10. La chica nueva
La chica nueva
ANDREW
He vuelto a dejarme llevar por Chad y he terminado en una fiesta en el Pint Corner.
Solo iban a ser unas cervezas, pero mi colega se niega a salir sin beber, y nos acabamos liando.
Como de costumbre. Pienso en Eloise y en que ella nunca acude a estas fiestas.
Según ella, no somos unos universitarios que pierden el tiempo bebiendo en un pub de mala muerte.
Siempre la he considerado una aburrida, aunque ella prefiere hacer otro tipo de planes y salir por Dublín a lugares más exclusivos con su prometido o su círculo de amigas pijas y mimadas.
En cierto modo, ella también lo es, a diferencia de mí, que siempre he huido del lujo excesivo al que tienen acceso nuestros padres.
No quiero decir que sea mejor ni peor, sino que mi hermana y yo somos distintos.
—¿Qué te pasa? Esta noche estás ido —me dice Chad mientras me pasa el brazo por los hombros—. ¿Has dejado embarazada a Camila o qué?
—Muy gracioso, pero no —respondo mientras me lo quito de encima.
No soy de los que cuentan sus intimidades, ni siquiera a Chad, pero la verdad es que llevo un par de días pensando en mis padres y en lo que me contó Eloise sobre que están preocupados por mí porque parezco distante con ellos.
No estoy distante; soy un chico distante.
Y lo saben. No significa que no los quiera ni que quiera alejarme de ellos.
Son mis padres, me criaron, me salvaron, y jamás podré compensar lo que hicieron por mí.
Quizá mi hermana tenga razón y deba pasar más tiempo con ellos, no lo sé.
—Voy a por otra —le anuncio a Chad, aunque está bien acompañado.
Creo que es la amiga de Camila, otra vez.
Voy a la barra y espero mi turno mientras analizo el ambiente.
Al menos Camila está distraída con sus amigas.
No estoy de humor para besuqueos ni para dar la nota delante de todo el mundo, y parece que se ha percatado de ello.
Sin embargo, una cara conocida se planta delante de mí bloqueándome el campo de visión, aunque no estaba buscando a nadie en concreto.
—Andrew —me espeta la chica enfadada, cruzándose de brazos—. Dijiste que me llamarías.
—¿Dije eso? —es lo primero que se me ocurre.
Oigo una risita a mi lado, pero no le doy importancia. Observo a la chica de arriba abajo. Me suena. ¿Sarah? ¿Samantha? No recuerdo el nombre, era algo con ese.
—¿Es verdad lo que dicen? ¿Estás saliendo con Camila?
—No estoy saliendo con nadie.
—Entonces ¿por qué no me llamaste? Fui a la peluquería el día anterior para la cita que me prometiste.
—Puede que lo olvidara.
Se crea un silencio incómodo. Quiero que se marche. Esta parte se me da fatal.
—¿Ya está? ¿No vas a decir nada más?
¿Qué quiere que diga? ¿Que lo siento? De acuerdo, está bien.
—Lo siento.
Tras unos segundos, se decide a proponerme un plan.
—Este finde estoy libre. ¿Te apetece tomar algo?
Hago como que me lo pienso. Joder, no me parece bien comportarme siempre como un capullo sin sentimientos, pero no sé gestionar estas cosas de otro modo.
Siento una punzada en el pecho que no sé si es por la chica o por lo mal que me estoy sintiendo conmigo y mi manera de actuar, porque sé que, en el fondo, este no soy yo.
Cuando al fin contesto, mi respuesta suena más seca de lo que pretendía. Definitivamente, no sé hacer esto.
—Tengo planes.
Se da cuenta de que me siento incómodo y que no voy a quedar con ella.
—¡Eres un gilipollas, Andrew Jones!
Trata de empujarme haciendo fuerza con las manos en mi pecho. Y se marcha. Suspiro. Odio estos encuentros tan embarazosos.
—Vaya, la pobre no podrá dormir en toda la noche por tu culpa —dice una vocecita femenina a mi derecha, acompañada de una risa irónica.
Me vuelvo y me topo con la chica que he visto antes entre la gente.
Por un segundo, me da la sensación de que sus ojos almendrados me recorren el rostro y se detienen en mi boca, aunque puede que me lo esté imaginando.
Me fijo en su melena, ondulada y castaña, que resalta su color de piel algo más pálido.
El top que lleva deja toda la zona del cuello al descubierto, y me fijo en su escote.
Levanto la mirada al instante para no parecer descarado.
Noto enseguida que es española, por el acento. ¿Es nueva? ¿De dónde ha salido?
—No es culpa mía —escupo.
—¿Que no? ¿Crees que se ha hecho ilusiones ella sola?
—¿Y tú qué sabrás?
Aprieto la mandíbula y arqueo las cejas. Busco mi vaso para dar un trago. No lo veo. Joder, me he distraído un segundo y mi copa ha desaparecido.
—¡Oh, mierda! —dice de nuevo la chica mientras suelta mi vaso con rapidez—. Perdón, me he confundido de copa.
—Pues lleva más cuidado la próxima vez.
Ella se queda con la boca medio abierta.
—¿Disculpa?
—¿Estás sorda? Que la pró…
—Sí, sí, te he oído, pero no hacía falta ser tan borde.
Me clava su mirada punzante. Tiene una mancha en el ojo izquierdo. Es lo más curioso que jamás he visto en los ojos de alguien.
—No es por nada, es porque la gente suele echar mierdas en las copas y eso.
—¿Me estás diciendo que te drogas?
—¡Claro que no! Soy piloto. —Niego con la cabeza. No sé por qué estoy diciéndole esto, pero pensar en que alguien intentase drogarla hace que se me encoja el estómago. Me pasaría con cualquiera—. Pero hay gente que está mal de la cabeza, echa mierdas y puede perjudicar a los demás.
Nos quedamos en silencio. No es incómodo, solo… raro. Tenía pensado irme, pero de pronto ya no tengo tanta prisa.
—Finges —dice de la nada—. ¿Por qué?
—¿Perdona?
—Quiero saber por qué finges que bebes alcohol cuando solo es agua —dice mientras hace un gesto con la barbilla, señalando mi vaso.
Me quedo quieto y aprieto los labios con fuerza.
—Lo siento, no quería beber de tu vaso, me he equivocado, pero… ¿por qué?
¿Por qué?
—Es tarde —eludo su pregunta al tiempo que dejo el falso vaso de alcohol en la barra, me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta del Pint—. Debería irme.
—¡Eh! —exclama detrás de mí, pero continúo hasta salir del pub.
Respirar el aire frío de la calle hace que me sienta mejor. Ha sido un error venir, no estoy de humor.
Al instante, la chica sale por la puerta.
—Jones, ya has ligado otra vez… —dice un compañero que pasa por mi lado mientras tira una colilla al suelo.
—No voy a salir contigo —le suelto a la chica, volviéndome sobre los talones al darme cuenta de que la tengo cerca.
—¿Qué? —En su cara se dibuja una mueca de horror, y da un paso atrás—. ¿Por qué iba a querer salir contigo?
Pues como todas las chicas, como cada vez que… Espera, ¿por qué lo ha dicho con ese tono y con esa cara de asco? Es la primera vez que me pasa, y encima ha sido taxativa.
—Se te ha caído esto.
Extiende el brazo y me da un sobre blanco.
Me quedo ojiplático. Ese gesto activa todos los nervios de mi cuerpo.
¡Joder! La carta. La carta que ha puesto mi vida patas arriba.
La cojo e intento que no se note que me cuesta respirar.
Se me habrá caído al alejarme de la barra, me he movido demasiado rápido.
Le doy las gracias y me dirijo a la residencia.
Solo me vuelvo una vez más, pero la chica ha desaparecido.
Mi teléfono suena tres veces de camino a mi habitación. Por supuesto, es Camila. Me ha perdido de vista en la fiesta y ya le preocupa si me estoy liando con otra chica que lleve el mismo perfume que ella.
Me doy una ducha y, aún con la toalla envolviéndome la mitad inferior del cuerpo, observo el sobre blanco que está encima de la cama.
Suspiro. Eloise tiene razón. Mis padres tienen razón.
Llevo una semana ido y distante por algo.
Y ese algo es esa carta que no puedo dejar de mirar.
La recibí hace más de un mes. Como no me sonaba de nada el nombre femenino que aparece en el remitente, pensé que sería alguna chica de la residencia, pues no es la primera vez que me pasa, y me olvidé de ella hasta que hace una semana, aburrido mientras hacía limpieza, la abrí.
Sentí algo extraño en el pecho al volver a leer el remitente: Lyla Stevens. Nunca había conocido a ninguna Lyla, pero ese nombre me decía algo.
Abrí la carta y solo leí las dos primeras palabras: «Hola, hijo».
«Hijo». Aún lo pienso y se me remueve todo.
No he sido capaz de leer nada más, aparte de esas dos palabras.
Hoy la llevaba en el bolsillo porque esta mañana he pensado que quizá debería enseñársela a mi hermana.
Pero no me he atrevido. No lo voy a hacer.
¿En qué estaría pensando? He decidido guardármela para mí, como todo.
Resoplo en la cama, aún medio desnudo. Quiero ser capaz de seguir leyéndola, pero tengo miedo. ¿Es miedo? No, nunca he tenido miedo a nada. Miro la carta de nuevo y la dejo en mi escritorio lleno de papeles, apuntes y el manual.
No dejo de pensar en una cosa: ¿por qué ahora?
¿Y cómo me ha encontrado?
Y esa chica, la nueva, ha visto la carta.