Bésame antes de volar 5. Las fiestas de la base
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5. Las fiestas de la base

Las fiestas de la base

ANDREW

Chad y yo llegamos al Pint Corner, el pub por excelencia en Dunrae, donde todo el mundo se reúne para beber y divertirse un rato tras un largo día volando.

Si fuera por mi mejor amigo, estoy seguro de que vendría todos los días.

Menos mal que es piloto y que antes de volar no podemos consumir ningún tipo de sustancia que altere nuestro estado, porque, si no, sería alcohólico.

Suele ser el local más concurrido del pueblo, y los domingos se celebran las famosas fiestas de aviación a las que solo se puede asistir si se es piloto o tripulante de cabina.

En serio, tienes que enseñar tu identificación en la puerta.

—Bueno, no me has contado qué tal ha ido con míster K —dice mientras levanta la mano y le pide unas cervezas a la camarera.

El bar está bastante concurrido, a pesar de que se suele llenar más tarde.

—Joder, no te lo vas a creer. —Hago una pausa para crear expectación—. Es el padre de Camila.

Mi amigo se atraganta, y eso que aún no ha empezado a beber.

—Estás de puta broma.

Niego con la cabeza.

—Ojalá fuera broma, porque estoy en un lío de cojones.

—No la dejes, Camila te gusta.

No respondo. Odio que se ponga melodramático con estas cosas cuando él se tira a una chica diferente cada semana. ¡Al menos yo ando más de un mes con la misma!

—Sé que de vez en cuando te planteas dejar el lío que te llevas con ella, pero en el fondo no es necesario, Andrew. Ella te gusta, y lo sabes. Tan solo… te asustas.

—No sirvo para las relaciones, Chad.

No sé cuántas veces se lo he dicho. Además, no hace falta decirlo, las acciones hablan por sí solas.

—Pero ¿qué pasa si encuentras a alguien con quien estás a gusto? El otro día ibas borracho y me lo soltaste.

—Tú mismo lo has dicho: iba borracho.

Le doy un sorbo a la cerveza que me acaba de lanzar la camarera por la barra.

—Los borrachos son como los niños, siempre dicen la verdad. ¿Y si estás colado por ella? —Desvía la mirada hacia la puerta—. Anda, hablando de ella…

—¡Andrew!

Unos brazos delgados y un fuerte aroma femenino me envuelven con pasión.

Me rodea por detrás y me planta un beso en el cuello.

Tengo que reconocer que, a pesar de mis dudas, Camila sabe cómo hacerlo.

Se le da bien eso de intentar mantenerme atado a ella, aunque se sirva de mis impulsos más primitivos para conseguirlo.

Sabe lo que pienso de nosotros, que no quiero algo serio, pero está dispuesta a demostrarme lo contrario y se lo curra todos los días.

La miro de arriba abajo.

—Estás guapa.

Y es verdad. Creo que es de las chicas más atractivas que he conocido.

Morena, con ojos oscuros e intensos; una altura media, piernas kilométricas y pelo ondulado que le cae hasta el pecho.

Tiene rasgos latinos, aunque, ahora que lo pienso, será por su madre, porque su padre es muy inglés.

Eso me recuerda mi descubrimiento de hoy, que no ha sido gracias a la sinceridad de Camila, precisamente.

—¿Cómo ha ido el día? —dice apoyándose en mi hombro.

—¿Puedo decirte algo en privado? —le pregunto.

Le hago una señal con la cabeza para que nos apartemos a un lado mientras Chad saluda a sus amigas. Ella siempre está rodeada de gente, y mi colega también. Sobre todo de chicas, cómo no.

—¿Ocurre algo?

Le cambia la expresión, de pronto parece nerviosa.

—¿Cómo no me habías dicho que tu padre es míster… Kevin Kelce?

Abre la boca como para responder, pero parece que le cuesta encontrar las palabras.

—Se me había olvidado.

—¿Olvidado? Creo que es un dato importante, es uno de los principales comandantes de la base —digo entre dientes—. Además, me va a examinar.

—¿Y qué? ¿Habrías salido conmigo si lo hubieras sabido?

Lo dudo.

—Eeeh, pues claro.

Soy un puto mentiroso. Ni siquiera sé por qué le miento. Bueno, estoy seguro de que se hubiese quedado en una noche loca, me habría acostado con ella y ya. Aunque eso es lo que supuestamente iba a ser.

—Anda, no te enfades, tonto. —Me acaricia el brazo del hombro a la muñeca—. ¡Lo pasaremos bien!

Me arrastra hacia sus amigas y Chad, que ya anda haciéndole ojitos a una. ¡Pero si creo que con esa ya se acostó! Niego con la cabeza y le doy un sorbo a la cerveza.

—¡Ey, Andrew! Les estaba diciendo a estos bombones que podemos jugar a los dardos.

La diana, el juego favorito de Chad. El juego para ligar, claro.

Su método no puede ser más distinto al mío.

Mientras él se expone ante todo el mundo, se come el ambiente y se convierte en el rey del lugar, yo prefiero quedarme al margen y observar en silencio.

Cuando él liga, todo el mundo sabe con quién lo hace; creo que toda la base ha visto a Chad meterle la lengua a más de la mitad de las chicas.

Y aunque la gente sabe que yo también tengo mi historial, prefiero mantener mis asuntos en privado.

El Pint Corner se va llenando a medida que pasan los minutos hasta el punto de que termina abarrotado de tripulantes de cabina y pilotos.

Las fiestas de los domingos son las mejores, a pesar de que me dé pereza pensar en asistir.

Casi siempre consigo pasármelo bien. La culpa la tiene Chad, por supuesto.

Él es de las pocas personas que pueden sacar mi lado social.

—¡Vamos a bailar! —grita Camila en mi oído y, sin dejarme opción, tira de mi brazo y me lleva a la pista.

Me río cuando asesina con la mirada a cualquier chica que me mira durante más de tres segundos; me río cuando, en milésimas, se convierte en la protagonista del local; me río cuando me da la espalda, flexiona las rodillas y mueve el trasero junto a mis caderas.

Me muerdo la lengua. Le estoy siguiendo el rollo porque quiero, supongo, aunque no me pegue nada ser el centro de atención.

—Quiero conocerte más, Andrew —me susurra al oído, y acto seguido me pasa la lengua por el lóbulo—. Eres tan… —No sé qué va a decir. Me mira con los ojos entrecerrados por culpa de las cervezas que ya se ha bebido— sexy.

En ese momento, nuestras bocas se encuentran mientras mis manos se deslizan por sus caderas y llegan hasta su trasero. Camila mueve la lengua con rapidez al tiempo que me tira de la nuca y enreda sus dedos en mi pelo.

—Vamos a la residencia —me pide.

Quiero no dejarme arrastrar por ella una noche más, pero vuelvo a mirarla, me fijo en sus labios hinchados y pienso que no puedo dejar esto a medias.

Ni siquiera me despido de Chad, porque lo veo de lejos en un sofá, liándose con una de las amigas de Camila.

Menos mal que la residencia queda a dos minutos andando del Pint Corner, porque, si no, habría tenido tiempo de echarme para atrás.

Querría ser capaz de negarme, pero Camila se pasa todo el camino besándome, tanto que me empieza a doler el pene.

No tengo ni idea de hasta dónde llegará esto, pero lo que sí sé es que me va a volver loco.

Porque Chad tiene razón: Camila me gusta, pero no consigo sentir por ella lo que se supone que debería.

Pasamos la noche juntos en mi cuarto. La primera vez que nos acostamos le confesé que prefería dormir solo, pero se puso seria, me miró a los ojos y me dijo:

—No pienso marcharme como si fuera una puta, Andrew. A lo mejor lo eran las otras, pero yo no.

Acto seguido, se dejó caer desnuda a mi lado. Justo antes de dormirme, recibo un mensaje de Eloise.

Espero que me hayas hecho caso y no hayas vuelto a acostarte con ella

Sí, todo esto después de contarle que Camila es hija de míster K, compañero de mi hermana y mi futuro examinador.