Bésame antes de volar
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1. Un corazón solitario
Un corazón solitario
OLIVIA
Sé que hoy será el día. No sé por qué. Quizá es el hecho de que esté lloviendo, y eso, en una ciudad como Alicante, no es habitual. A lo mejor el corazón nos avisa de que algo malo está a punto de suceder, con el fin de que no nos duela aún más al pillarnos por sorpresa.
Llevo una semana angustiada, triste. Cuando me miro al espejo no me reconozco.
¿Dónde ha quedado aquella chica sonriente y risueña?
De hecho, hasta que mi madre no me lo preguntó, no caí en que hay algo que no funciona en mi vida.
Siempre he odiado contar mis problemas a los demás, y prefiero pensar que todo va bien para solucionarlo yo sola, conmigo misma, encerrada en mi habitación.
Sé que soy capaz de hacerlo, que no necesito la ayuda de nadie.
No me gusta que mi tristeza se convierta en tema de conversación.
Elijo fingir una sonrisa, aunque resulte poco convincente según con quién esté en ese momento, y continuar con mi vida como si nada.
Pero cuando alguien está a punto de romperte el corazón, ni la mejor actriz del mundo puede ocultar la ausencia de brillo en sus ojos. Eso se nota. Aunque no conozcas de nada a esa persona, puedes saber, con tan solo mirarla a la cara, que tiene el corazón hecho añicos.
Alejandro me ha citado en el parque de debajo de su casa para hablar.
Me mandó un mensaje corto, seco. No dejo de pensar en cómo me hablaba cuando empezamos a salir, cuando éramos una novedad el uno para el otro, una obsesión preciosa, una fugacidad que, efectivamente, ha terminado caracterizando nuestra relación.
No lo hubiese creído hace una semana, cuando, desde mi punto de vista, todo iba bien.
A pesar de los consejos de mi mejor amiga, que insistía en que ese chico no era para mí porque prefería pasar tiempo con sus colegas antes que conmigo, por ejemplo.
Joder, y no he sido capaz de verlo. Hasta ahora.
¿Lo peor? Que espero que no rompamos. Porque lo quiero.
Mucho. Aunque sé que él no me ama del mismo modo.
Siempre me he mostrado reticente hacia las relaciones.
Y es que es cierto que soy una chica a la que, al principio, le cuesta salir de esa zona de confort a la que llamo «mi mundo», uno en el que siempre me he sentido cómoda, a salvo de cualquiera que pretenda hacerme daño.
¿Qué tiene de malo querer protegerse de la caída?
Pero he aprendido algo: da igual el tiempo que pases preparando un colchón bajo el acantilado; eso no te librará del impacto. Y es justo lo que está a punto de pasar.
—No quiero hacerte daño. —Es la primera frase que me dice Alejandro.
No nos besamos al encontrarnos, y eso me rompe aún más.
El corazón me retumba en el pecho, y soy consciente de lo que está ocurriendo, de lo que va a pasar.
Me está dejando. El chico al que amo con locura.
Mi primer amor. ¿Cómo superaré algo así?
No quiero que se termine, no quiero perderlo ni dejar de estar enamorada de él, porque es una sensación preciosa.
Lucho por no llorar, pero lo hago. Siempre me he presentado ante el mundo como una chica firme de ideas claras, rumbo fijo y segura de sí misma.
Ahora no queda ni rastro de esa versión que un día fui.
Me siento muy pero que muy pequeña. Esto me hace pensar en la cantidad de versiones de nosotros mismos que vamos construyendo, seguramente para que la gente vea la que más nos gusta o la que más le gustará a ella.
—Por favor, no lo hagas —le suplico, aunque sé que me arrepentiré de rebajarme hasta ese nivel—. Te quiero, Alejandro. Por favor.
—Tú no eres el problema, Olivia.
—Entonces ¿qué lo es?
Se encoge de hombros. Puedo aceptar que me deje, pero necesito una razón. Para no torturarme, para no derrumbarme todavía más.
—Olivia, yo…
Me doy cuenta de que no es capaz de mirarme a los ojos. Niega todo el rato con la cabeza, pero no me mira.
¿Qué narices está pasando? Aquí hay algo más, estoy segura, y esa certeza cae sobre mí como una jarra de agua fría. Es entonces cuando se lo pregunto.
—¿Qué has hecho?
Tres palabras. Me he quedado sin aire. Alejandro levanta la barbilla y lo veo en sus ojos. El mundo se paraliza. El tiempo se detiene, de la misma manera que lo hace mi corazón en el pecho.
—Fue un error.
Abro la boca, como si pudiera decir algo.
—¿En serio? —Empiezo a temblar. Me ha engañado, sé que es eso, pero necesito que salga de su boca—. ¿Cómo? ¿Cuándo?
—Oli, no es necesario…
Intenta cogerme por los hombros, pero le empujo hacia atrás. Todo me da vueltas.
—¡¿Con quién?! —chillo desesperada, y me da igual que la gente me mire.
—No tiene importancia, te lo juro. La situación se me fue de las manos, yo no quería…
—Hace ver que llora, frunce el rostro, pero no sale ni una maldita lágrima de sus ojos.
Hipócrita. Al final se da cuenta de que sus excusas no están llevándole a ninguna parte y añade—: Fue en la fiesta de cumpleaños de Pedro.
Intento recordar, de eso hace ya dos semanas.
Lleva engañándome dos semanas. Besándome como si nada, diciéndome que me quiere como si no hubiese besado a otra días atrás.
Se me pone la piel de gallina, me entra angustia al pensarlo.
Lo nuestro se acaba de romper. No puedo soportar imaginármelo con otras chicas, saliendo con ellas, besándolas, tirándoselas.
Joder, le he querido tanto… le sigo queriendo tanto.
No puede estar pasando esto. Alejandro, mi Alejandro, mi primer amor, el amor de mi vida.
Me llevo la mano al pecho. Quiero dejar de llorar, pero cada puto segundo que pasa estoy peor.
Me come por dentro la vergüenza, el sentimiento de haber sido una estúpida.
Porque, de la misma manera que me cuesta abrir el corazón a alguien, lo doy todo cuando lo hago.
Incluso cuando he creído que no tengo más para dar, me he demostrado que el amor que siento es infinito y puro.
Y ahora me ha destrozado alguien a quien se lo he dado todo.
Intento respirar mientras Alejandro trata de disculparse.
Me esfuerzo por convencerme de que este chico no me quiere, que no es para mí.
¿Me equivoqué? Cuando nos juntamos con alguien que pensamos que es el indicado y finalmente no lo es, ¿es un fracaso por nuestra parte o por la suya?
Lo peor es que tengo claro que, a pesar de la traición, lo seguiré amando durante mucho tiempo, hasta que mi corazón se recupere.
Lo miro a los ojos una vez más. Esos con los que seguiré soñando hasta que mi interior se regenere.
Me seco las mejillas y tomo aire.
—Lo siento —dice.
—Adiós —contesto.
Comienzo a andar en dirección contraria. Empieza a llover con intensidad.
—¡Olivia, espera!
No me vuelvo, a pesar de las enormes ganas que tengo de correr hacia él, de abrazarlo, besarlo y que me diga que todo ha sido una broma. Pero no lo es, es real. Me ha engañado, ha preferido a otra persona y se ha olvidado de mí, aunque haya sido por un instante.
De repente me doy cuenta de que mi vida acaba de cambiar.
De golpe, pum, en un suspiro. Sé que lo que acaba de pasar me va a marcar de por vida, porque siempre había pensado que él sería el indicado, a pesar de lo jóvenes que somos.
Que seríamos una de esas parejas ancianas que les cuentan a sus nietos cómo se conocieron en su juventud.
El amor es tan traicionero que, aunque nos opongamos a él, es capaz de dictar todos nuestros puntos y aparte. Tiene el poder de hacernos cambiar, de dibujar caminos nuevos que nunca imaginamos tomar para después borrarlos sin previo aviso y trazar otros distintos.
Quién me iba a decir a mí que un corazón roto llegaría a convertirse en el comienzo de mi verdadera historia.