9. El chico de la mirada esmeralda
El chico de la mirada esmeralda
OLIVIA
No esperaba salir de fiesta mi primera noche en Dunrae.
Tampoco imaginaba que me llevaría tan bien con Serena, aunque no nos conocemos tanto.
De momento, lo que sé de ella es que es italiana; tiene cuatro hermanos pequeños; habla por los codos y conoce a media base; fuma como una carretera, aunque asegura que ha intentado dejarlo varias veces; tiene unas pecas adorables en la nariz; está medio ciega, así que lleva gafas…
Ah, y que está enamorada de su mejor amigo.
Ben. Aún no he tenido el placer de conocerlo, pero lo sé casi todo sobre su vida porque Serena no ha dejado de hablar de él.
Mi compañera de cuarto me ha hecho un tour completo por la residencia y me ha presentado al menos a cuarenta personas cuyas caras no recuerdo para nada.
Pero he detectado un punto en común: todas son pijas.
Y no sé si yo… No pertenezco a este mundo.
Los padres de Serena están forrados porque tienen una inmobiliaria, y mi madre trabaja como cajera en Mercadona.
Que, por cierto, cobra muy bien, aunque no es una profesión tan glamurosa como el oficio de la familia de esta gente.
Por eso he decidido hacer algo de lo que me arrepentiré: ocultar que he llegado porque me han dado una beca.
No intentaré ser otra persona, solo ocultar lo de la beca y que vivo en un cuarto sin ascensor.
No estoy mintiendo si no digo otra cosa.
La residencia me ha parecido más grande después de la visita con Serena. ¡Es como un jodido resort en mitad de un pueblo irlandés! ¿Dónde me he metido? Me ha asegurado unas cien veces que me lo pasaré en grande trabajando en esta compañía, y me he dado cuenta de su pasión por las alturas.
—¿Qué opinas?
Se da la vuelta y me muestra lo que se ha puesto para salir a tomar algo. Me fijo en el vestido con escote pronunciado porque no deja de colocarse las tetas para que sobresalgan aún más.
—¿Vendrá Ben? —pregunto mientras me pongo unas botas altas.
—Sí.
—Entonces vas muy guapa.
Aún no tengo la confianza suficiente para decirle que, aunque esté pillada por su amigo, no es necesario que intente llamar la atención de esa forma.
Es supermona. Le gusta ponerse lacitos y faldas, o al menos eso es lo que me ha dicho cuando hemos hablado de moda.
No necesita ajustarse el sujetador hasta el punto de que le impida respirar.
Cuando voy a salir del cuarto, me choco con Carter.
—Hola, guapa —dice mientras me hace ojitos y se apoya de forma sensual en el marco de la puerta.
Veo a los miembros de una tripulación en el pasillo. Al parecer, vienen de un vuelo y están hablando de cómo les ha ido el día. Me muero de ganas por volar.
—Carter, tu forma de ligar da vergüenza ajena —se burla Serena.
—¡Déjame en paz!
—¿Te ha funcionado alguna vez? —le pregunto en voz baja.
—Infinidad de veces. ¿Te lo has pensado?
—No, gracias.
—Déjala en paz; anda, vamos.
Serena cierra la puerta y salimos.
—¿Cómo ha ido el vuelo? —le pregunto al chico.
—Ha sido muy rápido, ir a Londres y volver.
—¿Suelen ser días tan cortos?
—A veces. Pasado mañana tengo un viaje a España. ¿Quieres ir?
—¿Podemos intercambiar vuelos?
—Sí, claro.
Abro la app que tengo en el móvil y compruebo mi programación para dentro de dos días.
—Tengo un vuelo a Ámsterdam.
—Perfecto, podemos cambiarlo sin problema.
Qué guay.
Salimos de la residencia y, al hacerlo, el frío me azota la cara de una forma tan violenta que maldigo no haber cogido la bufanda.
—Joder, qué frío.
—El otoño en Londres también es así.
Desde la primera palabra que dijo Carter, supe que era inglés por su marcado acento.
Me doy cuenta de que es la primera vez en todo el día que salgo de la residencia, aunque Serena me ha dicho que Dunrae no tiene mucho. «Para ir de compras, es mejor Dublín», me ha propuesto.
Tardamos cinco minutos en llegar al pub más concurrido de la noche, el Pint Corner. La calle está desierta, pero en la entrada del pub hay grupitos conversando o fumando.
—Ben está dentro —dice Carter, y miro de reojo a Serena, a la que se le ilumina la cara.
Estoy deseando conocerlo, la verdad.
Entramos. Igual que el frío se me ha colado en los huesos en cuestión de segundos, también lo hace el calor de ahí dentro.
Ah, y el olor a cerveza. Abro los ojos impresionada porque el pub es enorme y está abarrotado.
Hay varios espacios: zona de billares, dianas para jugar a los dardos, barras y pista.
Me encanta. ¿Hace cuánto que no salgo? Siempre me ha gustado salir con mis amigos, era de esas que se apuntan las primeras a los planes o convencen a los que quieren quedarse en casa en vez de ir a pasarlo bien.
Pero los últimos meses con Alejandro me tuvieron absorbida y acabaron con mis ganas de salir.
De hecho, se me hace raro estar en Irlanda de…
¿fiesta? Rodeada de pilotos, azafatos y azafatas.
¿Dónde me he metido? Nunca habría creído que acabaría aquí.
Odio empezar de cero, ser la nueva y la extraña, pero ha sido necesario.
Y lo mejor es que no me disgusta. Tal vez sea porque aquí hay gente de todo el mundo.
—Y eso que es jueves… —me dice Serena—. ¿Pedimos unas cervezas? No vuelas mañana, ¿no, Carter?
—Estoy libre —responde mientras sigue escaneando a todas las chicas del local.
—¿Siempre es así? —le susurro a Serena para ir calando a mis compañeros.
—Sí, no lo tomes en serio —contesta—. Aunque luego es uno de los chicos con mejor corazón y el más sensible que he conocido.
¿Carter sensible? Veo que saluda a todo aquel con el que se cruza. Serena también, por lo que me doy cuenta de que es bastante popular en la base. Me siento una intrusa.
—Bien, ¡ronda de cervezas! —grita Serena pasando el brazo por mis hombros y por los de Carter.
De pronto se endereza de un salto cuando su mirada se encuentra con la de un chico que sonríe mientras habla con unos amigos en la barra situada a unos metros de nosotros.
Tiene una sonrisa abierta, encantadora. Es alto, rubio, con la piel bronceada como si fuera de California y, sin duda, luce un estilo bastante adinerado.
—¡Ben! —chilla Carter abriendo los brazos en alto y captando la atención del rubio.
Chocan las manos. Miro a Serena de reojo; por un momento, se hace pequeña.
—Serena, estás guapísima —dice Ben abrazándola.
¿Soy yo o parece nerviosa? Cuando se separan, sonríe como una boba y le dedica una mirada intensa.
—Tú también.
Se nota que está coladita por él. ¿Cómo no lo va a saber Ben? ¿Y qué pasó la noche anterior, en esa supuesta cita? Tengo que preguntárselo.
—Quiero que conozcas a alguien. Esta es Olivia, acaba de llegar a la base —me presenta.
Ben dibuja una expresión de sorpresa al verme. Le doy dos besos y de repente siento muy buenas vibras cuando suena un conocido tema de Calvin Harris. Nunca he visto a un chico tan sonriente. Parece ser tan extrovertido como Serena.
—¿Americano? —le pregunto.
—De Florida.
Vaya, literalmente hay gente de todo el mundo.
—¿Cuándo has llegado?
—Hoy.
—¿Y ya te han traído de fiesta? —Se ríe—. Mis amigos son de lo que no hay.
—Son muy majos.
—Son increíbles. Conozco a Carter desde hace cuatro años y a Serena desde hace tres.
—Yo también lo creo —digo, y sonreímos.
—¡Empieza la noche, yuju!
Serena llega gritando a nuestro encuentro con Carter y trae cuatro cervezas. Eso no son cañas, no, más bien son tanques. Soy capaz de emborracharme con dos de esos.
—¿Has volado hoy? —le pregunto a Ben.
—Un vuelo de ida y vuelta a Colonia.
—¿Eres tripulante o sobrecargo?
—Sobrecargo.
Lo sabía, me ha dado esas vibras desde el primer momento. Los sobrecargos son como los jefes de la cabina de pasajeros. Es un tripulante más, pero es responsable de lo que pasa en el avión, solo por debajo del comandante.
—Vamos a brindar por Olivia —interviene Serena.
—¿Estás segura de que quieres ser nuestra amiga? —pregunta Carter mirando a los otros dos—. Yo me lo pensaría, soy el único normal aquí.
Serena, Ben y yo nos quedamos mirándolo con los ojos entornados.
—Vale, vale… Era broma.
—Por Olivia —brinda Ben alzando la cerveza.
—Por Olivia —corea el resto, y de repente me siento tan afortunada que creo que no me merezco todo esto. ¿Tan fácil? ¿Tan rápido?
Carter y Ben se ponen al día mientras Serena y yo bailamos y hablamos de nuestro origen mediterráneo. Todo va bien hasta que de pronto alguien, aparentemente por accidente, moja el pecho de Serena de alcohol.
—¡Oh, Serena! Perdóname, he tropezado. —Una morena exuberante se disculpa con un retintín en la voz que deja bien claro que no lo siente en absoluto.
—Y una mierda, Camila. —Se enfrenta a ella, y cojo a mi amiga por la muñeca para apartarla de la otra chica—. Basta ya o tendremos problemas.
La tal Camila suelta una carcajada muy falsa.
—Bueno, ya está bien. —Por suerte, Ben interviene a favor de nuestra amiga—. Camila, no es necesario montar este numerito.
—Hola, Ben.
Ella le hace ojitos, ignorando su intento de poner paz entre las dos, y alcanzo a ver que Serena cierra la mano en un puño. Aquí saltan chispas, es evidente que a esta tipa le encanta ser el centro de atención. Y dar espectáculo.
—Lo hace aposta —le susurro al oído.
Al instante veo que su furioso rostro intenta calmarse, aunque no consigue evitar que se le escape un insulto cuando la causante del conflicto se da la vuelta para marcharse.
—¿Alguien me puede contar qué ha pasado? —pregunto descolocada.
—Estas dos mantienen una relación… complicada. La verdad es que Camila se comporta como una diva con todo el mundo, como si fuera la que maneja el cotarro —me explica Ben, haciendo comillas en el aire con los dedos.
—¿Quién va a votar a esa zorra?
—Está muy buena —musita Carter.
—Ni se te ocurra volver a decir eso.
—No lo volveré a decir —responde tan rápido como puede.
—Bueno, estamos de fiesta y vamos a pasarlo bien, ¿vale? —interviene Ben, que parece el más pacífico de todos.
—No le des importancia. —Le ayudo y cojo a Serena de la mano para bailar con ella y levantarle el ánimo—. Vamos, es mi primera noche y quiero pasarlo bien.
Entre los tres conseguimos que Serena se olvide de la tal Camila, que tiene pinta de abeja reina o, mejor dicho, de arpía gilipollas.
—¡Voy al baño! —anuncio al tiempo que choco con unos pectorales y termino con una media copa derramada encima del top, como mi amiga—. ¡Eh! —me quejo cuando el tipo sigue andando como si nada.
Pero entonces se vuelve un segundo y clava su mirada color esmeralda en mí.
Siento que me atraviesa en un instante. Arqueo las cejas y lo miro de arriba abajo mientras un escalofrío me recorre el cuerpo.
Diría que mide más de metro ochenta; sus hombros anchos y su postura llenan el espacio sin necesidad de imponerse.
Hay algo en él, una mezcla de confianza tranquila y misterio, que estoy segura de que atrae a cualquiera.
Su rostro, de rasgos limpios y marcados, lo completa una sonrisa peligrosa, de esas que auguran problemas.
—Menudo gilipollas —murmuro contrariada, y continúo mi camino al lavabo.
Maldigo al tipo que me ha mojado el top mientras cojo papel del baño y me seco. El aseo de chicas está tan abarrotado que apenas tengo espacio para mirarme al espejo y repasarme el pintalabios. Algunas pasan por mi lado y me observan como a una extraña, y odio esa sensación.
—¿Te has perdido? —me pregunta Serena cuando salgo de allí y los localizo.
—Me he chocado con un chico que me ha tirado media copa encima. He ido al baño.
Serena comenta algo sobre mi top, pero no la escucho porque lo vuelvo a ver. En una esquina, observando. En silencio. Con una copa entre los labios. Con la mirada perdida.
—¡Ese! Él me ha tirado la copa. ¿Sabes quién es? —le pregunto a mi compañera, intentando señalarlo disimuladamente mientras lo examino de nuevo. Tiene pinta de piloto.
—Ah, es Andrew Jones, piloto —responde—. Por favor, no me digas que te gusta, porque es un capullo.
—¿Por qué? —Me despierta curiosidad, aunque no necesito mucha imaginación para conocer la respuesta.
—Él y su amiguito van liándose con quien quieren. Son de esos que te crean ilusiones y luego nada.
—Pensaba que todos los pilotos eran así.
—Y lo son. Pero este no habla tanto. Es introvertido, algo misterioso, y esos, amiga mía, son los peores.
Ya.
—Hacen que te ilusiones y luego te sientes estúpida por pillarte aunque desde el principio ya sabías que en ningún momento iba a tener algo serio contigo —dice con un retintín que me hace sospechar que sabe de lo que habla.
—¿Lo conoces? —insisto, pero en ese momento Carter tira del brazo a Serena para bailar, y el chico, Andrew, me pilla mirándolo con descaro. Mierda. Me doy la vuelta con rapidez y noto que se me sonrojan las mejillas.
Vale, apunte mental: mantenerse alejada de capullos como ese.