Bésame antes de volar 18. La historia de Ben y Serena
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18. La historia de Ben y Serena

La historia de Ben y Serena

OLIVIA

Estamos en la habitación, y Serena está más contenta de lo normal. Ha puesto música italiana a todo volumen y se está arreglando en el tocador mientras canta y bailotea como una niña. Me encanta verla así.

—Se nota que tienes una cita.

Ella suelta una carcajada.

—No es una cita.

—¿Y qué es?

—Es una cita-no-cita, ya sabes.

Carter tiene razón, Serena y Ben son raros. La relación que mantienen es extraña, y me gustaría entenderla.

—Cuéntame cómo os conocisteis.

Ella se vuelve aún sentada en el tocador y pone esa expresión de nostalgia y felicidad, como cuando te preguntan por tu historia favorita o tu mejor recuerdo.

—Fue la primera persona a la que conocí cuando llegué. Venía de una mala época personal. —Se levanta y se apoya en el borde de mi cama—. Aunque no te lo creas, siempre he tenido problemas de autoestima. Sobre todo con mi cuerpo.

Abro los ojos sorprendida, aunque intento que no se me note mucho. ¿Problemas con su cuerpo? Tiene el que cualquier chica podría soñar.

—Siempre quise ser alta y delgada.

—Serena, estás…

—Lo sé, sé que estoy delgada y que ahora me ves sana.

Pero no siempre ha sido así. —Agacha la mirada—.

Desde pequeña, desarrollé un TCA, y toda la vida he mantenido una relación complicada con la comida.

El deporte nunca ha sido un problema para mí; de niña practicaba gimnasia rítmica, pero ese fue el detonante de mi obsesión con el peso —explica—.

Nos pesaban todas las semanas, nos exigían que estuviésemos delgadas…

Aunque fui un bebé rechoncho, al cumplir los siete años pegué el estirón y mi cuerpo tomó forma.

Nunca tuve problemas porque era una niña sana, hasta que la gimnasia se convirtió en algo importante para mí que me exigía una mayor capacidad física.

El control de mis entrenadoras, compararme con mis compañeras y querer ser la mejor provocó que comenzase a dejar de comer.

—Lo siento mucho.

—Me descontrolé. Mis padres se dieron cuenta y quisieron llevarme al médico, a pesar de que yo me negase, hasta que me obligaron y me detectaron el TCA.

Tendría unos dieciséis años por entonces.

—Serena se mira las manos y juega con un anillo que tiene un avioncito plateado en el centro.

Es precioso—. Lo pasé fatal. Tuve que dejar la rítmica porque no estaba sana ni mental ni físicamente.

—No puedo ni imaginar lo duro que tuvo que ser para ti. Y encima a esa edad.

—Desde ese momento tuve muchos altibajos, pero no terminaba de curarme. ¿Sabes? Buscaba la aprobación de los chicos respecto a mi cuerpo, pero solo una persona me hizo abrir los ojos y me enseñó que la verdadera aprobación solo estaba en mí, no en los demás.

Me mira, la miro.

—Ben.

—¿Por qué viniste?

—Siempre me había llamado la atención ser azafata. Hubo un momento en que no me sentía bien en Arezzo, necesitaba un cambio. —Me vuelve a mirar—. Supongo que la mayoría de los que estamos aquí, tan lejos de casa, necesitábamos huir.

Asiento. Y me considero tan tonta por mis razones, comparadas con las suyas… ¿Qué es una relación fallida si se compara con un problema físico y mental? La salud es lo más importante y, joder, me siento afortunada por no haber pasado por algo así.

—Mis padres me lo pagaron todo, así que vine. Ellos sabían que un cambio tal vez me curaría o haría que mejorase, y por eso siempre tuve su aprobación.

Ojalá a mamá le hubiera parecido tan buena idea que yo me fuese…

—No se equivocaron. Ni yo tampoco —añade segura.

—¿Y cómo conociste a Ben?

—Fue el que me hizo el tour por la residencia.

Estaba tan mal a nivel emocional que, en cuanto vi esa sonrisa tan interesante, sincera y atractiva, me tiré días pensando en él.

¡No lo encontraba por ninguna parte! A las pocas semanas volamos juntos.

Fue uno de esos vuelos largos en que tienes tiempo de confesarte con alguien —dice, y sonríe recordando el momento—.

Sentí una conexión entre los dos que jamás había tenido con nadie.

Ya sabes que Ben transmite muy buen rollo, es abierto, inteligente, y casi le conté toda mi vida, incluidas mis taras mentales.

Sonrío como una tonta cuando la oigo hablar así de Ben. Tiene razón, es encantador. Al menos lo que he visto de él hasta ahora.

—No creo en el amor a primera vista, pero sí en la conexión inmediata y en la atracción —sigue diciéndome más animada—.

Conocerlo me abrió los ojos en muchos sentidos.

Nos intercambiamos los teléfonos y quedamos un par de veces, aunque nunca pasó nada.

Todo empezó como una amistad, pero despertó sentimientos en mí desde el principio.

—¿Cuál es el problema entonces?

Sé que podría funcionar, son tal para cual. Los dos son extrovertidos, sociables, simpáticos… El puzle perfecto.

—Somos amigos —responde—. Y tenemos una relación de amistad tan fuerte que no puedo… fastidiarla. Algo dentro de mí me dice que, si le confieso lo que siento por él, se terminará.

—Eso lo dices porque piensas que no siente lo mismo por ti.

—Tal vez. ¿Tú qué crees?

—Creo que sois dos personas con una conexión fuerte, salta a la vista que sois muy amigos, pero no conozco los sentimientos de Ben.

Por favor, que no me pida que hable con él.

—Carter siempre me dice que acabaremos casándonos y teniendo tres hijos —añade al final, con una sonrisa, y terminamos riéndonos las dos.

—Creo que tenéis que dejaros llevar. A veces, los sentimientos más profundos se van cociendo poco a poco.

—Exacto, lo último que quiero es forzar algo. Pero tengo claro que le quiero, Olivia. Le quiero. Y sueño con tener una vida junto a él, con meterme en su cama y besarle, con notar sus manos acariciándome las piernas…

Está enamorada. Tremenda y jodidamente enamorada de su mejor amigo. Guau.

—¿Por qué el día que llegué Carter te preguntó por tu cita con él?

—Siempre llama «citas» a nuestras quedadas solos, pero no lo son. Aunque ese día… No sé, lo noté diferente, más cercano y cariñoso. Creo…, creo que quizá empieza a sentir algo por mí. A lo mejor no quiere cagarla, como yo.

—Puede, no lo sé —digo encogiéndome de hombros.

No quiero que se ilusione y que al final su mejor amigo le rompa el corazón.

No voy a alimentar sus fantasías… Son cosas que existen en tu cabeza y, a la mínima que alguien te da la razón, cobran todo el sentido del mundo y te lo acabas creyendo.

El amor ciega tanto que no sé cómo es posible que nos enamoremos con los ojos.

—Durante este tiempo, ¿te has liado con otros chicos?

—Algunos, sí —responde al tiempo que ladea la cabeza. No me extraña, Serena es guapa y muy popular en la base—. Pero la mayoría han sido para poner celoso a Ben.

—¡No!

—Lo sé, lo sé. Soy gilipollas. En algún momento tendré que pasar página, supongo. Aunque no veo que llegue el día, la verdad.

—Podrías estar con cualquiera —le aseguro, pero pone los ojos en blanco y termina de arreglarse—. Pasadlo bien —le deseo cuando está a punto de marcharse.

—¡Luego te cuento!

Me voy a dormir pronto porque mañana vuelo temprano. Últimamente me cuesta más de lo normal conciliar el sueño porque me provoca ansiedad el hecho de tener pocas horas para dormir, pero al final siempre me quedo dormida.

Sin embargo, me despierta un torbellino y casi me da un infarto.

—¡Me ha besado!

—¡¿Qué?! —exclamo medio dormida.

Serena da un salto hacia mi cama.

—Ben. Nos hemos besado. ¡No me lo puedo creer!

—¿En serio? Eso es… Dios mío, Serena, ¡eso es genial!

— Non potevo crederci , Olivia. Quando si avvicinò e…

—No te entiendo.

—¡Perdón! Es que estoy tan… en shock . ¡Me ha besado! ¿Sabes qué significa eso? Le gusto, Olivia, le gusto al chico del que estoy enamorada.

Mierda. De repente me siento incómoda. No tenía ni idea de que serían capaces de enrollarse. ¡Son mejores amigos! Pero tampoco puedo decirle nada de lo que pasó en nuestra overnight en Berlín.