Belleza Feroz Ochenta y ocho
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Ochenta y ocho

OCHENTA Y OCHO

Arabella estaba perdida en el bosque.

Era de noche.

Extendió las manos frente a ella, pero apenas podía verlas.

Sabía el camino de regreso a casa, por supuesto. Solo que… no lograba recordarlo. Necesitaba recordar algo para poder encontrarlo otra vez. ¿O era a alguien lo que necesitaba recordar?

Pensar se le hacía tan difícil. Le dolía la cabeza. Estaba muy cansada.

¿Al igual que se había sentido cuando su madre le dijo que nunca debía decir palabras como «alcantarillado» o «baños públicos» en voz alta, si quería conseguir un marido?

¿O como cuando su padre le advirtió que no debía hablar sobre la física de los arcos, ni sobre la proporción ideal entre altura y grosor de las columnas de carga, porque la hacía sonar ridícula?

¿O cómo se sentía cuando las otras chicas intercambiaban miradas y risitas porque ella se detenía frente a las obras en construcción, en lugar de en las tiendas?

¿O cuando los chicos se irritaban porque ella sabía cosas que ellos no?

Dio unos pasos vacilantes, y entonces una voz surgió de lo más profundo del bosque.

—Ese no es el camino a tu casa, Arabella —dijo la voz—. Aunque sí es el camino a la mía.

La joven se volvió, sobresaltada. El relojero estaba de pie a pocos metros de ella.

—Esos recuerdos solo te harán adentrarte más en la noche —le indicó—. Mira hacia arriba, pequeña. Observa las estrellas. Mira la noche que las acuna.

Arabella obedeció. Alzó el rostro hacia el cielo brillante y recordó.

Recordó la sensación de un trozo de grafito entre los dedos, la manera en que se deslizaba sobre el papel, trazando arcos y logias, pórticos y frontones. Y cómo hacía reales las visiones que tenía en su cabeza.

Recordó cómo se le ensanchaba el corazón al abrir un libro y encontrarse en el Templo de Dendur, en el Partenón o en las ciudades de los aztecas.

Recordó cómo la mente le latía, tan llena de ideas que sentía que iba a estallar. Ideas de caminos y puentes, acueductos y plazas. Catedrales, castillos y palacios.

Las lágrimas ardieron detrás de sus ojos ante tanta belleza. La del cielo oscuro, la de las estrellas. La de sus recuerdos. La de la niña que alguna vez fue.

Miró al relojero.

—Cien años —dijo con suavidad—. Me ha llevado cien años volver a casa.

—Hay quienes nunca logran regresar —respondió el hombre.

—¿Está rota? —preguntó Arabella, temerosa de tener esperanza—. ¿La maldición que Asonperides me lanzó?

—¿Aún no lo ves? —preguntó el relojero—. Tú misma te maldijiste, hija mía, cuando le diste la espalda a tus difíciles emociones y sucumbiste a la desesperanza. Ahora debes hacer las paces con ellas y darles un lugar en tu corazón. Les pertenece tanto como a la alegría, el orgullo y la compasión.

—Pero les tengo miedo —susurró Arabella—. Las dejé salir y un hombre murió.

—El príncipe eligió comportarse así —respondió la Muerte, tomando la mano de Arabella—.

El muchacho al que golpeaba, el animal indefenso al que torturaba…

Ellos no lo eligieron. Tú intentaste ayudarlos.

Trataste de controlar tus emociones, de mantenerlas reprimidas, pero se desbordaron y terminaron controlándote a ti.

Si quieres romper la maldición, deja de luchar contra ellas. Déjalas ser. Las necesitas.

Arabella asintió. Ahora lo comprendía.

—Sin la oscuridad no apreciaríamos la luz —dijo.

La Muerte negó.

—No, pequeña. Sin la luz no apreciaríamos la oscuridad.

Hay bien en los sentimientos difíciles. ¿Cómo se detendría la injusticia sin la ira?

¿Cómo se frenaría el egoísmo sin la culpa o la vergüenza?

¿Cómo crecería la compasión sin el arrepentimiento o el remordimiento?

Haz esto, Arabella, y la desesperanza se mantendrá alejada.

Es la única emoción contra la que debes protegerte, porque siente celos de mi poder y desea hacer mi trabajo por mí.

—La Muerte apretó la mano de Arabella y luego la soltó.

En la otra mano sostenía un sombrero de tres picos. Le quitó un poco de polvo y se lo colocó en la cabeza.

—Te vas —afirmó la joven.

—Por ahora.

—¿Y yo?

—Tú también puedes irte, pero debes darte prisa. Casi es medianoche.

—Pero volverás algún día.

—Siempre vuelvo.

—¿Cuándo?

El relojero le dedicó una triste sonrisa.

—No querrás que te arruine la sorpresa.

Arabella asintió. Luego, corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Gracias —dijo—. Gracias.

Entonces, se fue.

Salió corriendo del bosque oscuro y cruzó el puente que la llevaba de su pasado hacia su futuro.

Hacia su hogar.