11. Entre las nubes
Entre las nubes
OLIVIA
El despertador suena a las tres y diez de la madrugada, y me levanto enseguida para prepararme para mi primer día en la aerolínea.
No he dormido más que un par de horas. Y no es porque haya madrugado más que en toda mi vida, sino porque hoy pondré en práctica todo lo que he aprendido durante estas últimas semanas.
No dudo que saldrá bien. Porque me he preparado. Porque soy una chica segura.
A medias, a veces.
La primera noche que fuimos al pub me entró tal bajón al pensar en Alejandro cuando llegamos a la residencia que decidí dar un paseo por los alrededores y acabé rodeando todo el pueblo.
He decidido establecerme una rutina de deporte que me haga sentir mejor.
Al menos eso he visto en el vídeo de una chica que da consejos para volver a encontrarse con uno mismo.
Porque sigo algo perdida, y no tener el control de mí misma me hace sentir insegura.
Así que, tras tantear Dunrae, he decidido que estaría bien salir a correr.
Además, necesito volver a ponerme en forma; últimamente me noto muy floja.
Hoy tengo un día sencillo, vuelo a Madrid y vuelta a Irlanda.
Me hace especial ilusión que mi primer viaje sea a España, y todo gracias a Carter, que al final pudimos intercambiar nuestros destinos.
Le mando un mensaje a mi madre mientras me pongo las medias y trato de no despertar a Serena, que vuela por la tarde.
Eso significa que, cuando vuelva a mediodía, tendré toda la tarde para mí sola en la habitación.
Pienso echarme una siesta de al menos tres horas y compensar que haya dormido solo dos.
Me arreglo en veinte minutos gracias a que anoche lo dejé todo preparado y, además, soy rápida levantándome y vistiéndome.
Sí, soy de esas que ponen una única alarma y se despiertan con esa.
Me pregunto si seré capaz de hacerlo durante el tiempo que esté aquí.
Menos mal que rotamos y tenemos turnos de mañana y de tarde.
Salgo de la habitación con el peor recogido que me he hecho jamás y no me encuentro con nadie por el pasillo.
De repente me da la sensación de que la residencia puede resultar algo tétrica.
Cojo el ascensor cada vez más nerviosa y espero en la recepción a que baje alguien, ya que aún no ha llegado el coche que nos llevará al aeropuerto.
Consulto la hora por decimoquinta vez y, vale, es pronto, pero prefiero esperar que llegar con el tiempo justo.
A los cinco minutos oigo pasos que se acercan, acompañados por el repiqueteo de unos tacones y las ruedas de al menos dos maletas.
Al instante aparecen una azafata y un piloto, y se dan cuenta de mi presencia.
—¡Buenos días! —dicen, y me pongo en pie.
—Tú debes de ser Olivia. Es tu primer día, ¿verdad? —me saluda la chica.
Me fijo en su peinado perfecto y anoto mentalmente que mañana me tengo que peinar mejor. Sobre todo los baby hairs.
—¡Sí!
—Acaba de llegar el transfer.
—¿No falta alguien?
—Buenos días —dice una voz ronca, y me vuelvo de golpe porque me suena.
No me lo puedo creer. Es él. Se llamaba Andrew, ¿no?
Tarda algo más que los otros dos en darse cuenta de que formo parte de la tripulación del día.
Mierda. Hacía tanto tiempo que no mantenía una conversación a solas con un chico en un bar…
, y menos una tan… rara. Por supuesto, me di cuenta de que era de esos chicos que se creen irresistibles para cualquier ente femenino y que van por la vida como si los demás no tuvieran sentimientos. Qué pereza.
Subimos al coche y a Andrew le toca sentarse a mi lado.
No nos decimos nada. Al contrario, actuamos como si no nos conociéramos.
La pantalla de su móvil se ilumina y veo que es un mensaje de esa tal Camila con la que Serena tuvo un encontronazo.
Va a ser verdad que están juntos… Desde luego, a este chico no le pega tener relaciones serias.
De repente me lanza una mirada que grita a todas luces un «¿Me estás espiando?».
—Tienes suerte, Olivia. Hoy vamos a Madrid —me dice la azafata—. Por cierto, mi nombre es Helena.
—¡Encantada de conocerte, Helena! Desde luego que la tengo.
—¿Estás nerviosa? No debes estarlo, ya verás qué gran día tenemos.
—Sí —respondo entre dientes mientras miro a Andrew de reojo.
Llegamos al aeropuerto en cinco minutos. La lluvia nos empapa cuando subimos al avión después de pasar los controles de seguridad.
—Un breve briefing , chicos —dice el comandante—.
Yo soy Tony y él es Andrew, el primer oficial.
—Este hace un gesto con la cabeza, y ni siquiera me fijo en lo bien que le sienta el uniforme—.
Helena, Olivia, bienvenidas. Hoy hacemos ruta hacia Madrid.
Aunque el tiempo aquí está regulero, el cielo en España está despejado, y en ruta también.
Al volver, lo mismo, aunque se espera algo de viento durante el aterrizaje.
Cincuenta pasajeros a la ida y treinta y ocho a la vuelta.
Repostaremos en ambos aeropuertos. ¿Alguna pregunta?
Miro a Andrew y a Helena por si tienen algo que añadir.
—Muy bien, vamos allá.
—Sabes todo lo que tienes que hacer, ¿no? —me dice Helena, que se acerca a mí mientras guarda la maleta en uno de los compartimentos de la parte delantera del avión. Yo estaré en la trasera.
Asiento. Joder, estoy más nerviosa que antes.
—Cualquier cosa durante el embarque me lo haces saber por el telefonillo, ¿de acuerdo?
Todo irá bien. Una vez que cerremos las puertas, acuérdate de armar bien y coger el demokit para hacer la demostración de seguridad.
Después del despegue iré al galley de atrás para preparar los trolleys y pasar con el servicio a bordo. ¿Me sigues?
—Sí.
—Muy bien, ¡empezamos con los checks ! Asegúrate de mirar bien los baños, detrás de los espejos, el material de emergencia, los asientos… Avísame cuando estés lista para embarcar, y, si ves cualquier cosa extraña, házmelo saber.
Cruzo el pasillo del avión y dejo todas mis cosas antes de ponerme a hacer los chequeos de mi zona.
La gente tiene miedo a los aviones, pero lo que no sabe es que se revisan tantas cosas diariamente que, si lo hiciéramos con los coches, no habría ni la mitad de los accidentes.
Chequeo el galley , los baños, las filas de asientos y todo el material de emergencia; le doy el visto bueno a Helena y empezamos a embarcar a los pasajeros.
Mis nervios se calman cuando me encuentro con algunos españoles y hablo en mi lengua natal con ellos.
Cerramos las puertas a tiempo, armamos y nos preparamos para la demostración de seguridad, como estaba previsto.
Aseguramos la cabina y tomo asiento para mi primer despegue como tripulante.
Tardamos un poco en movernos, y miro por la ventana la lluvia que cae sin parar.
Pienso en Andrew y en lo atractiva que me parece la idea de que pilote un avión como este.
¿Cómo se sentirá? ¿Qué pasará por su cabeza cada vez que tiene los mandos de un avión en las manos?
¿Estuvo tan nervioso como yo en su primer día?
El comandante nos da la señal para que nos preparemos para el despegue.
El avión toma velocidad. Es mi parte favorita, junto con la siguiente, cuando sientes que se levanta la cola del avión y te das cuenta de que estás en el aire.
No es la primera vez que vuelo, pero es como si lo fuera.
Qué sensación. Miro por la ventana y veo los verdes campos de Dunrae; alcanzo a ver la residencia, que cada vez es más pequeña.
Al instante las nubes se ocupan de eclipsar cualquier imagen desde arriba. Ya está.
Helena aparece al cabo de unos minutos y preparamos juntas los trolleys mientras hablamos sobre sus inicios en el mundo de la aviación.
—Parece mentira, pero el tiempo pasa volando, y nunca mejor dicho. Cuando menos te lo esperes, llevarás un año, y después otro y otro.
—¿Planeas quedarte para siempre?
—Me encanta este trabajo, no me veo en otro, la verdad.
El vuelo se me pasa rapidísimo. No sé si es porque Helena me explica muchas de esas cosas que solo aprendes cuando estás en vuelo, pero me lo paso genial.
Llegamos a Madrid y enseguida volvemos a alzar el vuelo de regreso a Dunrae.
Al principio este trabajo puede parecer muy lioso, sobre todo porque hay muchos procedimientos de seguridad, pero, como bien me ha dicho Helena, con cada vuelo vas cogiendo agilidad en todo lo que tienes que hacer.
Qué gusto que hoy todo el mundo me lo haya puesto tan fácil.
—¡Olivia, ven! —me llama mi compañera en cuanto terminamos el día, mientras recojo la maleta y me aseguro de que no me dejo nada en el avión.
Me asomo por el pasillo y veo que está en la puerta de la cabina de los pilotos. Me acerco, rezando por no vivir un momento incómodo. Nadie escucha mis plegarias, porque Helena añade:
—El primer oficial te puede enseñar algunas cosas.
—No hace falta.
—Mira —insiste mientras me pone la mano en la espalda y, disimuladamente, me empuja hacia la cabina.
Termino entrando. Andrew está en el asiento derecho, anotando unos números en una tablet.
Me sorprende verlo tan concentrado durante unos segundos, hasta que se percata de mi presencia.
Me vuelvo en busca de Helena, pero creo que ha bajado del avión. Ya no está.
—Bueno, ¿qué quieres saber? —me pregunta con su tonito borde y desganado.
Entonces alzo la mirada hacia todos los controles de la cabina. No solo la zona de mandos está llena de palanquitas y botones; el techo también. De distintos tamaños. Con un montón de abreviaturas.
—¿Sabes para qué sirve cada botón? —Empiezo con una facilita.
—Debería, ¿no crees? —me responde.
—¿Desde cuándo pilotas aviones?
—Todavía no soy piloto oficial, pero vuelo desde niño.
—Eso es técnicamente imposible.
Le veo fruncir el ceño.
—Siéntate, si quieres.