Bésame antes de volar 7. Desayuno con un diamante
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7. Desayuno con un diamante

Desayuno con un diamante

ANDREW

Eloise me llama otra vez.

—¿Bajas ya? Eres un tardón de mierda.

—Voy ya, pesada —respondo tras la cuarta llamada seguida—. Solo llego tres minutos tarde.

—¿Y qué? Sabes que odio la impuntualidad.

Le cuelgo y termino de ponerme perfume, el abrigo y la bufanda.

Últimamente hace un tiempo horrible, se nota que el otoño ha llegado de golpe.

Salgo corriendo de la habitación, subo al ascensor y cierro las puertas antes de que entre nadie más.

Al llegar abajo, veo a mi hermana esperándome de morros, en la entrada.

Lleva la melena rubia semirrecogida con un lazo de color blanco y sus botines favoritos de Prada combinados con una gabardina que le queda genial con su tono de pelo.

Está claro que Eloise Jones nació para destacar.

Y para ser la hermana perfecta que lo hace todo bien.

Lo sé, da asco. De pequeño la odiaba, pero ahora, aunque la mayor parte del tiempo nos insultemos, somos inseparables.

—Hermanita. —Le beso la mejilla.

He mentido al decir que Camila es la chica más atractiva.

Esa es mi hermana. Si tengo que ser objetivo, su cara parece esculpida por los dioses.

Los Jones tienen unos genes envidiables, y no sé cómo la mayoría de las personas no se dan cuenta de que yo desentono un poco, solo un poco, cuando estamos los cuatro juntos.

Si se fijaran más de un minuto verían que todos son rubios excepto yo.

Ellos jamás me han tratado como si fuera la oveja negra o alguien distinto.

No llevo su sangre, pero soy un Jones más.

Agradezco cada día de mi vida la suerte que he tenido con ellos.

—Odio convertirme en la hermana mala siempre que llegas tarde —bufa.

—Vamos a desayunar, me muero de hambre —suelto ignorando su comentario.

Nos recoge el coche personal que contrató nuestro padre para nosotros. Aunque podríamos ir andando a nuestra cafetería preferida, hace mucho frío. Conozco a Eloise y sé que prefiere hacer pasos en el gimnasio mientras escucha un audiolibro que recorrer el pueblo a pie.

Pedimos lo de siempre: un café con leche para mí, un matcha para Eloise y, para comer, compartimos unas tortitas con crema de cacahuete y frutos del bosque.

Todos los jueves desayunamos juntos, una pequeña costumbre que tenemos desde hace años.

Lo que poca gente sabe es que Miriam Jones y las famosas tortitas que nos preparaba cada domingo son la razón por la que mi hermana y yo somos unos obsesos de este desayuno, postre, almuerzo…

Bueno, lo que sea. Las tortitas están increíbles a cualquier hora.

—Bueno, ¿cómo estás? ¿Sigues con esa chica? —me pregunta mientras achica los ojos, examinando mis movimientos.

A Eloise se le da tan bien como a mí observar a las personas y analizar el comportamiento no verbal.

—No estamos juntos.

—Pero te la estás tirando —afirma rotunda, y pongo los ojos en blanco.

Ahora que lo pienso, Camila y mi hermana tienen mucho en común.

—¿No deberías estar contenta porque esté durando con la misma chica más de un mes?

—La vas a dejar en un momento u otro, Andrew.

—Chad y tú sois muy pesados.

—And, es la hija del comandante que te examinará. Por una vez en tu vida, céntrate en los exámenes, en superar las prácticas y todo lo demás. ¿Sabes lo duro que es? Ahora no necesitas distracciones, y menos aún romperle el corazón a la hija de tu examinador. Ya sabes cómo es Kevin Kelce…

—Lo sé, lo sé.

Sabía que hoy tocaba esta conversación y, como conozco a Eloise, estaba seguro de que no lo dejaría pasar. Le encanta tenerlo todo controlado.

—No, lo digo en serio, And. Aparte de papá, nadie desea más que yo que te conviertas en comandante.

—¿Es que no quieres que volemos más juntos?

Finjo hacer pucheros. Al ser ella comandante y yo primer oficial, aún podemos coincidir en la cabina, pero, cuando sea comandante, será imposible.

—Hermanito, sabes que quiero lo mejor para ti.

—¿Qué tal con Miles? —Cambio de tema como puedo.

—De eso quería hablarte.

Sonríe con ilusión. Cuando habla de su novio, le cambia la expresión. Busca algo dentro del bolso… No me lo puedo creer.

—¿Eso es un anillo de compromiso?

—Tal como lo ves. ¿No es precioso?

—¿Te vas a casar? —No puedo evitar alzar la voz, y todo el mundo nos mira. Me levanto al ver que mi hermana se ríe y asiente al mismo tiempo—. ¿En serio? —pregunto otra vez, sin creérmelo. La abrazo con fuerza—. ¡Eso es genial! Me alegro tanto por vosotros…

—Llevamos desde los catorce años juntos. Si no me lo pedía ya, era para matarlo, ¿no crees?

Sigue riéndose con los ojos brillantes. Está emocionada, y yo también. ¿En qué momento hemos crecido tanto? Tiene veintiséis años, y yo uno menos, pero aún nos recuerdo con diecisiete.

—Sinceramente, lo llevo pensando toda la vida.

Y es verdad. Eloise conoce a Miles desde la infancia.

Bueno, de toda la vida, y mantienen ese tipo de relación perfecta que todo el mundo envidia.

Los odio porque son asquerosamente perfectos, pero es que mi hermana no podría estar con otra persona.

A sus veintiocho años, Miles se ha convertido en uno de los médicos más prestigiosos de Dublín.

Tiene un coeficiente intelectual incluso más alto que el de mi hermana, es atractivo —aunque no tanto como yo—, alto, atlético…

Vale, todas esas cualidades también las tengo yo, menos la del coeficiente intelectual, pero quién sabe.

La diferencia es que Miles es un chico de sangre azul, como suelo decir.

Yo pertenezco a la alta sociedad, pero es como si me hubiese colado por la puerta de atrás.

—Quiero darles una sorpresa a mamá y papá.

—¿Cuándo te lo ha pedido?

—Hace unos días.

—¿Y me lo cuentas ahora, traidora? ¿Cómo has podido guardar el secreto? Eres mala…

—En eso tienes razón, hermanito, pero quiero que me ayudes con la fiesta de compromiso sorpresa para nuestros familiares y amigos más cercanos.

Cómo no. A Eloise le encanta organizar fiestas en las que ella sea la anfitriona. En su defensa debo decir que es la mejor. Y yo odio las fiestas familiares.

—¿Qué necesitas de mí? Se me da fatal organizar.

—El domingo te encargarás de mantener lejos a mamá y papá.

—¿Lejos de dónde?

—De casa. He pensado celebrar la fiesta en el jardín de atrás.

—Vuelo el domingo por la mañana temprano —intento excusarme para involucrarme lo menos posible en el plan.

—No me pongas excusas, Andrew Jones, te necesito. Papá y mamá solo cambiarán sus planes por ti. Si les pidieras que vinieran a verte…

No. Mala idea.

—¿Por qué yo?

—Porque te echan de menos y te harán caso.

—Paso bastante por casa… —digo frunciendo el ceño.

—Te pasas una vez al mes —protesta—. Pasas los días libres saliendo, bebiendo y tirándote a chicas que no debes tirarte. —Ya me ha lanzado la pullita—. Porfa, hazlo por mí. ¡Me caso!

Me rasco la nuca vacilante.

—Joder, vale.

Eloise grita de emoción.

—¡Muchas gracias, muchas gracias! —Se levanta y me besuquea las mejillas—. Ah, una cosa más.

—¿Qué más quieres de mí, Eloise Jones? —pregunto arrastrando las palabras.

—Les he dicho a mamá y papá que tienes novia.

Salto enseguida.

—¿Qué? ¿Por qué has hecho eso?

—Pues porque estaban preocupados por ti.

Todos sabemos que eres un chico que prefiere guardarse las emociones y todo ese rollo.

Les dije que estabas bien y no me creyeron —relata dramatizando un poco—, así que tuve que pensar algo rápido y se me ocurrió decirles que estabas conociendo a alguien en serio.

Andrew… —Se detiene y me coge del brazo—.

No te imaginas lo contentos que se pusieron. ¡Les cambió la cara!

No me jodas. ¡A Eloise ni siquiera le pega mentir a nuestros padres!

—No me puedo creer que hayas hecho eso.

—No se me ocurrió otra cosa.

—Joder, Eloise. ¿Algo más que tenga que saber? ¿Voy a ser padre?

Mi hermana se ríe.

—No pienso hacerlo —le espeto.

—¿El qué?

—Fingir que tengo novia. ¿Quién se cree eso? No me pega.

—Bueno, ya eres mayorcito para tener una pareja estable.

—Tengo veinticinco años, estoy en la flor de la vida.

—Yo también y me voy a casar.

Niego con la cabeza, cabreado.

—No me lo puedo creer.

—Estás dramatizando, And; solo tienes que mencionarlo un par de veces y ya —dice tranquila. De pequeño siempre admiraba la forma en que Eloise resolvía los problemas—. Tampoco te estoy pidiendo que les presentes a una desconocida…

—Vale, vale —respondo para zanjar el tema de una vez.

Ya veré cómo salgo de esta. Sé que puedo fingir un montón de cosas, pero que tengo novia… En fin, voy a matar a mi hermanita.

—Oye, ¿el anillo es un diamante?

Lo miro con detenimiento hasta que un rayo de luz me atraviesa los ojos.

Mi hermana se lo pone en el dedo y levanta el brazo mientras admira su nueva joya.

—Así es.