Bendito Karma CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

De: Nico

La puerta de la entrada quiero decir.

Con una risa, escribo una respuesta y se la envío:

Para: Nico

Qué bueno que lo aclaras, iba a pasar directo a tu ducha.

De: Nico

Si quieres también dejo la del baño abierta, solo digo.

Casi se me cae el celular cuando Francia entra a mi habitación, tapo la pantalla disimuladamente cuando se me acerca, deja un plato de comida sobre el tocador frente a mí y dice:

—Pensé que solo tenías ropa oscura, pero mira qué bien te queda ese top rojo.

—¿Quieres que me lo quite?

—No, el rojo es definitivamente tu color, porque combina con mi pelo.

—Tu pelo ya es naranja.

—Y será azul la próxima semana.

En fin, cuando termino de desayunar con Francia, dejo mi cámara dentro de mi mochila y salgo de mi apartamento camino al edificio en el que vive Nicolás.

En teoría, ambos edificios deberían ser iguales y sí, de hecho, pero aquí no hay una pareja que se prenda dentro del elevador.

En fin, cuando llego a su piso y busco el número de su apartamento, giro la manecilla y me doy cuenta de que sí está abierto, solo entro rezando que este no sea el apartamento otra persona y venga a sacarme la policía.

Pero bueno, este sí parece el apartamento de Nico.

Digo, es tal cual me lo imaginé, tétrico, oscuro, aunque eso último es porque las cortinas están abajo tal vez, así que me acerco a una y la abro, después a la otra y también la abro.

Ya hay más luz y visto de esta forma, el lugar no da tanto miedo.

Camino por la sala, el apartamento no es tan diferente al mío, solo está ordenado de otra manera, con mucho color negro.

Voy a sentarme en el sillón frente al tv, pero antes de hacerlo veo el libro abierto sobre la mesa junto a un cuchillo para untar mantequilla.

Rápido me doy cuenta de que el libro no debí tomarlo…

digo, son imágenes de cadáveres en putrefacción lo que hay aquí. Creo que voy a vomitar.

—¿Qué haces?

Escucharlo así de pronto me hace soltar un grito y el libro se me cae antes de girarme, el cuchillo no, ese sí lo mantengo bien firme en mi mano apuntando a Nico. Él ve el libro que, por suerte, cayó cerrado y después me mira a mí.

—¡Me asustaste! ¡Creí que era cualquier otra persona!

—¿Y qué pensabas hacerle con ese cuchillo? ¿Cosquillas? —Nico se ríe, recoge el libro y lo pone de regreso en la mesa. Lleva leggins y una camiseta sin mangas, además el cabello lo lleva húmedo y un par de rizos le caen en la frente.

—Sé muchas formas como defenderme con esto, Nico.

Se me acerca y me dice:

—Ok, probemos ¿Qué puedes hacer?

La verdad es que nada, yo solo me vi una sola película de Karate Kid.

Lo que hago es ponerlo en su abdomen —no es como que un cuchillo para untar mantequilla vaya a hacerle algo al abdomen de Nico— Pero oye, que ni siquiera me deja procesarlo, de inmediato me toma la muñeca, la presiona y hace que el bendito cuchillo se me resbale y todo eso sin lastimarme; pero no queda ahí, ni siquiera sé qué es lo que hace a continuación, pero cuando caigo en cuenta estoy de espaldas a él, con mi brazo en mi espalda y el suyo alrededor de mi cuello.

—¿Decías? —Ah, carajo. A ver a ver, no me puedo ni concentrar correctamente, Nico huele bien y no es a perfume, es su loción de baño. Esto es injusto, no puedo ni pensar y no es porque mi espalda esté contra su torso, o su brazo en mi garganta. —A ver ¿Cómo te liberas de esto?

—Tu brazo pesa la mitad de mi cuerpo. —Me libera la otra mano, pero entonces aplica un poco más de fuerza. —Esta es la pelea más injusta de toda mi vida.

—Es defensa personal básica ¿Cómo vas a librarte de alguien que quiera cortarte la cabeza?

—El único que tengo miedo de que me corte la cabeza eres tú y aquí estoy.

Nico suelta una risa y me suelta cuando escucha su teléfono sonar.

Ahora estoy replanteándome toda mi existencia.

Regreso en mí misma cuando escucho que menciona el nombre de Valentina y después su risa con ella.

No sé qué es lo que le dice, solo escucho que él responde con un «okey» «ajá» «por supuesto», otra risa, se va a abrir el resto de las ventanas, cuelga y me pregunta:

—¿Quieres café?

—Sí, por favor… —Se va a la cocina y yo voy detrás de él. Me doy cuenta de que tiene una máquina de espresso profesional. Deja su celular sobre el desayunador y no puedo evitar fijarme en el mensaje que le llega en ese preciso momento.

Es un texto de Valentina y le dice que es toda suya esta noche.

¡Claro! Porque la noche anterior fue de Samuel.

Qué pena que yo no puedo contestarle.

—¿Con azúcar? ¿O sin? —Finjo que no estaba viendo su teléfono y me voy directo a la mesa que está junto a la ventana. Le digo que sí. Entonces, comienza un discurso: —Sabes lo que el azúcar le hace a tu cuerpo ¿Verdad? En algún punto tu páncreas ya no va a…

—No no no… —Lo interrumpo. —Es muy temprano para este monólogo. Sin azúcar, está bien. —Nico suelta una carcajada y sí, le agrega azúcar. —Oye ¿Qué opinas sobre las relaciones abiertas?

Entonces en ese momento se gira hacia mí con una ceja enarcada y ahí está, esa sonrisa cínica y dice:

—Depende ¿Qué propuesta tienes, pulga? Puedo pensármelo.

—Tentador. —A ver, voy a ir al grano de una sola vez. Sí sí, ya sé que me había ensayado un discurso y toda la vaina, pero a última hora se me ocurre soltarlo así, sin tacto: —Tu novia te pone el cuerno.

No lo miro a él cuando digo esto, miro a cualquier otro lugar de su apartamento, incluso veo por la ventana a ver si diviso mi balcón desde aquí y sí.

—¿Qué cosa?

—Que tu novia te pone el cuerno. —Ahora sí lo miro. Está tomando un sorbo de su taza de café junto a la máquina de espresso. —¿Te acuerdas del tipo de bienes raíces en la boda de Andrea? ¿Samuel? Bueno… con él.

Entonces de nuevo no miro a Nico, Okey… definitivamente el material de esta mesa es de vidrio. Ahora se está acercando, aunque no lo estoy viendo directamente. Deja mi taza de café frente a mí y él toma el lugar del otro lado.

—¿Qué te hace pensar eso?