Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 26 Benji #3
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Capítulo 26 Benji #3

Vuelve a girar la cabeza hacia mí. Su boca encuentra la mía y este beso es diferente a los anteriores.

Han desaparecido los tanteos. Sus dientes atrapan mi labio inferior.

No con fuerza. Solo lo suficiente para enviarme una descarga eléctrica que hace que mis manos se aferren a su pelo.

Calma el mordisco con su lengua, una pasada que convierte la descarga en un resplandor que se extiende.

Se retira apenas un centímetro. Su frente encuentra la mía. Cada exhalación es un escalofrío contra mis labios hinchados. Sus ojos se clavan en los míos y los sostienen. El hambre desnuda me destruye.

—Siento que he esperado una eternidad para besarte —dice contra mi boca—. No me canso de tu boca.

—No tienes idea de cuánto tiempo he deseado esto —murmuro—. Cada vez que tocaba tu piel, estaba pensando en esto. Cada vez que mis pulgares presionaban tu cuello, estaba imaginando tu boca. Absolutamente todas las veces, Mickey.

Traga saliva con dificultad, luego me atrae hacia él y me besa de nuevo.

Su boca se mueve contra la mía con el ritmo sin prisas de un hombre que no tiene otro lugar donde estar.

No hay urgencia en él. No hay prisas por llegar a una meta, no hay escalada.

La mayoría de los hombres besan como si besar fuera un peaje que deben pagar para llegar al siguiente destino.

Él me besa como si besar fuera el único objetivo.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Varios minutos.

Quizá más. Sus manos en mis caderas, mis dedos en su pelo, nuestras bocas encontrándose y perdiéndose y volviéndose a encontrar en un ritmo que ahora es nuestro.

En esta habitación, solo existe su boca, sus manos y los pequeños sonidos que ambos estamos emitiendo y que ninguno de los dos podría detener aunque lo intentara.

Cuando finalmente nos separamos, ambos estamos temblando.

Su frente cae contra mi hombro. Rodeó su cabeza con mis brazos y le sujeto allí, con mi barbilla sobre su pelo, su aliento abrasando a través de la tela de mi camiseta.

Puedo sentir su corazón golpeando contra mis costillas.

O quizá sea el mío. Ya no puedo distinguirlo.

Levanta la cabeza. Sus manos suben desde mis caderas. Por mis costados, sobre mis costillas, con sus palmas presionando planas a través de la camiseta. Llega al dobladillo, agarra la tela y tira hacia arriba. El gesto es claro.

—Fuera —dice—. Necesito tocarte.

Me quito la camiseta por la cabeza y la dejo en la encimera a mi lado.

El aire golpea mi piel desnuda. Mickey se queda inmóvil.

Me ha visto en su teléfono: la foto del espejo del baño, el thirst trap con las sábanas preparadas.

Pero nunca me ha visto sin camiseta en persona.

Nunca ha estado tan cerca sin nada entre nosotros.

Su mirada empieza en mi garganta. Primero la cadena de plata, situada en el hueco sobre mi esternón.

Luego baja. Por mi pecho, liso y delgado.

Nada parecido al suyo. Sobre el plano liso de mi estómago.

Una tenue marca de bronceado en mis caderas de correr sin camiseta por la playa en Miami.

No meto barriga ni yergo la espalda. Lo que ve es lo que hay.

—Eres hermoso —me dice.

Me han llamado hermoso antes. Hombres en discotecas que miraban el delineador y mis vaqueros ajustados, diciéndolo de la misma forma que elogiarías un coche que quieres conducir.

Mi madre, para quien significa algo diferente: hermoso como «ten cuidado», hermoso como «el mundo podría castigarte por esto».

He oído la palabra tantas veces que dejó de tener sentido.

Mickey dice cuatro palabras innecesarias a la semana. Por eso, cuando usa una palabra como «hermoso», sé que la ha elegido cuidadosamente antes de decirla en voz alta.

Hermoso, de su boca, significa «te veo por completo y no aparto la mirada».

—Lo justo es lo justo. —Apenas puedo coordinar mientras tiro del dobladillo de su camiseta—. Te toca.

Agarra la tela y se la quita por la cabeza en un solo movimiento. La camiseta cae sobre los azulejos y su pecho queda al descubierto. Le miro abiertamente y sin disculparme, necesitando que vea que es deseado.

Me inclino hacia delante y pongo mi palma plana sobre su pecho. Su piel está ardiendo. Su corazón golpea contra mi mano con tal fuerza que lo siento en mi propia palma.

Su mandíbula se tensa. Entonces algo cambia en su mirada. No es hambre exactamente. Es más bien como si estuviera tomando una decisión.

—Bájate —dice.

Parpadeo. —¿Qué?

—Bájate de la encimera y date la vuelta. Ponte de espaldas a mí.

Me deslizo de la encimera. Mis pies descalzos tocan el frío azulejo y me giro, dándole la espalda.

—Ahora siéntate —dice él—. En mi regazo.

Giro la cabeza y le miro por encima del hombro. —¿Sentarme en tu regazo? ¿Estás seguro de eso?

—Sí. Ven aquí.

—Mickey, ¿voy a...? No quiero hacerte daño. No estoy seguro de que sea una buena idea.

—Pesas sesenta y ocho kilos. He levantado más que eso en press de banca. Siéntate.

—Mickey, ¿y si aplasto algo importante? ¿Como tu polla? ¿Y ni siquiera te das cuenta? ¿Y luego se queda plana para siempre?

Él ríe entre dientes. —No pasará.

—Eso no lo sabes. Puede que solo pese sesenta y ocho kilos, pero esos kilos están hechos de tomas de decisiones temerarias y me estás invitando a sentarme sobre tu polla.

—Benji. Siéntate. De. Una. Maldita. Vez.

—Está bien, si insistes.

Me bajo con cuidado. Sus manos encuentran mis caderas y me guían.

Me acomodo sobre sus muslos, con mi espalda contra su pecho desnudo.

Su piel está contra la mía desde mis omóplatos hasta la base de mi columna.

El vello áspero de su pecho roza la superficie lisa de mi espalda.

Su solidez detrás de mí, amplia e inamovible, es un muro de músculo duro en el que me hundo.

Me rodea con los brazos. Con ambos. Envolviendo mi pecho y apretándome con más fuerza contra él hasta que no queda ningún hueco entre su cuerpo y el mío. Sus antebrazos se cruzan bajo mis clavículas y sus manos se asientan en mis costillas, y ninguno de los dos se mueve.

—Por fin —dice contra mi pelo—. Aquí es donde he querido tenerte siempre. Envuelto entre mis brazos donde pueda tocarte. Besarte.

Alzo las manos y le agarro los antebrazos, una mano en cada uno, porque necesito sujetarme a algo o me voy a disolver.

Sus brazos son gruesos bajo mis palmas. Estos brazos le llevan a todas partes donde sus piernas no pueden.

Le levantan de la cama cada mañana. Le bajan a la silla.

Son la parte más fuerte de él porque tienen que serlo.

En este momento, me rodean. Con fuerza. Entre los brazos de Mickey me siento sostenido de una forma que redefine la palabra. Resguardado y protegido. Como si hubiera trazado un círculo a mi alrededor con su cuerpo y nada del exterior pudiera entrar.

Aprendí pronto que la seguridad era cosa mía. Que nadie se interpondría entre lo que viniera a por mí y yo. Construí una vida en torno a esa creencia. Me volví tan bueno en ello que olvidé lo que se sentía al dejar que otro cargara con el peso.

Los brazos de Mickey lo recuerdan por mí.

Su boca encuentra mi nuca. El primer contacto de sus labios contra mi nuca me envía un escalofrío directo por la columna.

Besa el punto donde termina mi pelo y empieza mi piel, suave y apenas perceptible, solo el roce de su labio inferior contra la piel sensible.

Su aliento acaricia la humedad que deja atrás.

Cada pequeño vello de mi nuca se eriza y una oleada de piel de gallina me recorre ambos brazos.

—No puedo verte la cara —digo.

—Mira en el espejo.

Levanto la vista y nos veo en el espejo sobre el lavabo.

Mickey detrás de mí, su pecho desnudo y ancho contra mi complexión más estrecha, su cabeza rubia inclinada hacia mi cuello, sus brazos rodeándome.

Y yo, sofocado, con los labios hinchados por los besos, los ojos muy abiertos, sentado en su regazo como si estuviera hecho a medida para estar ahí.

Su boca se desplaza hacia el lado de mi cuello.

Desliza los labios por el tendón que hay bajo mi oreja, saboreándome, y el roce de su barba incipiente contra la piel sensible hace que me aferre con más fuerza a sus antebrazos.

Mis manos se hunden en el músculo y él emite un sonido grave contra mi cuello.

—¿Sabes cuántas noches he pensado en tenerte así? —dice contra mi oído. Su aliento es cálido y sus labios rozan el borde exterior—. Tumbado en esa cama. Pensando en pegarte a mi pecho. En pasar mis dedos por tu pelo. Sueño con tu pelo, Benji.

Retira la mano de mis costillas y la desliza por mi cabello.

Sus dedos empujan desde la coronilla hasta la parte posterior del cráneo, abriéndose, con las yemas arrastrándose por mi cuero cabelludo, y mi cabeza se inclina hacia atrás sobre su hombro.

La sensación de su mano grande moviéndose por mi pelo es tan placentera que hace que cierre los ojos.

—Holiendo tu pelo —dice. Presiona la nariz en el hueco detrás de mi oreja y aspira profundamente.

Que Mickey me huela, que inspire aire a través de mi pelo y lo retenga en sus pulmones, me descoloca más de lo que lo han hecho los besos—.

Me imaginaba cómo sería despertarme cada mañana con el olor de tu pelo en mi almohada.

—Dios, Mickey.

—Besando tu cuello. —Presiona la boca en la curva donde el cuello se une al hombro, y el beso es abierto y húmedo.

Sus dientes encuentran el músculo y muerden con fuerza.

Sigue adelante, sin que su boca pierda nunca el contacto, y el raspar de su barba deja un rastro de fuego por mi hombro—.

Sintiendo cómo se te pone la piel de gallina bajo mi boca.

Tiene razón. La tengo por todas partes. Puedo verla en el espejo: mis brazos están cubiertos de ella. Cada palabra que pronuncia contra mi piel levanta una nueva oleada, y las olas no dejan de sucederse.