollar el cinturón como puedo, pero le rozo los muslos y una extraña sensación se apodera de mí.
Encima lleva falda. Olivia tiene unas piernas preciosas.
Nuestros rostros están demasiado juntos, tanto que, si volviera el cuello, tendría sus labios a pocos centímetros de la nariz.
Vuelvo a inclinarme un poco más para terminar de desenrollar el cinturón.
Mis manos siguen sobre ella. Su pelo sigue rozándome.
Ella está callada. Y yo oigo las pulsaciones de mi corazón.
Entonces la miro a los ojos. Pequeños, pero con unas pestañas increíbles.
Marrones, pero con la mancha que los hace únicos.
Ni siquiera me he dado cuenta de que el coche se ha detenido cuando se abre la puerta de su lado.
—¡Oh, mamá! Fíjate en cómo se miran.
—¡Eloise!
Vuelvo a mi asiento de un salto cuando veo que mi hermana se está tapando la boca con una mano.
Pero me doy cuenta de que lo que acaba de pasar ha pasado de verdad, y para nada ha sido fingido.