Bendito Karma CAPÍTULO 12 #3
24%

CAPÍTULO 12 #3

—Te acompaño a tu apartamento, vamos.

En otras circunstancias le hubiera dicho que no, pero ahora mismo no tengo las fuerzas, ni las ganas para atravesar ese lugar yo sola.

Ni siquiera me atrevo a mirar cuando pasamos a la par del lugar donde sucedió lo del tipo ese y dentro del ascensor sostengo la mano de Nico con fuerza.

Ya casi estamos en mi piso, cuando se me ocurre preguntarle:

—Por cierto ¿dónde dormiste tú?

—Te di el gusto de dormir a mi lado.

—Con razón tuve pesadillas.

Eso lo hace soltar una risa y el elevador se abre.

—Dormí en la otra habitación, ya te dije que no me gusta dormir con nadie.

—Qué bueno, porque a mí tampoco.

Estoy más concentrada en que todo sigue como ayer, las mismas cintas amarillas, otros oficiales y más personas que conocen a Nicolás.

Abro la puerta de mi apartamento y entro rápido mientras él se queda charlando afuera.

Nunca en mi vida me he bañado tan rápido y no sabía que el delineado me sale bien bajo presión, además que tengo que usar mucho corrector, porque tengo unas ojeras del demonio.

De ropa solo me cambio una vez, porque la blusa negra que elijo es casi transparente y tardo en encontrar el top con el que la combino.

Estoy terminando de amarrarme las botas, cuando lo escucho:

—Tienes que comer. —Cuando me acerco al desayunador, veo que tiene mi bowl de cereales servido. Me extiende un blíster de pastillas y dice: —Vas a tomarte esto como te lo indico, si quieres algo más rápido y no tienes miedo a las agujas...

Ahí lo detengo.

—Prefiero las pastillas.

Cuando salgo de mi apartamento, lo hago rápido y tomada de la mano de Nico. Cabe destacar que no se ve ni una sola alma, todos los apartamentos parecen vacíos y cerrados. En el trayecto hasta el primer piso solo somos Nico y yo.

Una vez que llegamos hasta su camioneta, me entrega la llave y él se va directo al asiento del copiloto. No puede ser. Me acerco y abro la puerta del lado del volante, solo para pelear con Nico, pero él ya se acomodó y se está poniendo el cinturón.

—Depende de ti si llegamos tarde.

—Cada día siento que te odio más.

—Pues yo no vine a este mundo a caerte bien, así que súbete.

Mil veces mierda. Me subo y esta vez sí conduzco con calma, bueno... no tanta, siento que me brinca un ojo por estrés, pero al menos llegamos a tiempo. Aparco frente al edificio de la revista y me doy cuenta de que estoy demasiado cerca de otro coche, por ende, no puedo salir.

—Tienes que aparcar bien, si no cuando salgas vas a pegarle al otro auto.

Carajo. A ver, hay más vehículos pasando detrás de mí. Cuando finalmente tengo un espacio, lo hago, en reversa y después vuelvo a estacionarme, pero la diferencia es mínima ¡Hijo de su...! Mejor me calmo. Lo hago una vez más y no... no puede ser.

—A la mierda. —Entonces tomo mi bolso del asiento de atrás y lo que hago es pasar por encima de Nico quedándome, a propósito, a horcajadas sobre sus piernas.

La sonrisa maliciosa que tiene en la cara yo la correspondo, pero lo que hace es pasar sus manos alrededor de mi cintura y pegar más mi cuerpo a él.

—No me provoques, Nicolás.

—¿Si no qué? ¿Qué vas a hacer?

—Quitarme las ganas con alguien más y sabes quién estaría dispuesto.

Me toma la barbilla y cerquita de mi boca, dice:

—Pues podrás quitarte las ganas con quién quieras, pero las ganas de mí solo yo te las puedo quitar, pulga.

—Si tuviera ganas de ti, ya me las hubiera quitado desde hace mucho y lo sabes.

—¿Me estás retando?

—Sí.

Eso parece prenderlo, porque lo siento en mi entrepierna y él no lo disimula ni un poco. Esboza una sonrisa, aunque no dice nada o es que tal vez yo no lo dejo, porque mi celular suena y él también ve el mensaje de Samuel cuando saco el celular de mi bolso.

Madre mía, dice que está aquí y quiere verme.

Qué suerte que la camioneta de Nico es polarizada, porque veo el vehículo de Samuel aparcar al otro extremo y sí, es él quien sale y también está escribiendo otro texto que de seguro es para mí.

—Dile que no puedes verlo, que tienes un virus y no quieres contagiarlo.

—Bueno, también puedo contagiarte a ti y mira cómo estamos.

—A mí no me importa.

—¿Y crees que a él sí?

Entonces vuelvo mi vista a Nico y, a ver, que estamos muy cerquita, pero esta vez es él quien lleva su mano a mi cuello y después sus labios a mi boca.

Sí le correspondo y de la misma forma provocativa y sensual, es que no puedo pararlo, porque Nico me hace perder la sensatez en segundos, me prende rápido y yo tengo que recordarme que estoy frente al lugar que trabajo y no puedo estarme acomodando mejor para besarlo con más ganas.

Su mano en mi trasero me pega más a él y después con ambos brazos me rodea la cintura.

Qué suerte que mi celular suene, pero esta vez no es Samuel, es mi jefe preguntándome si ya llegué. A ver, tengo que ir a trabajar y Nico acaba de desconcentrarme por completo, además agrega:

—Buena suerte encontrando a alguien que te quite estas ganas y te haga perder la cordura así, mi pulguita.