Bésame antes de volar 21. Miradas a distancia
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21. Miradas a distancia

Miradas a distancia

ANDREW

Ayer volamos a Núremberg, en Alemania, y hoy hemos vuelto.

El comandante Alberto Rivera, para mí uno de los mejores pilotos de la base, con el que mantengo una estrecha relación, me estuvo aconsejando para los exámenes que tengo en un mes.

Me puso a prueba para repasar, le hice preguntas y me respondió a algunas dudas sobre procedimientos y temas varios.

Mientras sobrevolábamos una zona ventosa con muchas nubes cargadas con lluvia, lo que iba a ser un vuelo tranquilo se convirtió en un viaje bastante movidito.

Jamás pensé que fuera a tener miedo en un avión, pero cuando saltaron las alarmas en la cabina, todos mis órganos se encogieron y mil dudas asaltaron mi cabeza: «¿Podré lograrlo?

¿Soy capaz? ¿Valgo para esto?». Ser piloto exige un autocontrol absoluto en situaciones como esa.

Nos preparan para ello. En los exámenes, en los simuladores.

Dentro de dos semanas tendré que ir a Londres para hacer dos días de simulador.

—Te lo dejo a ti —me dijo Alberto—. ¿Qué hay que hacer?

—Reducimos velocidad y ajustamos la altitud —contesté.

—Bien.

Tomé el control del avión para estabilizarlo mientras contactábamos con los controladores aéreos de la torre de control más cercana. Nos dieron las coordenadas justas y, en pocos segundos, el avión se estabilizó del todo. Al fin pude respirar.

—Muy bien —me felicitó.

A la media hora pasamos de nuevo por una zona con mal tiempo y volvimos a enfrentarnos a las mismas turbulencias, quizá un poco más fuertes. Al llegar a Núremberg, hice un aterrizaje de mierda por culpa del viento cruzado, pero llegamos bien.

—Bien hecho —me dijo.

Menos mal que a la vuelta conseguimos que nos dieran otra ruta para no atravesar de nuevo el temporal proveniente del norte de Francia.

Cuando llegué a la residencia a eso de las diez de la noche, me di una ducha y me encontré un mensaje de Chad.

Es viernes. Te apetecen unas cervezas?

Por supuesto.

—Bueno, ¿me vas a contar lo que tienes con la amiga de Camila?

—Se llama Anne, y la voy a dejar. Me he cansado.

—¿En serio? ¿Así, sin más?

—¿Por qué te sorprende? —se ríe Chad, incrédulo, antes de llevarse el botellín a los labios.

Me encojo de hombros. ¿Por qué de repente me parece cruel la actitud de mi amigo?

—Estoy cansado de que hablen así de nosotros.

—Andrew —dice al tiempo que me pasa el brazo por los hombros—, así somos, ¿qué más da? Les seguimos gustando a las chicas, les gustan los chicos malos.

—¿Chicos malos? —pregunta Camila, que acaba de aparecer por allí.

Sin que me dé cuenta, me planta un beso en los labios, y miro a mi alrededor.

No me gusta que me bese delante de la gente.

Sé que lo hace para marcar territorio, pero yo no soy su territorio.

Por suerte, Anne, la amiga de Camila, está volando, así que supongo que Chad tiene vía libre para ligar o liarse con quien quiera.

Aunque algo me dice que, aunque hubiese estado ella, lo habría hecho igual.

—Últimamente estás un poco raro… ¿Va todo bien? —Mi colega cambia de tema.

—Son los exámenes, ¿verdad? —responde Camila por mí.

Chad es muy buen amigo, pero no pienso contarle lo de la carta de mi madre ni hablarle del lío en el que ando metido con Olivia. ¿Significa eso que no es tan amigo, entonces? En ese instante, se abre la puerta y aparece ella, Olivia, junto a Serena y otro chico cuyo nombre nunca recuerdo.

—Sí, son los exámenes —asiento, sin apartar la mirada de la chica que llevo unos días sin sacarme de la cabeza.

No sé por qué, pero me sorprendo intentando disimular para que Camila no me vea seguirla con la mirada.

No debería actuar así, no estamos juntos.

Pero no quiero cagarla con ella, al menos no hasta que pasen los exámenes con míster K.

Pedimos otra ronda cuando se unen algunos amigos, y percibo que Olivia me mira a distancia.

Parecemos dos desconocidos, pero en unas horas entrará en casa de mis padres fingiendo que tiene una relación conmigo.

Es una locura, pero ¿puedo admitir que tengo ganas de que llegue mañana?

Creo que será divertido. Porque ella lo es, aunque trate de ocultarlo.

Es sarcástica, irónica, diferente a cualquier otra chica que haya conocido…

Tiene más personalidad que todas esas chicas, aunque se sienta vacía.

Además, de alguna forma, la tensión que compartimos desde esquinas opuestas del local, pero lanzándonos miradas de vez en cuando, me revuelve. Hasta que Camila me pasa la mano por la nuca y me come la boca. Hasta que Camila me guiña el ojo y me suelta un piropo.

Hasta que termino la noche en la cama con Camila. Una vez más.

Me cuesta huir de ella. Se está convirtiendo en un problema, en algo tóxico. Y algo de lo que tarde o temprano tendré que huir. Si puede ser, después de convertirme en comandante.

La estoy utilizando, es cierto, y cada día me siento peor por ello.

Antes no me habría importado lo más mínimo.

Para mí era algo frío, un medio para conseguir un fin, pero ahora me pesa.

Pero ella también me está utilizando, lo sé.

Me utiliza para crear su imagen perfecta, utiliza a su padre para mantenerme atado, y no sé cuánto tiempo podré soportarlo.