CAPÍTULO 12 #2
Se despide, porque alguien más lo llama y me preparo para pasar la noche sola en un apartamento desconocido después de ver a alguien estrellarse contra el pavimento.
Tomo lugar en la silla de su escritorio y me da curiosidad ver lo que tiene en el siguiente cajón.
Okey, hay una foto y es una mujer cargando una niña.
Una mujer muy guapa, cabe aclarar. Reviso mi conversación antigua con él y busco el nombre de la neuróloga de mi abuelo, la googleo y me doy cuenta de que esta es su mamá.
Okey, entonces sí es verdad que tiene una hermanita de ocho años.
A ver, hay más fotos y es que la mamá de Nico es muy...
Nico, es fitness, tiene un tatuaje en el antebrazo y, además, parece su hermana mayor, no su madre; y no es todo, en Google hay artículos completos sobre ella y es que hasta ha trabajado con grupos de científicos.
Le doy un vistazo al siguiente compartimento y en éste hay preservativos.
Los cuento, porque si algún día regreso y miro que falta uno me voy a molestar bastante.
¡Carajo! ¿Qué estoy pensando? Igual los cuento y hay cinco.
Dejo las fotos donde estaban y todo en su lugar.
La puerta que está en frente es la otra habitación y también la luz se enciende automáticamente cuando abro, se ve cómoda y esta no tiene los colores sombríos de la habitación de Nico, pero una vez que cierro todo queda completamente a oscuras.
Okey no, mejor me duermo en el sofá, solo tomo la manta gruesa que cubre el colchón, porque el apartamento está súper frío y yo llevo un vestido corto.
Nicolás también tiene su casa convertida en una morgue.
Me tomo la pastilla, después me envuelvo en la colcha y apago la luz porque me arden los ojos, a ver... tampoco quiero estar a oscuras, así que enciendo una lámpara que está en la mesa y me dejo caer en el sillón.
Pienso que no voy a dormirme, porque todo aquí se me hace tenebroso y, además, se escuchan personas hablando en el pasillo.
Un caos completo. En fin, creo que el cansancio puede más, porque en unos minutos se me están comenzando a cerrar los ojos y después no soy consciente de nada hasta que el ruido de la puerta me despierta, la luz se enciende y es en el momento justo que yo abro los ojos. Mierda.
—Nina ¿Qué haces aquí? —Esa es la voz de Nico y yo ni siquiera tengo ganas de moverme, pero acaba de dejarme ciega. —Hay otra habitación ¿Y por qué estás toda envuelta?
—Porque parece que trajiste a vivir a todo el polo norte, esto está heladísimo.
—Eso no es cierto. —Cuando me acomodo a la luz brillante de la sala lo veo caminar hacia mí y después tocarme la frente, pero solo se va y regresa con algo en manos. Se pone unos guantes y no sé qué está haciendo hasta que me acerca un termómetro. —Abre la boca.
Lo hago. Me dice que lo mantenga presionado en los labios. Se va un momento y cuando regresa trae un vaso con agua y un blíster de pastillas. Toma el termómetro y lo ve.
—¿Me estoy muriendo?
—Sí —dice—. Tienes fiebre.
De cuclillas frente a mí me extiende dos pastillas y me pide que me siente. A ver, que me duele todo, hasta cada pelo de la cabeza. Me da el vaso también y ni siquiera sé qué es lo que estoy tomando, podría estarme envenenando ahorita y no me daría cuenta.
Da igual, más trabajo para él si me envenena.
—¿Y por qué estás aquí? La habitación que está a la derecha está completamente libre.
—Es muy oscura.
—¿Qué?
—No me gusta la oscuridad. —Nico frunce el entrecejo, por Dios, se va a burlar y yo no estoy de humor. —Sí te burlas...
—No me voy a burlar, estás más en la otra vida, que en esta.
Eso me hace soltar una risita, igual sin muchas ganas, porque creo que tiene razón.
Se va un momento y vuelvo a recostarme, batallo por mantener los ojos abiertos, pero el cansancio me gana y cuando me despierto de nuevo, me doy cuenta de que estoy en la cama de Nico, pero él no está por ninguna parte.
Hay una lámpara sobre la mesa, pero a través de las cortinas parece que ya amaneció.
A ver, estoy todavía envuelta en la manta y sí está frío, pero ya no como ayer.
Miro mi reloj, ya es la hora que debería levantarme y yo todavía tengo que ir a mi apartamento, digo...
llevo el mismo vestido que ayer y ni modo que me presente a trabajar en lentejuelas.
Nico toca la puerta. No la principal, sino la que se conecta con el baño.
—Buenos días, pulga —dice cuando pasa—. Lamento despertarte, pero tengo que regresar a la morgue temprano ¿Cómo te sientes? —A ver, Nico solo lleva una toalla alrededor de la cintura, el cabello mojado y cuando se pone de espaldas a mí yo tengo que aclararme la garganta... dos veces.
—Mejor. —Carajo, casi no tengo voz. Así que... mejor no estoy. —O tal vez no.
Nico saca el termómetro de nuevo y se acerca a mí, así solo cubriéndose con una toalla.
Me dice que abra la boca y yo tengo que buscar como concentrarme en otro lugar que no sea ese abdomen bien marcado o el tatuaje que tiene en el pecho.
Se va de nuevo, esta vez toma ropa de su armario y regresa al baño a cambiarse.
Yo, por mi parte, tengo que borrarme esa imagen suya de la cabeza.
Madre mía, mejor me voy de aquí.
Me saco el termómetro y bueno, creo que fiebre no tengo, pero sí una punzada que me atraviesa la sien cuando me pongo de pie.
Mierda. Voy a necesitar más analgésicos.
Cuando Nico sale, toma el termómetro que le entrego y ahora entro al baño yo, a ver...
no me quité el maquillaje ayer y ahora parezco un mapache.
Me lavo la cara, salgo y busco mi bolso que sigue sobre el sofá en el que me quedé dormida y mi celular está a un lado.
Tengo un mensaje de Samuel y es un comentario que le hizo a mi última historia que dice: «¿No es que estabas enferma?» La historia en cuestión es la de mí misma sacando los prohibidos, tal vez debería borrarla.
Samuel puede esperar.
Me lavo los dientes y la luz directa del sol que entra por la ventana me golpea los ojos, así que tomo unos lentes oscuros de Nico que me encuentro en la sala. A ver, Dios, tengo que regresar a mi apartamento y no tengo ganas.
—¿Quieres que te consiga una justificación laboral para que no tengas que ir a trabajar?
—Apenas es mi segundo día, tengo que ir a trabajar, aunque sea media muerta.
Miro hacia mi balcón y me salgo cuando la curiosidad me gana solo para ver que el charco de sangre sigue ahí, además de un croquis y la calle está cerrada por la policía. Okey, no fue una pesadilla nada más.