Bésame antes de volar 12. La chica equivocada
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12. La chica equivocada

La chica equivocada

ANDREW

Es domingo por la mañana y, aunque ayer aterricé muy tarde, me gusta aprovechar los días libres para salir a correr por el pueblo.

Hace un frío de mil demonios y está empezando a chispear, pero desde adolescente me acostumbré a correr cuando mi mente colapsa y necesita una vía de escape, silencio.

O, por el contrario, para escuchar mis pensamientos con claridad.

Desde pequeño supe que era adoptado. Nunca ha sido un secreto para nadie, y que mis padres quisieran normalizarlo, al menos en mi caso, fue la mejor decisión.

Harry y Miriam me adoptaron cuando yo tenía dos años, porque mi madre biológica, una joven drogadicta y alcohólica, no podía hacerse cargo de mí.

Siempre he pensado que lo hizo bien, dejarme en manos de una familia que me lo ha dado todo.

Jamás me ha faltado nada, y he pensado infinidad de veces en cómo habría sido mi vida si mi madre biológica no me hubiese dado en adopción.

Quizá me hubiese muerto de hambre. O me hubieran raptado.

O puede que ahora fuera un chico de veinticinco años que vive con veinte centavos al día y pide dinero en la calle.

Llevo pensando eso toda mi puta vida. Y tal vez sea la razón por la que soy tan agradecido con los Jones y no me gusta pedirles nada.

No suelo decírselo; me encantaría ser más cariñoso con Harry y Miriam, pero siempre he sido un niño más bien frío y distante.

Eloise jamás habla de mis padres biológicos.

De hecho, odia que mi madre me abandonara y actúa como si fuese su hermano de sangre.

Lo cierto es que no sé nada de mis padres biológicos. Ni siquiera cómo me hubiesen llamado. O sus nombres.

No los odio. No me importa que mi madre fuera una drogadicta incapaz de dejar las drogas aun teniendo un bebé a su cargo.

Pero no lo necesito en mi vida. De pequeño me hice una promesa: «Pase lo que pase, los Jones son tu familia, y no quieres saber nada de los padres biológicos que te abandonaron».

Hasta ahora.

Supongo que hasta que no sucede no te das cuenta de qué puedes llegar a sentir.

Y siento frustración. Una parte de mí quiere saber más, quiere ser capaz de leer la maldita carta, quiere… comprobar si se parece a ella. Pero la otra no quiere conocer nada. Porque esa mujer dejó de ser mi madre en el momento en que me abandonó.

Me gustaría ser más frío con este tema, pero lo único que hago es ver a una figura femenina que corre hacia mí.

Por un instante me saltan las alarmas al pensar que puede ser ella.

¿Cómo me ha localizado? Sabe que vivo aquí, en Dunrae, aunque todavía no me explico cómo, y no sé si me está observando en este momento.

La figura se va haciendo cada vez más grande, hasta que veo su cara.

¿Cómo podría olvidar esos ojos marrones y redondos?

¿Y esas piernas largas? ¿Y esa expresión tan atractiva y triste al mismo tiempo?

Es ella. La nueva. Está entretenida mirando al suelo, concentrada.

Lleva unos cascos, e imagino que está oyendo un pódcast de libros.

¿Le gustará leer? O quizá esté escuchando a su artista favorito.

Estoy seguro de que le gustan Taylor Swift y Ariana Grande.

Estamos a escasos metros de distancia cuando alza la barbilla y se percata de una presencia más, la mía. Entonces, justo cuando vamos a cruzarnos, pega un saltito y suelta un chillido, lo que hace que me sobresalte yo también.

—¡Me has asustado! —dice al tiempo que se pone la mano en el pecho, con la respiración entrecortada.

—Joder, y tú a mí, y eso que te he visto hace un rato.

Aprovecho para apoyarme en una farola y estirar. Observo el horizonte y cómo el sol va asomando poco a poco. Me encanta esta hora del día, los primeros rayos, el cielo que toma vida a través de los colores.

—¿Corres? —se me ocurre preguntarle para que no sea un momento incómodo.

¿Qué puedo decir si no? Soy un tipo de pocas palabras, y algo me dice que no le caigo bien a esta chica. ¿Por qué?

—Sí, bueno, me he propuesto retomar el deporte —responde mientras consulta la hora en el reloj de muñeca.

—Han sacado un nuevo Apple Watch que, además de medir las pulsaciones, te permite… —digo intentando ser majo.

Joder, ni siquiera sé por qué debo o quiero ser majo con ella.

—Sí, bueno, con este me apaño —me corta, y hace una pausa—. Además, no tengo el mismo poder adquisitivo que tú y tu familia para ir comprándome el último modelo de reloj.

—¿Qué sabrás tú de mi familia?

Ella no dice nada y vuelve a trotar en dirección a la residencia. Mi pecho se infla impotente.

—No, no. —Me pongo delante de ella para impedirle el paso, y se detiene—. Leíste la carta, ¿verdad?

—Ya te dije que no leí nada.

—¿Acaso te divierte verme así?

—Llego tarde al desayuno, primer oficial Jones —responde con retintín.

No me lo puedo creer. Me está vacilando. Pues no se saldrá con la suya.

—¡Eh! —Vuelvo a adelantarla y la detengo—. ¿Por qué me odias? Apenas me conoces, ¡no puedes detestarme tanto!

—¿Qué? ¿Por qué te odio?

Asiento apretando los dientes.

—No te odio, aunque seas un engreído que cree que tiene el derecho de ir por la vida dañando los sentimientos de los demás y esas cosas.

—¿De qué va esto?

Me detesta.

—Simplemente odio a los chicos como tú.

—No me conoces.

Doy un paso hacia ella.

—Ni hace falta. —Ella hace lo mismo, y nos quedamos más cerca de lo que esperamos.

Me vuelvo a fijar en la manchita de su ojo. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo guapa que es. No sé qué tiene, pero es algo que la hace muy atractiva. Con esos ojos redondos enmarcados por unas enormes pestañas.

—Estoy seguro de que, si me conocieras… —me detengo.

—Si te conociera, ¿qué? Tranquilo, mi compañera de habitación ya me ha puesto al día de la base y me ha hablado de ti. Un tío sin corazón, introvertido y que no deja que lo conozcan del todo. ¿De verdad quieres que yo te conozca, una desconocida a la que acabas de conocer?

No digo nada.

—¡Andrew! —grita una voz conocida en la lejanía.

Giro sobre los talones y veo a mi madre, que se acerca por una de las calles. ¿Qué cojones?

—¿Mamá? —Se me salen los ojos de las órbitas.

Mierda. Es domingo. La fiesta de Eloise. La misión de entretenerlos. Lo había olvidado por completo.

—¡Andrew! —repite con una sonrisa que le ocupa toda la cara al tiempo que alza el brazo para saludarme.

—¿Qué hacéis tan pronto por aquí? ¿Y papá? —Miro detrás de ella, buscándolo.

—Hemos madrugado porque tu padre quería ir a pescar y, como sabemos que te gusta salir a correr temprano, hemos pensado que podíamos desayunar.

—Ah, sí —respondo nervioso.

No sé qué decir, esto me ha pillado desprevenido.

Miriam Jones es la copia exacta de Eloise.

O Eloise es una copia de ella. Tiene el pelo rubio claro porque se niega a dejarse las canas que alguna vez le he visto y que la hacen, en mi opinión, más guapa.

Y es la persona más sonriente y humilde que conozco.

Aunque su fortuna en parte es por Harry, nunca se ha dejado llevar por el dinero.

Pero los bolsos de marca y los zapatos son su perdición, como la de mi hermana.

—¿Quién es tu amiga? —La nueva capta su atención y se acerca a ella con una sonrisa encantadora—. ¡Ah, tú debes de ser la novia de Andrew! —La abraza y empieza a besarle las mejillas superemocionada—. ¡Tenía tantas ganas de conocerte! ¿Cómo te llamas?

—Yo…, eh…, Olivia —dice buscando mi mirada, algo desubicada.

—¡Olivia! Qué nombre tan bonito. ¿De dónde eres?

—De España.

Cuando mi madre se vuelve hacia mí, Olivia me lanza una mirada de socorro con los ojos muy abiertos y los labios apretados. Joder, ahora sí que se ha liado. Tengo que pensar en algo rápido.

—Sí. —Me acerco a ella y le paso el brazo por los hombros. Tocarla por primera vez se me hace extraño, distinto—. Ella es… mi chica.

—¿Qué cojones haces? —musita.

—Hazme un favor y sígueme el rollo.

—Qué monos sois. ¿Habéis salido a correr juntos? —pregunta mi madre, aunque es evidente.

—Sí, a Olivia le encanta, ¿verdad?

La aprieto aún más fuerte, y mentiría si no dijera que estoy disfrutando de su sufrimiento.

—Bueno, ¿qué tal si busco a Harry mientras os dais una ducha calentita? Os esperamos para desayunar en la cafetería de siempre.

—Olivia tiene que volar.

—Cariño, ¿no te acuerdas? Hoy tenía el día libre… —Ladea la cabeza a un lado y alza tanto las cejas para que le siga el rollo que voy a matarla.

—Ah, sí, ¡qué tonto! —respondo con una sonrisa falsa.

—¡Estupendo! Ahora nos vemos.

Esperamos hasta que mi madre se pierde por una de las calles del centro del pueblo para separarnos y encararnos otra vez.

—¿De qué vas?

—¿De qué vas tú? ¿El día libre, en serio?

—Has sido tú el que ha empezado, y tenía que devolvértela de alguna forma.

—No solo quieren desayunar —le explico mientras me acaricio el pelo, nervioso—. Se supone que tengo que pasar todo el día con ellos para distraerlos porque mi hermana está organizando una fiesta sorpresa en casa de mis padres.

—Ah.

—Se casa.

—Enhorabuena por ella.

—¿Acaso quieres fingir todo el día que estamos juntos? ¿No tienes nada mejor que hacer?

—No pienso fingir que estoy contigo.

—Pues la has cagado tú sola.

—¿Por qué les mientes?

—Es una larga historia.

Me llevo las manos a la frente mientras camino en círculos intentando buscar una solución.

Considero varias opciones, pero ninguna es realista ni me haría quedar bien delante de mis padres.

No quiero que sospechen que me está pasando algo, y por eso…

Joder, voy a matar a Eloise, todo esto es por su culpa.

—Vale. En veinte minutos te espero en la parte de atrás de la residencia. —La señalo con el dedo.

—¿No quieres que te vean conmigo? ¿Con cuántas chicas te acuestas al mismo tiempo? —Veo que se ríe por lo bajo.

—¿Nunca paras?

—Has dado con la persona equivocada, Jones.

Se cruza de brazos y alza la barbilla. Vuelve a mirarme como si no quisiera dejar de ponerme a prueba.