17. Veinticuatro horas en Berlín
Veinticuatro horas en Berlín
OLIVIA
Me levanto a las cuatro y cuarto de la madrugada para volar.
Por las mañanas siempre enciendo el piloto automático y ni me planteo que he dormido dos horas.
Lo que tengo claro es que pienso pegarme al menos tres horas de siesta en cuanto lleguemos al hotel.
Hoy es un día guay: vuelo con Ben, nos toca ir a Berlín y pasaremos allí una noche.
Mañana volveremos hacia Londres y, de ahí, de vuelta a Dunrae.
—Pásalo bien —me dice Serena, que se despierta poco antes de que me vaya—. ¡Y vigila a Ben! Que no me lo quite ninguna alemana rubia que mida metro noventa y tenga las tetas perfectas.
—Trato hecho.
Me sorprende encontrarme a una piloto entre la tripulación. Morena, ojos verdes, alta y guapísima. Debe de ser Eloise, la hermana de Andrew.
—Eres Olivia, ¿verdad?
—Y tú Eloise, supongo. Encantada —digo mientras le doy dos besos.
—¿Eloise? No, no, yo soy Samantha.
Ah.
—De hecho, Eloise iba a hacer este vuelo, pero me cambió el día porque tenía que preparar unas cosas para la boda. Se casa, ¿lo sabías?
—Sí.
—Buenos días —saluda Ben medio dormido. Se me hace raro verle así, aunque me imagino a Carter amaneciendo con la misma energía de siempre—. ¿Lista para el día de hoy? —pregunta mientras me abraza.
Ben es el único de los cuatro que ya es supervisor de cabina. Serena se preparará pronto para los exámenes, antes de hacer las prácticas en el avión.
El comandante es Lyon, un francés que roza los cuarenta.
Es supergracioso, y no deja de soltar chistes que me hacen mucha gracia por lo malos que son.
Estas serán mis primeras veinticuatro horas trabajando fuera de la base.
Al menos la tripulación parece que acompaña para que sea una buena experiencia.
—Chicos, tendremos algunas turbulencias al aterrizar, así que os daré la señal para asegurar la cabina antes de lo normal y que todo el mundo esté seguro, ¿de acuerdo?
—Genial, cualquier cosa nos llamas —responde Ben con seguridad.
Es de esas personas en las que confías rápidamente, aunque no las conozcas. Tiene algo, está seguro de sí mismo, quizá. Desprende tranquilidad. Resolución. Parece ser alguien de quien te puedes fiar.
—Olivia, ¿todo bien atrás? —me pregunta casi al terminar de embarcar.
Le comento que hay una pasajera alérgica a las nueces y me pide que haga un anuncio al resto de los pasajeros para que se abstengan de comer cualquier tipo de frutos secos.
Es alucinante lo mucho que he aprendido en tan poco tiempo.
Me encanta mi trabajo. Los primeros días fueron torpes y algo desorientados, pero, poco a poco, como me dijo Helena el primer día, he ido cogiendo soltura en el avión.
En un mes, siento que ya lo hago bastante bien y estoy cómoda en la cabina.
Lo que llevo peor son los horarios, aunque en el hotel ya tenía turnos de mierda…
Odio los madrugones a horas en que años atrás estaría de fiesta o viendo una serie que me tuviera más que enganchada.
Creo que hice bien en dejarlo todo y venir aquí.
Aunque me duela pensar que mi madre está sola y que cada vez me llama y me escribe con más frecuencia.
«¿Cuándo vendrás?» se ha convertido en un mantra, y falta poco para diciembre y Navidad.
Me gustaría pasarla con ella, pero no quiero volver a España.
Sentirme lejos de Alejandro me hace bien.
Es como si hubiese una barrera no solo de kilómetros que nos separa.
Ayer escuché una canción y me acordé de él.
Me vine abajo… Lo echo tanto de menos que me cuesta respirar cuando pienso en él.
¿Y si conoce a otra chica? ¿Y si otra se fija en él?
Quiero que piense en mí, que me busque y me diga que se arrepiente de haberme dejado.
¿Cuándo acabará esto? ¿Cuánto durará este puto dolor? ¿Y el recuerdo?
Ben y yo bajamos a cenar en el bufet del hotel.
Después de un vuelo complicado por el temporal y de esperar casi dos horas para que nos recogieran en el aeropuerto y nos trasladasen al hotel, caí rendida en la cama sin haber comido nada.
He dormido cuatro horas, me he duchado y me he adecentado para cenar con Ben.
¿Hay algo mejor que comer en un bufet libre? Es mi parte favorita de los viajes.
—Necesitas conocer a gente nueva.
—Jamás he conocido a tanta gente nueva de golpe.
—No me refiero a eso.
¿Y a qué se refiere?
—Lo que quiero decir es que necesitas que este corazón vuelva a sentir —dice mientras me señala el pecho con el índice.
—No pienso…
—No digo que te enamores, Olivia, sino que sientas. Emoción, ilusión, atracción.
¿Cómo le digo que no me parece buena idea? ¿Ilusionarme otra vez? Si no puedo dejar de pensar en Alejandro en cuanto veo a un chico guapo… Incluso me siento mal por el hecho de que me parezca guapo. Le doy un mordisco al brownie con helado.
—Vamos.
—¿Adónde?
—Estamos en Berlín —sonríe—. Nos vamos de cervezas.
—¿Cervezas? ¡Me apunto! —exclama Samantha, la copiloto, que acaba de aparecer vestida con unos pantalones, un jersey rojo y un abrigo negro. Me parece increíble cómo cambian las personas con el uniforme o sin él—. Lyon se ha quedado en su cuarto y no tiene pinta de querer salir.
—Me dijo que haría videollamada con su familia —responde Ben.
—¡Entonces, salgamos!
—A ver, deja que calcule las horas del alcohol… —dice Ben mientras consulta su reloj de muñeca—. Tenemos hasta las cuatro de la madrugada. ¡Genial!
Tiempo atrás habría sido la primera en apuntarme a ese plan de salir por Berlín. ¿Cuándo, si no, iba a tener esa oportunidad? En mi vida he pisado Alemania, y estoy en la capital sin haberme gastado un centavo.
Sinceramente, no me reconozco. ¿Cómo puedo haber cambiado tanto?
La Olivia de antes era divertida, mis amigos se reían conmigo, y yo me reía con mis tonterías.
Ahora siento que he perdido ese brillo que siempre me ha caracterizado, que ya no queda nada de la chica que fui.
Joder, ¿cómo es posible que mi relación y ruptura con Alejandro haya supuesto tanto?
¿Tanto cambia el amor? ¿Tanto es capaz de manipularte?
—Olivia, nos vamos —me ordena Ben, y me quedo mirándolo a los ojos. Asiente y me guiña un ojo—. Hay que vivir. Hay que pasarlo bien. ¿Cuándo vas a repetir esto, eh? Mañana volveremos a Dunrae, pero esta noche estamos en la puta ciudad de Berlín. ¡Vamos!
Tira de mi brazo y lo sigo.
Tiene razón. Joder, Ben tiene toda la razón del mundo.
Dos horas después estoy en un pub al que no recuerdo cómo hemos llegado.
Ben y Samantha se ocupan de que me lo pase bien, de que beba, de que me suelte y de que baile con ellos.
Empiezo a notar el calor en las mejillas.
Hablamos sobre nosotros, nos contamos anécdotas…
Ver mi reflejo en el espejo del baño y darme cuenta de que estoy en Berlín me provoca un ataque de risa.
¿Dónde estaría si no hubiese decidido responder a la oferta y dejarlo todo? ¿Me lo estaría pasando tan bien?
—Y de repente me metió la lengua en la oreja… Me dio tanto asco que le dije que me acababa de acordar de que al día siguiente tenía una competición de atletismo y me fui —nos cuenta Samantha mientras nos reímos.
Hablamos muy alto, casi gritando, porque hay mucha gente, mucho ambiente. Incluso las demás conversaciones superan los decibelios de la música del local.
—¡No jodas! Yo una vez… —comienza Ben—. Esto no lo contéis jamás, ¿eh?
—nos amenaza mientras nos apunta con el dedo.
No sé cuántas jarras de cerveza lleva, pero más que yo seguro.
No pensé que sería de los que beben tanto, al menos no como Carter o Serena, pero me alegra ver lo bien que se lo está pasando—.
Una noche estaba en la playa con una chica que me gustaba muchísimo, pero de repente…
—Hace una pausa porque empieza a troncharse y nos contagia la risa.
Ben es adorable cuando se ríe—. La cena de esa noche me había revuelto el estómago.
—¿Qué? —grita Samantha—. ¡No puede ser!
No puedo parar de reírme.
—¿Y qué narices hiciste? —pregunto.
—Lo más asqueroso que he hecho en mi vida… —confiesa, y nos mira expectante—. Tuve que meterme en el agua y…
—¡No me jodas que lo hiciste ahí!
—¡No tenía otra opción! ¡Era una maldita playa!
—¡Dios, no! —Me tapo la cara mientras me río sin parar.
—Olivia, te toca. ¿Cuál ha sido la situación más incómoda en la que te has encontrado con alguien que te gustaba?
—Puf… —resoplo.
Y entonces me fijo en un chico.
Y él se fija en mí.
Está cerca de la barra, con un grupito. Hace mucho que no ligo. Hubo un tiempo en que se me daba bien, pero he perdido práctica. Dios, todo esto me parece muy raro, no deja de mirarme. ¿Cómo me sentiría besando unos labios desconocidos? Unos que no fuesen los de… él.
—Chicos, si me lo permitís, voy a por otra. ¡No os mováis!
Pero Ben y Samantha ya están riéndose de otra anécdota graciosa. Vaya par.
Me dirijo a la barra para pedir otra jarra.
No sé cuántas llevo, pero son las suficientes para sentirme algo mareada.
Vale, voy en el punto perfecto. Me siento suelta, animada.
La pido, y el chico que me miraba se pone a mi lado.
Desde aquí no veo a Ben ni a Samantha, pero no me importa mucho en este momento.
— Hallo —me saluda en alemán.
—No hablo alemán, perdón… —Espero que hable inglés—. ¿Inglés?
—Sí, claro.
Vaya, ahora que lo tengo más cerca me fijo en su mandíbula marcada, sus enormes ojos azul celeste y sus rasgos masculinos. Y alemanes. No sé cómo explicarlo, pero, cuando ves a un alemán, sabes que lo es. Por su altura, su pelo rubio y sus ojos claros… Este chico es guapísimo. Y muy alto.
—¿De dónde eres?
—De España —le explico—. Soy azafata y he venido con mis compañeros… —Trato de encontrarlos con la mirada—. Están por ahí.
—Eres preciosa.
Sonrío tontamente ante su atrevimiento. Hacía tanto que un chico no me miraba de esta forma, que no me decía lo guapa que soy…
—Gracias. Tú también.
—Deja que te invite. —Se encarga de pagar su jarra y la mía—. Por cierto, me llamo Hans, ¿y tú?
—Olivia.
Me vuelve a mirar de arriba abajo, esta vez con deseo. Se nota por la mirada, por la forma en que curva los labios. El ardor de las mejillas se contagia a todo mi cuerpo. Hacía tanto que no me sentía deseada… Esta noche parece que tenga los dieciocho otra vez.
Hans acerca su jarra a la mía.
—¿Por qué quieres brindar?
No me lo pienso.
—Por la libertad.
—Por la libertad.
Dejo la jarra en la barra, poso las manos en la nuca de Hans y le beso.
Y me siento libre. Me da la sensación de que acabo de reparar algo dentro de mí.
Aunque sea muy pequeño. Besar a un desconocido no entraba en mis planes, y sé que no hará que me olvide de Alejandro, pero siento que acabo de poner fin a mi relación con él, que ya está, que se acabó, y es más real que nunca.
Al fin lo entiendo, al fin lo dejo marchar.
Aquí, en Berlín, en un pub, mientras beso y me gustan los labios de un chico que acabo de conocer.
Lo gracioso es que me lo paso en grande con Hans y sus amigos.
Les presento a Ben y Samantha. Me habría arrepentido toda la vida si no me hubiese animado a salir.
Jugamos a los dardos, nos hacemos fotos, bailamos, y mis labios terminan en los de Hans cada veinte minutos.
Apenas recuerdo la despedida, pero no me duele decir adiós a Hans y a sus amigos; sé que jamás los volveré a ver.
Echaba de menos noches como esta, noches en las que conoces a gente, se convierten en tu todo durante un rato y se disuelven como la espuma.
Echaba de menos pasármelo bien, sentirme suelta y volver a ser la chica alocada que toma decisiones sin pensar en el futuro.
Me gustaría gritar a los cuatro vientos que no tengo miedo, para que se entere todo el mundo.
Se lo diría a mamá, a Alejandro, a mi antigua yo, a…
Andrew. ¿Andrew? ¿Por qué estoy pensando en él?
Cierro los ojos un instante y veo su mirada relajada y penetrante que me observa, el aire comprimido que se queda entre los dos cuando se acerca demasiado a mí y me pone nerviosa, las ganas que tengo de decírselo, sus brazos y su pecho cuando lleva la camisa de piloto, lo sumamente atractivo que me parece…
Abro los ojos de golpe. Joder, voy borracha y ya no sé ni lo que pienso.
Salgo a la calle para pedir un taxi mientras escribo a Serena y le digo que todo está bien, que nos lo hemos pasado genial. Me responde al instante:
Qué envidia me dais
Son las cuatro y media de la madrugada, pero siempre habrá pilotos y tripulantes de cabina listos para volar a cualquier parte del mundo. Le mando un sticker .
Cuando aparto los ojos del móvil, no puedo creer lo que estoy viendo. Me llevo una mano a la boca. Mierda.
Ben y Samantha se están enrollando.