Benji (Serie Big Tex's Roadhouse nº 2) Capítulo 5 Mickey #2
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Capítulo 5 Mickey #2

—No, los cuatro se lanzaron a por él porque no les gustaba su aspecto. Sheila le dijo tres veces que a lo mejor era mejor que se fuera del bar antes de que esos tipos fueran a por él. No se fue. Supongo que por eso se siente responsable.

No es culpa suya. Es culpa de cuatro hombres borrachos que decidieron darle una paliza a un extraño porque era diferente a ellos.

De esos es la culpa. Soy policía. Sé cómo funciona la culpabilidad.

El tipo del suelo no apretó el gatillo. El tipo del suelo no trajo el arma. El tipo del suelo solo era una víctima.

—¿Cómo se llama? —pregunto.

—Benji.

Un nombre para esos ojos. Aterrorizados, mirándome desde el suelo, hermosos de una forma en la que yo no tenía por qué fijarme y, aun así, me fijé. Solo fue una fracción de segundo, pero me fijé.

—Hay algo más —dice Tex—. Los médicos quieren trasladarte a un hospital en Tallahassee. Allí tienen una unidad de lesiones medulares. Mejores equipos, mejor personal. Quieren trasladarte por la mañana una vez que estés estable.

—¿En helicóptero? —pregunto.

—No, irás en transporte terrestre.

Tallahassee. A dos horas de casa. A dos horas de mi madre, que no puede venir a un hospital que está a quince minutos.

—Mickey —dice Tex—. Deja de dar vueltas a las cosas. Todo irá bien. Tu madre podrá con esto. Yo cuidaré de Mama Weaver y de Walter por ti.

—Ella no puede venir, Tex. Si estoy en Tallahassee, no podrá venir.

Él se queda callado. Conoce la situación de mi madre tan bien como yo. Veinte años de amistad significan que cuidas de la familia del otro como si fuera la tuya.

—Ya encontraremos la manera —dice.

—Papá la necesita. No puede dejarlo solo.

—Ya lo solucionaremos. Sheila conoce a gente. La iglesia de tu madre tiene ese grupo, el círculo de cuidadores o como se llame. Encontraremos a alguien que pueda quedarse con tu padre el tiempo suficiente para que ella venga a verte.

—Papá no lleva bien lo de los extraños. Lo sabes.

—Lo sé. Ya buscaremos la forma.

Lo dice por tercera vez porque Tex cree que decir algo las suficientes veces con la suficiente certeza lo convierte en verdad.

Y a veces tiene razón. Dijo: «el bar aguantará el huracán» y aguantó dos veces.

Dijo: «Stormy se queda» y Stormy se quedó.

Pero esto no es un huracán ni es un tipo aterrorizado al borde de la carretera.

Esto es mi madre atrapada en una casa con un hombre que no recuerda su nombre la mitad del tiempo, y yo atrapado en un hospital a dos horas de distancia, y por mucho que Tex diga «ya buscaremos la forma», el mapa no cambia.

—Tienes que dejar de hacer lo que estás haciendo ahora mismo —dice Tex—. Que es intentar averiguar cómo cuidar de todos los demás desde la cama de un hospital. Para. Por una vez en tu vida, deja que otro cargue con el peso.

—¿Quién, Tex? Tú tienes el bar. Sheila tiene el bar. Stormy te necesita. Mi madre no puede dejar a mi padre. ¿Quién exactamente va a cargar con esto?

—Yo, yo lo haré. —Lo dice sin dejar lugar a discusión—.

Yo cargaré con ello. Conduciré detrás de la ambulancia hasta Tallahassee cuando te lleven.

Llamaré a tu madre y la mantendré tranquila.

Llamaré al departamento del sheriff para informarles de las novedades.

Me encargaré del seguro y de los médicos y de cualquier otra cosa que surja.

Sheila y Stormy se encargan del bar. Tu madre vendrá cuando encontremos la forma de que sea posible.

Y tú te vas a quedar tumbado en esta cama, vas a dejar que los medicamentos hagan su trabajo y vas a dejar de intentar estar al mando de una situación de la que físicamente no puedes estar al mando.

¿Entendido? Soy tu hermano en todos los sentidos excepto por la sangre. Eres mi familia y yo me encargo.

Quiero discutir porque discutir es lo que hago cuando estoy perdiendo el control, algo que nunca he dicho en voz alta.

Pero las drogas me están hundiendo y la mano de Tex sigue en mi brazo y el miedo cada vez está más cerca.

No tengo energías para luchar contra el miedo y contra mi mejor amigo al mismo tiempo.

—¿Y si no puedo...? —empiezo.

—No lo digas, Mickey. No vayas por ahí.

—Si no puedo caminar...

—Mickey. No.

—Necesito decirlo.

—No necesitas decir nada esta noche. Lo que necesitas es dormir. Por la mañana o al día siguiente iremos a Tallahassee, averiguaremos a qué nos enfrentamos y lo afrontaremos. Eso es todo. Eso es lo más lejos que vamos a mirar por ahora. Día a día. No te adelantes a los acontecimientos.

Sé que tiene razón. La parte de mí que se dedica a analizar escenarios, que planea tres movimientos por adelantado, que necesita conocer el resultado antes de que ocurra, esa parte está gritando ahora mismo.

Soy policía. Los policías caminan. Los policías corren. Los policías persiguen a la gente, derriban puertas de una patada y se mantienen en pie en turnos de doce horas.

He sido el oficial Weaver desde que tenía veintitrés años y, antes de eso, era un niño que quería ser el oficial Weaver. No sé quién demonios soy sin la placa.

La niebla se está disipando y el miedo se acerca. El goteo de la vía continúa, pero las drogas están perdiendo terreno frente a lo que me sube por el pecho.

—Tex.

Me mira con los ojos inyectados en sangre.

—Tengo miedo —le digo.

Las dos palabras más difíciles que he dicho nunca.

Más difíciles que salir del armario a los diecisiete.

Más difíciles que contarle a mi madre el diagnóstico de mi padre.

Porque el oficial Weaver nunca dice que tiene miedo.

El oficial Weaver es a quien llama la gente cuando tiene miedo.

Él es la persona tranquila, la que aparece para que los demás no tengan que estar asustados.

Tex no dice «no tengas miedo» ni «todo irá bien». Tex nunca me ha mentido y no va a empezar a hacerlo ahora.

En lugar de eso, desplaza su enorme mano desde mi brazo hasta la nuca, por encima del collarín que me han puesto. Lo hace como lo ha hecho siempre, de la misma forma que me agarraba durante un partido de fútbol, me acercaba y me decía una sola cosa al oído que nos llevaría hasta otra victoria.

Tex me sujeta la nuca y no dice ni una palabra. Por primera vez desde séptimo curso, el hombre que no para de hablar se queda en silencio. Y su silencio dice más de lo que jamás han dicho todas sus palabras.

Yo también tengo miedo. Pero no me voy a ir.

Sujeta con fuerza. Su palma está caliente y su agarre mantiene mi cabeza fuera del agua.

No puedo mantener los ojos abiertos. Pronto me llevarán a Tallahassee, donde empezaré el proceso para descubrir si volveré a caminar.

Pero eso será otro día.

Ahora mismo, solo está la mano de Tex en mi cabeza y las drogas arrastrándome hacia abajo.

Los bordes de la habitación se vuelven difusos.

Oigo la voz de Tex. No las palabras. Las palabras ya están demasiado lejos, disolviéndose antes de llegar a mí, pero el sonido de su voz profunda y fuerte sigue ahí, ese rumor bajo y constante que ha sido el ruido de fondo de mi vida desde siempre.

Ha habido incontables veces en mi vida en las que he querido agarrar a Tex con las dos manos, sacudirlo con fuerza y decir: «¡Por el amor de Dios! ¡Tex! ¡Por favor, cállate cinco minutos!». Nunca lo hice porque el parloteo incesante de Tex es tan parte de él como su barba.

Esta noche, nunca he estado tan agradecido por sus palabras interminables.

Cada vez que me despierto con un sobresalto, el primer pensamiento consciente no es el dolor ni el miedo.

Es el sonido reconfortante de su voz. Sigue hablándome durante toda la noche.

Contándome historias interminables sin sentido, una tras otra.

Me habla de la primera y la última vez que su padre lo llevó a pescar.

Me habla de todo lo que hicimos de niños y de todas las cosas que aún vamos a hacer.

Conozco lo suficiente a Tex para saber que no va a parar de hablar en toda la noche.

Se quedará sentado en esa incómoda silla de respaldo recto divagando sobre cualquier nadería hasta el amanecer para mantenerme tranquilo.

No dormirá. Vigilará los monitores, contará mis respiraciones y será la primera cara que vea cuando abra los ojos.

Tex aparece y se queda. No se va, y las personas a las que ama nunca tienen que preguntarse si va a volver porque, para empezar, nunca se marcha.

Entro y salgo del sueño constantemente, captando algunas palabras sueltas de sus historias de vez en cuando. Ahora vuelve a divagar sobre medusas... Big Bertha... Benji.

En medio de la niebla cerebral, el nombre del chico del pasillo flota a mi alrededor. ¿Ha dicho Tex su nombre o me lo he imaginado? Quizá estoy soñando.

Benji.

Un hombre que parecía que debía estar sobre una pasarela, no apaleado y sangrando en el suelo sucio de un bar.