Noventa y dos
NOVENTA Y DOS
Un año después
El hermoso carruaje cruzó el nuevo puente de piedra del castillo. Dentro iban tres hombres. Encima, tres niñas.
—Esto es peligroso, ¿no te parece? —preguntó Fe.
—¡Para nada! —gritó Esperanza.
—¡Estaremos bien! —vociferó Amor.
—Vamos a morir todos —suspiró Fe.
Mientras el carruaje aceleraba, Amor se tumbó boca abajo y asomó la cabeza por el costado para ver mejor a los pasajeros. Le encantaban sus bromas, sus burlas cariñosas y su amistad.
Percival hablaba.
—¿Por qué vas a ir al pueblo esta mañana? —le preguntó a Beau.
—A robar un banco —bromeó este.
—No me sorprendería —respondió Percival—. Aún no puedo creer que el duque te haya nombrado su canciller del tesoro. Es como poner al zorro a cuidar el gallinero.
—Así es —admitió Beau—. El duque es un hombre astuto. Piénsalo: ¿quién sabe mejor cómo entrar al gallinero que el zorro? Entonces, ¿quién mejor para mantener fuera a los demás zorros que uno reformado?
—Tiene razón —dijo Valmont—. No puedes negarlo, viejo amigo. Desde que asumió el puesto, ha hecho el tesoro impenetrable, ha erradicado la corrupción y ha encontrado nuevas formas de financiar las obras del reino. Son logros notables, en mi opinión.
—Una vez ladrón, siempre ladrón, si quieres la mía —gruñó Percival.
Beau se encogió de hombros.
—Uno tiene que mantener los dedos ágiles —indicó, alzando el reloj de bolsillo dorado de Percival y haciéndolo oscilar como un péndulo.
Percival, frunciendo el ceño, se lo arrebató.
Amor se incorporó y dejó que sus manos cortaran el viento como si fueran alas.
El carruaje avanzaba entre el bosque, camino del pueblo. Los hombres tenían asuntos que atender: Percival, con el importador de vinos del duque; Valmont, con el joyero de la duquesa, y Beau, con el nuevo ministro de obras públicas del reino.
—En un día como este, parece que ni siquiera los mortales pueden llenar el mundo de problemas —dijo Amor, sonriendo al sol.
—Los mortales siempre pueden llenar el mundo de problemas. Es su mayor talento —respondió Fe.
—¡Mirad! —dijo Esperanza, señalando hacia delante, donde el pueblo ya se veía a lo lejos.
— ¡Paradisium! —exclamó Amor, al pasar bajo el nuevo cartel de la ciudad.
Un año atrás, Ville des Bois-Perdus era un lugar gris, con calles llenas de baches y edificios en ruinas.
Ahora, las calles estaban lisas. Una fuente nueva burbujeaba en la plaza y se habían plantado árboles a su alrededor.
El mercado tenía techo nuevo. Los ancianos se sentaban en los bancos a conversar.
Los niños corrían y jugaban bajo el sol, y pronto asistirían a una escuela recién construida.
El hermoso pueblo que hacía un siglo había sido bordado en hilo de plata cobraba vida.
El carruaje se detuvo primero en un almacén para dejar a Percival, luego en la joyería de Valmont, y finalmente en una obra de construcción a la que iba Beau.
Las tres hermanas saltaron en la última parada y se alejaron, perdiéndose por una calle sinuosa.
Su labor en el castillo había terminado; ahora eran necesarias en otro sitio.
En el pueblo acababa de abrirse un hospital, y la gente que llegaba allí —sus cuerpos heridos o enfermos, sus mentes llenas de miedo o tristeza— necesitaba a las niñas.
Beau bajó del carruaje con una cesta en la mano, antes incluso de que se detuviera por completo.
Se quedó junto a la obra un momento, buscando con la mirada y, de pronto, se le iluminaron los ojos, como siempre lo hacían cuando veía a su esposa.
«Los buenos arquitectos construyen edificios, —pensó—. Los grandes construyen sueños».
Ella estaba de pie ante una mesa plegable de madera, revisando los planos de la nueva escuela, junto a su maestro de obras. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo. Su atuendo era práctico: falda de sarga marrón, blusa blanca sencilla, chaleco beige y botas negras.
Matteo estaba a su lado, entregándole los planos adecuados, y buscando el cuaderno correcto. Aún estaba demasiado delgado para el gusto de Beau, pero tenía color en las mejillas y ya no tosía.
Arabella no había perdido el tiempo y los había ayudado a reunirse.
Apenas unas horas después de romperse la maldición, cuando amaneció lo suficiente para ver, comenzaron a reconstruir el puente, con la ayuda de los sirvientes liberados.
Una semana después, lo cruzaron con prisa, rumbo al pueblo, donde Arabella compró caballos, monturas y provisiones. Luego, partieron hacia Barcelona.
Beau no quería que ella fuera; discutieron, pero no hubo manera de convencerla.
Enfrentaron lobos y tormentas, y escaparon por poco de los bandidos, pero, tras una semana de duro viaje, llegaron al convento.
Beau temía que fuera demasiado tarde. Tanto, que ni siquiera pudo llamar a la puerta; tuvo que hacerlo Arabella.
Pero la puerta se abrió, y sor María Teresa los recibió.
Momentos después, Beau estaba sentado en la cama de su hermano pequeño, abrazándolo.
Arabella envió a buscar a los mejores médicos de la ciudad. Mandó traer la comida más fina —lujos que las monjas jamás habrían podido costear—, suficiente para alimentarlas a todas, e hizo entregar cargas de leña para calentar el convento.
Tras tres meses, Matti se había recuperado lo suficiente para viajar al castillo de Arabella, donde el aire limpio de la montaña terminó de devolverle la salud.
Beau estaba profundamente agradecido por su nueva vida, aunque había algo que seguía inquietándolo: el anillo de esmeralda aún cosido dentro de su vieja chaqueta. Así que, una mañana, unas semanas después de su boda, cabalgó antes del amanecer hasta la mansión del mercader.
Las luces estaban apagadas y no había ningún sirviente despierto.
Bajó del caballo en silencio, se acercó a la puerta principal y dejó una pequeña caja en el umbral. Dentro estaba el anillo, envuelto en un papel con solo una palabra escrita: Perdóname .
Al alejarse, echó una última mirada a la mansión, al lugar donde había montado sobre Amar, su caballo, para huir hacia la perdición.
Había un camino diferente a esa senda.
Ahora lo sabía.
Arabella también.
En los días difíciles —y aún había muchos—, ella pensaba demasiado en el tiempo perdido.
Pensaba en los familiares, en los amigos y sirvientes ya muertos, y enterrados.
En la cabaña de Percival y Phillipe en el bosque, ahora reducida a ruinas.
Y entonces, las lágrimas hacían acto de presencia.
Cuando eso pasaba, Beau tomaba su mano con ternura y la guiaba hasta el espejo.
A veces tardaba mucho en ser capaz de sostener su propia mirada y decir las mismas dos palabras: Perdóname.
Pero no importaba.
Él se quedaba con ella, abrazándola, todo el tiempo que hiciera falta.
Arabella estaba reconstruyendo un pueblo y, poco a poco, su vida, mientras ella y Beau construían la suya juntos.
Mientras Beau cruzaba la obra, vio a Matteo enrollar un plano y correr para entregarlo a un carpintero. Entonces, como si Arabella sintiera su mirada, se giró, y sus labios, su rostro, su ser entero, se iluminaron con una sonrisa.
Para él.
Beau señaló un viejo roble y se reunieron allí, extendiendo una manta bajo las ramas protectoras del árbol.
El joven colocó la cesta en el centro y ambos se sentaron. Se inclinó sobre ella para besarla y, al hacerlo, tiró del delgado trozo de grafito que había utilizado para sujetar su moño, solo para observar cómo su cabello caía sobre sus hombros.
—Una vez ladrón, siempre ladrón —dijo Arabella riendo, mientras lo recuperaba.
—Eso mismo ha dicho Percival —respondió Beau.
—Tiene razón.
—Tal vez —acordó Beau—. Pero tú eres una ladrona aún mayor, mi querida Bells.
—¿Yo? ¿Y qué he robado?
—Mi corazón. Y prométeme una cosa…
Arabella arqueó una ceja, curiosa.
Beau la besó de nuevo y luego le susurró al oído:
—Que nunca me lo devolverás.