CAPÍTULO 17 #3
Me despido de ella, y también de los demás.
Tomo la mano de Nico para salir del sitio y lo agarro más fuerte cuando veo el pasillo oscuro que hay que atravesar para llegar al parqueo.
Ah caray ¿qué no hay otro camino? Parece que alguien está a punto de robarme el alma aquí.
Nicolás camina seguro, con la vista al frente y a mi ritmo, así que yo también intento parecer que no estoy a punto de salir corriendo, aunque de vez en cuánto miro alrededor por si acaso.
A ver, yo ni de coña camino por aquí sola.
—Oye, enséñame a usar armas. —Le susurro a Nicolás, no sé su expresión, porque no lo estoy viendo, yo solo estoy buscando alguna sombra de una niña para salir corriendo. O cualquier sombra en realidad.
—¿Te vas a despertar a las cuatro de la mañana?
—¿A las cuatro? ¿Vamos a ir a abrir el polígono o qué?
Escucho la risita de Nico. Se saca las llaves de la camioneta cuando ya estamos llegando y me las entrega. Carajo, no.
—Hoy es tu turno. Más te vale que no nos mates a media carretera.
—No me jodas, Nico.
Se sube del lado del copiloto. Mierda. Ni modo, me subo yo frente al volante y es él quién me acomoda la silla, de paso me pone el cinturón de seguridad. Le doy mi bolso y él lo pone en el asiento trasero. El lugar está oscuro, así que, si atropello a alguien, lo culpo a él.
No, no atropello a nadie, aunque sí me paso llevando un cono de tránsito, pero en fin... el resto del camino es fácil, no hay mucho tráfico y no me aparece ni un alma en pena. Casi llegando al edificio a Nico se le ocurre preguntar:
—¿Hoy te quedas conmigo, pulga?
—No, tengo que ir a regar mis plantas, se van a morir.
—¿Ahora mismo? —Solo le doy un vistazo no tan amable, no es por la pregunta... es por haberme hecho conducir a estas horas. —No es sarcasmo, no sé nada de plantas.
—Eso es obvio.
Frente a mi edificio hay unos autos aparcados, así que, para no caminar, me meto al parqueo del lugar y... madre santa... aquí todo parece abandonado, hay como cuatro autos tal vez, y uno de esos es el mío.
—¿Estás segura de que vas a quedarte aquí? ¿O te espero como ayer?
—Sí voy a quedarme aquí. —Me concentro para aparcar bien, pero a la primera no lo hago. Abro la ventana y sí, estoy sobre la raya y muy cerca de otro auto, mi propio auto. Mierda ¿Por qué se me ocurrió aparcar justo aquí? Da igual, de todas formas, Nico ya se va.
O no.
—Aparca bien.
Alcanza el mando de las llaves y bloquea las puertas.
—No, ya te vas de todas formas. —Entonces yo las desbloqueo.
—Un día vas a aparecer en memes, quiero ahorrarte la vergüenza.
—¡Ay! Qué considerado.
Obviamente eso se lo digo con sarcasmo, cierro la ventana y vuelvo a hacerlo. No, mierda. Me molesto y lo dejo así, no le pongo atención a lo que me dice, apago el vehículo y entonces me paso por sobre sus piernas, me acomodo mejor para tomar mi bolso del asiento trasero y lo escucho:
—A veces creo que te parqueas mal a propósito.
—No tengo paciencia para estar buscando la manera correcta de parquearme, pero créeme, estar encima de ti tampoco me divierte.
Nico esboza una sonrisa de esas que ya sé que va a soltar una tontería.
—Iba a responderte, pero me acordé de que soy un caballero.
—¿Te parece que un caballero pondría su mano ahí?
—Digo, debajo de mi falda donde la tiene ahora mismo.
Entonces va más adentro, desliza sus dedos hasta el pegue de mi pierna y tira de mí para acercarme más a él.
Su mano ahora mismo está en mi trasero y con la yema de sus dedos está acariciándome la piel provocando que el corazón me comience a latir con fuerza.
—No juegues con fuego, mi pulguita.
—Si no qué ¿Qué vas a hacer?
Yo sueno segura, pero me está haciendo tragar fuerte.
Caramba. Mantenemos el contacto visual cuando yo abro la puerta, pero él la cierra.
Este beso no lo inicia él, ni yo; es algo de los dos al mismo tiempo.
Este es intenso, potente, voraz, y su otra mano hace el mismo recorrido hasta mi glúteo, pero esta vez las dos se van por debajo de mi ropa interior.
No puedo evitarlo, mis manos van directo a su entrepierna y esta vez me tomo más tiempo para palparlo con tranquilidad.
El envuelve su mano alrededor de mi cintura y se inclina, pero no pongo atención para qué, porque estoy más concentrada en este beso que está a punto de hacerme gemir en su boca.
Saca algo de la guantera, escucho el ruido de un envase y después solo siento su mano húmeda haciendo un recorrido hasta el borde de mi ropa interior.
Okey, a este punto ya perdí el raciocinio, evidentemente.
Dejo que se pasee por donde se le da la gana.
Estoy perdiendo terreno, y dejo de tocarlo yo a él solo para disfrutar de esa sensación placentera que me provocan los movimientos circulares de su dedo pulgar sobre mi entrepierna.
Suelto el gemido que estaba reteniendo y soy yo la que intensifica el beso esta vez.
Nico por su parte, va abriéndose paso dentro de mí con sus dedos solo apartando levemente mis bragas, primero uno, después el otro.
Estoy mojadísima, jadeando, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndome a mil.
Es lento, es rápido, ni siquiera sé cómo explicarlo, lo único que sé es que lo que sea que hace se siente tan bien.
No sé cómo o en qué momento, pero la explosión de placer me deja casi sin poder respirar correctamente.
Solo es una mano, Dios mío. Entonces caigo en cuenta de lo que acaba de pasar, de que estamos dentro de la camioneta de Nico y es él quién esboza una sonrisa sobre mi boca, y dice:
—Te dije que teníamos que estar empate, mi pulguita.