Belleza Feroz Noventa y uno
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Noventa y uno

NOVENTA Y UNO

El relojero alzó la vista hacia su obra. Las manecillas se habían detenido y, sin embargo, el tiempo seguía avanzando para Arabella. Para Beau. Para todas las personas a su alrededor.

Por ahora.

Volvería a encontrarlos algún día, cuando el puñado de horas y minutos que componían sus vidas humanas finalmente se agotara. Era su tarea y su destino, y nada podía cambiarlo.

Había muchos tipos de muerte, la mayoría difíciles y desgarradoras, pero las que más le dolían —porque tenía corazón, por mucho que algunos dijeran lo contrario— eran las de los mortales que morían mucho antes de que él fuera a por ellos.

Aquellos que habían aprendido más sobre el miedo y la ira, que sobre el amor.

Cruzó la pista mecánica del reloj, donde hasta hacía solo unos momentos las figuras habían estado de pie.

Solo quedaban los accesorios. Sus dedos rozaron un tablero de ajedrez, un espejo, el respaldo de una silla.

Se detuvo un instante para mirar hacia atrás: al ladrón, a la valiente panadera, a las tres pequeñas, y a Arabella.

Esperaba que encontrara el camino de regreso a la vida —una vida elegida por ella, y no una impuesta—.

Y esperaba, de todo corazón, que antes de volver a encontrarse, eligiera ser —cada segundo, de cada día que le quedara—, sin disculpas, quién era: una constructora de puentes, una arquitecta de ideas, una mujer que veía, no lo que era , sino lo que podía ser .

El relojero sonrió.

Caminó entre las altas columnas doradas de su obra maestra, atravesó las puertas del reloj… y desapareció.

Cuando las puertas se cerraron tras él, el enorme reloj dorado suspiró y se estremeció, como una criatura viva exhalando su último aliento, y su superficie dorada se apagó.

Las manecillas de las horas y los minutos giraron hacia atrás, y luego cayeron al suelo.

Una red de grietas se abrió sobre la esfera y se extendió por toda la superficie del reloj.

Se oyó un retumbar, como el de una avalancha que se avecina.

Creció hasta convertirse en un rugido y, entonces, el reloj dorado se desmoronó.

Los números cayeron de la esfera. Las columnas se desplomaron, y varios fragmentos de la fachada golpearon el suelo y se hicieron pedazos.

Mientras todos en el gran salón observaban, los restos —engranajes, ruedas, martillos y campanas— colapsaron hasta convertirse en un fino y brillante polvo.

Una ráfaga de viento invernal abrió una ventana. Entró con fuerza, levantó el polvo del suelo y lo arrastró fuera, hacia la noche oscura y estrellada.