Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 25 Mickey
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Capítulo 25 Mickey

Benji empieza por las manos. Los callos son más gruesos de lo que eran en Tallahassee, por los aros de las ruedas y los agarres de las paralelas. Sus pulgares me masajean la palma y el contacto, piel con piel, me sube el calor por el brazo.

Luego el pecho. Sus palmas planas contra mis pectorales, la crema resbaladiza entre nosotros, y sus manos se mueven en círculos lentos desde el centro hacia los hombros.

Mis costillas. Recorre la línea de cada una.

El hueco bajo mi clavícula donde sus dedos han presionado hace diez minutos, y cuando vuelve a tocar ese punto mi forma de respirar cambia y ambos fingimos no darnos cuenta.

Mi cuello. Sus pulgares en el hueco de mi garganta, donde el pulso va demasiado rápido. Sus dedos detrás de mis orejas, en mi pelo, y echo la cabeza hacia atrás sobre sus manos y el sonido grave vuelve a salir de mi pecho.

Luego se baja al suelo. Se arrodilla entre mis reposapiés.

Me desata las zapatillas, me quita los calcetines sin dudarlo y me envuelve el pie derecho con las manos.

Sigo sin sentirlo. Sus pulgares hacen los mismos círculos lentos que ha estado haciendo desde la primera noche en Tallahassee, y yo le miro la cara mientras lo hace.

La concentración. Su boca se ladea ligeramente hacia la izquierda.

Está cuidando una parte de mí que no puede darle las gracias por ello. Se me llenan los ojos de lágrimas. No intento detenerlas. ¡Qué no daría por sentir sus manos en mis pies una puta vez!

Trabaja ambos pies y luego sube por las pantorrillas. Sus manos sobre un músculo que se está volviendo blando por la falta de uso. Sostiene mi pantorrilla izquierda con ambas manos y me mira, y su cara también está mojada. Ninguno de los dos se limpia el rostro.

—¿Hasta dónde puedo subir por tu pierna esta vez? —pregunta en voz baja—. ¿Puedo pasar de la rodilla?

Mi corazón golpea contra mis costillas. —Puedes subir más —digo.

Sus manos se deslizan por encima de mi rodilla. Hacia mi muslo izquierdo. Su palma se aplana contra el cuádriceps, extendiendo la crema sobre la piel, y sus dedos presionan el músculo con una presión lenta y firme.

Miro sus manos sobre la parte de mi cuerpo que vive en algún lugar entre lo que era y lo que soy, el lugar donde los médicos dicen quizá.

Sus manos están en mi muslo. Dios, desearía sentirlas con tantas ganas.

Pasa al muslo derecho. Con ambas manos ahora, una en cada pierna, sus pulgares recorren la línea del músculo por encima de mis rodillas.

Tenerlo entre mis piernas en el suelo con sus manos en mis muslos me está haciendo algo a la mitad superior de mi cuerpo. El pulso me retumba en la garganta.

Él lo ve todo. Sus ojos suben desde mis muslos a mi pecho y a mi cara. Sus pulgares hacen una última pasada por encima de mis rodillas. Luego me baja los pies con suavidad a los reposapiés. Tapa el bote y se queda en el suelo, mirándome.

Me acerco a él. Inclinarse hacia delante es difícil, pero mis músculos abdominales aguantan. Le tomo la mano y presiono mis labios contra sus nudillos.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Jacksonville? —le pregunto—. ¿De cuánto tiempo dispongo contigo?

—He reservado una habitación de hotel barata para un par de noches —dice—. A diez minutos de aquí. Un Holiday Inn que tiene tres estrellas y media y exactamente una reseña que dice que la piscina es cuestionable pero que las camas están limpias.

—Espera un momento —digo, soltándole la mano y moviendo la silla hacia el armario. Mi cartera está en la maleta que Tex me hizo cuando me trasladaron. No he abierto la cartera desde que llegué aquí porque no ha habido nada que comprar ni lugar al que ir. Saco mi tarjeta de crédito y se la tiendo.

—Toma esto.

Él mira la tarjeta. —Mickey, no.

—Has conducido muchísimos kilómetros para visitarme y has traído comida cada vez. Y ahora estás reservando habitaciones de hotel. Coge la tarjeta, Benji, y dásela en el hotel para que cobren allí.

—No necesito tu...

—Sé que no lo necesitas. Yo necesito dártela. Es lo menos que puedo hacer. Por favor. Déjame pagar el hotel, la gasolina y toda la comida. Por favor.

El «por favor» es lo que le convence. Ni el argumento ni la lógica.

—No quiero coger tu tarjeta —dice.

—Benji, necesito hacer esto, ¿vale? Déjame.

Suspira, coge la tarjeta y se la guarda en el bolsillo trasero. —¿Cómo es tu horario aquí? —pregunta—. No quiero entorpecer la rehabilitación.

—Las mañanas son de fisioterapia con Jason. Eso dura hasta las once o las once y media. Luego el almuerzo. Las tardes son de terapia ocupacional con Leah y a veces en grupo. Suelo terminar a las cinco.

—¿Qué tal si almorzamos mañana? —pregunta—. Puedo venir a mediodía y traer comida. Comemos, luego me voy y tú haces las sesiones de la tarde. Puedo volver cuando termines y quedarme hasta que me echen. Puedo hacer lo que sea que no interfiera con tu rehabilitación.

—Me viene perfecto el almuerzo.

—Empiezo a pensar que solo me quieres por la comida —bromea—.

Y por el café. Exploraré la zona y encontraré el mejor café para ti.

Cuando venga a mediodía, podrás decirme cuántas flexiones has hecho y me quedaré impresionado.

Noto que has estado haciendo muchas por cómo se te han desarrollado los músculos.

—Sus ojos bajan a mi pecho—. Ya estoy mirando otra vez —dice—.

No puedo evitarlo. Me estoy obsesionando.

Cualquiera diría que no he visto músculos en mi vida.

Miro el reloj de la pared. Son casi las ocho. Le cojo la mano y me la llevo a los labios una vez más. Ahora que he dado el primer paso para tocarle, no puedo parar. —Quédate un poco más —digo contra su piel—. No quiero que te vayas.

—Ya me conoces. Me quedaré siempre hasta que me echen.

—Estoy deseando que llegue el día en que no lo hagan —digo—. Cuando no haya horario de visitas ni nadie que venga a abrir la puerta.

Benji se inclina hacia delante y me sonríe. —¿Te lo imaginas? —susurra—. La puerta cerrada con llave y solo nosotros. Podríamos hablar hasta que salga el sol y nadie podría decir ni una palabra al respecto.

—No estaba pensando en hablar —digo.

Se le corta la respiración y abre mucho los ojos. —Ah, ¿conque es eso, oficial Weaver? Dime cuándo y dónde, y allí estaré. Estás coqueteando conmigo y me encanta.

Muevo mi pulgar por el dorso de su mano. —Asegúrate de hacerlo.

La enfermera llama a las ocho y diez. —El horario de visitas ha terminado —dice—. Es hora de ir terminando.

Le suelto la mano a regañadientes y él se levanta de la silla con un profundo suspiro. Se cuelga la bolsa al hombro y se queda en el umbral.

—Buenas noches, Mickey.

—Buenas noches, Benji. Envíame un mensaje cuando te instales.

Luego se marcha y la enfermera, Gloria, vuelve para ayudarme a meterme en la cama. Es buena en su trabajo. Echa los frenos, coloca la tabla y me guía en el giro. Yo hago la mayor parte del trabajo. Al final me tiemblan los brazos, pero resisten.

Después de que se vaya, me tumbo boca arriba y revivo cada segundo de las últimas cuatro horas.

La forma en que me miraba desde el suelo, entre mis piernas, y la pregunta en su voz cuando me ha preguntado hasta dónde podía llegar.

He dicho que más arriba. Cuando me ha tocado el cuello, lo he sentido hasta en los hombros.

Y cuando sus manos se han movido por encima de mis rodillas, he sentido un destello en la parte baja de mi cuerpo que me ha asustado de muerte.

He tenido momentos por la noche en los que he pensado que quizá la sensibilidad intentaba volver. Un poco de calor. Presión. Lo suficiente como para hacerme preguntar si mi cuerpo intentaba despertar por debajo del nivel de la lesión.

Esta noche ha sido la primera vez que se ha sentido real.

Aún no se lo he dicho a nadie. Ni a Jason. Ni a los médicos.

Porque si lo digo en voz alta y mañana desaparece, no sé qué sería de mí.