Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 30 Mickey #2
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Capítulo 30 Mickey #2

Las canciones van pasando. «Take Me Home, Country Roads». «Homeward Bound». «Our House» de Crosby, Stills, Nash y Young. Todas ellas tratan de volver a casa, de estar en casa, de echar de menos el hogar. Tex las canta todas, mal y con una entrega absoluta.

En algún lugar a las afueras de Tallahassee, el riff inicial de «Sweet Home Alabama» suena por los altavoces y Tex sube el volumen.

—No vivimos en Alabama —digo.

—Ya, pero el estado de Alabama entero vive con nosotros en Panama City la mitad del año.

Considéralo una bienvenida a casa de nuestros residentes estacionales.

—Tamborilea en el volante—. Además, no puedes hacer una lista de reproducción para volver a casa sin Skynyrd.

Eso es ilegal en el estado de Florida. Lo he comprobado.

—¿Cómo van las cosas por el bar? —pregunto.

—Me alegra que me lo preguntes —dice Tex—. Voy a empezar con lo importante e iré bajando hasta lo trivial, lo que significa que empiezo por el ahumador porque Big Bertha tuvo un percance el martes pasado.

—¿Qué pasó?

—La caja de fuego se agrietó. Justo por la mitad.

Estoy allí fuera a las cinco de la mañana con el ahumado matutino y oigo un sonido como un disparo, que como sabes no es un sonido que me entusiasme ya, y miro hacia abajo y hay una grieta en la caja de fuego de la longitud de mi antebrazo.

Todo el lado izquierdo. El humo salía por allí de lado.

—¿Lo arreglaste?

—Lo soldé. Stormy sujetó las piezas mientras yo las soldaba en el aparcamiento a las seis de la mañana con una máscara de soldar que le pedí prestada a Robert, el vecino.

Robert es un electricista jubilado, pero tiene un equipo de soldadura porque en esta parte de Florida todo jubilado tiene o un equipo de soldadura o un barco, y él eligió la soldadura.

La soldadura aguantó. Bertha tiene una cicatriz ahora, pero vuelve a estar en acción.

Le digo a la gente que eso le da carácter.

Stormy dice que la convierte en un riesgo para la seguridad.

Sheila dice que si Bertha palma, no vendrá más a trabajar porque Bertha es lo único del bar que lleva allí más tiempo que ella.

Le dije que eso no es verdad porque las mesas de billar llevan más tiempo, y Sheila respondió: «las mesas de billar no alimentan a la gente», y tiene razón, así que lo dejé estar.

—¿Cómo está Sheila? La he echado de menos.

—Sheila está estupenda. Ha vuelto a reorganizar los estantes del alcohol.

Cuarta vez este año. Tiene sus propias opiniones sobre el orden alfabético frente al categórico, y las opiniones cambian con la estación.

En invierno organiza por colores porque «así el bar parece más cálido».

En verano organiza por popularidad porque «en julio nadie se pone a mirar, ya saben lo que quieren».

He renunciado a intentar encontrar el bourbon.

El bourbon ha estado en cuatro sitios distintos desde enero.

A estas alturas, simplemente le pregunto a Sheila dónde está, como un hombre preguntándole a su mujer dónde están las llaves.

Se cambia de carril y sigue hablando.

—La semana pasada entró un tipo con una de esas camisas con chanclas estampadas y le preguntó a Sheila si teníamos carta de cócteles.

Sheila se bajó las gafas de lectura hasta la punta de la nariz y dijo: «La tienes delante».

El tipo dice: «No, me refiero a una carta impresa.

Con descripciones». Sheila le soltó: «Dime qué te gusta y yo te diré qué vas a tomar».

El tipo dice que le gusta algo refrescante.

Sheila le prepara un ron añejo con jengibre y lima y no le dice qué lleva.

El tipo se lo bebe en cuatro minutos, pide dos más y le pide su número.

Ella le dijo que no salía con clientes y él respondió que aún no era cliente cuando entró, y ella se rió tanto que le invitó a un chupito.

—Sacude la cabeza—. Es el efecto Sheila.

Entras creyendo que mandas tú y te vas pensando que es la mujer más interesante que has conocido en tu vida.

Lleva dirigiendo este cotarro desde antes de que yo pudiera conducir y nunca he llegado a entender su sistema.

Apoyo la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla. La autopista se abre ante nosotros, llana y recta, con pinos a ambos lados, ese paisaje del norte de Florida que Benji recorría cada día para verme.

—¿Sabes lo que hizo Stormy anoche? —dice Tex—.

Hizo tu cama. Puso sábanas limpias y dobló el edredón a los pies como hacen en los hoteles.

También puso un caramelo de menta sobre la almohada.

Un caramelo envuelto de la tienda de regalos de abajo.

Le dije: «Stormy, que es Mickey, no un huésped del Marriott», y él respondió: «es su primera noche en casa y debe ser especial», y luego se volvió a bajar y me dejó allí plantado mirando el caramelo en tu almohada.

Se queda callado un momento. Que Tex esté callado es lo suficientemente notable como para que mire a ver qué pasa.

—Ese Stormy —dice, sacudiendo la cabeza—.

Te lo juro por Dios. Pasó toda su vida en lugares donde nadie hacía que nada pareciera especial para él.

Nadie le doblaba el edredón. Nadie le ponía un caramelo en la almohada.

Y ahora lo hace por los demás porque eso es lo que hace Stormy con las cosas que nunca recibió.

Las regala. Se las da a la gente que le rodea como si intentara llenar todos los espacios vacíos en los que vivió asegurándose de que nadie más tenga que vivir en ellos.

—Se aclara la garganta y ajusta su agarre al volante.

No digo nada. No puedo. El envoltorio del bollo de miel está en mi regazo, el té dulce está caliente en mis manos y todo lo que Tex y Stormy han hecho se me ha instalado en el pecho, junto a todas las demás cosas de las que no puedo hablar en este momento.

Tex lo sabe. Sube el volumen de la música y conducimos durante unos minutos sin hablar, y ese no hablar es su propio tipo de conversación.

—Hablemos de la situación del baño— dice Tex al cabo de un rato—. Llegaremos al lugar marcado por Stormy en unos cuarenta minutos. La gasolinera Pilot en Madison. ¿Cómo vas?

—Me vendría bien una parada.

—Entonces paramos.— Hace una pausa—. Mickey, tengo que preguntarte algo y necesito que no te pongas raro.

—Esa es una forma estupenda de garantizar que me voy a poner raro.

—¿Cuál es tu situación con el baño? Ahora mismo. Hoy. En cuanto a en qué necesitas ayuda. Porque he estado pensando en esto los últimos cuatro días y me he preparado para cualquier escenario posible, incluyendo sujetarte la polla físicamente. Si hace falta.

—Por el amor de Dios, Tex.

—Solo digo que lo he pensado. Me he preparado mentalmente.

He visto un vídeo de YouTube sobre cómo ayudar a usuarios de silla de ruedas en baños públicos.

El vídeo duraba diecisiete minutos y era muy detallado.

Ahora sé más sobre protocolos de baños accesibles de lo que jamás quise saber.

El vídeo lo narraba un hombre llamado Doug que lleva doce años en silla.

Doug era muy informativo y también hablaba con mucha naturalidad de cosas que me hicieron pausar el vídeo tres veces, mirar a Stormy y decir «¿estamos seguros de esto?

», y Stormy decía «sí» todas las veces sin levantar la vista de lo que estuviera haciendo.

—¿En serio viste un vídeo de YouTube sobre cómo ayudarme a mear?

—Vaya si lo hice. Doug recomienda una técnica específica para la transferencia de la silla al váter en un baño público.

La técnica implica un pivote, una barra de apoyo y un compañero situado a un lado, a cuarenta y cinco grados.

Practiqué el ángulo de cuarenta y cinco grados en mi baño.

Stormy entró mientras yo estaba a cuarenta y cinco grados del váter con las manos colocadas como Doug demostró.

Stormy me miró durante tres segundos seguidos, dio media vuelta y se fue sin decir ni una palabra.

A día de hoy no lo ha mencionado ni me ha preguntado qué demonios estaba haciendo.

—No necesito que me sujetes la polla, Tex.

—¿Estás seguro? Porque ahora sé cómo. Estoy cualificado. Tendré cuidado.

—Puedo apañármelas en el baño yo solo. Llevo semanas haciéndolo.

Me quitaron la sonda hace tiempo. Puedo hacer la transferencia al váter, mis cosas, y volver a la silla.

Me lleva unos minutos y necesito una barra de apoyo y espacio suficiente para colocar la silla, pero lo hago yo solo todos los días en rehabilitación.

—¿Quieres decir que el vídeo de Doug fue innecesario?

—Completamente innecesario.

—Vaya, pues ahora siento que Doug y yo hemos conectado para nada. Son diecisiete minutos de mi vida que no voy a recuperar. Más los tres anuncios que tuve que tragarme. Son probablemente veintidós minutos en total invertidos en tus asuntos de baño y me dices que puedes hacerlo tú solo.

—Sí, puedo.

—Extraordinario. Me alegro. También estoy un poco decepcionado porque estaba listo, Mickey.

Estaba listo para hacer lo que hiciera falta.

Tenía todo un discurso preparado sobre cómo no es raro, que somos mejores amigos, que he visto cosas peores y que la hombría no depende de quién sujeta qué.

Practiqué el discurso frente al espejo. Stormy también entró en ese momento.

Es como un fantasma. Tiene el don de pillarme en mis momentos más vulnerables.

—¿Qué dijo?

—Nada. Se quedó en el umbral y me miró dar un discurso al espejo sobre sujetarte la polla y luego dijo «creo que puede hacerlo él solo» y se fue.

Lo supo todo el tiempo. Podría habérmelo dicho antes de que viera el vídeo de Doug y practicara la postura de cuarenta y cinco grados en mi propio baño, pero prefirió no hacerlo porque, al parecer, dejar que me prepare para una situación que no existe es la versión de entretenimiento de Stormy.

Suelto una carcajada. —Dios, adoro a Stormy.