3. Sin rumbo
Sin rumbo
OLIVIA
Odio el turno de noche del hotel. A pesar de que siempre he sido una chica nocturna, se me hace un mundo entrar a trabajar a las once, terminar a las siete de la mañana y pasarme el resto del día durmiendo, perdiéndolo por completo.
Siento que no vivo cuando me toca este turno.
Bueno, en realidad, en las últimas semanas siento que no he vivido.
Desde lo de Alejandro, voy en modo automático.
Los días pasan. Mañana, tarde, noche. Mañana, tarde, noche.
Espero que ocurra algo, pero no sé el qué.
Nunca me había sentido tan perdida, tan vacía.
Nada me motiva. No sé adónde voy, qué quiero hacer con mi vida.
Tengo veintidós años y en el fondo soy consciente de que estoy perdiendo el tiempo.
Estudié Turismo. Después de acabar la carrera, que me encantó, hice las prácticas en un hotel en el que, cuando acabé, me ofrecieron un contrato fijo.
Pensé que los hoteles eran lo mío. Ya sabes, recibir a huéspedes que vienen de vacaciones, hacer reservas, conocer a gente de todo el mundo, coger llamadas de clientes que quieren el desayuno del bufet a las nueve de la mañana…
Desde pequeña me había llamado la atención todo lo relacionado con el sector turístico.
Estos cuatro años han sido los mejores de mi vida…
, hasta que de repente te das de bruces con una nueva versión del mundo que no habías contemplado antes.
Nunca me convenció del todo ese hotel, pero decidí quedarme.
Ahora, con el corazón roto, no tengo razones para ir a trabajar con ganas.
Este turno de noche lo cambia todo.
Estoy navegando por internet, distraída.
Son las cuatro de la madrugada cuando de pronto veo el anuncio de una beca para trabajar como azafata de vuelo en una exclusiva compañía de lujo.
Abro mucho los ojos al darme cuenta de cuál se trata: NimbusAirways.
Si no hubiera estado tan aburrida, a lo mejor no hubiese hecho clic en la oferta.
Es tan complicado acceder a ese puesto de trabajo…
Recuerdo un día, en mi primer año de carrera, que estuve con mi mejor amiga viendo vídeos de lo bien que se lo pasaba la gente trabajando a miles de kilómetros de altura.
Entrar en esa compañía es un sueño, pero solo unos pocos tienen la oportunidad de hacerlo, ya que se necesita mucho dinero.
Y yo no tengo mucho, que digamos. Pero mi corazón se detiene al ver el anuncio.
Debo intentarlo. Es mi nueva esperanza. Porque quiero irme de casa. Lejos, tanto como pueda.
Porque necesito sanar y reencontrarme.
Una semana más tarde recibo un e-mail. Lo abro ilusionada, esperando que sea la señal para hacer las maletas e irme. Tomo aire, nerviosa, antes de abrir el correo. Porfa, porfa, porfa. Clic.
Estimada señorita López:
Lamentamos comunicarle que, pese a que su candidatura quedara entre las opciones finalistas, no ha sido seleccionada para obtener la beca Nimbus. No obstante, la animamos a que vuelva a presentarse a la edición del año próximo.
Atentamente,
E QUIPO DE N IMBUS A IRWAYS
Aparto la mirada de la pantalla. Mierda.
Lo siento como una estocada directa al pecho.
No me lo puedo creer. Contengo las ganas de llorar.
A la mierda todo. De repente siento impotencia, como si necesitase explotar, pero no quiero derrumbarme en la recepción del hotel.
Voy al baño y me lavo la cara. Suspiro mientras me miro al espejo.
Quiero irme de aquí. He soñado tanto estos días con mi falsa vida como tripulante de cabina en Irlanda, y ahora…
La realidad me ha abofeteado. No quiero seguir aquí, no lo aguanto.
Intento respirar para tranquilizarme y salgo del baño.
He tomado una decisión. Me dirijo al despacho de mi jefe, situado en una de las plantas inferiores del hotel. Doy un par de toquecitos en su puerta y entro cuando oigo que me da permiso.
—¿Olivia? —Le sorprende encontrarme aquí—. ¿Qué te pasa?
Seguro que se me nota el conflicto interno que estoy viviendo, porque su expresión cambia al verme.
—Lo dejo.
Sí, voy directa al grano.
—¿Qué? ¿Cómo que lo dejas? Te necesitamos. —Se levanta del escritorio—. ¿Te han cogido en otro hotel? ¿Es eso?
Niego con la cabeza.
—No, no, yo… me voy fuera…, fuera de España.
—¿Estás segura? No tienes buena cara.
Tomo aire.
—Necesito cambiar de vida, volver a empezar.
Pablo siempre ha sido un buen jefe. Es una persona empática y de trato fácil con la que enseguida conecté cuando entré como estudiante en prácticas, y mantener una buena relación con él ha sido fácil.
Tarda unos segundos en reaccionar y decir algo, pero al final se le suaviza el gesto. Sabía que acabaría entendiéndome.
—Bueno, vaya. Lo cierto es que me ha pillado totalmente… desprevenido. Pero, si ya tienes la decisión tomada…
—La tengo —afirmo, segura.
Aunque tal vez me arrepienta en cuanto llegue a casa y aunque puede que sea un error, tengo que hacerlo.
Asiento reafirmándome una vez más y me marcho.
Llego a casa sin dejar de pensar en lo que acabo de hacer. Primero, me he quedado sin trabajo. Segundo, he decidido que me quiero ir de España. Tercero, se lo tengo que contar a mi madre. Aunque me mate.
No se lo toma demasiado bien.
—¿Estás loca, Olivia? ¿Y adónde vas a ir?
—Pues a donde sea, mamá. ¡No aguanto más aquí!
—¿Es por lo de Alejandro?
No sabe que el mero hecho de mencionarlo me duele.
—¡A la mierda Alejandro, mamá! Quiero hacerlo por mí. No voy a quedarme aquí para siempre en un trabajo que no me llena.
—Puedes buscar otra cosa, la provincia es muy grande. No puedes irte…
Niego con la cabeza, enfadada. Sabía que no lo entendería.
Al estar las dos solas, mantenemos una relación muy cercana, estamos muy unidas.
Sé que estoy actuando de forma egoísta, pero por una vez…
Por una vez en mi vida estoy pensando en lo que quiero yo antes que en los demás.
He llegado a un punto de inflexión. Jamás pensé que me separaría de mi madre, la mujer que me lo ha dado todo, que me ha criado sola, que se ha convertido en mi mundo.
No consigo ignorar lo mala hija que me siento al tomar esta decisión, pero no me iré para siempre, sé que es algo temporal. Hasta que me encuentre, hasta que me cure. Y sé que tengo que hacerlo sola.
—No lo entiendes.
Suspiro.
—Claro que lo entiendo.
—No estoy bien, mamá.
Creo que es la primera vez que lo digo en voz alta. Soy esa chica que esconde sus cicatrices y heridas. Sé que mi madre no es tonta, sé que me mira, me observa, y lo sabe; pero esas palabras jamás habían salido de mi boca.
—Hija…
—Es verdad, mamá. Tengo veintidós años y no sé quién soy. Estoy perdida… —Se me quiebra la voz, tengo los ojos llorosos.
Me mira y da un paso hacia mí para envolverme entre sus brazos. Hundo la cabeza en su hombro y respiro el aroma de su pelo. Lloro en silencio y me pregunto sinceramente cómo podré vivir sin ella. No hay nada como los abrazos de una madre.
—No quiero que te vayas.
Esta vez su tono es distinto. Sigue siendo triste, pero destila cierta calma que me transmite aceptación. Sus ojos verdes, tan parecidos a los míos en su forma almendrada, se muestran cansados, pero su mirada es cálida y está cargada de ternura.
—Lo sé. Pero tengo que hacerlo.
—¿Y adónde irás?
Suspiro otra vez.
—No lo sé.
—¿Tiene que ser ahora?
—Mamá, ya sabías que llegaría el día en que tendría que irme de casa, ¿no?
—Ya, pero aún eres muy joven.
—Mamá.
—Olivia, yo… —dice con los ojos llorosos.
Sé que no quiere quedarse sola. Siempre hemos funcionado genial las dos juntas, pero, como le he dicho, en algún momento iba a tener que irme.
Ahora o dentro de un tiempo. No puedo ni imaginarme lo difícil que tiene que ser para los padres el proceso de soltar a sus hijos cuando se hacen mayores, y yo siempre he sabido que a mi madre le iba a costar más de lo normal.
Me siento fatal. Pero ella también tiene que pasar página, tiene que salir a divertirse, tiene que vivir, aprender a hacerlo de nuevo, porque el abandono de mi padre la destrozó.
Una notificación en el móvil rompe el silencio. Es un correo. Al instante me doy cuenta de que es de la aerolínea Nimbus. ¿Qué más querrán decirme? ¿No han tenido suficiente con fastidiarme el día? Lo abro con miedo.
Estimada Olivia López:
Tras la renuncia de la candidata inicialmente seleccionada para la beca Nimbus, nos complace informarle de que ha sido propuesta para ocupar su lugar, siempre que desee continuar con el proceso.
Rogamos nos confirme su interés a la mayor brevedad posible para iniciar los trámites correspondientes a la solicitud y al traslado.
Reciba un cordial saludo y nuestra más sincera enhorabuena.
E QUIPO DE N IMBUS A IRWAYS
Me quedo en blanco.
—¡Mamá! —grito con todas mis fuerzas.
Acaba de irse, pero al instante aparece en mi habitación, preocupada.
—¿Qué pasa?
—Ya sé adónde voy a ir —digo, con la respiración agitada y el correo aún abierto en el móvil.
—¿Qué? ¿Tan pronto? ¿Adónde?
—A Dunrae, Dublín.