Bésame antes de volar 2. El día que me dieron alas
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2. El día que me dieron alas

El día que me dieron alas

ANDREW

Dicen que el cielo se ve mejor desde la tierra. Eso es porque nunca han pilotado un avión. Puede que resulte extraño, pero volando entre las nubes es como mejor se contempla el infinito que se extiende ante tus ojos.

Es como el mar, quizá; es bonito verlo desde un acantilado, pero, una vez que estás dentro, si te atreves a sumergirte hasta que tus ojos quedan al filo del horizonte, te das cuenta de la inmensidad en la que te has zambullido.

La primera vez que despegué los pies del suelo solo tenía cinco años, y fue en una de las avionetas de Harry Jones, mi padre.

Mi abuelo había hecho lo mismo con él, y así sucesivamente.

Las que captaron toda mi atención no fueron las distintas tonalidades de azul que descubrí aquel día, sino las nubes.

Me flipaban las nubes. Su movimiento. ¿Cómo era posible?

Supongo que, de todas maneras, siempre estuve destinado a estar entre ellas, porque, desde pequeño, en la familia no se ha contemplado otra idea respecto a qué nos dedicaríamos mi hermana Eloise y yo.

Recuerdo que, mucho antes de cumplir los cinco años, ya quería subirme a una avioneta con mi padre.

Pero Miriam, mi madre, insistía en que era demasiado pequeño y que podía asustarme con el ruido de los motores.

Tal vez tuviera razón, pero al final, por mi insistencia y por la de Harry, ella cedió.

No me asusté. ¿Cómo hacerlo ante el espectáculo visual que descubrí?

En ese instante me enamoré de las alturas.

Allí arriba no hay miedo. Hay silencio, y eso, a un chico de pocas palabras como yo, le gustó.

Hay calma. Hay luz. Hay soledad.

Puede que nunca me hubiese enamorado del cielo y de los aviones si no hubiese sido adoptado por una familia en la que todos eran pilotos excepto Miriam. Quizá hubiera sido banquero, médico, cajero, profesor o dueño de la ferretería de un pueblo. Quién sabe. Pero la vida me llevó hasta los Jones.

Harry pilotó por primera vez una avioneta con tan solo doce años.

Era un ser de luz, un loco por las alturas, un apasionado de su trabajo, aunque me hubiese gustado que no pasara tanto tiempo fuera de casa.

Se crio en Dublín, pero ha vivido en tantos países que me cuesta recordarlos todos.

Sin embargo, a pesar de haber visto mucho mundo y a tantas personas diferentes, conoció a Miriam una de las veces que él visitó su ciudad natal.

Ellos siempre decían que había sido el destino, que Harry podría haberse casado con una chica española o francesa, tal vez filipina.

Pero no, eran de la misma ciudad, y eso hizo que trasladase su base permanente a Dublín, después de tantos viajes.

Mis abuelos, cansados de tenerlo siempre lejos de casa, lo agradecieron, desde luego.

Miriam era originaria de Cork, pero sus padres se mudaron a la capital irlandesa cuando ella tenía apenas cinco años con el fin de montar una librería.

Mi madre, una chica inteligente que siempre había vivido rodeada de libros, terminó graduándose en Filología para luego convertirse en profesora, su oficio soñado.

La librería de sus padres era su lugar favorito del mundo; a sus cincuenta y dos años, lo seguía siendo.

Miriam y Harry siempre decían que la manera en que se conocieron podría resumirse en que el destino los unió tras una serie de casualidades.

Los Jones siempre lo tuvieron todo. Se convirtieron en esa pareja a la que todo el mundo envidia: tenían dinero, eran guapos, divertidos… Nadie podía decir nada malo de ellos.

Pero entonces pasó algo: cuando se casaron y decidieron tener hijos, se dieron cuenta de que no podían.

Había una incompatibilidad entre ellos que impedía que Miriam se quedase embarazada.

Eso abrió una brecha en la relación. Se distanciaron hasta el punto de que decidieron tomarse un tiempo.

Ella volvió a Cork, a sus orígenes, y estuvo una temporada dando clases particulares a niños, pero pronto se dio cuenta de que nadie le revolucionaba tanto el pecho como Harry.

Por eso volvió a la capital y se dieron otra oportunidad.

Y salió bien. Más que eso. Porque esa vez se tomaron las cosas de otra manera.

Supieron ver la luz al final del túnel, exploraron opciones, tratamientos y alternativas, y finalmente lograron concebir a Eloise, mi hermana, que nació perfecta.

Fue un bebé milagro. Más tarde, con el fin de tener a un niño, me adoptaron cuando yo acababa de cumplir los dos años.

Esta es la historia de cómo las alas llegaron hasta mí. Porque, si los Jones no me hubiesen elegido, el cielo estaría muy pero que muy lejos.