Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 8 Benji #3
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Capítulo 8 Benji #3

Pienso en todos los policías con los que he tenido que tratar.

Los que me pararon y se rieron de mi maquillaje.

El que me tomó declaración después de que me asaltaran a la salida de un club en Miami y trató todo el asunto como un problema de papeleo con el que no quería lidiar.

El que me dijo que «le bajara el tono» si no quería problemas.

—No lo sé —digo—. Simplemente no a alguien que diría lo que acaba de decir.

Coge su café y toma un sorbo. Empieza a decir algo y luego se detiene. No lo presiono porque presionar se siente mal en esta habitación.

—La pizza se nos está enfriando —dice—. Me has dicho todo lo que necesitaba oír. Estoy listo para otra porción. ¿Y tú?

Me está diciendo que lo deje pasar. La conversación difícil ha terminado.

—¿Quieres que vaya a buscar un microondas y te la caliente? —pregunto, alargando la mano hacia su plato.

—No, para mí así está bien —dice—. No quería que se te enfriara a ti.

Me acerco y, por instinto, le coloco bien la manta de la zona en la que se ha escurrido por el borde de la cama. Hacer cosas por él me hace sentir un poquito mejor.

—Cuéntame sobre tu trabajo de planificador de bodas —dice—. Hablemos de cosas más alegres. ¿Cuántas bodas has organizado?

—Cuarenta y siete, aunque no te lo creas.

He visto novias desmayarse y novios salir corriendo.

Una vez tuve una niña de las flores que tuvo una rabieta tan legendaria que el videógrafo vendió las imágenes a un programa de telerrealidad.

Y hubo una ocasión en la que la madre de la novia intentó cambiar el protocolo de mesas cuarenta minutos antes de la ceremonia porque no quería sentarse cerca de la nueva mujer de su exmarido, y la nueva mujer era la dama de honor.

—¿Cómo manejas cosas así?

—Sonrío y hago que las cosas sucedan. Muevo mesas y protocolos y les doy a las novias todo lo que quieren, y al final de la noche bebo mucho.

Y cuando digo mucho, es mucho. Sobre todo, paso mucho tiempo dándoles la mano a la novia y a sus madres.

El trabajo es mitad planificación de bodas y mitad terapeuta.

Está comiendo y observándome hablar. Voy demasiado rápido, mis manos se mueven con las palabras, mi cuerpo hace la mitad de la charla.

Él come, asiente y escucha. Le hablo de Callie, que quiere arpillera en una casa de treinta y dos millones de dólares, y de mi apartamento de alquiler con el feo baño de color rosa pálido.

—¿Qué te hizo decidirte por ser planificador de bodas? —pregunta.

—Se me da bien hacer que las cosas sean hermosas con un plazo ajustado.

Me encanta entrar en una habitación y ver lo que podría ser en lugar de lo que es.

Y me gusta que sea como un rompecabezas, encajando todas las piezas dentro de un espacio y un presupuesto y haciendo que funcionen.

El momento justo antes de que empiece la boda, cuando todo está listo, la luz es la adecuada y puedes sentir que toda la sala contiene la respiración por la novia, esa es la parte que más me gusta.

—¿Y lo demás?

—Lo demás es una mujer rica que cree que la diferencia entre un doblado en abanico para las servilletas y una mitra vale cuarenta y cinco minutos de mi vida.

Él se ríe. Con cuidado, con la mano presionada contra el costado, pero una risa genuina que me hace querer volver a escucharla. Le devuelvo la sonrisa.

A las ocho en punto, una enfermera llama y me dice que el horario de visitas ha terminado. Lo dice con la cortesía firme de una mujer que ya se ha dado cuenta de que me colé antes por su puesto con una caja de pizza y que podría no dejar que vuelva a ocurrir.

Me levanto y cierro la caja. Quedan dos porciones.

—Al salir, preguntaré en el puesto de enfermería si pueden refrigerarte esto. ¿Cómo es el desayuno aquí?

—Lo peor que puedas imaginar —dice él—. Sirven huevos revueltos falsos que salen de un brik. Pizza para desayunar será perfecto.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ti antes de irme?

—No, estoy bien. Gracias por la pizza y el café. Y por contarme lo que pasó.

—De nada. ¿Qué quieres para cenar mañana?

—Benji, no tienes que seguir conduciendo de ida y vuelta todos los días. Es una locura.

—Sé que no tengo por qué. Ya he tenido esta conversación con Tex, con mi mejor amigo Dante en Miami, y ahora contigo. No voy a hacerle caso a ninguno. Hasta mañana, oficial Weaver.

Me detengo en la puerta, me giro y le saludo con la mano de forma un poco torpe.

Paso por el puesto de las enfermeras y pregunto si pueden refrigerar su pizza durante la noche.

Me la quitan de las manos, escriben su nombre y se alejan sin decir una sola palabra, como si les estuviera molestando por preguntar.

Cuando llego a mi coche, me quedo sentado un minuto. Todavía me tiemblan las manos, el temblor residual de haber llorado y de haber estado en una habitación con el hombre al que puse en esa cama.

Luego arranco el coche y salgo del aparcamiento. Tengo por delante dos horas de autopista oscura y vacía. Dos horas es un camino largo, pero mañana volveré a recorrerlo todo de nuevo.