Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 7 Mickey
13%

Capítulo 7 Mickey

Tex entra de nuevo tranquilamente en la habitación con un solo café en lugar de dos y se deja caer en la silla al lado de mi cama. Se ha ido hace veinte minutos a buscar una taza para cada uno en la máquina de abajo.

—¿Tex? ¿Dónde está mi café? —pregunto—. Pensaba que ibas a traer una taza para cada uno.

—Lo he regalado —dice y da otro sorbo.

—¿Qué? ¡Por el amor de Dios, Tex! ¿Es que no se te puede dejar solo ni cinco minutos?

Te lo juro por Dios, no sé cómo mantienes el negocio en marcha o incluso la ropa sobre el cuerpo con esa manía de regalar cada maldita cosa.

Comida, bebida, zapatos. Déjame adivinar.

Has visto a alguien en el ascensor que has pensado que probablemente necesitaba el café más que tú.

¿Verdad? Porque esa es siempre la historia.

Y entonces has regalado una taza de café que resultaba ser la mía.

—Podemos compartir —dice, pasándome la taza, que ya está solo por la mitad—. Toma.

—¿Y si tienes bichos? ¿Y si los pillo y se los pego a todo el mundo en esta planta del hospital?

Me sonríe. «¿Desde cuándo te importa eso? ¿Recuerdas aquella vez en séptimo curso cuando compartimos un solo chicle de Juicy Fruit durante una semana?».

—Podríamos haber llegado a las dos semanas si no te lo hubieras tragado sin querer mientras dormías —le recuerdo—. Deja de cambiar de tema y dime. ¿Quién se está bebiendo mi café ahora mismo?

Me quita el café de las manos, da otro sorbo y me mira por encima del borde. —Le he dado el café a tu chico.

—¿Mi chico? ¿Quieres ser más específico? No tengo ningún chico. Hace siglos que no tengo uno.

—Se lo he dado a Benji. El rubio al que le dieron la paliza. Está allí abajo, en el vestíbulo, escondido detrás de la pecera.

Me quedo mirándolo. Mi cerebro, que funciona a base de analgésicos, tarda un segundo en reaccionar. —Vaya, no es lo que esperaba que dijeras. ¿Está abajo?

—Vaya si está. Sentado en una silla de plástico, solo y con aspecto de dar lástima, en el vestíbulo principal. Lleva allí al menos una hora. Quizá más. Resulta que lo he visto de camino al ascensor.

—¿Cómo sabía que yo estaba aquí?

—Ha ido a la comisaría a prestar declaración. El detective le ha dicho que te habían trasladado. Ha venido conduciendo hasta aquí para ver cómo estabas.

—Qué raro. ¿Por qué ha hecho eso?

Tex se encoge de hombros. —No lo sé. Supongo que quería saber cómo estás y no había nadie que se lo dijera.

La confidencialidad del paciente es algo muy serio.

No tenía mi número y supongo que no quería pasarse por the Roadhouse.

No se lo puedo echar en cara. Simplemente ha conducido hasta aquí, ha entrado en el vestíbulo y se ha sentado.

—¿Has hablado con él? ¿O simplemente le has endosado mi café y te has ido?

—Unos minutos —dice—. Tiene mal aspecto. Hecho una mierda. La cara amoratada, el labio partido, ojeras. Se siente muy culpable por esto.

—No es culpa suya.

—Se lo he dicho. No me ha creído. No creo que se lo vaya a creer hasta que lo oiga directamente de ti.

Esa idea queda flotando pesadamente en la habitación entre nosotros mientras Tex se bebe mi café.

—Me ha dado un poco de pena y le he dado tu número de habitación —dice Tex con naturalidad—. Él no me lo ha pedido.

—Ah, ¿sí?

—Sí, he pensado que no pasaría nada. Parece bastante inofensivo.

Arqueo las cejas. No tiene sentido discutir.

—Le he dicho que dependía de él si subía a verte o no —dice.

—¿Y? ¿Va a venir?

—Seguía sentado en la silla cuando me he subido al ascensor. Si tuviera que adivinar, diría que hoy no va a subir. Pero ya tiene tu número de habitación. Parece majo. Venir desde tan lejos para ver cómo estás... —Tex me observa con atención por encima de la taza de café.

Suelto un largo suspiro. —Está bien, hablaré con él si aparece. Pero no mucho rato, porque estoy agotado y no tengo ánimos para recibir visitas, salvo la tuya.

—Sí, eso sería lo mejor. Así podrá seguir su camino. Que diga lo que tenga que decir y después se irá.

Tex cambia de tema. Me pregunta por los médicos, las pruebas de imagen, los plazos. Le cuento lo que sé, que no es mucho. La hinchazón sigue siendo considerable. No harán una evaluación completa hasta que baje. Podrían pasar días o una semana o más.

—Y tus piernas... —empieza Tex, y luego se detiene. Mira la manta donde mis piernas dibujan su forma, pero no hacen nada más.

—Sigo sin sentirlas —digo—. Nada de cintura para abajo. Dicen que podría ser por la hinchazón.

Podría. Ahí está esa maldita palabra otra vez.

—¿Qué tal el viaje? —pregunto, con ganas de hablar de cualquier otra cosa.

—¿Qué viaje?

—Ese en el que has seguido a un vehículo de transporte sanitario durante dos horas por la I-10.

—Bueno, dos horas es mucho tiempo para seguir a un vehículo donde va tu mejor amigo —dice—.

¿Sabes en qué piensas durante dos horas en la I-10 sin nada más que ver que pantanos y vallas publicitarias religiosas?

En todo. En cada una de las cosas que podría haber hecho o debería haber hecho.

Para cuando he llegado a Tallahassee, ya había repasado cada escenario de diez formas distintas y ninguno terminaba aquí contigo en la cama de un hospital.

—Podrías haber escuchado la radio.

—Lo he intentado —dice—. No se sintoniza ninguna emisora.

Ese tramo de carretera es una zona muerta dejada de la mano de Dios.

Odio esa puta I-10. Además, he cometido el error de llevarme un galón de té dulce para beber.

Y me lo he bebido. Estaba nervioso y me he acabado casi toda la garrafa.

Y luego he tenido ganas de mear durante una hora y no podía parar porque tenía miedo de perder de vista la ambulancia con mi mejor amigo dentro.

—Sabías a dónde me traían. No necesitabas quedarte justo detrás de mí todo el tiempo.

—Sí, lo necesitaba. No iba a perder de vista esas luces traseras ni aunque hubiera tenido que mear en la garrafa del té dulce.

—Jesús, Tex. No necesito esa imagen en mi cabeza.

—Aparte de eso, el viaje ha ido bien, para responder a tu pregunta original.

—Antes de que te vayas, necesito que hagas algo por mí —digo—. Aunque no quieras.

—Lo que sea. Dispara.

—¿Puedes contarme exactamente qué pasó? Necesito oír tu versión.

—¿Seguro que estás con ganas ahora mismo? —pregunta—. Puede esperar. Tenemos mucho tiempo para hablar de eso.

—Soy poli. Necesito oírlo.

Se echa hacia atrás, se cruza de brazos y estira sus largas piernas.

—Oí el jaleo desde la cocina —dice—. No las palabras.

Solo el sonido. Un puñetazo impactando en un cuerpo.

Oyes ese sonido una vez y lo reconoces para siempre.

No es como en las películas. Es un sonido húmedo.

Pesado. Y luego el sonido de alguien cayendo.

Un cuerpo golpeando el suelo, y luego botas.

Suspira y niega con la cabeza.

—Al girar la esquina lo primero que vi fue a los cuatro.

Todos de pie. El pasillo no es ancho, Mickey.

Conoces ese pasillo. Tendrá un metro y medio de ancho y esos cuatro tipos lo ocupaban entero, hombro con hombro, y todos miraban hacia abajo, al suelo.

Los cuatro cabrones mirando al mismo punto como si estuvieran alrededor de una hoguera. Y entonces miré yo abajo.

Toma aire.

—El chico, Benji, estaba en el suelo. Hecho un ovillo de costado con los brazos sobre la cabeza.

Probablemente no te acuerdes de él. ¿Medirá uno setenta y poco?

Pesa unos sesenta y cinco kilos a lo sumo.

Y de esos cuatro tíos, el más pequeño le sacaba treinta kilos fácilmente.

El grande, el que hacía casi todo el trabajo, es más grande que tú.

Y lo estaba moliendo a patadas. Ni empujones ni zarandeos.

Patadas. Con todas sus fuerzas. Echando la pierna bien hacia atrás primero.

Le estaba pateando en las costillas y su cuerpo se sacudía con cada golpe, y no gritaba.

Esa es la parte a la que no dejo de dar vueltas.

No emitía ni un sonido. Casi como si supiera lo que le esperaba.

Lo esperaba y ahí estaba. Tenía los brazos sobre la cara y aguantaba los golpes sin decir nada.

—Malditos sean —digo.

—Las cámaras de vigilancia captaron partes que yo no vi.

Después de lo que pasó con Ron y Stormy, las puse por todas partes menos dentro de los aseos.

Siete cámaras. Le dije al instalador que quería ver todos los ángulos y él dijo: «Tex, el Pentágono no tiene tantas cámaras», y yo le dije: «El Pentágono no sirve alcohol a moteros un sábado por la noche, instala las putas cámaras».

Me costó cinco mil dólares. El dinero mejor invertido de mi vida, porque esas cámaras captaron todo lo que hicieron esos cuatro hijos de puta y cada fotograma es ahora una prueba.

—Me alegro de que lo hicieras. ¿Qué más pasó?

Se está apretando la rodilla ahora, con los nudillos blancos.

—Y tenía la camisa desgarrada —dice Tex—.

Rajada por toda la espalda. No sé si intentaban arrancarle la ropa o si simplemente se desgarró en el jaleo.

Aunque no dejo de pensar en eso. ¿Y si lo hubieran asaltado fuera, en el aparcamiento?

¿En la oscuridad? ¿Qué le habrían hecho fuera si se atrevieron a hacer lo que hicieron dentro de un bar?

—¿Por qué no pidió ayuda a gritos? Sheila o alguien podría haberlo oído.

—No lo sé. Quizá no tuvo oportunidad. Eran cuatro contra él.

Era la mitad que ellos, lo tenían en el suelo y no iban a parar.

Eso es lo que comprendí inmediatamente cuando doblé la esquina.

No iban a parar. Esto no era una pelea. Eran cuatro hombres adultos pegándole a un hombre que abultaba la mitad que ellos porque era gay y no les gustaba. En mi puto bar, para colmo.

—Eligieron un mal sitio para montar esa mierda —digo.