4. La primera vez que piloté un avión
La primera vez que piloté un avión
ANDREW
Viví mi primera experiencia como piloto en la vieja avioneta de mi abuelo, aquella que mi padre había llevado a los doce años.
Lo cierto es que fue de lo más traumática e impresionante: por un lado pensé que iba a morir y, por el otro, supe que era lo más bonito que vería en mi vida.
El cielo. Las nubes. Los colores. Lo lejos que estás de tocar el suelo.
Es una sensación que no se puede explicar; necesitas sentirlo con tus propias manos.
Porque, sí, son tus manos las que pilotan el cacharro del que depende tu vida.
Es un leve cosquilleo que comienza en la punta de los dedos y llega hasta el hombro.
Es precioso y aterrador al mismo tiempo.
Siempre fui un niño tímido y callado, de esos que dicen sí a todo para no incordiar y que caen bien a todas las madres porque no son unos trastos nerviosos.
Mi hermana suele decir que soy una persona tan fría y sin emociones, que doy rabia.
Cuando éramos pequeños y nos peleábamos, me soltaba que ojalá nuestros padres hubiesen elegido a un niño más alegre, porque no me gustaba jugar con ella ni con el resto de los niños.
Y aunque nunca me haya considerado un chico divertido, ni siquiera a los veinticinco años, con el tiempo mi hermana y yo nos hemos convertido en uña y carne.
Tal vez sea la única persona que me entiende…
casi siempre. Y eso que a veces no me entiendo ni yo.
—Venga, Andrew, despierta.
Noto que me sacuden y gruño aferrándome a la almohada. Me vuelvo a relajar, pero al segundo recuerdo que hoy vuelo, así que me incorporo de un salto, chocando con alguien.
—¡Hostia!
Al instante se enciende la luz y me encuentro con Chad vestido de uniforme.
—Mierda, ¿qué hora es? ¿Qué haces aquí?
—Creo que se te ha olvidado que me diste la contraseña para entrar en tu maravillosa y enorme suite.
Pongo los ojos en blanco y le lanzo un cojín que termina estampado en la pared.
Aprovecho para mirar la hora: las tres y media de la madrugada.
Rebufo y rezo para seguir durmiendo. Y me pregunto una vez más, como cada día que me toca madrugar, por qué no escogí un trabajo normal y corriente en el que pudiese levantarme a una hora decente.
—¡Domingo con alegría, Andrew! —exclama mi amigo mientras bailotea.
Desde que conocí a Chad, no ha habido día que no lo haya visto sonreír. Siempre me he preguntado cómo, siendo tan diferentes, la noche y el día, conectamos al instante; él, un chico atrevido y descarado, y yo, introvertido y poco hablador.
—¿Me puedes decir por qué estás tan contento?
—Porque es domingo, y esta noche hay fiesta en el pueblo.
Ah, la fiesta. Se me había olvidado por completo. No hay persona en la base a la que le guste más la fiesta que a Chad.
—Nos vemos al aterrizar —me advierte señalándome con el dedo mientras coge su maleta y se cuelga la americana del brazo—. Vamos, que llegas tarde. Recuerda que te toca volar con míster K.
Es cierto. Hoy compartiré aire y espacio reducido con Kevin Kelce, un comandante que no tiene la reputación de ser amable, que digamos.
Los pilotos cambian vuelos para no coincidir con él; compartir cabina de mandos con míster K es de lo más incómodo.
No habla, te mira de reojo, te puede reportar a la mínima que cometas un error, te alza la voz y te deja en evidencia delante del resto de la tripulación.
Por no hablar de las numerosas quejas que han manifestado los primeros oficiales.
No es la primera vez que vuelo con él. Menos mal que tenemos un día corto, solo un viaje de ida y vuelta a París.
No debería ser complicado, aunque con míster K nunca sabes qué puede torcerse.
Pensar en la fiesta podría ser un buen aliciente, pero no soy como Chad: las fiestas, aunque asisto a muchas, no son mi ambiente favorito.
Antes de salir de la residencia en la que vivimos todos los trabajadores de NimbusAirways, recibo un mensaje de Camila:
Buenos días, guapetón. Nos vemos esta noche en la fiesta
«Si está despierta, le tocará volar», pienso.
Le respondo con un emoticono porque, al contrario que ella, los mensajitos no son lo mío.
Ni siquiera con la chica con la que ando liado.
A pesar de que me muestro reacio a todo tipo de relación seria, ella no piensa lo mismo.
Para Camila, somos la pareja de la base.
Para mí solo es… bueno, algo que se me ha ido de las manos.
Ella es distinta. Es muy territorial, y me caló desde el primer momento, con esa actitud que arrasa con todo lo que se le pone por delante.
Tiene carácter y es muy popular en la compañía.
No pensaba liarme con ella, pero una noche todo sucedió demasiado deprisa. Y me gustó.
Ahora tengo un problema: sé que no me soltará fácilmente, incluso aunque sepa que nunca quise meterme en una relación. Solo era sexo. Bueno, al menos las primeras semanas; después me dejé arrastrar por algún plan suelto. Digamos que es muy convincente.
Chad me lo advirtió. Otros pilotos también lo hicieron.
Pero esa noche me dejé llevar, y ahora todo está demasiado enredado.
Hay días en que intento convencerme de que puedo dar un paso más y sentirme preparado para entablar con ella una relación más seria.
Porque Camila se merece que me lo tome en serio, no es mala chica.
Aunque, seamos sinceros, ¿quién me ve en una relación estable?
Alejarme de lo serio y lo constante es más fácil.
Y se me da bien. Las relaciones no se me dan bien.
Las amorosas, menos aún. No valgo para esto; después de tanto tiempo, las chicas de la base deberían saberlo.
¡Y luego se sorprenden cuando las dejo! Llevo en Dunrae cinco años y soy lo bastante conocido como para que todo el mundo lo sepa.
Sé lo que la gente dice de mí. O de Chad, que es lo mismo.
Si la reputación de los pilotos nunca ha sido fiable, por mi culpa se confirma aún más esa teoría.
Aunque no todos somos iguales; algunos, sobre todo los comandantes más mayores, tienen familia y se lo toman en serio.
Siempre recordaré las palabras que me dijo mi padre: «Puedes aprovechar tus años de primer oficial para hacer lo que te dé la gana, pero te aseguro que conocerás a tantas mujeres que llegará un momento en que te aburrirás y te fijarás solo en una. Sobre todo cuando seas comandante».
Sinceramente, lo dudo; pero bueno, supongo que nunca se sabe.
Llego a tiempo a la terminal del aeropuerto de Dunrae.
La secuencia siempre es la misma: todos los miembros de la tripulación nos saludamos y hacemos un briefing con la información de los vuelos del día.
Saludo a míster K animado, para evitar cualquier tipo de tensión en la cabina, pero solo se digna a hacerme un gesto con la barbilla. Es tan seco…
Mientras compruebo la ruta de vuelo en la tablet, noto que me mira una de las azafatas.
Cuando levanto los ojos hacia ella, se retira un mechón de la cara y se pasa la lengua por el labio inferior.
Vaya. Le sonrío y le hago un rápido repaso de arriba abajo.
Sabe quién soy. Me suena de haberla visto en las fiestas de la residencia.
Somos muchos en la base de Dunrae, pero con tantas celebraciones es fácil conocer a la mayoría del personal.
Al principio siempre me niego a asistir, pero acabo yendo por insistencia de Chad.
Así conocí a Camila. Y a Jennifer. Y a Martha.
¿O era Marley? Se me da fatal acordarme de los nombres.
Mientras tanto, míster K termina el briefing : «Buen tiempo…
, vuelo corto…, repostaremos en tierra antes de salir…
». Pienso en Camila cuando veo otro de sus mensajes en mi Apple Watch.
Esbozo una sonrisa porque ha dicho algo gracioso.
Lo que me gusta de ella es que, a diferencia de las demás, es transparente.
No intenta ser quien no es. No necesita esforzarse por ser la más lista ni la más guapa, porque sabe que lo es.
Ese éxito, esa seguridad, es lo que más me atrae de ella.
Aunque me agobie pensar que pueda partirle el corazón.
—Jones, ¿aún sigue durmiendo? —me pregunta míster K, interrumpiendo mis pensamientos.
—Oh, disculpad —me excuso ante la tripulación.
Examino a Kelce de reojo. Siempre va perfectamente engominado y perfumado, tendrá unos cincuenta y muchos, es presumido y está tan forrado que desprende soberbia y seriedad. Aunque debo decir que es un piloto excepcional.
—Bien, ¿nos vamos?
Los cuatro nos dirigimos al avión. En NimbusAirways, el equipo está formado por dos pilotos y dos tripulantes de cabina.
Es una aerolínea exclusiva que realiza vuelos europeos, por lo general de corta y media distancia, por lo que no solemos tardar en volver a la base, en Dunrae, a pocos kilómetros de Dublín.
Es una de las mejores aerolíneas, y me gusta estar aquí, aunque a veces se me hagan bola nuestros horarios.
Mi hermana, que también trabaja en la compañía, me convenció de que aceptara la oferta; ya mi padre había pertenecido al equipo de Nimbus. Cinco años después, aquí sigo.
Vivir en Dunrae es sencillo: el pueblo solo es conocido por el aeropuerto y por estar cerca de la capital, Dublín.
Casi todos los que vivimos aquí trabajamos en el aeropuerto, y por eso nos conocemos.
Tanto los pilotos como los tripulantes de cabina vivimos en una residencia que ocupa medio pueblo.
Algunos comparten habitación, según lo que estés dispuesto a pagar cada mes, pero yo dispongo de una suite para mí solo, y mi hermana también.
Aquí todos tienen dinero, pero los Jones destacamos por nuestra carrera en el mundo de la aviación. Ha sido así durante generaciones.
Por lo general, los que trabajamos en Nimbus somos jóvenes.
La gente viene y va constantemente. Hay personas que se toman este trabajo como algo pasajero, mientras que para otras es el puesto de su vida.
Es un mundo muy variopinto que te ofrece la oportunidad de conocer a muchas personas.
Por lo general, la gente no se me da demasiado bien, pero trabajando encerrado en la cabina de los pilotos solo tengo relación con la tripulación, poco más.
De momento soy primer oficial, así que acato las órdenes del comandante y ya está.
Desde que empecé a trabajar aquí, hará unos tres años, me gusta mi vida entre las nubes. Soy feliz. Creo.
Subimos al avión, comprobamos que todo esté bien y, cuando estamos listos, embarcamos a los pasajeros y despegamos.
Esta vez hemos acordado que yo me ocuparía del vuelo de ida, por lo que he tomado el control del avión y hemos subido sin problema.
Cada vez que eso ocurre, siento la adrenalina que noté la primera vez que mis manos tocaron los controles de una cabina. Me quedaría a vivir en esa sensación.
—Bueno, bueno, Jones… Al fin juntos —suelta por sorpresa míster K, entablando una charla cuando estamos lo bastante alto como para relajarnos gracias al piloto automático. No esperaba que me diera conversación—. ¿Estás estudiando para los exámenes de comandante?
—Sí, en ello estoy, aunque voy poco a poco.
—No sé si sabes que yo seré uno de tus examinadores.
—Lo sé.
—Tu hermana ha sido una de las mejores pilotos a las que he examinado, impecable. Tampoco a ti debería costarte, lo llevas en la sangre.
Eloise es perfecta, nunca falla, nunca ha hecho nada mal.
—Sí, bueno, pocas personas pueden superar a Eloise. Es muy inteligente y ama este trabajo.
—Pero tú también, ¿verdad? —dice mientras me clava su mirada penetrante.
Odio que me haga sentir así. Termino asintiendo, y de nuevo se hace el silencio en la cabina.
—Y, bueno, ¿qué tal con mi hija? —pregunta de repente, y me quedo estupefacto.
¿Hija? ¿De qué está hablando?
—Sí, ya sabes, con Camila.
Me atraganto con el sorbo del café que acabo de dar. ¿Cómo?
—Hace dos días me confesó que estaba saliendo con alguien de la compañía, y no paré hasta sonsacarle con cuál de vosotros andaba. —No sé si es una advertencia o qué, pero me está analizando más de lo normal—. Hasta que me dijo que eras tú.
¿Me acaba de sonreír? Espera, ¿cómo cojones no sabía que Camila es la hija de míster K?
Sé que somos muchos, pero ella es la chica más popular de la base y él…
a él todo el mundo lo conoce. ¿Me lo ha ocultado?
¿Se lo está ocultando a todo el mundo para que nadie sepa quién es su padre?
Aunque, siendo sincero, si mi padre fuera este tío tampoco sabría si contarlo.
Mierda, qué cagada. Si le rompo el corazón, estoy acabado.
Como mínimo, tendré que seguir con ella hasta que me examine, y para eso aún quedan tres meses… En qué lío me he metido…
—Espero que vayas en serio con ella. Ha sufrido alguna que otra decepción amorosa, y lo cierto es que no eres el primer piloto con el que sale.
Se pone serio, un gesto que me da mala espina.
Trago saliva. Joder.
—Le gustas mucho.
Miro a un lado. Hacia el contrario, porque si me ve la cara…
—Eeeh… Ella también me gusta —respondo algo incómodo—. Mucho.
La temporada ha empezado de puta madre.