Capítulo 42 Mickey
No he dormido.
Me he quedado sentado junto a la ventana hasta las tres de la mañana mirando las estrellas. Mi teléfono muestra el mensaje que envié a medianoche. Entregado. No leído.
Llega la mañana y sigo la rutina habitual. Transferencia. Baño. Café. No preparo huevos porque me recuerdan a las veces que se los hice a Benji. En su lugar, me bebo tres tazas de café que saben a ácido.
Tex abre las puertas del ascensor a la una y media de la tarde y entra en el loft como si fuera el dueño. Cosa que es. Trae dos cervezas y una bolsa grande de cortezas de cerdo. Suministros para espectadores. Como si hubiera venido a ver un evento.
—Mira por la ventana —dice.
Niego con la cabeza. —Tex, sin ánimo de ofender, hoy no estoy para uno de tus discursos motivadores sobre lo bonito que es el día. No tengo el cuerpo para eso.
Vuelve a señalar la ventana con la mano. —Solo acércate y mira. No diré ni una palabra.
Me acerco con la silla de ruedas a la ventana.
El agua está perfectamente plana, sin una onda, y la playa está llena con la multitud del fin de semana.
Y allí, justo debajo de mí, a diez metros del edificio, en el tramo de arena que he estado mirando desde esta ventana cada día desde que me mudé, hay dos hombres sobre sendas toallas con una nevera entre ellos.
Uno de ellos lleva un bañador coral. Incluso desde el segundo piso, el color resalta contra la arena blanca. Tiene el pelo rubio echado hacia atrás y los hombros descubiertos. Está tumbado sobre la toalla con un vaso de plástico rojo en la mano.
El otro hombre es Dante. Bronceado, en plena forma y sin camiseta y en bañador.
—Será hijo de puta —digo.
Tex abre una cerveza. Acerca el sillón a la ventana, se sienta, apoya las botas en el alféizar y se acomoda como alguien que acaba de encontrar el mejor asiento en un partido de fútbol. Luego, abre de un tirón la bolsa grande de cortezas de cerdo.
—Lo está haciendo a propósito —digo.
—Sí, y esto es una operación de estilo militar —dice Tex—. Benji se ha desplegado a sí mismo y sus considerables recursos en una ubicación de máxima visibilidad con líneas de visión despejadas hacia el objetivo, que eres tú. Estoy sinceramente impresionado con sus habilidades.
—Esto no tiene gracia, Tex.
—Un poco de gracia sí tiene. —Come una corteza y me ofrece otra que no acepto—.
Un hombre al que amas está tumbado en una playa con otro hombre bebiendo de un vaso de plástico y tú estás aquí arriba sentado en una silla de ruedas observándolo como un hombre triste en una torre.
Todo el asunto es tan dramático que debería tener su propia banda sonora.
Si esto fuera una película, ahora mismo sonarían los violines.
Violines grandiosos, intensos. Y la cámara te haría un primer plano a la cara para luego pasar a él en la playa.
El público estaría comiendo palomitas y diciendo «ve a hablar con él, tonto» y tirando cosas a la pantalla.
—¿Y cómo se supone que voy a ir a hablar con él? No se puede acceder a la arena desde este edificio. E incluso si se pudiera, esta silla no rodaría por la arena.
—Ya lo sé. Benji lo sabe. Esa es la cuestión.
Ha elegido el único punto que puedes ver y al que no puedes llegar.
Este hombre ha planeado un viaje a la playa tal como planea las bodas.
Cada detalle es intencionado. El color brillante de su bañador es intencionado.
El ángulo de la toalla es intencionado. El hecho de que esté tumbado boca abajo con la barbilla apoyada en los brazos, mirando hacia el agua para que tengas la vista completa de su espalda y su culo, es definitivamente intencionado.
—¡Maldita sea, Tex! ¿Puedes dejar de analizar mi situación y ayudarme a arreglarla, por favor?
—Estoy haciendo ambas cosas. Estoy analizando y ayudando.
El análisis es la ayuda. Tienes que entender qué está pasando ahí abajo antes de poder arreglarlo.
Lo que está pasando ahí abajo es alguien que te está mostrando exactamente lo que has perdido.
Benji no está siendo cruel con esto. No está siendo vengativo.
Está siendo Benji. Benji no se esconde. Benji no se encierra a oscuras a compadecerse de sí mismo en un Airbnb, pimplándose chupitos de tequila o comiendo helado.
Benji se pone el bañador más brillante que tiene y va a la playa más visible que puede encontrar.
Vive su vida a todo volumen y desafía al mundo a tener una opinión al respecto.
De eso te enamoraste. Y eso es lo que intentaste atenuar en la fiesta y lo que no puedes bajar porque no es un interruptor.
Es el sol. No puedes bajar la intensidad del sol, Mickey.
Solo puedes decidir si quieres estar bajo él. O no.
Mastica ruidosamente otra corteza y me agita la bolsa.
—Estas son las de jalapeño, por cierto —dice—.
Stormy me las esconde detrás de las normales porque piensa que las cortezas de jalapeño son «innecesariamente agresivas».
Al parecer, «agresivo» es la palabra favorita de Stormy últimamente.
Stormy no se atreve a comerse una corteza de jalapeño y, sin embargo, no se lo piensa dos veces antes de llevar navajas automáticas en ambos bolsillos.
Pone el límite en los aperitivos picantes.
Le quiero, pero no entiendo sus reglas de evaluación de riesgos.
Dante se levanta de la toalla. Sostiene un bote de protector solar y dice algo. Benji se da la vuelta en la toalla, dándole la espalda a Dante.
Tex se inclina hacia delante. —Oh, vaya, allá vamos.
Dante vierte protector solar en su palma y empieza a frotárselo por los hombros a Benji.
Despacio. Sus manos bajan por la espalda de Benji con pasadas largas y uniformes, los pulgares presionando a lo largo de la columna, las palmas extendiéndose por los omóplatos.
No tiene prisa. Está siendo minucioso para no dejarse ningún sitio.
Sus manos bajan hasta la zona lumbar, hasta la cinturilla del bañador, y allí también se toma su tiempo.
—Realmente está extendiendo bien esa crema solar —observa Tex.
—Ya lo veo.
—Ambas manos. Palmas completas. El hombre está aplicando el protector como si estuviera dando un masaje en un balneario. Supongo que no quiere que Benji se queme.
—He dicho que ya lo veo.
Dante termina con la espalda de Benji y pasa a sus brazos, recorriendo con las manos desde el hombro hasta la muñeca, girando el brazo de Benji para llegar a la parte interna del antebrazo.
Luego le hace las piernas, con las manos recorriendo desde el muslo hasta el tobillo y subiendo de nuevo, y toda la representación está tardando una puta eternidad.
Entonces Benji se pone de pie. Le quita el bote a Dante.
Dante se da la vuelta y Benji empieza a frotar protector solar por la espalda de Dante.
Lo mismo. Al mismo ritmo. Las mismas manos lentas y sin prisas.
Las palmas de Benji presionan planas contra los omóplatos de Dante y se deslizan hacia abajo.
Le hace la zona lumbar. Le hace los costados.
Vierte más protector y le hace los brazos a Dante, de uno en uno, con los dedos envolviendo el bíceps de Dante y deslizándose hasta la muñeca.
—¿Es esto lo que hacen en Miami? —pregunta Tex—. ¿Simplemente restregarse el uno al otro en playas públicas?
—¿Cómo demonios voy a saber yo lo que hacen en Miami? No he estado nunca en Miami. No he estado en ningún sitio con él. Lo presenté como a la maldita ayuda, y ahora está ahí abajo con alguien que no tiene miedo de tocarlo en público. Eso es lo que estoy viendo, Tex. Eso es lo que es esto.
Tex se queda callado, luego mastica ruidosamente otra corteza.
—Bueno —dice—. Es un espectáculo de narices.
La gente pagaría buen dinero por esto. Podrías poner esto en OnlyFans.
Dos hombres guapos poniéndose crema el uno al otro bajo el sol.
Te harías de oro. Podrías retirarte de la policía y dedicarte a transmitir en directo a tu novio y a su mejor amigo aplicándose factor 50 en la espalda.
«Suscríbete ahora para la experiencia completa de la protección solar. El nivel Premium incluye las piernas».
—Tex, si no cierras la puta boca, te voy a echar de aquí de una patada.
—No puedes. Soy el dueño del lugar.
—¿Sabes qué es lo que más me duele?
—¿Aparte del restregado de crema?
—La naturalidad. Así es como se comportan.
Para ellos es un día cualquiera. Dos hombres en una playa tocándose porque llevan tanto tiempo haciéndolo que ni siquiera lo piensan.
Dante no preguntó: «¿quieres crema?». Sostuvo el bote como una afirmación.
Benji se dio la vuelta como una respuesta. Fue automático.
—Como respirar —dice Tex.
—Sí.
Benji camina hasta la orilla. Deja que el agua le bañe los pies. Se queda allí un momento con el agua por la cintura bajo el sol, el bañador coral brillante contra el agua azul verdosa. Luego se zambulle.
El salto es limpio. Sin salpicar, sin manotazos, solo un cuerpo cortando el agua como si perteneciera a ella.
Emerge a tres metros y levanta la cara hacia el sol, mientras el agua le resbala por los hombros.
Tiene el pelo engominado hacia atrás y parece sacado de un reportaje de revista sobre hombres guapos en aguas cristalinas.
—Maldita sea —murmuro.
Dante se levanta de la toalla, camina hacia el agua y se zambulle tras él.
Su salto es igual de limpio. Emergen cerca el uno del otro y luego ambos se quedan flotando de espaldas, lado a lado, con la cara hacia el cielo, los dos a la deriva en el golfo de México como si los hubiera colocado allí un fotógrafo con un dron.
—Míralos —digo—. Parecen dioses.
—Parecen dos tíos que van al gimnasio —dice Tex—. Lo mismo que en Miami, por lo visto.
—Está justo debajo de mí y no puedo alcanzarlo. No puedo bajar allí.
—Sí, ya lo sé. Acabamos de hablar de eso, ¿te acuerdas?
—¿Se va a quedar ahí abajo toda la tarde y se supone que yo tengo que estar aquí sentado mirando?