CAPÍTULO 9 #2
Entonces esbozo una sonrisa y lo hago. Me froto suavemente contra él, sintiendo cómo su respiración cambia y su corazón comienza a latir con fuerza cuando recuesto la espalda contra su pecho.
Es él mismo quien termina deteniéndome. Me rodea con un brazo, mientras con la otra mano toma mi cuello y acerca mi cabeza hacia él. Su respiración roza mi oído antes de que su voz, ronca y baja, me llegue en un susurro:
—Ya te lo dije, no me provoques, pulguita, porque me vas a hacer perder el control y yo puedo hacer que tú también lo pierdas conmigo y créeme que eso es algo que ninguno de los dos queremos ¿O sí?
Y eso me hace tragar saliva, pero lo disimulo bien soltando una risa burlesca y le respondo con sarcasmo:
—Primero muerta.
Esa risita y ese tono de voz otra vez:
—¿Me estás retando?
En ese momento escuchamos a alguien detrás de nosotros y los dos nos aclaramos la garganta al mismo tiempo.
Me bajo rápidamente de sus piernas y tomo asiento a su lado justo cuando se acerca el hombre que antes estaba con él tomando las fotografías.
Por suerte, parece no prestarnos demasiada atención.
Tiene la mirada fija en un pedazo de papel que sostiene entre las manos y que, por lo que alcanzo a ver, debe ser el mapa.
Detrás de él viene la otra chica, la misma que antes me regaló la manzana que ya no existe.
Nico se pone de pie y yo hago lo mismo. Tomo mi cámara de la mesa y reviso las fotografías que acaba de tomar mientras él habla con los dos.
Solo un momento les pongo atención y es para darme cuenta de que es muy probable que vayamos a perdernos.
Mierda.
—Pulga... —Nico hace un ademán pidiendo que los siga.
Me la pienso dos veces, pero entonces veo al oso merodear cerca y me parece una mejor idea seguir a un grupo de personas fitness que practican artes marciales a una cueva.
Caminan rápido, pero Nico merma el paso y ahora es él quién va detrás de mí mientras analiza el mapa que «se supone» va a ayudarnos a salir.
Entonces lo escucho: —Bueno, da igual, en algún momento tenemos que encontrar la salida.
—Sí, en una ambulancia tal vez.
—No va a pasar mucho tiempo para que vengan a buscarnos si no salimos.
—¿Cuánto es ese tiempo exactamente?
—Alguna semana.
—No me jodas. —Al menos su risa me aclara que solo está bromeando.
Veo la entrada a la bendita cueva de la que hablan y parece el agujero que va al mismísimo infierno.
El amigo de Nico es el primero en entrar y después lo hace la chica.
Me giro hacia Nicolás y él saca una linterna listo para lanzarse por ese hueco. —¿Es en serio? ¿Vamos a meternos ahí?
—¿Por qué no? —Dice y lo hace. Bueno, al parecer no es algo profundo como pensé porque alcanzo a ver a Nico cuando él me pide que entre.
Guardo la cámara en su estuche y se la entrego, después me extiende su mano, titubeante la tomo y me ayuda a bajar tomándome de la cintura.
Está oscurísimo y escucho que todos los demás están aquí ¿Quién diablos hace esto por diversión? —Ten cuidado, también hay murciélagos.
Y en ese instante siento uno que me vuela sobre la cabeza y casi me pega en la frente.
¿En qué momento acepté venir aquí? Hoy es domingo, debería estar durmiendo o viendo series.
—Entonces... —Dice uno de los chicos y con su linterna ilumina a Nico. —¿Hacia dónde vamos?
—No sé, pero tomemos ese.
Lo peor de todo, es que los demás le siguen la corriente y van en la dirección que dijo sin titubear.
Yo no me confiaría mucho de Nico. De todas formas, me tomo de su brazo porque es más escalofriante perderme sola.
Él entrelaza sus dedos con los míos y yo me dejo guiar por el lugar que solo es iluminado por las linternas de todos los presentes.
En las paredes parece haber jeroglíficos o algún tipo de ritual, no sé, pero esto no es nada divertido, mucho peor cuando todo se va haciendo más chico y ya casi siento que choco con las paredes.
Siento que estamos dando vueltas en círculos.
Qué suerte que sea alguien más que pregunte lo que yo me vengo pensando desde hace un rato:
—Oigan ¿No estamos dando vueltas por el mismo lugar? —Hay un escalón grande y una vez que Nico baja, como siempre, me toma de la cintura para ayudarme a mí. La misma voz, repite: —No es por alarmar a nadie, pero creo que nos perdimos.
Pues la primera alarmada soy yo.
Todo el grupo se detiene, piden el mapa y Nico se los entrega, se ponen a analizarlo.
Él, como siempre, mantiene la calma así que no sé si es una situación para entrar en pánico o estar tranquilo.
Bueno, Nico siempre mantiene la calma, aunque el cielo le esté cayendo encima, así que sí...
tal vez sí es algo para entrar en pánico.
—¿Me tomas unas fotos? —Me dice, ignorando que todos los demás están sacándose canas verdes buscando la salida. Me devuelve la cámara y tira de mí hacia otra dirección donde las paredes ya no son tan pequeñas. —Siempre he querido unas buenas fotografías en uno de estos lugares.
—Oye ¿sí estamos perdidos?
—No, pero yo les dije que estudiaran el mapa antes de entrar aquí y no lo hicieron, que se preocupen un rato, yo sí sé cómo salir.
Definitivamente, si Nico es así como amigo, no me quiero imaginar lo que es tenerlo como enemigo. De todas formas, me relajo, porque al menos no vamos a morirnos aquí... espero.
—¿Para qué enemigos contigo, Nico? —Todavía estoy agarrada de su mano cuando llegamos al lugar que quiere para las fotos, cabe destacar que la iluminación es casi nula y parece que aquí vive Drácula.
—Oye, si me lo hubieras dicho desde ayer, traía un mejor flash.
—Saco la cámara. —Por cierto, ¿qué vas a darme a cambio?
—¿Qué quieres a cambio, pulguita?
—La factura de mi auto. —Nico se gira hacia mí, alcanzo a ver el gesto en su cara y yo repito: —Quiero la factura de mi auto.
—Yo no te estoy cobrando.
—Me das la factura, tu número de cuenta y te tomo las fotos que quieras.
—Oye, tus fotos valen más que esa factura de tu auto.
—Entonces se quita la camiseta y queda frente a mí el torso perfectamente trabajado de Nico.
Cuando se gira veo el tatuaje que se le extiende en toda la espalda, porque se ha puesto la linterna en el bolsillo del short.
—¿Entonces qué dices? ¿La cuenta de tu auto por las fotos?
—Voy a pensármelo.
Escucho la risa de Nicolás y disparo una fotografía en la esquina para ver cómo será el resultado, la configuro y tomo otra, ahora sí, le digo donde ubicarse y deja su mochila a un lado junto a su camiseta y la linterna.
Le hago la primera foto. A ver, que Nico parece un modelo sacado de revista ¿Quién puede ser tan fotogénico con una iluminación tan terrible?
Y el contraste, además, los músculos, los tatuajes y las gafas.
Definitivamente, entiendo por qué Samuel le tiene tanta envidia.
—Date la vuelta. —Lo hace. Le tomo un par de fotos más de espalda y la última en blanco y negro es brutal.
Cuando creo que ya tengo suficientes, comienzo a revisarlas y escucho sus pasos acercándose a mí, desde atrás pasa su brazo por sobre mis hombros y así le voy mostrando cada una de las fotografías, él toma la cámara, pero nos quedamos así, juntos y no sé en qué momento mis dedos se entrelazan con los de él.
Mejor lo suelto.
—Tus amigos odian a Valentina.
—Sí, ya sé. Y todavía no saben que se acuesta con otro. —Bueno, eso ya lo saben también. —Tampoco les cae bien Benjamín.
—Aparentemente a nadie le cae bien Benjamín, solo a ti y no sé ni porqué.