Bésame antes de volar 6. Nueva vida
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6. Nueva vida

Nueva vida

OLIVIA

Acabo de llegar a la residencia y todavía no me lo creo.

Han pasado tres semanas desde que recibí aquel correo que cambió el rumbo de mi vida.

He tenido que superar una instrucción a las afueras de Dublín, donde me he formado como tripulante de cabina, y no miento si digo que han sido las tres semanas más intensas que he vivido jamás.

Ni siquiera en la universidad estuve tan agobiada por aprobar unos exámenes, aunque no voy a negar que ha sido una experiencia totalmente nueva.

Me marché entre lágrimas tras despedirme de mi madre. Más por ella que por mí, que iba cargada con una emoción que me gustó saber que todavía era capaz de sentir.

Mi primera parada fue la capital irlandesa, que me acogió con mucho frío.

Y lluvia. Pero los paisajes verdes y la atmósfera me enamoraron desde que puse un pie en el país.

Tuve que enfrentarme a una formación en la que he aprendido primeros auxilios, supervivencia, procedimientos de emergencia, qué material llevamos a bordo y todo acerca del tipo de avión que lleva la compañía en la que voy a trabajar.

Nunca me imaginé como azafata de vuelo en una aerolínea como esta. Estoy… estoy cumpliendo un sueño que pensaba que nunca sería más que eso, una fantasía.

Y aquí estoy. Tengo la vida metida en una maleta y una mochila a la espalda. Observo la residencia de Dunrae, el edificio en el que viviré a saber cuánto tiempo. ¿Hasta que me canse? ¿Hasta que se me cure el corazón y pueda volver a Alicante sin pensar en lo rota que me dejó mi ex?

Oigo gente. Guau, supongo que en este instante mi cambio de vida es más real que nunca.

Estaba segura de que durante la formación pasaría algo que me haría regresar, y, aunque por una parte he querido volver cientos de veces, por otra solo podía pensar en lo que ahora ocupa mi mente casi todo el tiempo: mi futuro.

Tengo un trabajo nuevo. Una vida nueva. Salir de España ha sido liberador y lo más triste que he hecho nunca al mismo tiempo.

No sé si este desequilibrio es normal: según el día, pienso en Alejandro, en mi vida de antes, en mamá…

o, por el contrario, me convenzo de que estoy haciendo lo correcto. Yo qué sé, pero aquí estoy.

Socializar es un trámite que me pone un tanto nerviosa, y me tocará hacerlo, ya que voy a compartir habitación. Por mi cabeza cruzan miles de pensamientos, pero debo admitir que me da miedo no encajar. O que toda esta nueva vida no me guste.

Una mujer con falda, tacones de quince centímetros y el pelo recogido en un moño perfecto sale a mi encuentro. No me imaginaba la residencia tan grande. Aunque, ahora que pienso, si toda la base vive aquí, tiene sentido.

—¡Debes de ser Olivia!

Me recibe con alegría y tiene un acento muy pero que muy irlandés. Huele genial. Debe de rondar los cuarenta y pocos, pero parece una treintañera.

—Sí, eeeh, hola.

Como me temía: me siento algo desubicada.

—Te estaba esperando. ¿Cómo estás? Deja que te ayude. —Me coge la maleta y camina hacia el interior del edificio—. ¿Tienes ganas de empezar?

Justo en este momento nos cruzamos con dos azafatas uniformadas. Me quedo embobada mirándolas, como si no fuesen reales. Van guapísimas. Tengo ganas de ponerme el uniforme, aunque lo de llevar tacones tantas horas seguidas no sé cómo lo soportaré.

—Sí, la verdad es que tengo muchas ganas.

Necesito empezar de una vez mi nueva vida y asentarme un poco.

—Por cierto, no me he presentado. Me llamo Libby.

—¿Eres tripulante de cabina?

Qué pregunta más estúpida, si tiene toda la pinta de serlo…

—¡Sí! Aunque también soy la supervisora, por lo que me verás más en la oficina que en cualquier otra parte.

—Me dedica otra sonrisa. Joder, es encantadora.

Si me hubiese pillado en otro punto de mi vida, también yo sonreiría con facilidad—.

Ven, te enseñaré tu habitación. Tu compañera te está esperando, te hará un tour por la residencia.

—Perfecto, gracias.

Cuando entramos en el edificio, me quedo estupefacta.

Parece un hotel de lujo. El recibidor tiene una mezcla de tonos dorado, blanco y verde, los colores de NimbusAirways.

Además, el logo está por todas partes. Una enorme lámpara dorada con cristales cuelga en el centro de la estancia.

Me fijo en el suelo de parquet y en las paredes marmóreas.

—Por aquí —me indica Libby, señalando hacia el ascensor.

La sigo.

—La residencia tiene cuatro plantas. En la segunda, la tercera y la cuarta están las habitaciones, me imagino que lo habrás leído en la web.

En la última se encuentran las suites, en su mayoría para los pilotos que prefieren pagar por un dormitorio prémium.

En la planta baja hay varias salas de estar, dos gimnasios y una biblioteca.

En la primera está el comedor, que, como imaginarás, es lo bastante grande como para que quepamos todos, además de una piscina interior con salas de masajes.

—Hace una pausa, y yo ya no me acuerdo de lo primero que ha dicho—.

En la parte de atrás hay un jardín grande con varias piscinas exteriores. ¿Alguna pregunta?

Libby me explica que podemos salir de la residencia siempre que queramos.

Por lo que me cuenta, la parada del bus que lleva al pueblo está cerca, y puedo llegar a Dublín en menos de media hora.

Al parecer, también hay un transfer para ir al aeropuerto, aunque andando no se tardan más de diez minutos.

—¡Hola, Libby!

Por delante de nosotras pasan tres chicas vestidas con ropa de calle. Me las quedo mirando: bolsos de Gucci, abrigos de Michael Kors, gafas de sol de Chanel y otras prendas de marcas que no conozco. Esta gente está forrada.

—¡Buenos días a todas! ¿Qué tal han ido los vuelos de esta mañana, chicas?

—Superbién —responde la primera.

—Yo he tenido vómitos en cadena por culpa de un bebé —añade otra, con cara de horror.

—En nuestro vuelo ha habido muchas turbulencias y nos ha costado aterrizar por el viento, pero bien —comenta la tercera.

—Como ves —dice Libby, refiriéndose a mí—, es un trabajo muy divertido, cada día es distinto.

Eso me gusta, no puedo con la monotonía. El hotel era tan aburrido…

—Esta es Olivia, es nueva en la base.

—¡Hola! —me saludan las tres con lo que me parecen unas sonrisas un tanto forzadas.

Después de un par de comentarios más se despiden, y Libby me lleva hasta el final del laberinto de pasillos.

Ni siquiera recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí.

Voy a necesitar un mapa, en serio. Al fin nos detenemos delante de una de las puertas alineadas a la perfección, como si fueran habitaciones de hotel.

Miro el número en la puerta. Setenta y siete.

El siete es mi número favorito… ¿Será una coincidencia?

Libby saca una tarjeta y la pasa por un lector que hay justo al lado de la manilla.

—¡Bien! Esta es tu habitación. Tú primera —me dice educada, y entro en el cuarto.

Guau. Había estado ojeando las instalaciones por internet, pero no me lo imaginaba tan grande. ¡Y eso que lo comparto con alguien! Me fijo en que un lado de la habitación está totalmente vacío, pero el otro ha sido decorado. Hay una enorme bandera de Italia colgada en la pared.

—Compartes habitación con Serena. En breve la conocerás, es muy buena chica.

Aunque las habitaciones pueden ser mixtas, en esta aerolínea no se hacen diferencias por sexo.

—Asiento—. Bueno, estarás cansada, dejo que te instales.

Pasado mañana tienes tu primer vuelo, recuerda ser puntual.

Si tienes cualquier duda, escríbeme, aunque lo normal es que me encuentres en la oficina de la planta baja. ¿Alguna pregunta?

—Todo bien, muchas gracias.

—Genial —me dice sonriendo, con la mano en el pomo—. Estarás bien, Olivia. Date un tiempo para acostumbrarte y verás que pronto se convertirá en tu hogar.

Cierra la puerta tras de sí y me acerco a mi lado de la habitación.

No esperaba tener tanto espacio. Localizo una puerta al fondo, supongo que dará al baño privado.

Mi mirada se dirige hacia el ventanal. Me froto las manos.

Hace frío. Suspiro, aún con la mochila en la espalda y la maleta a mi lado.

Lo suelto todo y me dejo caer en la cama.

Dios, creo que es la mejor en la que me he tumbado.

Cierro los ojos. Noto presión en el pecho, es como si me quisiera decir algo.

Tengo ganas de llorar, pero no voy a hacerlo, no más.

Echaré de menos Alicante, el sol, la playa.

Echaré de menos a mamá. Y aún sigo echando de menos a Alejandro.

Me muero por coger el móvil, buscar su contacto y contarle todo lo que estoy viviendo, pero no puedo.

Después de aquel fatídico día, ha intentado contactar conmigo de todas las maneras, pero antes de marcharme le dejé claro que necesitaba sanar y olvidarlo todo.

Me pidió una segunda oportunidad, y otra, y otra.

No sabía lo mucho que puede costar decirle que se marche a una persona a la que sigues queriendo pero te ha traicionado.

Me tiembla la barbilla y pestañeo varias veces para no dejar que caigan lágrimas.

Necesito dejar de pensar en él, en un nosotros que ya no existe.

No quiero recordar, pensar en otras posibles realidades en las que lo nuestro funciona.

Me levanto, voy al baño para echarme agua en la cara y me miro al espejo. El día de hoy marca un antes y un después. Ahora sí que empieza mi nueva vida. Me sonrío.

Ha llegado el momento de despedirme de cosas que nunca más funcionarán ni pertenecerán a mi vida.

Y no sé si este mundo elitista será para mí ni si trabajar a miles de kilómetros del suelo me enamorará, pero lo intentaré. Prometo hacer todo lo posible por encajar, por ser feliz, sí… Ser feliz… otra vez.