CAPÍTULO 23 #2
Entonces Glenda sale de la casa. En broma le digo que se lleve a mi abuelo y lo encierre cuando se acerca a abrazarme y le presento a Nicolás. Francia aparece detrás de ella, tiene una sonrisa en el rostro, pero mira de Nico a mí y ahora parece confundida, soy yo quién se acerca y ella me susurra:
—¿Por qué están vestidos como que estaban en una cita?
—No estábamos en una cita, bueno... no juntos, yo estaba en una reunión, él andaba con sus amigos. —Y mejor cambio de tema: —¿Me prestas esa chaqueta tuya que te llevaste cuando fuiste a los Andes? No quiero comprar una solo para usarla un fin de semana.
—Claro, pero ¿Por qué necesitas esa chaqueta específicamente?
—Porque a Nico se le ocurrió que es buena idea llevarme a morir congelada con él a no sé dónde.
—¿Vas con Nico todo un fin de semana?
—Sí, pero no vamos solos, así que no pienses mal.
Francia y Glenda, quién está a mi lado, me están viendo. Recalco una vez más que otros amigos de Nicolás van con nosotros y NO vamos solos, es la esposa de mi abuelo a quién se le ocurre:
—Lo bueno de todo esto es que sea lo que sea que pase ya no cataloga como embarazo adolescente, así que tú disfruta.
Qué suerte que el doctor de muertos está distraído y no está escuchando esta conversación.
—No me jodas, Glenda.
La mencionada suelta una risita y después se le ocurre:
—Bueno, yo voy a preparar algo para que cenemos todos juntos.
—No, no te preocupes, nosotros ya comimos. No juntos, aclaro.
Entonces escucho una carcajada simultánea proveniente de mi abuelo y de Nico, y me acuerdo de que acabo de dejarlos solos.
Ay, por Dios, no. Me regreso y tomo a mi abuelo del brazo, pero es más probable mover a Nico que a él, entonces es al doctor de muertos a quién agarro y le digo que entremos, pues sí lo hace, y por fin mi abuelo se mueve con él.
Me pongo entre medio de los dos por si las moscas, pero mi abuelo se detiene:
—Por cierto, me acabo de acordar, te compré algo.
Me toma de la mano y me lleva hasta la sala de su casa donde me muestra una monstera en un macetero blanco.
Yo me rio y él me dice que qué bueno de que ahora «tengo» quién me ayude a llevármela.
Todo esto mientras Nico está detrás de mí.
Glenda llama a mi abuelo y cuando se pierde tras la puerta que va a la cocina escucho a Nico:
—¿No tienes como diez de estas?
—Una vez le dije a mi abuelo que me gustan estas plantas, entonces siempre que ve una la compra para mí. No sé si es por su pérdida de memoria o por si se lo tomó literal.
—Disculpen —Glenda nos interrumpe. —Sé que ya comieron... —me mira a mí específicamente —no juntos —y continúa: —Pero quería saber si te quieres quedar a cenar con nosotros, Nicolás.
—No quiere.
—Sí quiero. —Entonces cuándo Glenda asiente y se va, yo miro a Nico y él, como si nada, me responde: —¿Y quién le dice que no a una cena, mi pulga?
—No se te ocurra decirme «mi pulga» frente a mi abuelo.
Al menos eso no lo hace, pero lo que sí se le ocurre es que cuando llegamos al comedor saca la silla de mi lugar.
Bueno, no lo hace a propósito, eso es algo que ha hecho siempre desde mucho antes cuando comenzamos a hablarnos y siempre espera que yo me siente para él posteriormente tomar su lugar, lo peor de todo es que caigo en cuenta hasta que ya me senté y los tres —Glenda, Francia y mi abuelo— nos están viendo.
Qué bueno que a nadie se le ocurre preguntar algo, pero entonces a mi abuelo se le ocurre decir que vamos a agradecer por la comida y yo ya me eché el primer bocado.
Me toca tragarme la comida a medio masticar.
Él extiende las manos y yo tengo que agarrar la mano de Nico y al otro lado tengo a Francia, con Nico es con quién entrelazo los dedos, pero entonces me acuerdo de que tengo que hacer lo mismo con Francia para que eso no se vea sospechoso, ella toma a Glenda, Glenda a mi abuelo y él a Nicolás, esto parece una secta más bien con tantas velas sobre la mesa, pero... en fin.
Mi abuelo termina finalmente y ya puedo comer tranquila, o tal vez no, porque al señor Dionisio se le ocurre:
—¿Y ustedes cómo se conocieron?
A ver, entonces esa parte sí se le olvidó y ahora no sé si repetirle que es amigo de Benjamín o no. Mejor no, así que soy yo la que contesta:
—Nuestros balcones está de frente.
—¿Entonces se ven todos los días?
Y es Nico el que le responde:
—Algo así.
«Algo así» eso no convence a nadie, pero qué bueno que se le ocurre cambiar de tema, aunque ahora comienza a preguntarle cosas de la morgue.
A ver, yo tengo que dormir sola en mi apartamento hoy, a la par mataron a una persona y otra se tiró desde no sé qué piso, lo que menos quiero es escuchar «anécdotas» de cosas paranormales y que mi abuelo también saque las suyas de cuando le tocaba trasladar muertos de un país a otro cuando era piloto, porque de eso sí se acuerda... a medias, pero se acuerda.
Yo, por mi parte, hoy duermo con la luz encendida.
En fin, tengo que interrumpirlos porque tenemos un largo viaje por delante y ya es tarde, se supone que yo solo venía aquí por una chaqueta nada más y ahora voy a regresar con traumas. Me vuelvo a Nico y le pregunto:
—¿Nos vamos?
—Claro, mi pulg... —Entonces se aclara la garganta. —Nina.
Mi abuelo y Glenda están frente a los dos, y sí nos están viendo, pero no dicen nada así que solo finjo que nada pasó y me pongo de pie, si algún día intentan recordármelo les voy a decir que fue producto de su imaginación.
Siguiente nota mental: Nunca más volver aquí con Nico.
Francia regresa con la chaqueta y mi abuelo se va a entregarle mi monstera al doctor de muertos.
—¿Benjamín sabe sobre tu viaje de fin de semana con Nico?
—Claro que no. Y no vamos solos, aclaro.
Me da su celular y miro los mensajes que le dejó Benjamín pidiéndole mi número, además le preguntó si ella conoce a la persona con la que yo estoy «saliendo», pero no es todo, le agregó un: «Si es ese tal Samuel, dile que salga de ahí, ese idiota se acuesta con todas».
Francia lo bloqueó.
—Ni siquiera cuando éramos novios era así de intenso.
—¿No se memorizó tu número en un año completo? Pues tan listo como dice ser, no es.
—No sabe ni siquiera que a mí me gusta el café helado ¿Crees que va a aprenderse mi número?
—Lo que no entiendo es cómo soportaste un año a Benjamín.
—Es que Benjamín tenía su encanto antes de conseguir ese trabajo que tiene actualmente.
Después lo ascendieron y solo fue a peor.
Por su culpa me vi obligada a comenzar a hablar con Nico, porque el día que nos presentó nos dejó solos en el restaurante como por dos horas, dijo que tenía una emergencia en el trabajo y que ya volvía, entonces tuvimos que hacernos plática, obviamente yo ya sabía que era el arrogante que vive en el edificio de en frente.
Francia se ríe, entonces me acuerdo de que no tengo que dejar a Nico a solas con mi abuelo por mucho tiempo y me voy a buscarlos, ya están cerca de la camioneta y Nico está asegurando la monstera dentro de su vehículo.
Me despido de los tres y antes de que yo me suba Nico ya está tomando lugar en el asiento del copiloto.
Ay, por Dios, no. Entonces me asomo por la ventana y me da las llaves.
A ver, solo porque nos están viendo no voy a decir nada.
Me subo tranquila, pongo en marcha la camioneta y me despido tocando el claxon.
No le hablo todo el camino, porque estoy molesta.
—Cuidado el bache. —Pero me lo dice hasta que ya pasé encima y nos sacudimos. Mi monstera se cae y tengo que frenar ahí en medio de la nada solo para asegurarme de que está bien. —Al parecer ya quieres cambiar otra llanta.
—No me jodas, Nico. —Él es quién la recoge y ahora mismo la está revisando.
Okey, no le pasó nada. Miro que afuera está oscurísimo, ni siquiera hay luminarias y solo son las luces de la camioneta que alumbran la carretera.
A ver, esta película también me la vi. Arranco de nuevo y prefiero no poner atención a ningún lado dónde pueda ver una silueta de algún alma en pena porque nos estrellamos.
—¿Tanto le temes a la oscuridad?
—Claro que no.
Escucho su risita nada más y enciende la luz dentro del vehículo, me dice que va a revisar unos informes y toma unos papeles del asiento trasero.
Cuando vuelve a acomodarse bien en su lugar, enciende la radio y lo que suena es alguna canción con dudoso significado en un idioma que no entiendo.
Entonces yo cambio la emisora, porque el paisaje no está cómo para ir escuchando a ¿Rammstein?
Mejor Fruta Fresca de Carlos Vives. Okey, eso ya cambia el panorama.
—Ay, por Dios. —Ese es Nico, por supuesto.
—El que conduce elige la música, así que te toca soportar.
Igual termino cambiando la emisora, porque al ponerle más atención a la letra y con Nico a la par...
mejor no, suena demasiado romántico, pero qué suerte que ya estamos cerca y cuando por fin llego a mi edificio me meto en el parqueo de éste, porque lo de quedarme en mi apartamento lo dije en serio.
No aparco bien, claro, y esta vez no hago ni el intento de hacerlo.
Nico abre la ventana y saca la cabeza, claro que aparqué mal, pero yo ya estoy quitándome el cinturón.
Cuando cierra la ventana de nuevo me dice que tengo que aparcar bien.
Entonces yo apago la camioneta, me paso por sobre sus piernas y, como siempre, quedando a horcajadas sobre él tomo la chaqueta que puse en su asiento trasero.
—No me provoques, mi pulga.
—¿Si no qué?
Eso se lo digo muy cerquita de la boca y poniéndole la mano a propósito sobre la entrepierna, el beso que le doy es cortito y eso al parecer lo prende bastante, lo siento en el tacto, pero yo no me quedo sobre él, abro la puerta y solo escucho una risa de su parte cuando me bajo.
Abro la puerta de atrás para sacar mi planta y bueno, no está tan pesada, pero de todas formas Nico se baja y la toma de mis manos.
—Te ayudo.
—Está bien.