Noventa
NOVENTA
Arabella tragó con dificultad. Cerró los ojos, reuniendo todo su valor, y los abrió de nuevo, para dar un paso al frente, adentrándose en la corte de sus emociones.
Las damas giraban a su alrededor como tiburones.
Paluc fue la primera en atacar.
—Míralos —dijo con voz fría—, a tus pobres sirvientes… y a esas figuras atormentadas dentro del reloj… Todos sufriendo. Durante décadas , Arabella. Por tu culpa.
—L-lo siento. Lo siento muchísimo —indicó Arabella, con voz temblorosa y débil.
—¿Lo sientes? ¿Crees que a alguien aquí le importa que lo sientas? ¿Piensas que un simple «lo siento» arregla lo que has hecho?
—Yo… Yo no quería hacerlo… El príncipe estaba haciéndole daño a Florian… Maltrataba a mi caballo…
Gunezarev intervino con su voz grasienta; un murmullo venenoso que hizo que el corazón de Arabella se encogiera sobre sí mismo:
—Eres una chica con una opinión muy alta de ti misma, ¿verdad?
Demasiado buena para el príncipe, y demasiado lista para quedarte callada.
Tienes tus propias ideas. Crees que puedes construir cosas.
Que puedes cambiar el mundo . ¿Sabes qué pienso yo?
Que eres patética. ¿Has oído lo que la gente dice de ti?
¿Sabes lo ridícula que te ves con tu compás y tu regla?
¿Quién te crees que eres? —Estalló en una risa burlona.
Las palabras fueron como ácido derramándose por la columna vertebral de Arabella, disolviéndola.
Tenían razón.
Claro que la tenían.
¿Quién era ella, después de todo? ¿Quién era para abrir la boca? ¿Para defenderse? ¿Para defender a otros?
Lady Diome fue la siguiente, encogida y temblorosa, mirando a todos lados con miedo:
—Aunque rompas la maldición, luego…, ¿qué?
Han pasado cien años. ¿Cómo piensas recomponerlo todo?
Los sirvientes nunca te perdonarán. Las personas dentro del reloj estarán furiosas contigo.
¿Y qué dirá tu madre cuando sepa que el chico que está allí roba para ganarse la vida?
Lo echará a la calle de inmediato. Y entonces, ¿qué? ¿Qué harás, Arabella, dime?
Las últimas palabras de Diome fueron un chillido histérico que desató al resto. Todas se abalanzaron sobre ella, exigiendo ser escuchadas.
La joven se tapó los oídos con las manos, tratando de bloquear las voces, y de aferrarse a los últimos restos de coraje que le quedaban.
Entonces, se escuchó otro sonido: el siniestro clic-clic-clic de los contrapesos del reloj, subiendo por sus cadenas.
—¡El reloj está despertando! ¡Ya casi es medianoche! ¡Se te acaba el tiempo! —gritó lady Lubijo, aplaudiendo emocionada.
—¡No! —gritó Arabella.
Empujó a las damas con desesperación, intentando liberarse de ellas, pero eran demasiadas; la rodeaban, la ahogaban.
—¿Qué vas a hacer, Arabella? ¿Desterrarnos, otra vez? —se burló Paluc.
Dentro del reloj, las ruedas giraban, los engranajes encajaban. Las dos puertas doradas a cada lado del arco se abrieron. Desde el torbellino de sus emociones, Arabella oyó el movimiento. Pronto comenzaría el desfile nocturno. Pronto sonarían las campanadas.
Sus ojos se posaron en el relojero. Estaba allí, de pie, junto a su obra maestra, y escuchó su voz dentro de su mente:
«Si deseas romper la maldición, deja de luchar contra ellas…».
Así que, Arabella lo hizo. Dejó de empujar, dejó de resistirse, y se quedó muy quieta.
A continuación, extendió las manos, tomó la de Paluc y la de Gunezarev, y las apretó con fuerza.
—No voy a desterraros. Nunca más volveré a hacerlo. Os necesito. A todas. Lady Paluc, cuando hago algo mal, tú me haces verlo. Y lady Gunezarev, tú me impulsas a reparar mis errores.
Paluc dejó de gritar. Sus pequeños ojos se abrieron, llenos de asombro. Apretó la mano de Arabella y le dedicó una sonrisa temblorosa.
—G-gracias, mi señora —susurró—. Gracias.
Gunezarev besó la mejilla de Arabella, y ambas se desvanecieron como la niebla bajo el sol de la mañana.
Arabella se volvió hacia lady Diome.
—Gracias, querida dama, por protegerme siempre. Por apartarme del caballo desbocado, del acantilado que se derrumbaba, y del hielo demasiado delgado. Por evitar que me partiera la cabeza más veces de las que puedo recordar.
Le tocó la mejilla, y Diome también se desvaneció.
Densed, Celso, Diermontirem… Una tras otra, Arabella enfrentó a sus emociones más difíciles, agradeciéndoles, abrazándolas y devolviéndolas a su corazón.
Acababa de ver desvanecerse a lady Apen cuando algo voló por el aire y estalló a sus pies.
Arabella retrocedió ante los restos de un jarrón roto. Sabía quién lo había lanzado.
Lady Ari estaba allí, hirviendo de furia. Úlceras rojizas le cubrían la piel, y se había mordido la mano hasta hacerla sangrar.
El mecanismo del reloj dorado zumbaba, giraba y martilleaba, preparándose. El minutero avanzó un clic. Faltaba un minuto para la medianoche.
Arabella se clavó las uñas en las palmas y dio un pequeño paso al frente.
Ari la vio y rugió como un toro, advirtiéndole que se detuviera. Agarró un candelabro y lo alzó como arma, pero Arabella siguió caminando, lenta, deliberadamente, hasta llegar frente a la temible cortesana.
Titubeó un segundo, hasta que la envolvió en un abrazo, sujetándola con fuerza, mientras Ari forcejeaba para soltarse.
—Te he hecho el mayor de los agravios, lady Ari —susurró Arabella—.
Debí escucharte. En cambio, te di la espalda.
Te cerré mi corazón. Debí hacer mis maletas, empeñar mis joyas y dejar este lugar para ir a Roma, París, Londres…
A algún sitio donde pudiera estudiar, dibujar y construir.
Perdóname, Ari. Por favor, por favor, perdóname.
Ari intentó rugir de nuevo, pero el sonido se quebró en un sollozo. Dejó de resistirse y apoyó la frente contra la de Arabella. Después, también se desvaneció.
Todas se habían marchado, excepto una.
El minutero marcó la hora.
Medianoche.
La campana del reloj comenzó a sonar. Las puertas doradas se abrieron y la corte del reloj inició su grotesco desfile.
Las figuras, antaño radiantes, se desintegraban.
Sus ropas se desvanecían. Las joyas que antes brillaban, en dedos y gargantas, ahora parecían trozos opacos de vidrio.
Sus rostros de porcelana se agrietaban, y las sonrisas pintadas se retorcían en muecas de agonía.
Ya casi no le quedaba tiempo.
Una, dos…
Giró sobre sí misma, desesperada, buscándola. Buscando aquella cabeza altiva, el cabello negro y el vestido gris ceniza.
—¿Dónde estás? —susurró.
Tres, cuatro…
Por fin la vio. De pie, al otro lado del reloj, observando la esfera, con las manos cruzadas tras la espalda.
—¿También vas a abrazarme? —preguntó Asonperides cuando Arabella se acercó.
La joven se detuvo a pocos pasos de ella.
—No te abrazaré, lady Asonperides. Te mantendré alejada el resto de mi vida y rezaré para no volver a ver tu rostro nunca más.
—Pero yo sí que te abrazaré de nuevo, Arabella —dijo Asonperides, avanzando hacia ella—. Estaré allí cuando esas despreciables niñas te abandonen.
Arabella negó.
—Fui yo quien las abandonó, y luego aprendí lo difícil que es encontrar esperanza en este mundo. Mantener la fe. Dar amor. Nunca volveré a soltarlas.
La campana del reloj seguía tañendo, llevándolas cada vez más cerca de la medianoche.
—Más fácil decirlo, que hacerlo. No puedes amar a otro, si primero no te amas a ti misma —indicó Asonperides—. ¿Lo haces?
Ya estaba cerca de Arabella, lo bastante como para tocarla. Extendió la mano hacia ella, pero Esperanza se interpuso, bloqueándola.
—Estamos trabajando en eso —dijo la pequeña con firmeza.
Fe apareció junto a ella.
—La puerta está por ahí, lady D —indicó, señalando un arco con el pulgar—. Y ten cuidado de que no te golpee al salir.
Los ojos de Asonperides brillaron, llenos de peligro, pero inclinó la cabeza.
—Buena suerte, Arabella —le deseó.
—Adiós, lady Asonperides.
La última campanada sonó, suspendida en el aire.
Los ojos de Asonperides se apagaron, volviéndose de un blanco lechoso. Surcos profundos se abrieron en su piel, como grietas en un tronco quemado. Su cuerpo se mantuvo erguido un segundo, tal vez dos, y luego se desplomó en una pila de cenizas.
—¡Mira! —gritó Camille.
Arabella siguió su mirada y lo que vio le robó el aliento. Las figuras del reloj —que momentos antes se agrietaban, desmoronaban y caían—, ahora enderezaban sus espaldas y estiraban los brazos. Respiraban. Miraban a su alrededor, mientras el color volvía a sus mejillas y la vida iluminaba sus ojos.
Una joven cocinera fue la primera en bajar. Avanzó lentamente, con rigidez, como si tuviera que sacar los pies de un lodo espeso.
—¿Dónde está mi hermano? —dijo con una voz oxidada—. ¿Florian? ¿Estás ahí? —Bajó del estrado, tambaleándose, casi cayéndose.
—¿Amélie? ¡Amélie! —gritó Florian, que corrió hacia ella y la atrapó entre sus brazos.
Una anciana condesa fue la siguiente en bajar, pidiendo una copa de brandi .
Tras ella, lo hicieron un obispo, un paje joven, un herrero y un guardia. Uno tras otro, los habitantes del castillo tropezaban y se tambaleaban, hasta salir del reloj, de regreso a sus vidas. Gritos, risas y sollozos llenaban el salón, mientras se reencontraban con sus familias y amigos.
Mientras Arabella los observaba, con el corazón henchido, vio a Camille dirigirse hacia la plataforma.
Sus ojos estaban fijos en un hombre alto y fuerte, que aún permanecía allí.
A sus pies se sentaba una niña pequeña. La expresión en el rostro de Camille era de un anhelo tan profundo, tan desnudo, que Arabella temió por ella; temió que no lograra obtener aquello por lo que había luchado tanto tiempo.
Entonces, la niña se movió. Balbuceó y rio. El hombre se agachó, la levantó y la estrechó contra su pecho, tras besarla en la cabeza. A continuación, bajó del estrado, con ella en brazos, hacia su madre.
Las manos de Camille cubrieron su boca.
Cuando el hombre tocó el suelo, ella gritó de alegría —una alegría salvaje, feroz—, y corrió hacia su familia.
Su esposo la envolvió en sus brazos, con la pequeña entre ambos.
Todas las figuras del reloj habían bajado ya, salvo dos.
Los padres de Arabella —el duque y la duquesa— seguían en la plataforma. Orgullosos. Inmóviles.
Arabella caminó hacia ellos, con una mezcla de ira, tristeza y amor en el rostro.
Al llegar, se detuvo, insegura.
La vieja Arabella habría esperado, fría y altiva, a que ellos se acercaran.
Y sus padres habrían esperado, igual de fríos, igual de altivos, a que ella diera el primer paso.
Pero la vieja Arabella había desaparecido.
La nueva tomó sus faldas con ambas manos, subió al estrado, inclinó la cabeza ante su madre y su padre, y luego se irguió. Más alta, más recta que nunca. Y entonces, abrió sus brazos.
Su simple acto de bondad hizo lo que los actos de bondad hacen: derribó resistencias, disolvió la ira y desarmó la crueldad.
El rostro de la duquesa se quebró.
—Oh, mi querida y adorada niña. Yo creí… —Su voz se rompió—. Creí que hacía lo mejor para ti. ¿Podrás perdonarme algún día?
—Ya lo he hecho, madre —dijo Arabella—. Con todo mi corazón.
—Empezaremos de nuevo, Arabella. Las cosas serán distintas —indicó el duque—. Tendrás lo que te guste: tus libros y tus herramientas. Te encontraremos un marido que dé espacio a los intereses de su esposa.
El corazón de Arabella se hundió al escucharlo, pero su voz fue suave.
—Papá, voy a marcharme. No puedo quedarme. Tú quieres que encaje en tu mundo, y yo quiero cambiarlo.
El duque pareció herido.
—No —dijo, negando con la cabeza—. Debes quedarte, Arabella. No puedo perderte otra vez, hija mía… Mi única hija.
Arabella tomó su mano entre las suyas.
—No puedo volver a perderme a mí misma.
Las lágrimas asomaron en los ojos del duque. Sacudió la cabeza, impotente.
—Soy viejo, Arabella. Esto es difícil.
—Lo sé, papá. Lo sé.
Los tres permanecieron juntos, tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos. Tratando de tender puentes sobre los años y los silencios que los separaban.
Y Beau, que había estado observando a Arabella, se giró. Se sintió como un intruso. Miró a su alrededor: a todas las personas en el gran salón, abrazándose, besándose, llorando. Separados durante un siglo, y ahora reunidos.
Gustave abrazaba a Lucile.
Josette lloraba.
Percival y Phillipe estaban frente a frente, inmóviles, con las palmas unidas, los dedos entrelazados y lágrimas cayendo por sus mejillas.
Josephine cojeó hacia ellos y la recibieron en su abrazo.
La felicidad era tan grande que Beau podía sentirla, pero también estaba el dolor.
El peso de los años perdidos, de todo lo que habían sufrido.
El tiempo se había detenido dentro del castillo, pero fuera de él, el mundo había seguido.
Había tanto que habían perdido, tantas personas que ya no estaban.
Y, tarde o temprano, eso los alcanzaría.
Ahí de pie, apartado de ellos y su duelo, Beau estaba solo.
O eso creía.
Una mano pequeña y cálida se agarró a la suya.
Miró hacia abajo y vio a la radiante niña.
Amor le devolvía la mirada.
—Tiene mucho con lo que lidiar, después de un siglo y todo lo sucedido —le comentó—, pero volverá a besarte, si eso es lo que te preocupa. Y bastante pronto, diría yo, si nos guiamos por el último beso. Quiero decir… —Sacudió la mano libre como si se hubiera quemado—. ¡Vaya intensidad!
—¿Te importa ? —dijo Beau, incómodo.
—¿Amigos? —preguntó ella, apretándole la mano.
Beau le lanzó una sonrisa resignada.
—Eres una persona con la que es difícil ser amiga.
—Lo sé. Pero vale la pena. Entonces…, ¿amigos?
Beau asintió y le devolvió el apretón.
—Sí, pequeña. Amigos.