Bésame antes de volar 11. Entre las nubes #2
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11. Entre las nubes #2

Me abro paso para colocarme en el asiento del comandante.

Intento ocultar lo mucho que me emociona sentarme aquí.

Sí, como si fuera una niña. Mientras admiro la cabina, noto la penetrante mirada de Andrew en mí y me siento incómoda por estar sola con él en un espacio tan reducido.

Aspiro el aroma masculino del ambiente y me fijo en cómo le queda el uniforme de piloto, ahora que estoy más despierta.

La camisa le marca lo suficiente los brazos y el pecho como para hacerme una idea de los músculos que oculta.

Y no es por nada, pero puedo llegar a entender que tenga esa enorme cola de chicas detrás.

Aunque yo jamás me pondría a la espera para que un chico como él me prestara atención, ni siquiera por una noche.

—¿Leíste algo?

Aparto la mirada de inmediato, volviendo a la realidad.

—¿Qué? —le pregunto.

—La carta que se me cayó el otro día.

—Eh, no —niego con rapidez.

—Era personal.

—No soy una cotilla.

—Mientes —me suelta achicando la mirada.

No digo nada. La verdad es que sí que alcancé a leer algo antes de decantarme por hacer lo correcto y devolverle la dichosa carta: un nombre.

Lyla. No sé quién puede ser ni por qué parece tan importante para él; cuando tuve el sobre entre las manos no le di demasiadas vueltas, simplemente asumí que lo más probable era que se tratase de una admiradora más.

Decido guardarme ese pequeño secreto solo para mí, así que me limito a negar con la cabeza al tiempo que comienzo a sentir que la cabina parece cada vez más pequeña.

Si alargase un poco el brazo, podría tocarlo.

¿Cómo me sentiría al tocar a un chico que no es Alejandro?

¿Y si nunca vuelvo a notar aquella conexión?

Me fijo en el perfil de Andrew: tiene unas facciones marcadas, pero con cierto toque de ternura.

No sé cómo explicarlo. Creo que son sus ojos pequeños, pero de un azul intenso, los que compensan su mandíbula fuerte y los mechones castaños que le caen por la frente, que le dan un aire rebelde.

De pequeño quizá era el típico niño bueno y popular del que todo el mundo deseaba ser amigo.

Y, por supuesto, todas las chicas de su curso estarían coladas por él.

Pero aquí estoy con él, en la cabina del avión.

¿A cuántas chicas enamorará aquí? ¿Cuántas desearían estar donde estoy yo ahora mismo?

Vuelvo a notar su mirada sobre mí mientras me fijo en los controles del comandante, y me pone nerviosa.

Uf, no quiero sentirme así; es lo que él quiere, a lo que está acostumbrado.

—Bueno, ¿tienes alguna pregunta? —intenta cerrar la conversación.

—No.

—Bien.

—Bien.

Nos quedamos en silencio, y vuelvo a sentirme incómoda. La respiración se me acelera más a cada segundo que paso aquí metida, en su compañía.

—¿Por qué decidiste dejar España?

¿Por qué me pregunta esto ahora? No entiendo este súbito interés por mi vida.

—Quería un cambio de aires.

—¿Por qué?

—¿Lo preguntas porque odias los silencios incómodos y no sabes qué decir o porque te interesa de verdad?

—He estado muchas veces en España, y no lo cambiaría por vivir aquí.

—Me gusta Irlanda.

—¿Porque necesitas un cambio de aires? —vuelve a preguntar.

Por un momento me da la sensación de que está siendo amable conmigo y que no tengo por qué ocultar la realidad. Pero algo me dice que no me fíe de él.

—No te voy a juzgar.

Pongo los ojos en blanco. Está bien.

—Me rompieron el corazón —digo entre dientes.

—Oh, vaya. Lo siento.

—Aunque no te lo creas, porque tú eres el que va rompiendo corazones por ahí, es algo que suele ocurrir. Y déjame decirte que es una mierda pasar por esto.

—Yo… —empieza, pero no termina la frase porque Helena aparece en el momento perfecto.

—¿Habéis acabado?

—¡Sí! —respondo sin apartar los ojos de Andrew.

Salgo lo más rápido posible de la cabina, a pesar de que él dice algo que no logro escuchar.

De camino a la residencia, noto que me busca la mirada, como si quisiera contarme algo, pero lo ignoro.

En cuanto llegamos a Dunrae, lo primero que hago es llamar a mamá.

—¿Cómo ha ido?

—¡Me ha encantado! —exclamo emocionada mientras recorro el pasillo de la residencia hasta llegar a mi habitación.

—¡Cuánto me alegro! Hacía tanto que no te oía tan contenta…

Y es verdad. ¿Cuándo fue la última vez que sonreí de este modo? Me miro al espejo vertical que tenemos en el cuarto y, por primera vez en bastante tiempo, me veo guapa. Y sonriente.

—Aunque estoy que me caigo de sueño.

—Normal. ¿Has aprendido mucho?

—Sí. ¿Y tú cómo estás?

—Ya sabes que te echo mucho de menos —dice con tono apagado.

—Yo también. Espero volver pronto a casa.

—Puedes venir en el puente de diciembre.

Diciembre. Estamos a finales de octubre, lo que significaría volver a Alicante en menos de dos meses. Tengo ganas de abrazar a mi madre, pero no sé si estoy preparada para volver a mi ciudad. Quizá sea demasiado pronto.

—Podría mirarlo, sí.

A pesar de haber sido siempre muy sociable, adoro los momentos de estar en casa sola o con mamá.

Tener de mejor amiga a tu madre hace la convivencia más fácil, desde luego.

No recuerdo broncas ni peleas entre nosotras, aunque ella nunca ha dejado de ejercer como madre.

Mis abuelos, a los que apenas conocí, murieron demasiado pronto, y, después de que la abandonara el hombre que me dio la vida, solo le quedo yo.

Siempre he pensado que mi madre es una persona triste, pero, cuando estamos juntas, sé que se esfuerza por no parecerlo.

Crecí siendo una niña feliz a la que la ausencia de padre le dolió durante una época de su vida, pero después lo superó.

Sucedió cuando yo tenía siete años, y le siguió un divorcio tormentoso, pero lo que más me dolió fue la transformación de mi madre.

No he perdonado a mi padre; jamás lo haré, aunque ahora sea feliz.

Echo de menos los domingos de peli, hacer la compra juntas, cenar viendo nuestro talk show favorito de fondo o irnos de tiendas.

También me muero de ganas de ver una nueva versión de mi madre, una más viva, más ilusionada.

Como yo. Ahora que lo pienso, el amor nos ha arrebatado todo eso…

¿Cómo es posible que el amor tenga tanto poder?

Deseo volver a casa, pero no estoy preparada para enfrentarme a la realidad. Estar en Dunrae es como vivir una vida paralela. Me encuentro lejos del foco de dolor, pero sé que lo llevo encima.

Quiero volver a ser la de antes… Pero ¿me puedo encarnar en una versión pasada de mí misma?