19. La carta
La carta
ANDREW
—Y ahora toma el control otra vez, muy despacio. Ahí, ahí… Sigue, Andrew. Cuidado… ¡Ya lo tienes! ¡Muy bien! —grita Eloise mientras aplaude.
Sonrío. Estamos volando en la Piper Aerostar de mi padre, una de sus avionetas más complicadas para maniobrar.
Hacía tiempo que no veníamos mi hermana y yo al aeródromo para pilotar juntos.
De adolescentes solíamos hacerlo, sobre todo cuando empecé a aprender.
Parece mentira que me esté echando un cable para llegar a ser comandante.
—Lo vas a petar en los exámenes. Estoy tan orgullosa de ti… —dice mientras me aprieta la mano—. Ahora baja con cuidado.
Giro los mandos hacia el sur para ir reduciendo la altura y aterrizar. Aún nos recuerdo en este mismo aeródromo, con diez años menos, pilotando el Cessna 152, mi primera avioneta, la mejor para principiantes. Por supuesto, Eloise consiguió subir antes que yo y dominarla con éxito.
Aterrizamos, aparco la avioneta, nos quitamos los headsets y salimos del avión. Estoy mucho más contento que la última vez, pues aquel día cometí algunos fallos. Según Eloise, hoy lo he hecho perfecto.
—Espera, que hago una foto. —Se pone al pie de las escaleras y me obliga a posar entre el último escalón y la puerta—. Estás adorable con ese mono verde oliva.
—A ti tampoco te queda nada mal, hermanita.
Solo hay una situación en la que no verás a Eloise en tacones: mientras pilota. Pero le encanta moldearse el pelo o pintarse los labios de su tono favorito antes de subir al avión. Es tan presumida como nuestra madre. Me rodea por la espalda mientras salimos de la pista.
—¿Cómo va la boda?
—Viento en popa.
—¿Eres feliz?
—Sí, mucho.
—Me alegro por ti; no dejo pensar en lo mayores que nos hemos hecho —le digo con sinceridad.
—¿Y tú qué tal con Olivia?
La miro pasmado. Mi hermana se entera de absolutamente todo.
—Papá y mamá me lo contaron. Ojalá haber visto el numerito en persona —se ríe.
—A mí no me hace tanta gracia, puse a Olivia en un compromiso.
—¿Y qué hacías con ella en ese momento? Pensaba que te veías con Camila.
—Y nos seguimos viendo. Solo salí a correr y me encontré con ella, ya está.
—¿Sabes qué me dijo mamá? —Pongo los ojos en blanco, esperándome lo que está a punto de decir—. Me dijo que hacéis una pareja preciosa y que no dejaba de observar cómo la mirabas.
—¿Qué? Mamá tiene mucha imaginación… Esa chica no me gusta.
—Aún no he tenido el placer de conocerla.
—Es maja; le gusta leer, así que te caerá bien.
—Bueno, ¿cuándo la traerás a casa? El sábado hay comida familiar. ¿Qué excusa les pondrás a papá y mamá?
Bufo.
—¿Todo esto es necesario? Que sepas que ha sido culpa tuya.
—¿Mía?
—Si no les hubieses dicho que tenía novia, no estaría en este marrón.
—Si no hubieras estado tan raro… Andrew, ¿va todo bien? —me frena.
—Sí —respondo mientras me encojo de hombros—. Sois demasiado dramáticos.
—Creo que a mamá y papá les hará ilusión que vayas el sábado a comer con Olivia.
—No puedo.
—¿Por qué?
—¡Porque no es mi novia!
—Ellos creen que sí. ¡No habérsela presentado!
Me detengo y miro su sonrisa pícara.
—Esto te divierte, ¿no es cierto?
Al final, se parecerá más a Olivia de lo que creía.
—Venga, porfa… ¡Quiero conocerla!
No puedo creer que esté otra vez en las mismas.
En cuanto vuelvo a la residencia, veo la carta sobre el escritorio, entre mis apuntes.
No puedo dejar de pensar en ella. Mientras me ducho, vuelo, me tomo algo con Chad, follo con Camila, estudio, como, sueño…
No me quito de la cabeza la idea de que ella está ahí fuera.
Esperándome, quizá. Me levanto de golpe y la cojo.
Suspiro y cierro los párpados con fuerza.
Entonces la abro. Así, sin pensármelo dos veces.
Necesito quitarme este asunto de la mente para concentrarme en los exámenes, que ya están a la vuelta de la esquina, y no se me ocurre mejor manera que hacerlo del tirón. Como arrancar una tirita.
Hola, Andrew:
Soy Lyla, tu madre biológica.
Te sorprenderá esta carta tanto como a mí escribirla, pero creo que ha llegado el momento.
Me prometí que jamás te buscaría, que nunca intentaría ponerme en contacto contigo ni conocer a ese bebé que dejé con tan solo unos días de vida.
Te estarás preguntando cómo te he localizado.
Lo último que quiero es sonar todavía más invasiva, pero debo confesarte que busqué información sobre ti través de internet.
Conocía los nombres y apellidos de tu familia adoptiva y a qué se dedicaban; además, sabía que son bastante reconocidos en su trabajo.
En efecto, al final encontré un artículo de un periódico en línea que hablaba sobre tu padre.
Había ganado un premio, creo, por ser un buen piloto.
No me fue difícil seguir tirando del hilo hasta llegar hasta ti.
¡Claro! Así es como me ha localizado. Hace apenas dos años, a mi padre le dieron el premio Edward Warner a la trayectoria profesional, un galardón puramente simbólico que otorga la Organización de Aviación Civil Internacional a algunos pilotos con trayectorias ejemplares en el mundo de la aviación.
Recuerdo que un periodista de una publicación especializada en el sector vino a casa para hacerle una entrevista al gran Harry Jones, e incluso nos hizo una fotografía de familia, para la que insistió en que tanto mi padre como Eloise y yo vistiéramos con el uniforme de aviación.
Quedó tan elegante que la incluyó en el artículo junto a todos nuestros nombres. Sigo leyendo:
Cuando vi una fotografía en la que sales con el uniforme de piloto, no podía creérmelo.
¡Eres piloto! Tienes la vida que te mereces, hijo.
¿Hijo? Se me hace raro llamarte así. Bueno, estuvimos juntos los nueve meses que te tuve en la barriga.
¿Sabes? Jamás he sentido tanto miedo como cuando me enteré de que estaba embarazada.
Ojalá algún día tenga la oportunidad de hablar contigo en persona y contarte mi historia. Aunque me temo que algo sabes. Solo quiero decirte dos cosas: la primera es que por fin he decidido curarme, esta vez de verdad; y la segunda es que nunca he dejado de pensar en ti, ni tampoco de quererte.
Me apoyo en el cabecero de la cama con el corazón en la garganta.
«Nunca he dejado de pensar en ti, ni tampoco de quererte».
Dejo la mirada perdida. Nervioso. Confuso.
Me da miedo admitir que esto que acabo de leer me ha conmovido.
Es ella, es real. Está viva, es una persona, un ser humano.
Y está ahí fuera. Existe. Durante años, ha sido como un fantasma, alguien que en su momento existió pero que pronto dejó de hacerlo.
Y ahora… Es como si por primera vez fuese consciente de que tengo una madre biológica.
Salí de ella, llevo su sangre, sus genes.
Pienso en Harry y Miriam. A pesar de todo, tengo claro que ellos serán siempre mis padres. Los quiero. Y no se merecen que sea distante con ellos. Cojo el móvil y escribo a Miriam.
Estaré el sábado en la comida
He huido muchas veces de las comidas familiares, de ciertas fechas y momentos, porque he preferido salir o estar solo o con amigos.
Pero los quiero, jamás he dejado de hacerlo, aunque me cueste demostrarlo.
Quizá haya llegado la hora de demostrarlo.
Ya veré cómo me las ingenio para convencer a Olivia de que me acompañe y siga con esta farsa.
Aunque haya una mujer ahí fuera que tenga la misma sangre que yo, siempre seré un Jones.
Salgo de mi cuarto y bajo por las escaleras.
Paseo por los largos pasillos de la segunda planta y miro los números de las habitaciones.
Tardo un poco en dar con la suya, pero al fin la encuentro.
Toco a la puerta con los nudillos y, en los segundos que paso esperando, me replanteo si lo que estoy haciendo es una locura o no.
Olivia abre y me encuentro con unos ojos marrones que se sorprenden de verme. Lo sé, yo tampoco esperaba estar aquí.
—Necesito un favor.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunta mientras se tapa con una bata de nubes de color rosa.
—¿Puedo pasar? —Miro a mi alrededor, rezando por que no me vea Camila o alguna amiga suya. Olivia pone los ojos en blanco, pero termina haciéndose a un lado y me deja entrar—. Gracias.
En cuanto cierra la puerta, su aroma me cautiva.
Huele a frescura, con una mezcla de vainilla que me gusta bastante.
Al instante me doy cuenta de cuál es su zona de la habitación, y no es por la enorme bandera italiana que cuelga en la pared del lado de Serena.
Es la falta de color, de objetos de decoración, excepto por una pila de libros en un escritorio. Está vacía. Ella. Está vacía.
—¿Qué necesitas?
¿Qué soñará? ¿Tan difícil es lidiar con una ruptura? ¿Cuánto tardará en superarla? ¿Tan enamorada estaba de ese chico?
Todos nos enfrentamos a problemas. Todos tratamos de encontrar la salida en nuestros laberintos. Y no se ven. Podemos juzgar, tratar de leer a alguien por fuera, pero no se consigue si no lo conoces por dentro.
—¿Andrew?
Vuelvo en mí.
—Perdona.
—¿Por qué estás aquí?
Lo cierto es que no me he preparado ningún discurso para pedirle el favor que necesito de ella, así que lo confieso sin más.
—Sé que te parecerá una locura y que me dirás que no, pero mis padres se están poniendo pesados con el tema y…
—Suéltalo, Jones.
—Hay una comida el sábado en casa de mis padres.
—Por favor, dime que no tengo que ir y fingir que estoy contigo.
La observo. Me jode admitirlo, pero me parece que está adorable así, sin maquillar y vestida con esa bata de nubes que parece demasiado suave.
—Te prometo que, cuando conozcas a mi hermana, dejaré que la insultes.
—No.
—Por favor.
—Nunca imaginé verte suplicándome algo así.
—Vamos, Olivia.
—No se me da bien mentir. Y menos aún fingir que me gustas o que siento algún tipo de atracción hacia ti.
—No soy un ogro, no creo que sea muy complicado.
—¿Y para ti?
—Eres muy guapa.
Me mira en silencio. Con los brazos cruzados. Entonces desvía la mirada y se muerde el labio.
—Vas a tener que currártelo un poco más si quieres seguir conquistándome, Andrew. —Pone los ojos en blanco.
—¿Eso es un sí? —pregunto, dando un paso hacia ella.
—¿A qué hora es?
—Te recojo a las doce y media.
Echa la cabeza hacia atrás, exasperada.
—Ponte guapa, aunque, como he dicho antes, ya me lo pareces.
—No intentes ligar conmigo —dice mientras me señala con el dedo—. Y, Santo Dios, ¿así es como ligas? Pensaba que Andrew Jones usaría otras tácticas.
—Tengo muchas, pero no dejas que las use contigo.
Ella se ríe y me uno a la sintonía.
—Jamás.
Nos quedamos mirándonos, sonriéndonos. De repente siento algo en el pecho. Es cuando sonríe, sé que es cuando hace eso. Porque no lo hace a menudo.
—Venga, márchate, que mañana madrugo.
Posa las manos en mi espalda e intenta arrastrarme hacia la puerta.
—Una cosa más.
—No pienso besarte el sábado.
Suelto una carcajada.
—No es eso.
—¿Y qué es?
—Estás preciosa cuando sonríes —le suelto, y sé que la descoloco—. Ojalá lo hicieras más.
En cuanto cierro la puerta de la habitación, me encuentro con Serena.
—Andrew, ¿qué…?
—Tenía algo que decirle a Olivia.
—Ah.
Me dispongo a volver a mi cuarto, pero se me ocurre añadir algo más.
—Oye, Serena.
—¿Sí?
—Siento lo que pasó hace unos meses —suelto, y abre los ojos tan sorprendida como yo al darse cuenta de que le estoy pidiendo disculpas por primera vez en mi vida—. Aquella noche… No quise ilusionarte ni…
—Solo fue una noche insignificante —dice tajante antes de que pueda terminar la frase.