Ochenta y nueve
OCHENTA Y NUEVE
Beau sabía que el amor le había fallado.
Había encontrado el valor para volver a tener esperanza. Para volver a creer. Y había vuelto a perder.
Arabella se había ido.
Alzó la cabeza, obligándose a mirar su rostro sin vida. Pero, cuando abrió los ojos, vio que los de ella también estaban abiertos. Parpadeaba, como una soñadora recién liberada del sueño.
—Beau, ¿qué hora es? —preguntó, intentando incorporarse.
—No te muevas, Arabella. Quédate quieta.
—Por favor, Beau… La hora…
El joven miró el reloj.
—Diez minutos para la medianoche.
—Ayúdame a levantarme.
—Arabella, no creo que…
—La maldición no está rota, todavía no, y si no lo hago…
—Moriremos todos —dijo Beau, poniéndose en pie de un salto. Le pasó las manos por debajo de los brazos y la levantó del suelo.
Arabella se aferró a su brazo, tambaleándose con las piernas inestables, y luego preguntó:
—¿Dónde están… las damas de la corte?
Beau observó el gran salón.
—Allí —dijo, señalando las ventanas.
Las damas se habían reunido bajo ellas. Algunas permanecían abatidas, con la cabeza gacha, jugando, nerviosas, con los botones y los puños de sus vestidos. Otras gritaban, pisoteaban el suelo y rompían cosas.
Los dedos de Arabella se clavaron en el antebrazo de Beau.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De la bestia. Siento que ya viene. Que nunca podré escapar de ella. Que me destrozará.
—Te ayudaré, Arabella. Solo dime cómo. Dime qué tengo que hacer.
—No puedes ayudarme. Tengo que hacerlo sola.
Entonces, Arabella tocó su rostro. Pasó los dedos por su mandíbula firme, los deslizó detrás de su cuello y lo atrajo hacia ella para besarlo.
Beau la correspondió, y trató de tener esperanza. De tener fe. De creer que el amor traería a Arabella de regreso a él.
—Quédate conmigo. Después —le dijo, al romper el beso.
Entonces, corrió.
Arabella atravesó el gran salón, alejándose de él. Puso distancia entre ambos, lo suficiente para que este no pudiera escucharla cuando murmuró:
—Si es que hay un después .