Capítulo 14 Benji
Dante lo llama el Día de la Marmota. —Estás viviendo el mismo día en bucle —dijo anoche—. Proveedores, carretera, hospital, carretera, sofá. Lo único que cambia es el menú.
Hoy los mensajes empiezan a media mañana y la conversación no se detiene. Todo mi día transcurre con ella de fondo, algo a lo que puedo recurrir entre llamadas a proveedores y emergencias por el color de las sillas.
Mickey: Tex ha aparecido por aquí temprano esta mañana. Ha traído panecillos y consejos de vida. Los panecillos estaban mejor.
Benji: ¿Qué clase de consejos de vida?
Mickey: No solicitados. De esos que no he pedido y que probablemente necesitaba.
Benji: Esos son los mejores. Y también los peores. Dante es especialista en darlos. ¿A qué hora quieres que vaya hoy?
Mickey: Cuando quieras. No me voy a mover de aquí.
Benji: ¿Qué te apetece comer?
Mickey: Sorpréndeme.
Benji: Ya aprenderás que decirme eso es mala idea, oficial Weaver.
Más tarde, estoy colgando el teléfono con la florista tras confirmar las horas de entrega cuando el móvil vibra sobre la encimera.
Mickey me manda una foto de su almuerzo del hospital, una bandeja con carne gris, judías verdes lánguidas y un brik de leche, con el texto: «Identifica esta proteína».
Le respondo: «Eso no es proteína, eso es una prueba del delito».
Le envío una foto de las sillas que tienen un tono de marfil equivocado, apiladas en el garaje de la casa de la playa, con el texto: «Estas sillas me están arruinando la vida y las ganas de vivir».
Él responde: «Parecen blancas». Le envío una serie de palabrotas que harían que me expulsaran de la mayoría de las redes sociales.
Él contesta: «Le he enseñado la foto de tus sillas a la enfermera y dice que también le parecen blancas. Estás en minoría».
He echado esto de menos en mi vida. No el tonteo. Ni los mensajes. La parte ordinaria; tener a alguien que te mande una foto de comida de hospital asquerosa y te pida tu opinión al respecto.
A media tarde decido darle una oportunidad más para decirme qué quiere para cenar. Después de ver su plato del almuerzo, no quiero aparecer con algo que no le guste.
Benji: Última oportunidad. ¿Qué quieres para cenar esta noche?
La respuesta tarda más de lo habitual.
Mickey: Ver a Tex esta mañana me ha dado morriña. Sé que es mucho pedir, pero ¿te importaría pasarte por el bar de camino y cogerme un plato de falda de ternera? Tex la hace a fuego lento en el ahumador y no hay nada igual. Dile a Sheila que es para mí. Ella se encargará de todo.
Frunzo el ceño ante la pantalla. Big Tex’s Roadhouse. El edificio en el que no he puesto un pie desde la noche en que salí de allí cubierto de sangre. No estoy seguro de poder volver a entrar ahí.
Esto es... mucho pedir. Mickey lo sabe.
Es un policía que ha visto de todo, y no hay forma de que no sepa que enviarme a ese bar es pedirme que vuelva al lugar donde ocurrió todo.
No me está pidiendo solo la comida. Pero no se lo voy a reprochar porque quizá tenga razón.
Quizá evitarlo me está consumiendo igual que lo hacía la culpa, y el único remedio es ir. Y si él quiere algo, iré a buscárselo.
Benji: ¿Alguna preferencia con las guarniciones?
Mickey: Lo que Sheila quiera poner.
Suelto un largo suspiro. Supongo que ya está decidido, ahora que he tomado nota de su pedido. Cuando termino en la casa, conduzco hacia allí. El aparcamiento está lleno de camionetas y un par de motos. Se ve exactamente igual que aquella noche, salvo que es de día y no hay coches clásicos.
Aparco y apago el motor. Estoy temblando.
No mucho, solo un temblor en los dedos que no estaba ahí hace un minuto.
Definitivamente esto no me gusta, pero más vale acabar con ello de una vez.
Salgo del coche. El aire huele a sal y a nogal americano del ahumador y el sol me calienta los brazos.
Camino hacia el edificio antes de que pueda convencerme de lo contrario.
Dentro, el bar está medio lleno con la clientela de última hora de la tarde. Rock clásico por los altavoces, el choque de las bolas de billar al fondo. Mantengo la mirada al frente. El pasillo hacia los baños está a mi derecha y noto cómo me atrae por el rabillo del ojo, pero no giro el rostro.
Tex aparece por la puerta de la cocina secándose las palmas en un delantal que, a estas alturas, tiene más manchas que tela. Ocupa todo el umbral.
—Benji —dice—. Apuesto a que estás aquí por la falda de ternera.
—Mickey la ha pedido específicamente —le digo.
—Ya sé que lo ha hecho. Me ha mandado un mensaje después de que yo volviera de allí.
Me ha dicho: «Benji va a pasar por allí, asegúrate de que la falda de ternera sea de la buena».
De la buena. Como si yo tuviera un lote malo por alguna parte.
Como si llevara una operación de falda de ternera de dos niveles donde algunas personas reciben falda premium y otras reciben la que guardo en un cubo viejo para mis enemigos.
Toda es de la buena. Es la única que hago.
Soy incapaz de hacer una falda de ternera mala.
Es una imposibilidad genética. Mi padre hacía buena falda de ternera y su padre hacía buena falda de ternera y el gen de la falda ha pasado de generación en generación como un mandato divino.
Mickey lo sabe. Ha comido mi falda mil veces.
Y aun así me escribe: «Asegúrate de que sea de la buena», como si necesitara que me lo recordaran.
—Está muerto de ganas de comer comida casera —digo.
—Sí, tiene morriña. Echa de menos este sitio. —Tex hace una pausa—. Estás haciendo que siga adelante llevándole comida todos los días. Cuatro horas entre ida y vuelta. Eso significa algo, Benji. Significa mucho. Para todos nosotros. Vemos lo que estás haciendo y se agradece.
Lo dice rápido, como si intentara terminar pronto con la parte seria para poder volver a ser Tex.
—Ahora anda, sal de mi cocina antes de que Sheila te vea aquí parado sin comida en la boca. Te pondrá a trabajar. Te tendrá secando vasos y doblando servilletas y te quedarás aquí hasta medianoche. Sheila ya tiene la nevera lista.
Sheila está detrás de la barra, con un paño sobre el hombro, tirando una caña con una mano y pasando una bayeta por la barra con la otra.
Levanta la vista cuando me acerco y el reconocimiento asoma en su rostro.
No me sonríe. Termina la cerveza, la sirve tres taburetes más allá, se vuelve a echar el paño al hombro y camina hacia donde estoy.
La última vez que esta mujer me miró fue en la sala de espera de urgencias. Me miró a través de aquellas sillas de color beige mientras yo esperaba una acusación por su parte que no llegó. No me dijo ni una palabra aquella noche.
—Hola, Sheila —digo.
—Benji.
—Mickey me ha pedido que le recoja algo de comida. Tex me ha dicho que ya tienes una nevera preparada.
Ella no responde de inmediato. —¿Vas allí a visitarlo todos los días? —pregunta.
—Sí. Hasta ahora.
Sus ojos sostienen los míos. Luego asiente, lenta y segura. —Supongo que de verdad no te vas, ¿verdad?
—No —digo—. Supongo que no.
—Deja que vaya a buscarte la comida. Siéntate. Tardaré un minuto.
Desaparece en la cocina. Me siento en un taburete, pero enseguida me pongo de pie otra vez. El crujido del vinilo bajo mis piernas ha provocado un chispazo de reconocimiento que me ha acelerado el pulso. Quiero salir de aquí lo antes posible.
Alguien aparece a mi espalda. Rubio, delgado, silencioso. Stormy. Lleva un cajón de vasos limpios. Lo deja tras la barra y se gira hacia mí con una sonrisa tímida y rápida que le cambia toda la cara durante medio segundo antes de volver a su seriedad concentrada.
—Hola, Stormy.
—Hola. —Coloca un vaso en el estante, luego otro, trabajando mientras habla—. ¿Cómo está Mickey?
—Ahí sigue. Fingiendo que está bien cuando no lo está.
Stormy coloca otro vaso con cuidado. Luego dice, sin mirarme: —Mickey come más cuando hay alguien sentado a su lado. Sobre todo cuando ellos también están comiendo.
—¿Cómo sabes eso? —pregunto.
Se encoge de hombros sin mirarme. —Me he fijado cuando se sienta en la barra. No se termina el plato cuando está sentado solo. Si el bar está concurrido y hay más gente sentada a su alrededor, come más. Tú también tienes que comer.
—Gracias por decírmelo. Significa mucho para mí. —Le sonrío—. Me aseguraré de que coma bien esta noche.
—Dale recuerdos de mi parte.
Me dedica otra sonrisa rápida, recoge el cajón y desaparece en la cocina. Esa es toda la conversación.
Sheila regresa cargando una pequeña nevera portátil, de las que tienen asa y cremallera, bien llena. La deja sobre la barra frente a mí.
—Falda de ternera —dice—. Costillas. Ensalada de col. Judías con tomate. Pan de maíz. Suficiente para dos. Hay acumuladores de frío en el fondo para que aguante el viaje. Dile que se quede con la nevera y se coma las sobras mañana. La comida del hospital podría matarlo.
Ha preparado suficiente para dos. No ha dicho nada más al respecto y no ha hecho falta.
—Sheila —digo—. Gracias.
Alarga el brazo sobre la barra y me aprieta la mano. Un apretón, firme y breve. Tiene los dedos fuertes y aguanta un par de segundos. Luego me suelta, coge su paño y vuelve a limpiar la barra.
—Ten cuidado al conducir, cielo. Dile a Mickey que lo queremos.
Me ha llamado «cielo». No sabía cuánta falta me hacía eso hasta que sus dedos se han cerrado sobre los míos.
Cojo la nevera y salgo al aparcamiento. Big Tex’s Roadhouse queda a mis espaldas. Lo he logrado. He entrado, he salido, y el mundo no se ha acabado.
Sujeto la nevera con cuidado en el asiento del copiloto y saco el móvil para enviarle una foto a Mickey.
Benji: En camino con un cargamento valioso.
Mickey: ¿Quieres que hablemos por el camino?
Benji: ¿Me detendrás si voy conduciendo y hablando por teléfono?
Mickey: No si no tocas el móvil. Llámame.
Coloco el teléfono en el soporte del salpicadero y pulso su nombre. Suena una vez antes de que la llamada se conecte a través de los altavoces del coche, inundándolo con el silencio tranquilo de su habitación de hospital. Salgo del aparcamiento de Big Tex y me dirijo a la autopista.
—Muy bien, oficial Weaver —digo, echando un vistazo a la carretera mientras me incorporo—. Estoy de camino. Dos horas y bajando. Cuéntame qué tal tu día.